domingo, 14 de diciembre de 2008

LA CARTA

La letra era inconfundible. El trazado de cada vocal y consonante sobre el papel blanco del sobre solo podía ser de una persona, muy querida para mí, lejana ahora pero que en otro tiempo compartió conmigo, y yo con él, muchos momentos que ya han quedado grabados para siempre en la memoria y en ella campan, inolvidables. Me había llegado una carta, algo casi inexistente ya en el hábito de los españoles. Sin embargo yo, un privilegiado del género epistolar, había recogido del buzón el correo existente, con la grata sorpresa de la carta de mi tito Manolo, nonagenario ya pero con la lucidez necesaria todavía como para escribir una carta. ¡Qué mérito y qué ejemplo! Con toda seguridad que nosotros, tan maravillosamente agasajados por la sociedad de las nuevas tecnologías y la información no llegaremos a tanto, ni siquiera a su edad.
Noventa años cumplidos y una letra admirable; cierto que con alguna falta de ortografía, pero no lo es menos que perdón solicita por ello en las últimas líneas, encima que la única escuela que conoció fue la de trabajar de sol a sol en el campo primero y, luego, con los años, en los albañiles, en la recogida de la uva en Francia, en las aceitunas... Él, humilde defensor de la democracia durante la República, represaliado por el Régimen de Franco y condenado a trabajos forzados en los campos de concentración que poblaron las tierras de España... Él, que lleva con orgullo haber sido sargento republicano, con la humildad que siempre le caracterizó y con su bella y recta grafía manchando la blanca cuartilla, me da las gracias por recordarle y me cuenta, con sencillez sus recuerdos.
De la guerra del 36, dice, son tres cosas las que quiere contarme, las tres buenas, claro. La primera que se fue al frente el año 37 para defender junto a sus compañeros la Libertad que la derecha siempre les negó y aunque esa libertad tardó muchos años, llegó; la segunda que, por muchas balas que le tiraron ninguna le rozó y que nunca podrá olvidar cuando reconocieron a los sargentos de la República una paga, y la tercera, la alegría de haber formado desde el año 1964 parte de nuestra familia al casarse con mi tita Lola.
Es ésta una carta sencilla, venida de tierras aragonesas, las que ahora le acogen. Al leerla no puedo sino sentirme muy orgulloso de mi tito Manolo: un hombre bueno, cabal donde los haya, defensor a ultranza de los derechos humanos, solidario siempre, nonagenario y lúcido aún, querido por todos.
No es ni ha sido ésta una carta cualquiera, no. Esta escueta pero precisa epístola llega con la fuerza del trueno para ser, de nuevo, la voz del pueblo humilde y trabajador, sin más. ¿No les parece grandioso?

domingo, 7 de diciembre de 2008

LA CHANCA Y GOYTISOLO


Causa sorpresa que quienes ostentan la vara de mando y todos los sacristanes que les secundan –gentes de cerebro gris-, mediocres y pancistas de bien vivir, filibusteros y pícaros en general sean blanco de la noticia antes que quienes por su trayectoria, coherencia, intelecto, sabiduría, honradez y buen hacer profesional deberían ser el centro de atención por excelencia. Cuando escribo esto estoy pensando en Juan Goytisolo, reciente Premio Nacional de las Letras. Confieso que no le conozco personalmente, que nunca intercambié una sola palabra con él, pero a veces solo con mirar a los ojos a una persona es suficiente. Eso es justamente lo que me ha ocurrido a mí con Juan Goytisolo, con independencia del reconocimiento que su obra me merece.
Decía, volviendo al hilo de la escritura, que a veces basta con mirar fijamente a los ojos de una persona para saber de él. El problema, el gran problema de hoy es que estamos demasiado pendientes de nosotros mismos como para mirar a quien tenemos enfrente. Vamos muy rápidos y cuando queremos darnos cuenta es demasiado tarde. Hemos perdido la buena costumbre de mirarnos a los ojos mientras hablamos; no hay contacto, no sentimos al otro. Su presencia nos es tan ajena como lo pueda ser Marte.
Sin embargo, la excepción –dicen- confirma la regla. Sirva como ejemplo el protagonizado por los escolares del Colegio La Chanca. Ellos, que también han sentido la presencia del escritor, que le han mirado a los ojos, le han besado, caminado junto a él por su barrio, que viven en el deseo de un nuevo encuentro y le han sentido muy adentro, le llaman amigo y lo felicitan como mejor saben hacerlo: con el corazón y en una pizarra. Ellos quieren leer todos sus libros, y ser unos grandes lectores y escritores, como él. Mas Juan Goytisolo no es sólo el escritor, es el hombre comprometido con sus gentes -provengan de donde provengan- y con su tiempo.
No sé si alguna vez tendré la oportunidad de conocer a Juan Goytisolo en persona, espero que sí, pero si así no fuera, siempre diré que me bastó mirarle a los ojos para sentirlo cercano. Tan cercano como lo está en la fotografía que ahora contemplo: él en el centro, rodeado de niños y niñas del barrio de La Chanca, su barrio. Juan, con los brazos sobre las caderas, los mira atentamente, escucha sus explicaciones. El tiempo no existe. Juan Goytisolo entre todos y con todos. El escritor y el hombre, inseparables.
Juan Goytisolo en el silencio de las noches de Marrakech y de La Chanca, en la soledad de la mar, en los espejos del alba.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

