lunes, 5 de abril de 2021

Cielo y Chanca

 

Cielo y Chanca

Cielo y Chanca











© José Antonio Santano









Este es uno de los más luminosos rincones de la tierra.

Juan Goytisolo

¿Cómo ascender si antes no hemos descendido?

José Ángel Valente








P R Ó L O G O







La primera vez que vi a José Antonio Santano fue en Fondón, un remoto lugar de la Alpujarra almeriense, en abril de 2008, y la última hace unos meses, en enero del presente 2019, en Baena, ciudad donde nació en 1957. Y en ambas ocasiones encontré el mismo inequívoco perfil humano: un hombre entregado a la amistad. Santano es acogedor, animoso, cordial; inquieto, alegre, sensitivo. En aquella población alpujarreña, existe un balcón desde el que se divisa buena parte de aquellos territorios en panorámica, y lo que me sorprendió fue el afán por escuchar; todo lo observaba, los gestos, pero también las palabras. Y en su Baena natal, su presencia en la ciudad megalítica de Torreparedones: aparecía y desaparecía entre aquellos riscos, queriéndonos mostrarlo todo. Pero, al mismo tiempo, anotando esas fugaces vislumbres en un cuaderno, puesto que él trabaja así, a golpe de impresiones que luego transforma en poemas engranando las imágenes. Poco antes, habíamos visitado, aquella misma mañana de enero, una torre adusta en la que es tradición que pernoctaban las doncellas traídas de Castilla antes de efectuar la entrada en la Córdoba califal de hace ocho siglos; el paraje era de una potestad evocativa muy intensa, y ahí estaba nuestro Santano, con la retina bien dispuesta y el ánimo abierto a toda sugerencia. Nos acompañaba en tal ocasión el poeta Alfonso Berlanga, casi un mentor para José Antonio, con su sabia veteranía poética, y el novelista Juan Naveros, de erudición torrencial.

Refiero esta pincelada humana porque la amistad es una pulsión vital, tan notable como insólita, en la obra poética de José Antonio Santano, a la cual presta un aire de cercanía poco frecuente. Y lo vemos en la presente Cielo y Chanca, no ya por las numerosas dedicatorias, sino por cuanto en los poemas se constata, muchos de ellos inspirados en autores y artistas que dejaron su testimonio sobre el universal barrio almeriense, desde Juan Goytisolo y José Ángel Valente a Celia Viñas y Julio Alfredo Egea, desde Pilar Quirosa a Miguel Naveros, pero también los pintores Cantón Checa y Jesús de Perceval, y otros muchos, sin olvidar a personajes del mismo barrio que le dejaron su impronta de gentes de bien.

¿Qué buscaba Santano en este mítico lugar, al pie de la Alcazaba? ¿Un libro? Un libro, sí, si tras su indagación poética surgía. Pero no: lo que este poeta busca siempre es la ensoñación provocada por lugares elevados a emblema. Lo que Santano busca siempre es el alma de las cosas y más concretamente de los lugares. Éste es su territorio poético. Pero estos lugares, para emplazarse en la memoria, precisan de la presencia humana, y aquí, en esto, se adentra en el latido íntimo de sus versos. Busca la esencialidad, y de ahí su estilo elíptico donde la sugerencia va siempre por delante de lo explícito. Busca el sonido de las cosas y lo halla en la vibración de las gentes. Quiere llegar al silencio y lo encuentra en la luz. ¿Será, tal vez, porque si la luz tuviera alma ésta sería el silencio mismo?

En Cielo y Chanca estoy por decir que los verdaderos protagonistas son la luz y el silencio. La luz es externa, en esos cubículos de casas apaisadas, semejantes a cristalizaciones de sal, teñidas de tórridos colores en la disposición de las calles que serpean la colina milenaria, y el silencio es interno: lo provoca el vacío que deja el sufrimiento de tantas gentes, pobres gentes a lo largo de los últimos siglos. Arriba está la Alcazaba, como un signo de poder inalcanzable, una especie de bota férrea y pétrea que oprime el cuello de los desafortunados, y abajo está el mar, el mar bullente de presagios para los pescadores que dieron nombre al lugar. Ah el mar, en la obra de este hombre. Desde el mar de olivos de su tierra natal saltó a este gran mar que acoge todo cuanto de inasible existe en la obra de Santano: la incertidumbre, el miedo, la zozobra ante la vida y el misterio de la muerte.

