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jueves, 16 de abril de 2020

ALEXIS EN LA CIUDAD SITIADA.


SALÓN DE LECTURA

JOSÉ ANTONIO SANTANO

 SALÓN DE LECTURA
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Alexis en la ciudad sitiada
Pedro Juan Gomila Martorell


PEDRO JUAN GOMILA MATORELL
ALEXIS EN LA CIUDAD SITIADA
Muy pocos son los poetas de hoy que se atrevan a escribir un libro en el cual mitología y épica se complementen, al estilo más puramente homérico. Conjugar ambos aspectos en un poemario del siglo XXI se hace casi imposible, porque hoy, la poesía goza de esa mirada escueta y fragmentada que canta un objeto, un paisaje, un concepto o una vida. Sin embargo, y aunque sea necesario lo dicho, se hace grandioso y deseable que existan libros que nos sitúen en nuestra propia esfera y otras distintas, foráneas, que forman parte de una otra cosa o de otro ser. Hay poetas que desde su inicio como tales ya se les nota esa dimensión de lo universal, de lo incluyente, sin menosprecio alguno a lo distinto y diferente por naturaleza, constituyéndose así su poética en premonitoria, incluso podríamos decir que creadora de un nuevo héroe que lucha contra gigantes y monstruos del siglo que vivimos, un siglo apocalíptico (?). Por infrecuente llama la atención que, en este caso por fortuna, existan poetas así. Y creo que hora de desnudar los ojos de las vendas impuestas y liberarnos al fin de ellas. Salir de la oscuridad, llámese usura, humillación, tiranía, corrupción, hipocresía, mentira, etc., y abrir las ventanas de par en par para que nos deslumbre la luz de la libertad y solidaridad necesarias para construir un universo digno del género humano. Si hay en la actualidad un poeta español de este calibre, no puede ser otro que Pedro Juan Gomila Martorell, y un libro que aluda con contundencia y rigor poético, así como con ingenio y sabiduría a los muchos recovecos de la existencia, ese no puede ser otro que “Alexis en la ciudad sitiada”. Alexis es ese ser desmembrado, marginal, que arremete contra todo y todos, pues ya no halla alivio en nada, sólo la poesía podrá salvarlo. Y por ello, desde el principio, las citas que anteceden al corpus del libro son ya esclarecedoras y proféticas (?): «Días de lanzas y espadas, se raja el escudo, / días de tormenta y lobos, / se hunde el mundo, / no habrá hombre ninguno que a otro respete», dirá Völuspá, también las de Pier Paolo Pasolini y Emilio Lledó acompañan en los preliminares. Por su extensión, nada frecuente en nuestro tiempo, el libro cuenta con más de 300 páginas, el autor ha querido dividir el mismo en siete partes si incluimos como tal el poema final. 
En la primera, “Los cálices amargos”, Alexis se nos presenta ebrio («Ne despierto con resaca aguardentosa / como si durante la pasada noche de lujuria…»), el yo poético es el cuerpo tras la entrega amorosa y recorre el tiempo desde la creación misma. Versos cortos, de arte menor, combinados con otros de metro dodecasílabo, conformarán el libro en su integridad, aunque en algunas partes prevalezca uno sobre el otro. No obstante, el ritmo y la voz del poeta se expande con agilidad asombrosa y dominio, capaz de contagiar al lector desde la primera página. No cabe duda que este libro es un monumento grandioso a la poesía, a la de todos los tiempos, más cercana quizá a esa que nos dejaran, salvando las distancias Ovidio, Hölderlin o incluso Whitman. Hay como un dolor dentro tan intenso que el poeta (Alexis) no puede sino desde el conocimiento de la tradición clásica más selecta y la intuición, crear un universo extraordinario, un colosal tributo a la Poesía, muy ajena, afortunadamente, de la actual ortodoxia. Pero además es que sus versos son, en algún momento, premonitorios: «El virus, mutando, se radicaliza, / cuando sufre la amenaza del sistema» / defensivo: multiplica las extrañas / variaciones del patógeno, escribiendo, / fulminante, partituras de un Oficio/ de Tinieblas…». Habla, implora, medita y con rabia e impotencia escribe de “hervideros de putrefacción”, de África, y Esparta, Grecia y Roma, Europa, pero ¿de qué Europa?: «Es un nuevo amanecer sin luz de origen / donde el alma y la razón se han extinguido», de una «Europa mentida, vencida, vejada, / envuelta en la tela de estrellas sin brillo». 