TALLERES


Desde hace unos seis o siete años la moda de los talleres de escritura se ha implantado en España. Crecen por doquier estos talleres en los que se pretende, por un precio nada desdeñable y unas horas, enseñar a los asistentes a escribir correctamente poesía en unos casos y prosa en otros. Se anuncian estos santuarios para nuevos escritores en Internet, en las páginas de los periódicos más prestigiosos, en las Universidades, en las bibliotecas o en los lugares más insospechados. En ellos, el ponente o profesor, que a veces es un escritor y otras algún joven licenciado en Filología, enseña, en un tiempo excesivamente corto, las reglas fundamentales para una escritura correcta. El perfil de quienes se acercan a este tipo de enseñanza es variado: desde el estudiante universitario hasta el jubilado. Asisten a estos talleres con la esperanza y el deseo de poder alcanzar un estatus social que en los últimos tiempos se ha puesto de moda en nuestra sociedad: escritor. Y es curioso, porque esta digna y noble profesión que siempre fue silenciada, en el mejor de los casos, y denostada, en el peor de ellos, parece que ahora remonta el vuelo para convertirse en un hecho trascendente, relevante.
Hoy, en los albores del siglo XXI, ser escritor es un signo de distinción social. De ahí que sean muchas las personas que se acercan a estos talleres de creación, en la creencia que encontrarán la varita mágica, o que, incluso, se les desvelará los secretos de la composición poética o narrativa. Acuden a los talleres con la convicción de que en unos días habrán aprendido lo que otros tardan toda una vida. Pero para ser escritor, un buen escritor, que de eso se trata, supongo, hace falta mucho más que unos días y una determinada cantidad de dinero. Es posible que en estos talleres se alcancen algunas habilidades, pero entiendo que el proceso de creación de una obra literaria, sea poética o narrativa, necesita de esfuerzo, tiempo, meditación, infinitas lecturas, conocimiento de la lengua, etc.
Vivimos un tiempo de extremada confusión. Todo se sucede con la velocidad del rayo; el éxito y el poder la meta, sea cual sea su precio. En el caso que nos ocupa, el de ser escritor, también.
Para ser escritor, además de la técnica y el dominio del lenguaje, hace falta algo imprescindible, alma. Se podrá escribir correctamente un poema o una novela, pero si una u otra no conmueven al lector, de nada habrá servido la técnica.
Escribir es vivir en cada personaje su propia vida hasta las últimas consecuencias; encadenarse a sus sentidos hasta dejar de ser uno mismo para ser el otro. No existe escritura sin entrega, sin alma.

domingo, 16 de noviembre de 2008

LA UNIVERSIDAD


Nunca le abandonó la necesidad de conocer, incluso ahora que, cumplidos los cincuenta años, había decidido matricularse en la Universidad. Aún hay tiempo, se decía a sí mismo una vez y otra, convencido de que el deseo, la voluntad y la constante y creciente curiosidad que le caracterizaban harían el resto. Volver a la Universidad después de tantísimos años era todo un reto, y el tiempo, su principal enemigo. Primero tendría que cumplir con su jornada laboral, luego con sus obligaciones familiares, y, finalmente, robarle horas al sueño para estudiar.
Sabía bien que su aventura universitaria no sería fácil, y a pesar de todo, estaba ilusionado. Los ojos le brillaban con una intensidad desconocida. Le temblaban las manos con solo pensar que en ellas se alojarían, después de tanto tiempo, los libros de texto, como cuando era joven y acudía al Instituto, con la diferencia de que para este viaje tendría como compañera a su propia soledad.
El primer día que acudió al campus se ruborizó un poco, incluso dudó de haber actuado correctamente. Por segundos tuvo la certeza de creerse rematadamente loco. Entre ellos él, que doblaba sobradamente la edad de aquellos pipiolos; sintiéndose observado por todos desde la más absoluta indiferencia, como si no existiera realmente. Aún así, volvió al día siguiente para completar la matrícula. Los días sucesivos los empleó en contactar con los profesores para concretar las tutorías. Cuando quiso darse cuenta ya era un nuevo alumno de la Universidad, y se sintió afortunado, descaradamente afortunado.
Había soñado tantas veces con aquel momento que le parecía imposible estar allí, en el campus de la Universidad, en su biblioteca, en las aulas (aunque no pudiera frecuentarlas como el resto de los alumnos). Allí, con el único deseo de aprender, de descubrir y aplicar luego los conocimientos. Sin prisas pero sin pausa.
Ajeno a los dimes y diretes, que los habría, la Universidad comenzó a ser su único refugio, y su horizonte. Había encontrado una nueva razón de ser, un nuevo mundo. El saber como meta. La luz del conocimiento como guía. Ahora tendría que comenzar desde cero y no sería fácil, pero nada de esto le importó. Consciente de hallar en el camino cientos de obstáculos, no desfalleció, todo lo contrario, se sobrepuso a ellos y con denodado esfuerzo fue conquistando su gran sueño.
Hoy, sexagenario ya, deambula por el campus universitario, solo y silencioso. El eco de una voz le susurra al oído: ¡Universitas... In lumine sapientia!

lunes, 20 de octubre de 2008

CULTOS

Aquella mañana el cielo amenazaba con descargar toda el agua-barro del mundo. El color gris anaranjado de una única y gigantesca nube parecía presagiar el final o acabamiento de todo. No obstante, y a pesar del estado agónico del cielo sobre la mar y los hogares, un calor sofocante emergía del mismo centro de la tierra. La luna, como una tímida dama en el cielo, asomaba por segundos su deslumbrante blancura. Reconozco que el paisaje, aunque hosco, no dejaba de ser conmovedor. La vida estaba en cada átomo o partícula, ofreciéndose desnuda y libre, y a mí esta circunstancia me pareció extraordinariamente bella. La razón de mi culto a estos días grises unas veces y otras lluviosos viene de antiguo, pero no me pregunten la razón. Tal vez, se me ocurre a bote pronto, mi madre sea la causa, que siempre confesó su deleite por ellos, contagiándome a mí de la misma querencia. Realmente, todos los seres humanos mostramos una tendencia hacia algún culto, con independencia de cuál sea su naturaleza. Los hay hacia el poder, la imagen, el dinero, la religión, y un largo etcétera. Los cultos pueden ser tantos como personas existen en el mundo.
Por la tarde, todo fue distinto. Ante mí, el bullicio de la gente de un lado para otro, subiendo y bajando escaleras, mirando escaparates o en las cafeterías componía el nuevo paisaje. En las entrañas del gran centro comercial la vida discurría aceleradamente. Entre tanta gente una joven pareja suscitó mi atención. Ella cubría su cuerpo con un manto negro, bajo el cual asomaban los bajos de un pantalón blanco, y la cabeza, con un pañuelo también negro; él, una camisa blanca y desabotonada hasta el pecho, así como unos destintados y modernos pantalones vaqueros. Al verlos pensé enseguida en los cultos y en las diferencias que los marcan, pero lo hice sin acritud alguna, desde el respeto que merecen las costumbres y tradiciones de cada pueblo, su singular cultura.
Durante el resto de la tarde no pude apartar de mí aquella imagen. Él, igual a sus iguales, consumiendo los mismos objetos o productos que sus iguales; normalizado en sus costumbres; ella, en cambio, anclada en el pasado, conservadora de un culto ancestral, diferente a sus iguales. Ambos, seguramente, educados en la misma cultura.
Cada vez que visito el centro comercial pienso en aquella joven pareja y no puedo evitar que una cierta tristeza me asalte. El hombre, por mucho que nos pese, sigue siendo ese ser egocéntrico e insolidario, incapaz de compartir con sus iguales las grandezas del mundo, una sonrisa siquiera.
Atardece, delante del escaparate, la joven pareja. Él, habla y habla; ella calla, y sueña.