Abre Cielo y Chanca con una primera parte de poemas en cuarteta, como quien merodea el lugar antes de penetrar en su “blanco silencio”. Son a la manera de fogonazos intuitivos: se sustantiva la adjetivación en el segundo de sus versos, que actúan propulsando la tensión del correlato. Integran, en realidad, las veinticinco estrofas de un poema, desde “Esta luz tan intensa” de su primer verso, hasta el “áureo resplandor de la pobreza”, el último. Todo es insinuante, como ingrávido. Cunde una belleza casi abstracta. Y la atmósfera llega a ser como un espasmo estremecido de pura esquematización. La Chanca viene a ser un estado febril.

Silencio roto”, la segunda parte, acoge poemas de mayor fuste, y congrega los ecos de ese mar que fulge al fondo como una amenaza, pero también como un signo de ventura por cuantos por él se llegaron a traernos su legado esos pueblos que jalonan sus dos orillas: Fez, ahí. El Mediterráneo en toda su pujanza. Los colores de un iris interminable. Toda la diversidad humana que es posible sorprender en este vertiginoso emplazamiento desde donde evocar ciudades lejanas y épocas de olvido.

Ciudad marina”, tercera y última de sus partes, nos somete a la meditación de todo lo transitorio y ufano de la vida, ya desde el poema “Al calor del día”, tal vez el corazón del libro, a través de sus cinco movimientos, pues estamos hablando de pura música verbal y conceptual. Las imágenes fluyen y el ritmo aprieta; hay ecos de nostalgia y el tono acoge cierto resón de desconsuelo… El faro de San Telmo, el Cabo, la Ciudad del Sol: “Hubo un tiempo de rosas en la arena”, verso que hace de leitmotiv, introduce el río de la vida desplegado a través de símbolos y reminiscencias mediante los cuales el poeta habla con voz colectiva. Sigue a este soberbio poema el titulado “…De los asombros”, en el que se arremansa la emoción, con el maestro Egea de fondo, pues esto fue lo que nos enseñó, el que el poeta ha de mostrar la vida con ojos nuevos cada día, ojos limpios, ojos sin adherencias, por lo que la poesía viene a ser el asombro, el asombro en lo cotidiano, el asombro ante las pequeñas cosas. Para proseguir con esa “Tarde gris”, que es, como el precedente, una elegía en clave de entrañamiento, esta vez a nuestra querida Pilar Quirosa, la tarde gris en que se nos fue. “Un leve soplo de ceniza” abunda en este sentido de la transitoriedad: alcanza aquí el poemario su más alta cota de hondura en versos como éste de que “caminamos a ciegas mayormente”, o este otro de que “no hay duda de que todo es un abismo”, es decir, eso: “un leve soplo de ceniza”. Para concluir con el poema “Cielo y Chanca”, que por algo otorga título al libro: “Hijos de la mar, feroces minotauros”. Es un poema-estallido. Los apóstrofes se alternan con las conminaciones, los interrogantes con las deícticas respuestas. El libro vuelve así al silencio. Con una preciosa Adenda, dedicada a la Almedina, casa de sus amigos Alfonso y Vivian, como un retorno de dulce humanidad.

La obra poética de José Antonio Santano ha ido adquiriendo, desde su primero, Profecía de otoño (Sevilla, 1994), una notoriedad creciente, al compás de una consistencia más sólida a cada entrega: el amor, la memoria y los silencios ya estaban presentes como sustentáculos de su obra futura. Exilio en Caridemo (Almería, 1998), prologado por José Antonio Sáez, es ya un libro con voz propia, donde recorre en son estremecido los lugares de esa geografía sagrada del Cabo de Gata: Isleta del Moro, Agua Amarga, San José, Níjar, hasta la propia Chanca. Íntima heredad (Madrid, 1998), incide en el amor y en la amistad, entreverándola con emotivas evocaciones de personas por diferentes conceptos muy queridas. La piedra escrita (Salobreña, 2000), con prólogo de José R. Valles, es ya un libro de madurez, por su esencialidad y su hondura; se trata de un libro elegíaco, al filo de la vida con la muerte. Suerte de alquimia (Salobreña, 2003), con prólogo de Rafael Espejo, indaga en su propia mismidad de poeta y hombre del común al amparo simbólico de las materias de fuego, tierra y agua, a la busca de la transformación por la palabra. En tanto que Trasmar (Salobreña, 2005), con prólogo de José de Miguel, prosa poética, es un compendio misceláneo donde se alternan los motivos y reflexiones cotidianas, recuerdos de infancia, evocaciones históricas y otras secuencias, incluidas literarias y hasta epistolares.