La segunda parte, “Desiertos de la paz en llamas” es un solo y extenso poema en dodecasílabos, sin signos de puntuación, donde el verso fluye y fluye sin descanso, galopante, manteniendo el ritmo y la denuncia, el dolor del abisal futuro y del pasado: «mas quién juzga a las naciones que toleran / las maldades de los cuervos sus crueldades / que levantan nuevos hornos crematorios / con la antorcha de los fuegos como lengua…». Sitiada la ciudad, sitiado Alexis en la voz del poeta continúa su periplo con “Los demiurgos salvajes”, ocasión que aprovecha para sostener su deseo de «Alcanzar el centro mismo del silencio, / la pupila donde el ojo duda y cede / ante el brillo de un azar inconmovible», también para proclamar que «Concordia es la razón, no los caprichos / que rompen la armonía y soliviantan / los ánimos con rábidas porfías». El poeta se crece a medida que vive y siente en carne propia el oprobio, y que sitiado Alexis tendrán que levantarse cada día para seguir su trazado camino: «Pero el ídolo de gentes sin mesura, / sin la brizna de ternura en la mirada, / se levanta sobre el hueso quebrantado / de la patria malherida por los cuervos». 
En la parte cuarta, el poeta bucea en la “Exégesis de las sombras”, indaga en ese mundo que, por otra, bien conoce. El cuerpo de nuevo, pero no masa de carne como escribe el poeta, como depositario de los sentidos y el alma: «…ahí guardamos como el oro los recuerdos / y engendramos las quimeras y espejismos, / ahí florecen los distintos sentimientos / que revelan en procesos misteriosos // todo aquello que nos hace y nos recrea». Con “Zelin o la música silenciada”, la voz de Alexis resurge del abismo, se revela contra la injusticia y la tiranía del ser humano, cuando se refiere al cantante Zelin Bakáyev, desaparecido y víctima de una purga anti-gay en la República de Chechenia. Y esa música silenciada que nos recuerda a la “música callada” de San Juan, en la que el amor triunfa siempre: «Pero mañana no te quebrarás, / destinado a ser libre, / brisa ardiente, / mientras miras a los ojos de tu amante / hasta que no duela nunca, / hasta que no exista el nombre». 
“La palabra que arde en la noche” es el título de la parte sexta. La palabra como fuego, como luz que alumbra la oscuridad en la que vive Alexis, y su ciudad Metrópolis, grandiosa, en un recorrido por la Historia de las opresiones («Mas quien arde en la opresión durante siglos / se acostumbra al fuego eterno y luce ampollas». En este sentido la palabra es la esencia, la única salida del largo túnel, y ha de ser, pero la palabra que es grito y verdad, si acaso: «Han vetado aquella lucha de las Clases. / La ganaron hace mucho los que tienen / bien sujeta nuestra rueda. Y no son dioses: / los he visto defecar sobre los cuerpos / reducidos a carnaza, a podredumbre, / humillar al que es vejado con deleite / de ramera, sin consciencia de ese trato, // ufanarse de la saña demorándose / en causar laceraciones diminutas, / extinguir pausadamente a cada víctima». Para el poeta este mundo infame no tiene salvación, si no es a través de la justicia y la solidaridad entre seres humanos, y aunque el peso y el tributo que ha pagado y paga es muy alto, no deja que un hilo siquiera de luz y de esperanza sea suficiente para recomponer y recuperar ese jardín donde la libertad, al fin, sea la salvación del hombre. 
De esta manera, en la séptima y últitma parte nos propone un “himno para otra Europa”, en latín (origen de las lenguas románicas) y en castellano. Este poema que cierra el libro es más que un himno, es un canto universal, un verdadero canto para la unión, en un deseo único de concordia y libertad, que reproduzco entero: «¡Atendedme, gentes de los pueblos europeos! / Danza la amistad ene torno a la tierra habitada, / y, como un heraldo, anuncia / nuestro contento al compartir; y aún los poderosos velarán por los humildes. // Somos más fuertes unidos: / donde hay Concordia, existe paz, / dulce es la contienda sólo para el inexperto. // ¡Vamos, ciudadanos de naciones europeas! / En la diferencia nuestra autoridad se funda. // La paz alegre del orbe, / madre común universal: / por naturaleza todo ser humano es libre. // Mas no habrá una paz verdadera, / falta de hermosa libertad, / ni para nosotros libertad si no hay justicia». Sin duda alguna que, “Alexis en la ciudad sitiada” es una colosal obra y un excelente legado del gran poeta Pedro Juan Gomila Martorell, como ha demostrado hasta ahora con su intachable trayectoria. Una voz tan diferente como profunda, tan apasionada como liberadora, que viene a ocupar un lugar destacado en el panorama actual de la poesía española.
Título: Alexis en la ciudad sitiada
Autor: Pedro Juan Gomila Martorell
Editorial: La Lucerna (2019)
Colección: POESÍA Nº 27