lunes, 6 de octubre de 2008

DESMEMORIA


Existe un dicho popular que dice "siempre". Cuando se hace uso de él, al menos en el noventa por ciento de las ocasiones, mi experiencia me dice que acierta de pleno. Y es que en esta España nuestra siguen hablando los de siempre, que no son otros que los que debían de callarse, y no meter la pata hasta el corvejón que es lo que hacen un día tras otro delante de las cámaras de televisión, en los periódicos o en la radio. A veces tengo la sensación de hallarme en otro tiempo, un lugar que atisbo todavía en blanco y negro, en ocasiones gris, donde la luz casi nunca se advierte. En ese mundo, quienes me rodean –hombres y mujeres humildes- evitan hablar por temor a ser castigados, y la hipocresía, la mentira y el boato campan a sus anchas por doquier. Quienes vivieron ese tiempo de riguroso silencio, de miedo continuo y humillación, ahora, sólo pretenden que se les devuelva la memoria, por justicia y dignidad.


Quienes tuvieron que soportar durante tantos años el desprecio, la soledad y el silencio como una losa tan pesada como insoportable y dolorosa, tienen derecho a que se les escuche ahora, a hablar, y si me apuran, por qué no, a gritar de impotencia y de rabia por tanto desagravio. Todos ellos, sin exclusión, no existieron ni vivos ni muertos. Hurgaron en sus cerebros con la intención de desmemoriarlos, pero no lo consiguieron, y ahora, cuando están dispuestos a desenterrar tanta angustia y desesperación también se les quiere silenciar.



Lo que sé lo sé de oídas, eso sí, quienes contaban las historias de sus vidas lo hicieron siempre en voz baja, muy baja, porque hasta las paredes creían que escuchaban. Sucedía a la luz de una vela y al calor del brasero de picón, en las noches de invierno, de vuelta de la recogida de aceitunas. Así fue durante muchos años, con la expresión del miedo en los ojos; temiendo una llamada en la puerta de la casa mientras se dormía plácidamente, aterrorizados día y noche.



Nadie escapó a la venganza y la vileza de un tiempo gris, a la ignominia y el sufrimiento de la oscuridad y el silencio. No había nada que hacer, la vida era un túnel sin salida.



Aún hoy, la vida es una secuencia en blanco y negro, y los rostros que se muestran lo hacen escondidos tras unas grandes gafas de cristal negro. El origen de todo es la total oscuridad, el silencio que nace de las entrañas de la tierra, de una tierra regada con sangre y fuego. Todo acabó tiempo atrás, y sin embargo, preciso es que se restituya la memoria colectiva, la de todos, sin exclusión, por dignidad.

sábado, 27 de septiembre de 2008

EL SACERDOCIO DEL ARTE


Atardece en la estancia. Los libros forman poderosas columnas en los anaqueles. El sonido de los violines traspasa las paredes y la ventana en un canto indescriptible. En unos segundos distingo la voz de la soprano. Interpreta el trigésimo noveno movimiento de la Pasión según San Mateo, de Johann Sebastián Bach. Conmovedor, extraordinario. Maravilla de las maravillas. La música adentrándose en las profundidades del ser. A solas con la oscuridad y la luz, ensimismado en el caos de su propio yo, el arte crea formas y signos, se sumerge en la mar del pensamiento hasta encontrar el origen, la razón primera de su existencia. El todo y la nada convergen entonces y el artista, sumido en la abstracción de cada día, va creando su propio mundo, el universo de su ser en connivencia con las musas que merodean por la casa y un rincón de ésta donde sólo existe un único paisaje, una sola vida.
Atardece en la estancia aromada de óleo. Las manos asidas a la paleta. Los pinceles van dejando su rastro sobre el lienzo blanco, y las manchas de color van transformándose en figuras, rostros, sombras y luces que la memoria crea y recrea en el instante preciso.


El pintor ahora está ausente, viaja hasta su infancia en Albox. Recuerda sus primeros años en casa de sus abuelos maternos, en el número 40 de la calle Concepción del Barrio de La Loma. No sería la calle uno de sus lugares preferidos, porque poco la pisó, si acaso en contadas ocasiones junto a dos o tres niños con los que compartía la afición de jugar a las palas y los camiones. La infancia de Andrés García Ibáñez fue muy distinta a la del resto de niños. Él prefirió el Taller de su abuelo José Ibáñez, “un lugar imprevisible...”, “siempre era un sitio nuevo, donde mi abuelo hacía de relojero, pintor, tallista, dorador” –recuerda Andrés-; también la papelería Iris, de su tío; dos espacios que influyeron decisivamente en su vida. Durante aquellos años Andrés comienza a dibujar. Copiaba láminas de Freixás, reproducciones de pinturas del museo del Prado que el abuelo le facilitaba. Hasta los seis años vive con sus abuelos maternos, dibujando sin cesar y aprendiendo las buenas artes del abuelo José, que lo mima y le aconseja como si se tratara de un discípulo: “tú ten en cuenta que a ciertas alturas los borrones son pinturas” –le diría cuando Andrés se disponía a pintar su primer mural. Antes, ya había pintado todo lo que se le ponía por delante. Tendría doce o trece años cuando pintó sus primeros óleos y exponiendo con once sus primeros dibujos en el salón parroquial de Albox.
Abandona Andrés el hogar de los abuelos para ir a la Escuela “Antonio Relaño”, de Olula del Río, donde viven los padres, aunque todos los veranos volvería a Albox, al taller del abuelo, su valedor. Pero Andrés es un artista desde incluso antes de su nacimiento. Una especial sensibilidad lo aparta de los lugares frecuentados por el resto de niños. Sus vivencias artísticas van calando en su interior hasta el punto de comenzar a pintar al óleo a los grandes pintores españoles: Goya, Velázquez, Rembrandt y el Greco. A los dieciséis años inicia el camino de la creación artística y que no dejará ya, a excepción de algunos paréntesis temporales, exponiendo por primera vez un año más tarde en la sala de Exposiciones de Unicaja, en Almería.