A Las edades de la arcilla (Salobreña, 2005), con estudio preliminar de Erasmo Hernández, que supuso el afianzamiento de su madurez poética, siguió Razón de ser (La Laguna, 2009), con prólogo de Javier de la Rosa, libro donde recorre escenografías sureñas: la Baeza machadiana, Medina Azahara, la Sabika alhambreña, así como Estación Sur (Salobreña, 2012), libro de aforismos, con epílogo de Francisco Morales Lomas, en tanto que Tiempo gris del cosmos (Granada, 2014), con una exhaustiva cuanto profunda aproximación poética de José Cabrera Martos, puede calificarse de canto colectivo, bajo la clave del verso inicial “En qué estás pensando, me preguntas”, de cada una de las diez partes del poema que articula el eje medular del libro. Y ya para terminar, Memorial de silencios (Sevilla, 2014), en cuyas cuatro partes prosigue su itinerario emocional poniendo el foco de luz en los ámbitos de la casa, los menesteres laborales y relaciones personales, y la alcoba íntima de su vivencia amorosa, libro al que siguieron Los silencios de La Cava (Salobreña (2015), inspirado en la vida de una mujer enfrentada a las penurias de posguerra, La voz ausente (Salobreña, 2017) y Lunas de Oriente (Granada, 2018), que tuve la alegría de publicar yo mismo: el encuentro con la noche y con la muerte, la Ávila ancestral y los campos de refugiados sirios e iraquíes, Damasco y Córdoba, Túnez, Gaza, Turquía.

Queda atrás La Chanca, con su reverberación cegadora y silencio estremecedor. José Antonio Santano la ha sabido ver en su eco antiguo de laberinto mágico. Arriba la Alcazaba, como un cielo imposible, y abajo el mar de Alborán, como un infierno probable. Y en medio, el hombre en su atávico habitáculo de luz que envejece en sombra insobornable y de silencio, un silencio como la ballena de Jonás, que nos devora, nos masca y retorna a la vida agitada, la vida sin vida del siglo XXI.



Antonio Enrique

26 junio 2019






















Blanco Silencio















I

Esta luz tan intensa

que ya oscurece

olvido fue en La Chanca

blanco silencio.
















II



Musical es el aire

en la Alcazaba

de intenso azul su piedra

luz de la tarde.

.


















III



La mar es lontananza

desierto arena

una nube de rosas

fulgor de oriente.



















IV



En la cima del cielo

magia silencio

diamante y blanca voz

de la palabra.


















V



La luz en la quietud

grisácea hoya

los sentidos anubla

brasa de olvido.

















VI



En los tejados llueve

asfalto espejo

sobre el filo silencio

de los hogares.
















VII



Oscurece la voz

sino de auroras

la rutina cansancio

de las campanas.

















VIII


Regresan las palabras

luz de arco iris

dibujada en la tierra

savia del agua.


















IX



Allí en lo alto toda

de astros blancura

la danza de las manos

sueño invencible.



















X



En el hondo silbido

abismo solo

la triste soledad

del pensamiento.



















XI



De colores la estancia

luz laberinto

en la cima grisácea

toda Babel.


















XII



Azul de mar el vuelo

rojo silencio

el hombre en su fulgor

de negra luz.



















XIII


Vibra en la piedra adobe

palabra y tiempo

soliloquio de nubes

musgo y derrota.

