Páginas: 358, 19,5 x 15 cms. 
PVP:   libro impreso 18 €
ISBN: 978-84-948918-5-4



domingo, 7 de febrero de 2016

EN LA TIERRA DE NOD. SALÓN DE LECTURA.

EN LA TIERRA DE NOD


   Nos devuelve la poesía la esencia misma de la vida. No hay lugar en este camino para lo superficial o el artificio, sino para el arte poético en su más noble sentido. Es posible que algunos sigan pensando en la poesía como algo innecesario, vacuo y prescindible. Sin embargo, acercarse a la poesía, adentrarse en su mágico laberinto, es una sensación indescriptible, tremendamente placentera, enriquecedora hasta extremos impensables. Y esto ocurre con el poemario último de Pedro Juan Gomila Martorell, titulado «En la tierra de Nod», segunda entrega de la trilogía Eidolon. Si en “Arcadia desolada” Gomila «buscaba su paraíso, el edén (…), tal vez un refugio donde solo habitan los libros, la palabra escrita como única salvación, fulgor entre tanta mediocridad y sombras», hay que decir que “En la tierra de Nod” regresa de nuevo esa voz personalísima y además acrecentada con la fuerza que el tiempo y el cúmulo de experiencias cognitivas aportan felizmente a su universo poético. Un universo en el cual la palabra, en esa búsqueda de la identidad, de los yoes en conflicto, como dice el crítico Fernando Parra en el prólogo del libro («el yo verdadero que se agazapa evitando las leyes biempensantes de la “la tribu”, y “el Otro”, (“ese yo que no era yo”) impostura lacerante que niega pero no destruye, que oculta pero no opaca la herida legítima de ser»), provoca en el lector el verdadero temblor de la poesía. Ciertamente se cimenta este poemario en la lucha antagónica de los yoes, del ser y el estar, y en esa batalla el poeta aborda sus dudas y temores, reacciona ante un prototipo de moral caduca y ñoña, hasta vivir en el desmayo poético la verdadera razón de su existencia.



 La reivindicación de su homosexualidad, vedada por una sociedad hipócrita y pacata, es el punto de partida, tal vez de una huida, pero hacia adelante, reveladora del ser y estar en su esencialidad, y en ese trayecto hay cabida para el dolor, también para la resistencia y la ofrenda de una lírica inusual, bella y aterradora al mismo tiempo, alimentada por la tradición y la excelencia poética de quienes, poeta como él, le antecedieron en el tiempo. El mismo título del poemario viene a confirmar lo expresado en líneas anteriores, pues Nod es la tierra a la cual es desterrado Caín, es decir, de nuevo viene a plantearnos el poeta el debate entre el Bien y el Mal, pero desde su propia experiencia vivencial. La poesía de Pedro Juan Gomila es reflexiva, vital, coherente, apartada de ese regusto propio de nuestros días basado en el postureo, la superficialidad y el desconocimiento, es decir, en la más pura mediocridad. El libro objeto de nuestra atención produce en el lector una sensación agridulce, esa mezcla de de saber que el dolor te hace su esclavo al tiempo que te libera una ve derrotada, aunque esa derrota sea circunstancial, momentánea, porque el poeta siempre arrastra los recuerdos de su experiencia vital. Esa reclusión lleva al poeta a interiorizar su discurso poético de tal manera que aún en las tinieblas, doliéndose incluso de su suerte, sabe alzar la voz para rebelarse y crear un haz de luz, de esperanza en el hombre. Pero lo determinante en este juego de sombras y luces, de dolor y soledades no es, a mi modo de ver, ni la sexualidad, la religión, ni la Naturaleza misma, sino la búsqueda de su verdad, del pensamiento, la idealización del mundo interior del poeta, que hace que brille la palabra, que el fuego de poesía incendie la vida misma, en un desafío perenne, donde los yoes batallan uno frente al otro desnudos en cuerpo y alma. Señalemos algunos de los versos que conforman, tal vez, la esencia de la poesía (lumínica y devastadora a un tiempo) de Gomila. Abre el libro un poema que desnuda el sentimiento del poeta, que nos describe a la madre, también en él el dolor y los reproches: «Madre: / la señora de la nieve alabastrina, / la del sílex y el estuco y la madera; / la que un alba despeñó todos sus libros; / la guardiana de un castillo diminuto / gobernado por un ídolo de baro; la llanura sin batalla donde mueren / los guerreros que soñaron con ser niños».