A partir de este momento (1989) García Ibáñez comienza una carrera fulgurante, exponiendo su obra por lugares diversos de España y alcanzando con su obra “Dánae” el primer premio en el concurso “Jóvenes pintores andaluces”, de Unicaja. En los siguientes años, alternará la creación pictórica con los estudios de Arquitectura Superior en la Universidad de Navarra. Murales en 600 metros cuadrados de la bóveda de cañón de la Basílica de la Esperanza de Málaga, un gran lienzo en la Plaza de San Pedro en la ceremonia de beatificación del obispo de Almería, Diego Ventaja Milán; el popular lienzo de “Los Baquillos” u otras obras como “María”, “Raquel” o “El jardín de las bacantes”, serán obras de su viaje iniciático. A éstas seguirían otras como los ocho lienzos gigantescos para el retablo principal de la nueva Catedral de San Salvador en la República de San Salvador y exposiciones varias en Olula del Río (antológica); en Madrid, Sala Alcolea; en Barcelona Sala Nonell y en Londres, Sala Roy-Miles.


Pero Andrés García Ibáñez, no harto con todo lo anterior decide poner en marcha uno de sus sueños: la construcción de su propio museo, que denominará Museo Casa Ibáñez y en el que sus visitantes puedan apreciar su obra y las de otros autores plásticos. Diseñado por él mismo, el Museo Casa Ibáñez refleja un estilo posmoderno en el que conjuga lo clásico con lo contemporáneo y que recuerda a la antigüedad clásica y romana, la árabe; en definitiva, todo un modelo mediterráneo. En él hallará el visitante un espacio abierto, desnudo y lumínico en el que el arte está presente siempre y en todo lugar. Será a partir del año 2000 cuando Ibáñez aborda la creación de una obra propia a través de unas series que muestran su rebeldía; no cabe duda –comenta- que mi actitud rebelde ante la vida salpica, como no podía ser de otra forma, a mi proceso artístico. El arte es una actividad que surge de la necesidad y de la enfermedad, si no hay obsesión no hay proceso artístico; el arte no conoce reglas, es expresión del talento, surge de repente y no depende de parámetros medibles –sentencia-.


Los temas que trata en su obra son sus propias preocupaciones o angustias; una rebeldía responsable y reflexiva que le lleva a enfrentarse artísticamente a la más recalcitrante tradición española. Ibáñez no es un ingenuo, es un pintor, un artista que ha sabido dotarse de pensamiento, de inteligencia para salvar los muchos obstáculos que esta sociedad hipócrita y pacata ha ido poniendo en el camino. Y así, con su serie La falacia del signo nos muestra un universo que para muchos, posiblemente todavía, debería ser intocable, pues en su obra principal “La muerte de Dios” rompe con los cánones tradicionales para descubrirnos un nuevo y fuerte simbolismo. Todas y cada una de las series creadas por Ibáñez (Almería, Paisajes españoles, Mitologías, Retratos y paisajes ingleses, La vida contemporánea, Beethoven, Mujeres, Los mitos femeninos, Rita, Centroamérica, Prèt’ à porter, Venecia, La falacio del signo, Mediocres, Cutrez y Putrefacción, Manolas y penitentes, La masa, Vanitas, Maried. La imagen de Eros, Retratos reales, Retablos... ) –además de su obra escultórica y fotográfica- son, sin duda, la expresión deslumbradora de su talento y de su estética. Ibáñez no se detiene ante la mediocridad que le rodea, todo lo contrario, se crece ante la adversidad y muestra su desnudez, convencido de que la libertad es el único camino hacia una sociedad más justa y solidaria.
Prueba de todo lo dicho es su vuelta a la representación pictórica de la muerte y su simbología. Ahora estoy pintando cadáveres de animales o trozos de esos cadáveres –dice Ibáñez-; el motivo es mi convencimiento de que somos naturaleza muerta, cadáveres humanos –concluye. Ni qué decir tiene que Andrés García Ibáñez es un artista comprometido con su tiempo y la sociedad en la que vive; inconformista y rebelde, crítico, a veces irreverente, a veces sarcástico.


Cuando se define a sí mismo, dice ser un trabajador que no escatima esfuerzo y trabajo, que asume la disciplina sin dolor y hace lo que haga falta, porque para Ibáñez, el arte es un sacerdocio, añadiendo a renglón seguido que se considera un hombre con suerte por tener una mujer que lo entiende y respeta en este aspecto. Y no le falta razón, como tampoco la perseverancia necesaria para alcanzar sus sueños, como lo hicieron aquellos otros artistas del renacimiento que como él no escatimaron esfuerzo y tiempo. Aunque víctima de un olvido inmerecido, Ibáñez no se amedrenta, pues en el fondo sabe –sabemos- que la inteligencia vencerá a la mediocridad siempre.

Mientras escucho el trigésimo noveno movimiento de la Pasión según San Mateo, de Johann Sebastián Bach, una imagen se repite sin cesar en mi memoria. Es Ibáñez que se autorretrata. En el lienzo manchas de colores fríos (los grises y los azules). El cuerpo se muestra desnudo y putrefacto, como si quisiera escrutar toda la parte oscura que llevamos dentro.