XIV


Nada en sí permanece

todo regresa

al punto original

leve suspiro.














domingo, 28 de marzo de 2021

Pilar Quirosa o la celebración de la vida (I)

 

Pilar Quirosa

Pilar Quirosa o la celebración de la vida

(I)


Hoy, veintiocho de marzo de 2021, la poeta oriunda de Tetuán y almeriense de adopción Pilar Quirosa-Cheyrouze, cumpliría sesenta y cinco años. Hace ya dos de su muerte y hasta ahora no he podido escribir una sola línea sobre su vida y obra, aunque fueron muchos los días en los que algún detalle, un verso, un libro o un proyecto literario me la recordara. Después del tiempo transcurrido, una vez en calma y desde la quietud del duelo que siempre estará presente para quien la consideró una buena amiga y magnífica poeta, escribo este artículo. Con anterioridad hubo demasiados elementos extraños, circunstancias y conductas oportunistas que me alejaron del foco mismo de su temprana y sorpresiva muerte. Mi relación amistosa y literaria perduró más de veinte años, desde el mismo día y hora que decidí que mi residencia se estableciera en estas tierras, concretamente en Aguadulce (Roquetas de Mar) y compartiera mis libros de poesía con el público almeriense que así lo quiso y entre el que se halló siempre Pilar Quirosa-Cheyrouze, interesada y vigilante en todo cuanto sucedía culturalmente en su ciudad. No descubro nada si digo que Pilar Quirosa amaba la literatura en general y la poesía en particular, pero también cuidaba con esmero sus relaciones personales de amistad. Con ella el camino se hacía más llevadero, porque aunque sea difícil de aceptar, y siendo Almería una ciudad de provincias pequeña, los contubernios poéticos existían en aquellos años que le tocó vivir como presidenta del Ateneo, Jefa del Departamento de Literatura del Instituto de Estudios Almerienses (IEA) o como alma mater del Aula de Literatura del Ayuntamiento de Roquetas de Mar más tarde y que ahora, muy merecidamente, lleva su nombre a petición de las Asociaciones Andaluzas de Críticos Literarios y Colegial de Escritores. Se ha dicho hasta la saciedad que el principal pecado del español es la envidia, y mucho de ella hubo y hay todavía alrededor de los círculos literarios de la ciudad, cada uno por su lado y lejos de aunar esfuerzos, prevaleciendo así un egocentrismo incomprensible, decadente y empobrecedor a todas luces. Sin embargo, nunca vi en Pilar Quirosa atisbo de él, al contrario. A su personalidad y conocimientos literarios se acercaban tirios y troyanos, jóvenes y menos jóvenes, con la intención de medrar muchos y aprender pocos, aunque siempre estuvo predispuesta a ayudar a todos. Su abarcadora manera de entender el mundo fue parte de su excelencia personal y literaria, aunque algunos, casi siempre los mediocres, intentaran beneficiarse de su gran corazón, de su generosidad a raudales.

Pilar Quirosa

Por aquellos primeros años de residencia en Almería destaco el hallazgo de un grupo de poetas que me acogió como si fuera uno más de ellos. Fue aquella una etapa literaria que nunca podré olvidar. Cómo podría hacerlo de Diego Granados, que visitaba en su casa de Albox y con quien conversé tanto de poesía; el más grande poeta almeriense que fuera y es pues nos legó su extensa y excelente obra, Julio Alfredo Egea, con quién tanto quise; Ana María Romero Yebra, por su cercanía y siempre ardiente ternura que tantas alegrías nos ha procurado con sus poemarios y cuentos infantiles; la poeta Pura López, quizá la más injustamente olvidada, con una obra de notoria calidad; mi buen amigo albojense José Antonio Sáez, al que siempre me unió su extraordinaria obra poética y del que siempre recordaré su prólogo a mi primer libro netamente almeriense Exilio en Caridemo y a la propia Pilar Quirosa con quien desde entonces y hasta el fatídico día de su muerte mantuve una sincera amistad y una complicidad literaria sin precedentes. Cómo olvidar tantos encuentros, conversaciones telefónicas sobre este o aquel proyecto, tal su inclusión en los Cuadernos de Caridemo que tuve el honor de dirigir y en los que participó con un estupendo trabajo titulado Palabras para Elisa y otros poemas, los viajes a la ciudad de Málaga durante siete años consecutivos como miembros del jurado del Premio Andalucía de la Crítica de novela y relato, las lecturas de su Aula de Literatura en Roquetas, las presentaciones de libros, sus magníficas reseñas críticas y tantos momentos vividos desde la más irreductible amistad.