En su soledad irrespirable se alza en vuelo hacia un infinito de sueños y esperanza, y así estos versos que acopio de distintos poemas: «Apenas puedo respirar, / animal acorralado por los vicios, despojo exangüe / que bracea en el fango de la podredumbre […] mi desierto engendrado con el polvo / de los hombres que en la vida se burlaron / de mi nombre con su tralla de serpiente […] manifiesto que ni Dios ni el Apóstata abatido / nunca más gobernarán los timones de mi nave […] No hay fatiga que el amor inquebrantable / no se atreva a soportar sobre los hombros». He aquí al poeta en su esencia que, con toda seguridad, volverá a sorprendernos con el siguiente libro de su trilogía: “Hogueras de la carne”.

Título: En la tierra de Nod
Autor: Pedro Juan Gomila Martorell
Editorial: La Lucerna   (Palma de Mallorca, 2015)

EN LA TIERRA DE NOD. PEDRO JUAN GOMILA MARTORELL

Escrito para DIARIO DE ALMERÍA por 

JOSÉ ANTONIO SANTANO

 en la sección SALÓN DE LECTURA.


EN LA TIERRA DE NOD


 Nos devuelve la poesía la esencia misma de la vida. No hay lugar en este camino para lo superficial o el artificio, sino para el arte poético en su más noble sentido. Es posible que algunos sigan pensando en la poesía como algo innecesario, vacuo y prescindible. Sin embargo, acercarse a la poesía, adentrarse en su mágico laberinto, es una sensación indescriptible, tremendamente placentera, enriquecedora hasta extremos impensables. Y esto ocurre con el poemario último de Pedro Juan Gomila Martorell, titulado «En la tierra de Nod», segunda entrega de la trilogía Eidolon. Si en “Arcadia desolada” Gomila «buscaba su paraíso, el edén (…), tal vez un refugio donde solo habitan los libros, la palabra escrita como única salvación, fulgor entre tanta mediocridad y sombras», hay que decir que “En la tierra de Nod” regresa de nuevo esa voz personalísima y además acrecentada con la fuerza que el tiempo y el cúmulo de experiencias cognitivas aportan felizmente a su universo poético. Un universo en el cual la palabra, en esa búsqueda de la identidad, de los yoes en conflicto, como dice el crítico Fernando Parra en el prólogo del libro («el yo verdadero que se agazapa evitando las leyes biempensantes de la “la tribu”, y “el Otro”, (“ese yo que no era yo”) impostura lacerante que niega pero no destruye, que oculta pero no opaca la herida legítima de ser»), provoca en el lector el verdadero temblor de la poesía. Ciertamente se cimenta este poemario en la lucha antagónica de los yoes, del ser y el estar, y en esa batalla el poeta aborda sus dudas y temores, reacciona ante un prototipo de moral caduca y ñoña, hasta vivir en el desmayo poético la verdadera razón de su existencia.