Sin embargo yo, desde la cercanía del mar y sus silencios, veo al niño que nunca fue, jugando con las olas en sus manos, ensimismado, ajeno a todos y a todo, endemoniadamente libre.

miércoles, 30 de abril de 2008

ASOMADO AL INVIERNO



O todos o ninguno. O todo o nada.
Uno sólo no puede salvarse.
O los fusiles o las cadenas.
O todos o ninguno. O todo o nada.

Bertolt Brecht

a Antonio Muñoz Zamora (superviviente campo nazi de Mauthausen).

In Memoriam



Me acerqué aquella noche hasta su casa
como un sonámbulo, muy lentamente,
al tiempo que las calles, frías y húmedas,
vertían mosaicos de espejos, luces
de infinitas soledades, de inviernos
obscuros y dolientes en mi rostro.
Una alfombra de hojas amarillas,
de silencios anónimos se ocultaban
tras la densa niebla del olvido, gris
como la edad fundida a mis cartílagos,
la misma que asola campos y sueños.
Hoy camino por vastas geografías
y lluvias monocordes, por océanos
de sangre y fuego, por sórdidas cárceles
y cuerpos desnutridos y hacinados;
hoy, después de oír sus voces mustias,
me persiguen las sombras del pasado,
la triste melodía de otras edades,
los días con sus crespones de luto,
el ácido silencio de la historia
que arremete contra todos y todo.

Hoy te he visto, apoyado en los silencios,
cruzar la calle muy despacio, trémulo,
apurando los rumores del día
y he sentido el vuelo de los ángeles
como un aguijón de muerte en los párpados
de la noche y los altos cipreses.
Hoy, te he visto, y en ti, los negros peldaños
del desvalimiento –caústica agonía-,
y uno a uno he contado con los dedos
manchados por la sangre y el tormento
cada cuerpo caído en la espesura
selvática del odio y la barbarie.

Entonces recordé que tus orígenes
de sal y espuma avivaban el vuelo
de los pájaros, los sonidos del aire
en las mañanas de la calle Estrella,
allá en la Almedina laberinto,
nido y haz de sueños y quimeras,
en cálido abrazo con los licores
y el vino oferentes de Casa Teba,
o las fragancias de la oscura tinta
impresa en áureos pliegos de papel.

Recuerdo que tu nívea presencia
viaja conmigo a Orihuela, Albacete
y al frente del Jarama entre aullidos
monocordes de balas homicidas;
que en Brunete la sangre es un hervor
en tu antebrazo; que te espera el agua
del Ebro y la orilla de Gandesa,
la voz de un silencio tras otro, la luz
del ocaso en las pupilas y el alma.
Recuerdo tu soledad en Argelès,
la humillación en tu lecho de arena,
las noches de duermevela y congoja
sesgándote la piel y las ideas,
arañando la juventud del sueño.
Y allí en la playa, en la dura almohada
del desamparo, insomne, descubrías
la doliente mirada de otros seres,
de otras vidas sin vida en las pupilas,
sin sueños ya, sin patria ni memoria.

Luego, tu carne apresada a otra carne
en un abominable vagón de tren,
inmóvil, asfixiado en el hedor
de otros cuerpos vencidos, moribundos;
sólo carne, espuria piltrafa humana
camino al matadero de Dachau.
Y vendría el infierno de Mauthausen:
ciento ochenta y seis peldaños de espanto
y muerte, el horror de noches y días
sintiendo el gas asesino en el aire.
Con el paso del tiempo, otros infiernos
en tu Francia adoptiva y en tu natal
Almería, otros silencios, otra paz
más dolorosa, un pacto de esperanza
para seguir viviendo como humano
lo que otros mancharan con sangre y fuego.

Volverías, con el paso del tiempo,
a la razón del ser, eternamente.

lunes, 21 de abril de 2008

LA GALLINA CIEGA


Vendar sus ojos tan azules como la mar que baña esta orilla fue algo mágico. Luego, después de que la oscuridad se convirtiera en el único universo existente, la desnudez de su cuerpo iluminó la estancia. Aquel resplandor cegó a quienes contemplaban silenciosos tanta belleza. En cambio, hubo quien no sintió nada, y con los ojos vidriosos de ira salió del lugar raudo y despotricando de unos y otros, escupiendo palabras y vomitando insultos. La pobreza de su mirada no pudo captar el verdadero sentido de aquel espectáculo de luz y materia, de lienzos y mármoles, de blancos y negros, y rojos, y amarillos, y paisajes convocados del futuro, cristales y arcilla, maderas y tela, papel y bronce...Todas las miradas al frente, buceando por las entrañas de la materia y del espíritu, conquistando nuevos reinos para el sosiego y la paz que todos deseamos perpetuar en lo más profundo de nuestro ser. Ahí estaban todos, hombres y mujeres, objetos, la nada y el abismo, el todo y el paraíso. Y en cada uno una concepción distinta del universo, la diferencia como ley, la fusión de lo absoluto y la nada para ser más libres, más puros, más solidarios.

Vendar sus ojos tan azules como la mar, vendarnos los ojos todos, sin excepción, y dejar que el aire nos acaricie los labios llegada la tarde, que la luz de la mirada nos perfore la carne, que las sombras nos brinden sus silencios, que el trazado del pincel o de los lápices sea un rosario de sueños y quimeras, que el blanco y negro del pasado nos alerte de la noche y sus cuchillos...


Jugar a la gallina ciega en la negrura y la soledad de A Costa da Morte, en el olvido del Cortijo del Fraile, en la sangre de una pasión crucificada, en la blancura cúbica y solemne de la Chanca, en la pobreza secular de Andalucía, en la estulticia del poderoso, en la rancia tradición del nacionalcatolicismo, en la belleza marmórea de una sonrisa o en el dolor callado del miedo y sus fronteras.


Permanecer con la mirada atenta a los paisajes interiores del alma y sus aristas; alzar el vuelo hasta la cúspide de nuestra propia clausura, de nuestro destino global y único; abrir las puertas del conocimiento y la sabiduría a un tiempo sin límites ni barreras o abismarnos en nuestras propias miserias y contradicciones. Salvarnos los unos a los otros en el tránsito de esta vida. La magia de la soledad creadora, provocadora, libre y desnuda, esperanzadora, y en el Todo la gallina que nos observa, y que de ciega, nada de nada.