Pilar Quirosa


Es imposible olvidar lo que el corazón siente en cada latido, más aún cuando la meta es la misma a compartir desde la más generosa de las actitudes humanas: la amistad. Nunca hubo lugar para la desconfianza, para el desencuentro sino en nimias cuestiones siempre salvables. Pilar Quirosa ha dejado en la sociedad almeriense y en todos aquellos que tuvimos el placer de conocerla un gran vacío, una huella imborrable, que solo puede allanarse con la lectura de su obra, porque en ella está y estará siempre con nosotros lo mejor de la amiga, la poeta, la novelista, ensayista, cuentista y crítica Pilar Quirosa.

Pilar Quirosa

Pilar Quirosa


Hoy, 28 de marzo, nuestra querida amiga y excelsa escritora Pilar Quirosa cumpliría sesenta y cinco años, y aunque persista este duelo, no puedo sino recordar su limpia mirada, su voz enredándose a la vida en cada verso, en casa sílaba o palabra, como si en ellas una luz indescriptible se apoderara del mundo, su mundo que aún hoy late en cada ser, en cada paisaje, en todas los objetos, en cada sueño. Su voz en las aguas del mar en Tetuán, su amado Mediterráneo, en el desierto de Tabernas, en la Puerta de Purchena, en las calles y plazas de la ciudad de Almería, en la Avenida de Madrid, en el Castillo de Santa Ana en Roquetas, en las noches lluviosas de otoño, en la Biblioteca Villaespesa, en el silencio de cada aurora, como si todo siguiera igual y nunca hubiese muerto, porque nunca fallece quien con tanta intensidad amó y vivió la vida:


Pilar Quirosa





Cuando decida el alba

prender la llama,

la noche se habrá colado

por esa abertura

que permanece intacta.


Por ese pasadizo inagotable

que frecuenta latidos de sal,

de bosques y templados horizontes

de mares y otros sueños.


Por esta única ventana, huésped

y desafío que la tarde te regala,

la tarde que se libera y te acompaña,

anuncio de otros días

que ya es cercana noche,

tacto y presencia,

el deseo de estar vivo.


Pilar Quirosa

sábado, 27 de marzo de 2021

TIERRA MADRE

 

TIERRA MADRE
Tierra madre.
 José Antonio Santano








Tierra Madre


(Premio “José Antonio Ochaíta” 2017. Diputación de Guadalajara)















Ay sur, de más allá del sur,

extensión de mi herida

cuando llega la tarde

y tengo que sentir

tu voz atormentada

y todas las crueldades

vividas en tu nombre.


Alfonso Berlanga

















Volver a Sandua


En Sandua aúlla el viento por los viejos tejados

por los muros ruinosos y la negra veleta.

(Elegía VII. R.M.)



A Ricardo Molina. In memoriam



Vuelve la luz a Sandua

arcoíris de pájaros en vuelo

hacia la tarde y sus dominios

verde fragor de campos

en plata de olivar

y silencios,

en sombras que se escapan

y huyen

evanescentes

más allá de la nada y el agua

en hilos de soledad

vuelta la hora exacta

de un otoño lluvioso

que ya es memoria

resplandor solo

la voz dulcísima del viento

acariciando los tejados

y el hollín de la pobreza

el tiempo en su grisura

sin dios ya

sin palabras ni risas

solo cuerpo

dorada carne del pecado

en brasas y labios

toda la estancia en penumbra

los libros

los estantes

el viejo sillón y la mesa del despacho

y en tus manos de ángel

el universo todo

junto a Pablo, Juan y Mario

en un leve suspiro

Cántico luz de madrugada

en las pupilas del sueño

en las tabernas

y el vino como el néctar

y el verso como daga

que se adentra en el costado y gime

sin esperanza

oscurecido el tacto y los sentidos

a orillas del Genil

los amantes

vuelven a Sandua:

Pablo mira al río y los crepúsculos

Juan las nubes de cristal

vivas

resplandecientes

Mario en universo de pueblo

y una soleá en Ricardo

que parte el alma en dos

y desde entonces un dolor punzante

vuelve a Sandua

para nunca más alejarse

vuelve a Sandua en la voz de los poetas

que miran al infinito olivar

y presienten que el destino es allí

un rubí incandescente

tal vez un nombre

que se repite incansable cada tarde de otoño

y nos seduce en su canto único

imperecedero

luciente de cal viva

y el corazón abierto de la casa

ruge como la lluvia en los espejos

y se deja soñar de palabras y sones

para siempre volver a Sandua

estremecida y triste

lumínica campiña

dominio todo

de regreso a la nada y el alma

a esa paz que se advierte

en la anónima piedra

de una tierra que brama

de silencios y olvido

Agua siempre

Tierra

Fuego

Aire

en Sandua Pablo y Juan y Mario

Ricardo en vuelo de luciérnagas

que vuelve a Sandua

para siempre.