 La reivindicación de su homosexualidad, vedada por una sociedad hipócrita y pacata, es el punto de partida, tal vez de una huida, pero hacia adelante, reveladora del ser y estar en su esencialidad, y en ese trayecto hay cabida para el dolor, también para la resistencia y la ofrenda de una lírica inusual, bella y aterradora al mismo tiempo, alimentada por la tradición y la excelencia poética de quienes, poeta como él, le antecedieron en el tiempo. El mismo título del poemario viene a confirmar lo expresado en líneas anteriores, pues Nod es la tierra a la cual es desterrado Caín, es decir, de nuevo viene a plantearnos el poeta el debate entre el Bien y el Mal, pero desde su propia experiencia vivencial. La poesía de Pedro Juan Gomila es reflexiva, vital, coherente, apartada de ese regusto propio de nuestros días basado en el postureo, la superficialidad y el desconocimiento, es decir, en la más pura mediocridad. El libro objeto de nuestra atención produce en el lector una sensación agridulce, esa mezcla de de saber que el dolor te hace su esclavo al tiempo que te libera una ve derrotada, aunque esa derrota sea circunstancial, momentánea, porque el poeta siempre arrastra los recuerdos de su experiencia vital. Esa reclusión lleva al poeta a interiorizar su discurso poético de tal manera que aún en las tinieblas, doliéndose incluso de su suerte, sabe alzar la voz para rebelarse y crear un haz de luz, de esperanza en el hombre. Pero lo determinante en este juego de sombras y luces, de dolor y soledades no es, a mi modo de ver, ni la sexualidad, la religión, ni la Naturaleza misma, sino la búsqueda de su verdad, del pensamiento, la idealización del mundo interior del poeta, que hace que brille la palabra, que el fuego de poesía incendie la vida misma, en un desafío perenne, donde los yoes batallan uno frente al otro desnudos en cuerpo y alma. Señalemos algunos de los versos que conforman, tal vez, la esencia de la poesía (lumínica y devastadora a un tiempo) de Gomila. Abre el libro un poema que desnuda el sentimiento del poeta, que nos describe a la madre, también en él el dolor y los reproches: «Madre: / la señora de la nieve alabastrina, / la del sílex y el estuco y la madera; / la que un alba despeñó todos sus libros; / la guardiana de un castillo diminuto / gobernado por un ídolo de baro; la llanura sin batalla donde mueren / los guerreros que soñaron con ser niños». En su soledad irrespirable se alza en vuelo hacia un infinito de sueños y esperanza, y así estos versos que acopio de distintos poemas: «Apenas puedo respirar, / animal acorralado por los vicios, despojo exangüe / que bracea en el fango de la podredumbre […] mi desierto engendrado con el polvo / de los hombres que en la vida se burlaron / de mi nombre con su tralla de serpiente […] manifiesto que ni Dios ni el Apóstata abatido / nunca más gobernarán los timones de mi nave […] No hay fatiga que el amor inquebrantable / no se atreva a soportar sobre los hombros». He aquí al poeta en su esencia que, con toda seguridad, volverá a sorprendernos con el siguiente libro de su trilogía: “Hogueras de la carne”.

Título: En la tierra de Nod
Autor: Pedro Juan Gomila Martorell
Editorial: La Lucerna    (Palma de Mallorca, 2015)

domingo, 21 de diciembre de 2014

Arcadia desolada. José Antonio Santano

Título: Arcadia desolada
Autor: Pedro Juan Gomila Martorell
Edita: La Lucerna (Palma de Mallorca, 2013)

Me acerco por vez primera a la obra del poeta mallorquín Pedro Juan Gomila y he de decir que quedo gratamente sorprendido. No es frecuente hallar una concepción poética como la suya, tanto desde el punto de vista estético como ético. Gomila es un poeta que bebe de la más pura tradición cultural greco-latina, y por ello, en su poesía está muy presente la mitología, la épica y el simbolismo, además de la experiencia que viene a ser el eje central, el ser mismo como ente primigenio, lo vivido trascendido en emoción siempre, arrebato, asombro continuo. 