 
(Ilustraciones: Goya, Golucho, Ontañón, Antonio López y Noé Serrano)

domingo, 20 de abril de 2008

DE LA SABIKA Y LA ALHAMBRA



La Sabika es una corona sobre la frente de Granada,
en la que querrían incrustarse los astros.
Y la Alhambra (-¡Dios vele por ella!) es un rubí en lo alto de esa corona.

Ibn Zamrak

Juego entre mis manos con su piel de seda y albas
y en el silencio de la estancia preparo vino
y rosas, elixires y aromas del oriente;
pláceme sus consejos y plática llegada
la noche, y entre la mirada fija de las estrellas
y la cálida llama de la luna en el cielo,
ebrios se adormecen los sentidos y los sueños.

Mas nada temo en tu grande altura de colina,
ni nada quiero, que entre las hojas amarillas
del otoño en tus labios y de la luz dorada
de la tarde en tus cabellos, serenas residen
las oraciones, las palabras, los gestos; sean
todos en uno la dulce voz del almuédano,
el canto del gallo cumplido el tiempo, la edad
de los abismos en el incandescente mármol
de los surtidores, en los espejos del agua
o en el silencio de la turbación y sus círculos.

En tus pechos de nieve y sol habito, en la magia
de la seda y el blanco azahar, en los jazmineros
que pueblan los jardines y la noche perfuman,
y las alcobas de palacio y las pobres casas
de los labriegos de la vega, y las estrechas
calles de la medina ensortijada de luces,
de cristales e infinitos colores, de lluvias
y asombros en las riberas de la noche y el grito.

Juego entre mis manos con el fuego de tus labios
y a ellos me encadeno libremente, eternizando
la hora en que la llama del amor en brasas besa
la túnica sedosa de tu vientre y tu costado.

En mis dedos los tuyos, la vida y sus secretos.

martes, 1 de abril de 2008

LA HABITACIÓN SECRETA DE MANUEL FALCES



Declinaba la tarde en la Almedina. Lucía la calidez del crepúsculo en el laberinto de sus estrechas y solitarias calles. Ciertamente el lugar y la hora eran idóneos para un hombre, Manuel Falces, cuya pasión ha sido, es y será siempre la fotografía. En un par de ocasiones había tenido el placer de conversar con él, no mucho, es verdad, pero sustancioso en todas. Ahora era distinto, y hablaríamos de lo humano y divino, sin prisas, como al propio Falces le gusta decir, igual que la serena lentitud de sus pasos sobre el asfalto o las aceras, como si en cada uno de esos pasos le fuera la vida misma. Como “un tío muy raro” prefiere definirse al tiempo que ríe a carcajadas, y acto seguido sentencia, ampliándose en su autodefinición, como “una sombra, un espectro divino, no lo sé. Un pretérito indefinido, alguien que se está encontrando a sí mismo en cada esquina, en cada momento. Manuel Falces es, un sujeto que nació en Almería un 14 de mayo de 1952, hijo de María y de Manuel, en la calle José María de Acosta, al lado del cine Moderno…calle de personajes muy ilustres como David Bisbal (carcajea), su abuelo, Juan Asensio, la familia Beltrán,…cerca del jefe de falange, de un concejal del Partido Andalucista; es decir, Manuel Falces es absolutamente un potaje de personajes, que parecen haber salido todos de la caldera de Astérix”.


Ante mí, el hombre, el fotógrafo, el amigo, muchas vidas en una, pero en todas el mismo ser vital, enigmático a veces, silencioso otras, profundo y reflexivo, tolerante, claro y apasionado siempre. Por ello, cuando le nombras La habitación secreta (título de uno de sus trabajos fotográficos), él nos habla de ella, que dice ser aquella que todos poseemos, en la que nos refugiamos y en la que habitan todos los fantasmas, los ángeles y demonios, los poetas, el cielo, los actores, el cine, nuestras televisiones particulares, nuestra casa de muñecas, nuestros juegos de niños, nuestras noches de Reyes, donde habita absolutamente todo, todo, todo. Por ella (la habitación secreta) han pasado todos los duendes y todas las hadas, toda la memoria, y ha pasado la mitad de nuestra historia.


Manuel Falces sabe de la soledad del creador, en la que cree y se reconoce. “Los creadores son gente muy solitaria –sentencia-; siempre habita un lobo estepario en una persona que crea. Pero la soledad es algo entrañable también. Hay una soledad sonora, una soledad que grita a voces, que grita por las esquinas, grita calle a calle y verso a verso…La soledad es algo bellísimo... Esta historia de los comités, de las agrupaciones no se ha inventado para una persona que crea, no, yo creo todavía en el lobo estepario…”. Afirma Falces haber llegado a la fotografía “de la mano de su madre… la cámara oscura, sales de plata, las emulsiones, las sombras primero y luego las figuras; y ahora un mundo de píxeles, un universo absolutamente digitalizado, pero donde puede ocurrir de todo, donde puede pasar cualquier cosa y en cualquier lugar; la fotografía, ese instrumento mágico. Porque, el secreto de una buena fotografía está en los ojos, en la cabeza y en el corazón, sin eso la historia no funciona, y luego, la cocinilla –ríe-, el asunto dermatológico, la olla y lo demás de la cocina, el laboratorio, la alquimia…”. Enlaza esta palabra con el recuerdo hacia el que fue sin duda un verdadero alquimista, un mago, el fotógrafo Ruíz Marín. Como abogado, Manuel Falces lució la toga en infinidad de ocasiones, hecho que lleva a honra y a gala, aunque según él, la palabra parezca un poco goyesca-borbónica, la verdad es que no renuncia a ello. Durante muchos años los Aranzadi, los Boletines Oficiales y los ácaros del polvo de los legajos le pertenecieron también.