Volver a Sandua…









Eterno Don


Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría,

y que obtiene inteligencia;

porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata,

y sus frutos más que el oro fino.


Proverbios 3:13-14



La sabiduría es el alma perfecta, llevada al grado más alto

y más excelente, ya que es el arte de la vida.


Séneca


¿Y de qué me sirvió sabiduría

si ahora, extraviado, no sé a dónde voy?


Antonio Colinas


A José María Barrera, por todos los encuentros




Sin saber dónde ir…


Contemplo el horizonte

la fuerza del silencio

atrapado al crepúsculo

por ser la hora última

fijada ya en la piedra

y al madero pupitre

acaso en el olvido

del rumor de las sílabas

en la luz primigenia

que ilumina los nombres

escritos en el tiempo

que atesora este claustro

supremo entre los arcos

y bóvedas celestes

por más clara razón

de toda transparencia

señal de la verdad

prensil y nutricia

que busca en los caminos

la fuente del saber

que sacie y calme el alma

en honda soledad

ya viva y trascendente

inserta en el misterio

que los ojos ocultan

del abismo y el caos.

Sin saber dónde ir…


Atravieso la luz

de lo invisible

y adentro

en su fulgor me aferro

más allá de la noche

y su esencia

despiadadamente

poseso del silencio

que me habita

en plenitud de aire y fuego

eterno don callado

y triste

de los labios en la rosa

y los mármoles

de este instante que vuela

por el cielo más puro

que los dioses crearon

de la nada en el barro.


Y sin saber a dónde ir

camino

advierto el aire en las mejillas

oigo canciones de pájaros

siento el tacto de la lluvia

su voz de espuma y ola

el fuego del crepúsculo

en las sienes

y el abismo

habito en los estambres

del tiempo y sus derrotas

vuelvo sobre mis pasos

una vez más exhausto

en asombro de días

que la vida me ofrece

generosa y ubérrima.

Incorpórea alcanza ya

el relámpago

invoca la existencia

de sus ojos hirvientes

en la luz

hacedora de ensueños

y liviana regresa

traslúcida y astral

al corazón del alma

plenitud magisterio

de la vida.


Cercano al fin

en lo absoluto ya

descubro el camino

rememoro el temblor

de la palabra

de toda verdad

anunciadora

de sabiduría.




















FUEGO Y ROSA



Ni la palabra ni el silencio. Nada pudo servirme para que tú vivieras. José Ángel Valente





a Rosa León Salas. In memoriam





Nada pude contra el cuchillo

contra el aire disoluto…

Tendría que haber aceptado

aquella invitación

de los días soleados

la luz de los atardeceres

tu casa en la ladera

los sencillos manjares

dispuestos en la mesa

el perfume a canela

las palabras en vuelo

hacia la altura exacta del sueño

tenía que haberte oído

el canto de los ríos

en la hora más dulce y pura

quizás haber mirado

a la hondura del alma

angelical y fulgente

en la ermita desierta

en los álamos solos

allá en el camino que los pájaros

alegran con sus trinos

tendría que haberte dicho

que abierto el corazón

la fuerza era el fuego de las sílabas

que el tiempo me sustrajo

y nunca fueron dichas…

Tendría que haberme adelantado

al tiempo y los silencios

que ahora me torturan

la voz y las palabras

que inoculado el dolor todo es espanto

intensa pesadilla

incomprensible el mundo

la vida desaliento

oscura noche todo…

Tendría que haberme avisado

de la muerte que siempre merodea

pero nunca pensé

jamás creí

que te llegara el día

que todo lo oscurece

y en sombras vive

eterno ya…

Tendría que haberme preparado

para la liturgia del silencio

pero estaba en otras cosas

y hoy no puedo ya salvarte

reunir en un ramo las flores más bellas

y llevártelas a tu casa en la ladera

hoy ya es tarde

para quedar a la hora precisa

y contar amapolas

avistar los montes de olivos

y hablarte del sonido del agua

en las mañanas de estío

junto al cañaveral amigo

escribirte una carta

pidiéndote perdón por las ausencias.