El poeta es un buscador de palabras, un loco rebelde que se enfrenta al sistema, porque el sistema oprime y humilla, reduciendo al hombre a mercancía. El poeta nos hablará entonces de sus miedos, certezas y dudas, será su voz un grito contra una sociedad hipócrita y falaz. Mas Gomila se opone a todo tipo de privación, y busca su paraíso, el edén, la soñada Arcadia, tal vez un refugio donde solo habitan los libros, la palabra escrita como única salvación, fulgor entre tanta mediocridad y sombras. Arcadia desolada”, del poeta mallorquín Pedro Juan Gomila es todo eso y más. Dedica este poemario «A todos los que, tentados por la voz del miedo, no sucumben» -¿ha sido el poeta una víctima más de ese miedo que se adentra en las entrañas?-; preceden a los poemas tres citas esclarecedoras y premonitorias de lo que será el contenido, de autores tales como Javier Sologuren, Alberto Escobar y Rimbaud, y que nos hablan del dolor, el amor y el sexo. La palabra fluye y el poeta bucea en sus orígenes y siente al niño que respira sueños en «algunos cromos de parejas célebres / de la Historia Antigua y la Literatura; / masculino, femenino, azul y rosa, / dinosaurios de cartón o bien muñecas, / el patrón original para los niños, / desde aquel Adán primero y su Costilla», los libros como continuada referencia de lo vivido y amado en la fantasía de Julio Verne o el descubrimiento de una sexualidad distinta y oculta:«la beligerancia creciente y alarmante / de mis tensas relaciones escolares / está a punto de prender la de Verdún: / ¿tal vez porque intuyen mi placer oculto, / o acaso perciben de algún modo extraño / cómo el grano de mostaza va creciendo, / penetrando en la ternura de mi corazón, / aunque nunca me han llamado maricón / todavía como burla en plena cara?». El poeta se desnuda ante sí mismo y el mundo en el amor, la única verdad –su verdad-, y así escribe: «Ábreme las puertas, Amor, y no consientas / que usurpe esa calima la cálida morada, / potencia que se place en encarnarse / según la apariencia que invoca el deseo». 

Llama la atención de este poemario su estructura, en la que el tiempo irrumpe a manera de interludio, en un juego de espejos que propician el recuerdo mostrado en las horas del día, dolorosas en el insulto y las vejaciones: «mediodía, la costumbre fija la hora / del paseo por el patio de la cárcel; / se acerca el momento de lapidaciones / con balones de cemento y el milagro / cotidiano, tanto que pierde su misterio, / de los salivazos en mi bocadillo / de jamón, tortilla, mas bien untado / con la miel amarga de las vejaciones».

 Luego, el poeta vuelve al hilo de su discurso poético, a su particular Arcadia, y siente el dolor de nuevo en las risas de sus verdugos, y el miedo vuelve como vuelven los fantasmas en la idea del suicidio: «ni las dagas afiladas contra el César, / ni tampoco la bañera de Petronio; / si no tienes las agallas, o las alas, / de quien salta con desprecio a los vacíos, / no mereces más castigo que el severo / cumplimiento de la dura penitencia / del seguir con esta vida…»; Gomila recupera la dolorosa experiencia de la milicia en los años tempranos: «¡Cien flexiones ininterrumpidas / por cargar, bulto sin nombre, / sobre el hombro equivocado tu fusil! […] ¿De qué te lamentas, pedazo de animal? / ¿Tal vez porque no encuentras en los patios / del Todo por la Patria, placenta de varones, / algún bardaje hambriento que comparta / contigo íntimamente la manta y el jergón?», ese nefasto lugar, casa de locos habitada por la crueldad humana: «me travisto con la piel de los civiles, / y cruzo las puertas de los bedlamitas». Mas el poeta, en su solitario camino, halla siempre esa luz resplandeciente aun a pesar de la desolación, la libertad al fin, la verdad de la existencia –su existencia-, la razón del ser. Sin duda, Pedro Juan Gomila, nos convoca en la verdadera poesía, la que nace del silencio y fluye viva por sus venas.

Arcadia desolada. Pedro Juan Gomila Martorell

Título: Arcadia desolada
Autor: Pedro Juan Gomila Martorell
Edita: La Lucerna (Palma de Mallorca, 2013)

Me acerco por vez primera a la obra del poeta mallorquín Pedro Juan Gomila y he de decir que quedo gratamente sorprendido. No es frecuente hallar una concepción poética como la suya, tanto desde el punto de vista estético como ético. Gomila es un poeta que bebe de la más pura tradición cultural greco-latina, y por ello, en su poesía está muy presente la mitología, la épica y el simbolismo, además de la experiencia que viene a ser el eje central, el ser mismo como ente primigenio, lo vivido trascendido en emoción siempre, arrebato, asombro continuo. 