Y es que Manuel Falces es sobre todo un soñador, y como tal, allá por los años setenta inicia, junto a otros fotógrafos europeos e ilustres personajes (William Klein, Cartier-Bresson, Linda McCartney, Bryan Griffith, Sebastiao Salgado, Cristina García Rodero, entre otros) el proyecto IMAGINA, germen de lo que luego sería el Centro Andaluz de la Fotografía y del que fue director durante 17 años. Además de los ya nombrados, recuerda también a quienes, desde la sombra, le echaron una mano: José Ángel Valente, Juan Goytisolo; muchos sin duda, a la postre, un equipo absolutamente loco. No cabe duda que durante la etapa de director del CAF, Manuel Falces optó por una divulgación muy democrática de la imagen, llámese Talleres gratuitos, autores y obras de la alfa a la omega: “de cubrir –comenta- todo el abanico, todo el alfabeto de los mil nombres que tiene la fotografía”. Respecto a la nueva sede del CAF se siente satisfecho, porque con ella, dice, “Almería va a ser un referente de la imagen, y creo que es de justicia que esté aquí, y va a estar aquí, aunque ha costado mucho trabajo, ¡nadie puede imaginarlo! ¿Que yo no estoy? No pasa nada. Siempre tuve la certeza que en un sillón se está accidentalmente, que es lo contrario de lo que piensan muchísima gente que se dedica al noble oficio de la Administración Pública”.


Cuando hace una fotografía Manuel Falces dice ver un día entre los días, lo que te pasa por los ojos, la vida, también ese teatro, en cierta medida, porque no deja de ser literatura y la literatura tiene su dosis de poesía, de historia, de precisión, de matemática de los puntos y las comas; o sea, que tiene mil cosas. Al hacer una fotografía lo único que busco, posiblemente, es el enigma, el misterio, y sobre todo, la belleza, que es la única lucha que merece la pena.
El hombre está solo y vencido. Ya nadie recuerda su nombre, pero su nombre vive en los labios de quienes le amaron siempre, en sus imágenes en blanco y negro o de tenues colores. Su nombre está en las paredes de la habitación secreta, donde sólo los sueños cohabitan con los días y las noches, con las palabras que nombran lo innombrable y toman las aceras, y las calles, y las avenidas y plazas de la ciudad, su ciudad. Su nombre está grabado en la memoria de la historia, de la historia que se escribe día a día, en la soledad de una estancia cualquiera.


El hombre está solo en su impredecible ciudad, en el mar y los desiertos, buscando el cielo en el techo de su habitación secreta. Su nombre, Manuel Falces.
(Ilustraciones: Manuel Falces)

domingo, 23 de marzo de 2008

CAMPANAS DE BAEZA


II

Lo he visto en la puerta
de su casa, estaba quedo,
con la mirada en lontananza,
vigilante, en la cima del sueño,
esperanzado en conquistar la luz
de la palabra.

Lo he visto caminar
por las calles de siempre,
lenta y serenamente,
abstraído y libre.

Todos olvidaron su nombre,
y por si acaso, alguna librería
lo tomó como seguro reclamo,
pero no nos engañemos
sólo luce como símbolo
y al cambio en euros se convierte.
Hoy lo he visto como siempre,
serio y enlutado,
cubriéndose la cabeza
con el sombrero de fieltro;
solemnemente agarrado
a su inseparable paraguas.
Lo he visto y me he jurado
seguirlo hasta más allá
de los cerros de Úbeda,
ignorando al tiempo y sus silencios,
creyéndome el único vigía,
su única y certera sombra.

Hoy lo he visto
y he creído en sus versos,
y en su tristeza, de tal manera que,
         nada existe ya sin su presencia.

sábado, 15 de marzo de 2008

CAMPANAS DE BAEZA



I

A su voz
otra voz tañe el aire
de broncíneas campanas
y un cielo gris antiguo
abre sus entrañas de olvido
a la razón de otro tiempo
y otra vida en soledades ebria
por campos de olivos y aceitunas.

Nadie sabe ahora,
en el silencio de esta noche
de luminarias y piedra
dónde y cuándo apareciste
por vez primera
en estas calles y plazas
abiertas al aire y los crepúsculos.

De nuevo las campanas
-las campanas de Baeza-
y tu nombre golpeándome
las sienes, la memoria;
la voz del poeta
abriéndose como una flor,
como una sola campanada
en la cima de la magna torre
desde donde hoy revivo,
al caer la tarde,
la tristeza de otro tiempo
y otras ciudades.

Al día de hoy
sólo poseo la nostalgia
de unos pasos en la noche
solitaria, y un lejano sonido
de campanas –las campanas de Baeza-
derramando sus dolores
en mi estancia, de madrugada.

martes, 4 de marzo de 2008

SALA DE ESPERA


Sucedió todo muy deprisa. Fue como si de pronto el día se convirtiera en noche, una noche espesa, abisal. Ellos se miraron fijamente a los ojos, sin entender nada. La niña, sobre el sillón del salón, estaba pálida, triste, sin ganas de nada, como si un extraño ser se hubiera apoderado de ella y no supiera responder a ningún estímulo, a las carantoñas o a los disparates gesticulares de sus progenitores. Una sensación de vacío se apoderó de la casa y una tormenta de angustia creció y creció hasta inundarlo todo. A veces, la vida nos depara momentos dramáticos, de verdadera locura, en los que el camino se hace interminable, infinito, y en los que no sabemos cómo actuar, si lanzarnos al vacío o luchar con todas las fuerzas para salvar lo que amamos.
Cuando toda la luz del día se transforma en una densa nube negra, como si una lluvia de gritos estuviera a punto de estallar sobre la faz de la tierra, una absurda música se instala en los tímpanos y los hace sangrar para siempre. Quizá, ellos, incomprensiblemente, vencidos por el dolor de la herida, no supieron sino abrasarse en el fuego de los ojos y ocupar el espacio de los besos con el agrio silencio de un cuerpo de niña en los brazos.
Un solo gesto bastó, una sola mirada, para que el llanto rompiera dentro, en las profundas aguas, en el cálido vientre del alba, en los alrededores de la calle, en los acantilados, en un mar de caricias y labios.
Todo ha cambiado, así, en un segundo. Ellos, que sintieron en sus dedos la luz de los amaneceres y el silencio de las noches de otoño, nada pudieron contra la oscuridad de la tarde. Y huyeron, hacia otra ciudad. A la ciudad de los sueños –sus sueños-, al jardín de la infancia que ella, ahora, en su regazo arropa.
El tiempo fue un cuchillo afilado. Transcurrieron los días, y en las paredes de aquella estancia blanca y fría quedaron las huellas de unas manos de niña. Acecharon las sombras que en la noche se ocultan y nada fue ya lo mismo. Fue cayendo la lluvia en los tejados del alma, y entre tanto, sus dedos de niña a los silencios se enredan.
La soledad sitia la blanca espera. Y ellos, desde la nada, la vida entera abarcan. Mediaron madrugadas y silencios en aquella sala de espera que anhelaba la vida. Temblaron las baldosas cuando, la niña, abriendo los ojos, el corazón y el alma, de nuevo vida fuera.
Sucedió todo muy deprisa, al filo del alba. El tiempo despierta con la sonrisa encendida por el claro rumor de las aguas, de la vida, los sueños, la esperanza.