Tendría que haber ido al encuentro

de ese día que hoy se escapa

abismado en la espesura del tiempo

que nunca volverá

a ser aire y agua, fuego y rosa.

















La Voz Iluminada



A Juan Carlos Rodríguez, In Memoriam


Hablan de ti y es otoño

penan tu ausencia

la luz en los albores del verso

que en ti hallaron

la palabra encendida

el verbo en movimiento

cuando la tierra gira

alrededor de una rosa

y el tiempo se detiene

y testigo del caos

tu voz iluminada

siembra estrellas en el cielo

en la quietud toda

de la casa y los libros

de la lluvia en las aceras

golpeando la noche

la piedra y sus silencios

allá en la cima, alto

los ojos son espejos

que el agua resplandece

en los estanques

del jardín laberinto

claridad arcoíris

de las flores lucerna

cuando el sol ya destella

en los cármenes

o en murallas de hiedra.


Yo que no te conocí

que nunca hablé contigo

parece que te tuve

en el abrazo siempre

fraterno en la escritura

visible entre las páginas

de blanco pergamino

de vuelta a la materia

constructo del alma

o el espíritu

te siento ahora

cuando escribo estos versos

cercano al desconsuelo

de saberte huido

después del tránsito

en el tiempo

que fulge allá en lo oscuro

igual que así te viera

al abrigo de tu siempre eterno

sombrero negro

igual que así cantara

tu doble Leonard Cohen

otra noche de otoño

Dance me to the end of love

junto a un vaso de güisqui

en un vuelo infinito

hacia la luz del abismo.


Yo que no te conocí

ni hablé nunca contigo

te escribo ahora

en esta amarga noche

escribo los latidos

escucho los silencios

nombro tu nombre

para sentirme libre

y vivo.


En esta hora gris

te escribo

amado profesor

secreto amigo.












Tierra Madre



a Mari Carmen Tienda. In Memoriam.



En el espacio calmo

de tus ojos vivientes

en esta madre tierra

entierro ya el cuchillo

en los verdes silencios

en el mármol opaco

centelleo de siglos

en el agua y la rosa

más allá de las nubes

en esa extraña luz

que circunda la noche

donde los dioses barro

el aire solo adensan

del otoño en las hojas

al vuelo de los sueños

en la piel de la luna

que obra en el silencio

sepulto en los caminos

después de haber sembrado

semillas de canciones

atardeceres inmensos

en alabanza al sol

que dora los estanques

liturgia de otro tiempo

remoto en los trigales

adentro ya toda alma

que busca la verdad

en los altos cipreses

del único sendero

habitante del cosmos

envuelto en las mañanas

que el frío del invierno

los labios eterniza

en el grito primero

que la voz dolorida

acuchilla al instante

después de haber amado

al alba con locura

el hogar de los hijos

rumor vivo de nanas

callada la tormenta

abierto el corazón

al rumor de los labios

cuando ya todo vuelve

al abismo del fin

en sonidos de réquiem

trascendido y celeste

maternal y nutriente

de los pétalos rosa

en los mármoles huella

para nunca el olvido

en palabras del aire

por los campos de olivos

cuando cae la tarde

la lluvia en los cuerpos

ramillete de rezos

por el cielo abrasados

hasta luego en la tierra

azucena en las aguas

que lentas discurren

por la historia del tiempo

en los juncos descansa

para siempre serena

sin edad en la tierra

madre tierra tu nombre

de regreso a las ramas

de los árboles luz

de la siesta inmortal

en los brazos del viento

la palabra doliente

testimonio del vuelo

que los ojos no alcanzan

al cegarlos las sombras

de la piedra desnuda

después de haber vivido

los sueños bien adentro

el fulgor de los días

como un reloj exacto

en los bosques celestes

habitados de lunas

y en las manos ardientes

por eternas promesas

más allá de los montes

que amamantan fronteras

abierto el corazón

a la tierra y sus dones

en las nieves primeras

nacimiento de labios

que encandilan la noche

aventura en el tiempo

de sedosos silencios

como hiedra en los muros

a la tierra devueltos

en racimos de rosas

que una eterna palabra

en la fuente espejea

por vivir la certeza

que a la tierra volvemos

en alma clara y viva

para ser alma sola

eterna luz de tierra.