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sábado, 9 de febrero de 2008

GAHETE, MANUEL

MANUEL GAHETE O LA LUZ DE LA PALABRA



Una luz emerge ahora tras el horizonte marino. Nace para todos. Su color es la suma de todos los colores, un perfecto arco iris. Es tal su belleza que quedo inmóvil, sobrecogido en su inmensa claridad. Adonde quiera que miro me persigue su haz dorado. Han transcurrido los años y sin embargo la luz que ahora percibo es la misma que me cegara en otro tiempo ya remoto. Ocurre, además, que, como en los vinos, ha ganado en solera. Esta luz que hallo cada noche impresa en los libros, seductora y amorosamente viva resplandece como un astro, una llama abrasadora que lenta, muy lentamente va creciendo en la infinitud de los días. Es en esa hora misteriosa y mágica de la madrugada y sus silencios, cuando siento su mano cálida en la mía, que no se extingue, que me salva y me conforta, me inventa y se reinventa una vez y otra, hasta el desmayo.
La luz, su luz en la palabra. Asomarse desde el alféizar y adentrarse en su mundo es una misma cosa; caer en su abisal entorno, embriagarse con su aroma y sus latidos; enloquecer con sus sonidos de selva y paraíso; amar su desnudez de diosa o ninfa; recorrer su cuerpo de cristal o llama; beber de sus labios el dulce néctar; descubrir la pasión de los amantes, o, simplemente, vivir, revivir en ella el éxtasis de la entrega.
La luz, la única luz de la palabra, que se agita entre los encinares y almendros, enraizada en la voz y el vuelo de las aves, amamantada en la tierra, doliente, esperanzada, entristecida a veces, alegre otras, que huye de los silencios para convertirse en vivo silencio. La palabra y sus secretos, abandonada a la magia de la noche, fulgente en los atardeceres cordobeses, peregrina en las callejas laberinto de la bien amada judería, aterciopelada en los patios, ardiente en la voz del poeta.
Una luz emerge ahora del intenso verdor de los olivos y el esplendente azul mediterráneo. Nace para todos, imperecedera, la palabra, la luz de su palabra, irrepetible, única, salvadora, ecuánime, eterna y libre.
I

(A Manuel Gahete, a quien me une el vértigo de la edad y la ardentía de la palabra)

Busco, cuando atardece, un son secreto,
un manantial de luz y de palabras,
una voz que sea alimento, anuncio
de otras voces y otras vidas, latido
siempre del corazón de los amantes.

Camino entre la seda de la noche
y sus silencios, sonámbulo, beodo
de un dolor tras otro en la mirada,
ausente, abismado en la clara arista
de un tiempo adormecido entre los labios.

Vivo en las alas del aire, en los álamos
crecidos de la espera, en la garganta
árida y profunda de los sueños
que huyen cada madrugada del fuego
y los cuchillos, el olvido y su eco.

Siento el rumor del viento en el costado,
la herida, el hielo de la infancia, el humo
y el gemido, las sombras, la tristeza
de los días que alientan la distancia,
el miedo y su estallido, las derrotas.

Sondeo la rutina de los días,
el pulso del tiempo y las cenizas
bordado en las cancelas de la tarde,
y vuelvo, vuelvo, y pronuncio su nombre
hasta ver en el cristal de los años
la llama viva de la nada y el todo.



II



Volveré a las calles de siempre, solo,
y a golpes de silencio descubriré
la lluvia en sus aceras, los azules
del tiempo en la piedra. Volveré, solo,
a escanciar las nubes grises de otoño.

Será su risa un astro o la marea
de unos labios que buscan otros labios,
la claridad del agua en las acequias,
el broncíneo destello de la luna,
un bosque misterioso de nenúfares,
la lentitud del beso en los crespúsculos.

Será su luz la luz del nuevo día,
la esencia de la noche en los espejos,
el latido del verso entre las manos,
un beso, lluvia, aire, cristal o llama.

Volveré a las edades de arcilla
para contar contigo las estrellas
y el fuego de su luz en el espacio.