martes, 26 de febrero de 2008

SÓLO OLVIDO


Aquella mañana María no supo bien dónde se encontraba. Miró a su alrededor y todo le parecía extraño, ajeno, desconocido. Se levantó y fue al baño. Quedó inmóvil frente al espejo, mirándose a sí misma, sin reconocerse siquiera. El rostro de mujer que veía frente a ella no le decía nada. Era como si el tiempo lo hubiera transformado todo. Aquellos ojos claros, los pronunciados pómulos, la nariz perfilada, los carnosos labios, las arrugas de la cara, los dorados cabellos.

No escuchó las campanas de la iglesia, ni los pasos de Juan, su marido, que la seguía de cerca, observándola preocupado, porque algo no iba bien. Lo sabía, ya había ocurrido otras veces. Pero él no quiso preocuparla. Lo supo entonces y antes que María comenzara a abismarse en un mundo desconocido para ambos. Mas Juan, que siempre estuvo a su lado, ahora no podía abandonarla. Ni siquiera se le había pasado por la imaginación. Toda una vida juntos y así seguiría hasta la extenuación. Juan sabía, había escuchado a otros jubilados como él que quienes caían en el precipicio del olvido, difícilmente se recuperaban. Aun así, él no quería hacerles caso. Seguramente estarían equivocados. Los viejos pierden pronto el sentido de la realidad, chochean con frecuencia –se decía a sí mismo. Y eso no le iba a pasar a María, su esposa, no estaba dispuesto a que ocurriera.

Y luchó con todas sus fuerzas por que así no fuera. Y a su lado estuvo mientras pudo. Observando cómo recorría lentamente el pasillo de la casa, cómo se paraba frente a él y le preguntaba, mirándole a los ojos: ¿papá, qué haces ahí quieto como un poste? ¡Anda, vamos a tu cuarto, que tienes que descansar! Y lo cogía de la mano, y él, Juan, su marido, se dejaba llevar hasta el dormitorio, y se echaba boca arriba sobre la cama, y ella, sentada a su lado, recordaba cosas que sólo ella había vivido y que para Juan, su marido, no existieron nunca. Pero Juan hizo del silencio su vida, y nunca la contrarió, nunca le dijo nada que pudiera molestarla, y ella, María, siempre en la casa, de aquí para allá, una vez y otra, incansable. Hablando para sí. Y Juan siempre tras ella. Cuidando de ella, protegiéndola, para que no se hiciera daño con nada. Juan siempre ahí, a su lado.


Pero un día, María se abismó definitivamente en su extraño mundo de fantasmas y sombras. Y calló. Aquel día, María se detuvo delante de la ventana del dormitorio, fijó la mirada en el infinito de la nada, y sollozó sin saberlo. Juan, su marido, tras ella, observándola desde la puerta, silencioso, vencido.

LA PROSTITUTA


Aquel día podría haber sido como otros. Pero no fue así. Ella, Nadia –y el nombre importa poco-, se había levantado a la misma hora de todos los días, casi a la hora del almuerzo, pues como todos los días, llegaba a casa no antes de las cinco de la madrugada, después de atender a los clientes que frecuentan el Club de alterne donde ella trabajaba cada día, desde que llegó de Rusia, su país de nacimiento.
Nadia, luego de darse una ducha de agua fría –era costumbre en ella desde que llegó a estas tierras-, vistió su hermosísima desnudez con un albornoz de color rosa que le había regalado unos meses atrás Antonio, su amante y proxeneta. Después de abrir la puerta del baño para que el vaho del espejo desapareciera, quedó inmóvil frente a su propio rostro. Se miró intensamente a los ojos, como si fuera la primera vez que se veía a sí misma frente a un espejo, como si no se reconociera en aquellos rasgos de su cara, de sus áureos cabellos, de sus carnosos y pálidos labios, de sus pronunciados pómulos, de su tersa piel, de sus largas pestañas…Pero Nadia estaba allí, mirándose en el espejo, como una tonta, como si al hacerlo de aquella forma una paz extraña se apoderara de ella. Pero Nadia, un día más, se hallaba sola. Sólo ella y sus sueños, y sus fantasmas, y el miedo.
Nadia, entonces, como una autómata se maquilló rápidamente: un poco de crema en la cara, el rimel para las pestañas, el lápiz negro para el borde de los párpados y un ligero cogido para el pelo. Ya en la habitación, Nadia escogería el conjunto de lencería más sexy, una minifalda y una camiseta escotada; comería junto a otras compañeras de oficio en el bar de la esquina y de nuevo, a la misma hora de todos los días, al Club, a esperar, como siempre, que llegue la noche y con ella sus vampiros. Y ella, Nadia, se acomodará al placer de los hombres, hasta la extenuación.
Aquel día podría haber sido como otros. Pero no fue así. Nadie volvió a su casa acompañada de Antonio, y sin saber por qué, tras pasar la Puerta ocho de la Primera planta del Edificio A, el cuchillo jamonero que escondía entre su ropa su amante y proxeneta, le atravesó el corazón, como un poseso el cuchillo entró y salió del cuerpo de Nadia hasta diez veces. Nadia cayó al suelo y llevándose las manos al pecho sintió que la sangre le quemaba las manos, la vida entera. Luego, un gran silencio, la nada.
Aquel día podría haber sido como otros. Pero no fue así. Nadia volvió definitivamente a casa, para siempre, para siempre.