El poeta es un buscador de palabras, un loco rebelde que se enfrenta al sistema, porque el sistema oprime y humilla, reduciendo al hombre a mercancía. El poeta nos hablará entonces de sus miedos, certezas y dudas, será su voz un grito contra una sociedad hipócrita y falaz. Mas Gomila se opone a todo tipo de privación, y busca su paraíso, el edén, la soñada Arcadia, tal vez un refugio donde solo habitan los libros, la palabra escrita como única salvación, fulgor entre tanta mediocridad y sombras. Arcadia desolada”, del poeta mallorquín Pedro Juan Gomila es todo eso y más. Dedica este poemario «A todos los que, tentados por la voz del miedo, no sucumben» -¿ha sido el poeta una víctima más de ese miedo que se adentra en las entrañas?-; preceden a los poemas tres citas esclarecedoras y premonitorias de lo que será el contenido, de autores tales como Javier Sologuren, Alberto Escobar y Rimbaud, y que nos hablan del dolor, el amor y el sexo. La palabra fluye y el poeta bucea en sus orígenes y siente al niño que respira sueños en «algunos cromos de parejas célebres / de la Historia Antigua y la Literatura; / masculino, femenino, azul y rosa, / dinosaurios de cartón o bien muñecas, / el patrón original para los niños, / desde aquel Adán primero y su Costilla», los libros como continuada referencia de lo vivido y amado en la fantasía de Julio Verne o el descubrimiento de una sexualidad distinta y oculta:«la beligerancia creciente y alarmante / de mis tensas relaciones escolares / está a punto de prender la de Verdún: / ¿tal vez porque intuyen mi placer oculto, / o acaso perciben de algún modo extraño / cómo el grano de mostaza va creciendo, / penetrando en la ternura de mi corazón, / aunque nunca me han llamado maricón / todavía como burla en plena cara?». El poeta se desnuda ante sí mismo y el mundo en el amor, la única verdad –su verdad-, y así escribe: «Ábreme las puertas, Amor, y no consientas / que usurpe esa calima la cálida morada, / potencia que se place en encarnarse / según la apariencia que invoca el deseo». 

Llama la atención de este poemario su estructura, en la que el tiempo irrumpe a manera de interludio, en un juego de espejos que propician el recuerdo mostrado en las horas del día, dolorosas en el insulto y las vejaciones: «mediodía, la costumbre fija la hora / del paseo por el patio de la cárcel; / se acerca el momento de lapidaciones / con balones de cemento y el milagro / cotidiano, tanto que pierde su misterio, / de los salivazos en mi bocadillo / de jamón, tortilla, mas bien untado / con la miel amarga de las vejaciones».

 Luego, el poeta vuelve al hilo de su discurso poético, a su particular Arcadia, y siente el dolor de nuevo en las risas de sus verdugos, y el miedo vuelve como vuelven los fantasmas en la idea del suicidio: «ni las dagas afiladas contra el César, / ni tampoco la bañera de Petronio; / si no tienes las agallas, o las alas, / de quien salta con desprecio a los vacíos, / no mereces más castigo que el severo / cumplimiento de la dura penitencia / del seguir con esta vida…»; Gomila recupera la dolorosa experiencia de la milicia en los años tempranos: «¡Cien flexiones ininterrumpidas / por cargar, bulto sin nombre, / sobre el hombro equivocado tu fusil! […] ¿De qué te lamentas, pedazo de animal? / ¿Tal vez porque no encuentras en los patios / del Todo por la Patria, placenta de varones, / algún bardaje hambriento que comparta / contigo íntimamente la manta y el jergón?», ese nefasto lugar, casa de locos habitada por la crueldad humana: «me travisto con la piel de los civiles, / y cruzo las puertas de los bedlamitas». Mas el poeta, en su solitario camino, halla siempre esa luz resplandeciente aun a pesar de la desolación, la libertad al fin, la verdad de la existencia –su existencia-, la razón del ser. Sin duda, Pedro Juan Gomila, nos convoca en la verdadera poesía, la que nace del silencio y fluye viva por sus venas.