CLEMENTSON, CARLOS

CARLOS CLEMENTSON: UN MAR DE VERSOS


Los hombres son su obra y no su fama.
José A. Santano


Cuando la luz crepuscular se oculta tras el horizonte de una mar en calma, otro tiempo vuelve a la memoria. La lluvia, en las estrechas y empedradas callejas de la judería, espejea como infinitos y diminutos cristales. El intenso aroma de las pieles y el olor a castañas recién asadas inundan ahora la estancia. El campanario crece y crece ante los ojos dispuesto a alcanzar el cielo, de fuego y sangre herido. La noble piedra de la Facultad –santuario del pensamiento y la palabra-, impertérrito testigo del tiempo y sus silencios, como fúlgido bronce nace en los atardeceres de invierno.
Otro tiempo vuelve en esta hora. El profesor camina lentamente, con la mirada fija en la acera, el paraguas en la mano diestra y la cartera bajo el brazo de la izquierda. Su pensamiento va de un lado para otro, incansable, como si en ello le fuera la vida. El profesor camina sin prisas, como siempre. Y como cada día, al salir de casa, le asaltan los sueños y en ellos se oculta, y entre un paso y otro, silencioso, en ellos se abisma, libre y plácido. El profesor, en su inmensa soledad, escribe. Escribe sin parar, como un poseso. Escribir es su vida, su vida, un mar de versos.
Es la hora convenida. Anochece en las callejas de la judería. Aromas de fritura y vino traspasan el umbral de las tabernas. Como en los antiguos zocos, los mercaderes recogen las mercancías, y todo se oscurece.
El profesor, en su inmensa soledad, camina lentamente por las estrechas y empedradas callejas de la judería. A solas, él y sus sueños.




Ahora, el profesor al amigo acompaña, y éste le enseña un verde mar de olivos, la tierra en sus matices de ocres y grises, la piedra de los conventos y castillos que allá en lo alto, en el cerro, existe desde antiguo. Ambos recorren el laberinto de calles de la Almedina, y por los tres arcos de la Villa –Consolación, Santa Bárbara y Oscuro-, entran en salen, como se hiciera en un tiempo ya lejano. Y allá, en la cima, divisan el blanco caserío, y sobre el viejo alminar, el campanario de la Iglesia que llaman de Santa María La Mayor. Allá en la cima el tiempo se detiene, y el profesor lo sabe, y no le importa. Braman los silencios y la luz, que colma de destellos cada esquina.
El profesor se sabe prisionero en Iponuba –recuerda así otras aventuras literarias que nacieran en estas tierras-, cautivo de su belleza, que bien cantara en verso alejandrino. Iponuba, íbera y romana, universo y paraíso. Iponuba viva, solar de la palabra.
El profesor camina lentamente sobre la piedra milenaria hasta perderse en la infinitud de la noche y sus silencios. Y en los silencios, el bosque verde y plata de los olivos. Y de nuevo el nombre, que el aire mece entre sus labios: Iponuba. Y de nuevo la vida recorriendo la tierra preñada de olivares. Iponuba en el sueño. ¡Iponuba, Iponuba!
El profesor al amigo acompaña, y con él camina lentamente, por la judería del Corralaz, y el añorado barrio de San Pedro, y en cada calle o plaza un nuevo paraíso. Y así, un día tras otro, incansables, señorean su amistad, imperecedera. Así hasta alcanzar el alto Minguillar, desde donde se divisan los sempiternos olivos, y las antiguas torres del castillo, y el pinar de la ladera y la piedra milenaria de Santa María, y el blanco caserío que caprichosamente se dibuja en tan alta y noble cima.
El profesor y el amigo, fijas las mirada del uno en el otro, callan y dejan que los versos sean voz en esta tierra de extensos campos de olivos. ¡De olivos y olivares!




IPONUBA ENTRE OLIVARES

A Carlos Clementson, por y para siempre maestro.


Recorrí los extensos campos
de olivares, las montañas;
navegué por mares y ríos
hasta hallarte de azul y piedra;
anduve por la selva oscura
de los silencios y el clamor
de sílabas y soledades
que tu nombre dejara siempre
en mi pecho de ola y ceniza,
en mis manos de sangre y fuego
en las edades de la arcilla,
en los olivos milenarios.

Quiso la lluvia ser espejo
en el Minguillar –Iponuba-
alto y altivo, fiero en olivos,
solar de magnas soledades,
secreto templo, claro río.

Quiso el olivo perpetuarse
en tan noble tierra, Iponuba,
y dibujar sobre sus lomas
el verde color de tu nombre,
amigo y profesor, poeta
de los olivares y olivos.