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domingo, 2 de abril de 2017

DERROCHE DE AZABACHE. MOHAMED DOGGUI por JOSÉ ANTONIO SANTANO




El acto de crear es algo enigmático, difícil de explicar por cuanto en él inciden aspectos de muy variada índole y que podríamos resumir en dos ámbitos fundamentales: uno subjetivo y otro objetivo. Sin embargo y, ateniéndonos a esta clasificación básica no podemos obviar ese otro carácter que trasciende lo subjetivo para adentrarse en un universo tan desconocido para el autor como mágico, hasta el punto de transgredir, incluso, la norma en sí misma. Es un momento único y grande, incluso a veces ininteligible, y aún así, fulgurante, en el cual la palabra se convierte en el hecho ontológico por naturaleza. Frente a frente creador y abismo (página en blanco) inician el ritual de la escritura, ese proceso de entrega y sumisión a la palabra que marca el espacio y el tiempo, la inmensa infinitud del vacío, traspasando todas las fronteras para alumbrar la más grande creación jamás concebida: la poesía. También con relación al hecho de la creación el profesor José Cenizo ha incidido y ahondado, y escrito lo siguiente: «Todo acto creador, y el poético aún más, es una excitante y nebulosa espera. La espera de la palabra exacta, como quería Juan Ramón Jiménez, para ahondar en la realidad. La palabra del poeta, siempre, ha de ser creadora, o recreadora; ha de nombrar por vez primera lo que, sólo aparentemente, ya ha sido nombrado mil veces en el discurso cotidiano e incluso literario. Diversos críticos han llamado a este proceso sustitución, desvío, desautomatización, etc. Quizá habría que llamarlo, sencillamente, milagro. Especie de revelación mágica de la verdadera palabra poética». En esa innegable condición de creador, amigos lectores, tenemos que situar al profesor y poeta Mohamed Doggui (Túnez, 1956) que, además, tiene como máxima de su expresión literaria la lengua española. Ya en su anterior entrega poética, La sonrisa silábica, pudimos comprobar este extremo, como así lo dejó patente quién ejerció de prologuista en aquella ocasión, el también poeta Manuel Gahete, al afirmar: «Mohamed Doggui conoce bien la naturaleza humana y establece con el lenguaje un pacto solidario, tintando su palabra de sutil ironía, iluminando el sendero en sombra con un cristal de luz que nos allega, que nos unge de afectos, que nos inclina a ver el mundo con rozagante perplejidad, como si cada día fuera nuevo y redescubierto por el asombro del amor». Si la publicación de La sonrisa silábica contenía una «clara influencia de la tradición poética árabe y española, de forma que la brevedad del verso, de metro octosílabo, la observación reflexiva de la realidad que se presenta ante sus ojos, donde la ironía ocupa un lugar predominante, y el mestizaje idiomática, hacen de Dogui un poeta singular», (Diario de Almería, 7.8.2016), habría que añadir de expresión en lengua española (extraordinaria influencia del Romancero) es la marca más significativa; en esta nueva entrega, bajo el título Derroche de azabache, nuestro poeta repite la experiencia con una variedad temática notoria y algún añadido como es el caso del verso endecasílabo, aunque en menor proporción que el octosílabo. Derroche de azabache representa esa otra realidad que trasciende a la luz y que se halla en la oscuridad y el silencio, porque Doggui también ahonda e interioriza el mundo que le rodea; regresa a los orígenes, a la raíz ontológica para mostrarnos a partir de los elementos naturales, en este caso del azabache, en su doble significado: de una parte, por ser un mineral frágil pero de un bello y luminoso negror; de otra, por su carácter protector, de piedra mágica usada como talismán. Realidad y magia en perfecta comunión, unidas por el lazo de la fraternidad humana, representada en la brevedad estrófica y en los versos octosílabos que el poeta compone y engarza como si se tratara de una piedra preciosa. La frescura, el gracejo de la lírica popular y la sutil ironía contenidos en los algo más de setenta poemas de Derroche de azabache constituyen el universo poético de Doggui. Del puro negror del azabache nace la luz que fulge en la mirada del poeta, la voz plena de ferviente humanidad, que regresa del abismo, del desierto y sus silencios para convertirse en agua marina, en luna que ilumina la infinitud mediterránea del amor proclamado en la soledad de las noches. Derroche de azabache es un libro para leer despacio, de manera que intimes con su creador, que sustancies la palabra poética sin hostigarla, sin apremiarla en su conclusión, todo lo contrario, has de paladear sus sílabas como se paladea un buen vino, seguro de alcanzar así la más placentera de las sensaciones. Ahondar en la condición mestiza del lenguaje y comprobar la riqueza que aporta esa armoniosa alquimia, alejándose así de la imposición de molde alguno: «Siempre que conforme bien / mi íntimo y hondo sentir; / poco me importa que el molde / proceda de mi Arabia / o provenga de tu Iberia». Con estos versos de Mohamed Doggui les animo a la lectura de este libro que seguro les proporcionará momentos tan reflexivos como gratificantes.









Título: Derroche de azabache
Autor: Mohamed Doggui
Editorial: Carena (Barcelona, 2016)

DERROCHE DE AZABACHE. MOHAMED DOGGUI. por JOSÉ ANTONIO SANTANO.




El acto de crear es algo enigmático, difícil de explicar por cuanto en él inciden aspectos de muy variada índole y que podríamos resumir en dos ámbitos fundamentales: uno subjetivo y otro objetivo. Sin embargo y, ateniéndonos a esta clasificación básica no podemos obviar ese otro carácter que trasciende lo subjetivo para adentrarse en un universo tan desconocido para el autor como mágico, hasta el punto de transgredir, incluso, la norma en sí misma. Es un momento único y grande, incluso a veces ininteligible, y aún así, fulgurante, en el cual la palabra se convierte en el hecho ontológico por naturaleza. Frente a frente creador y abismo (página en blanco) inician el ritual de la escritura, ese proceso de entrega y sumisión a la palabra que marca el espacio y el tiempo, la inmensa infinitud del vacío, traspasando todas las fronteras para alumbrar la más grande creación jamás concebida: la poesía. También con relación al hecho de la creación el profesor José Cenizo ha incidido y ahondado, y escrito lo siguiente: «Todo acto creador, y el poético aún más, es una excitante y nebulosa espera. La espera de la palabra exacta, como quería Juan Ramón Jiménez, para ahondar en la realidad. La palabra del poeta, siempre, ha de ser creadora, o recreadora; ha de nombrar por vez primera lo que, sólo aparentemente, ya ha sido nombrado mil veces en el discurso cotidiano e incluso literario. Diversos críticos han llamado a este proceso sustitución, desvío, desautomatización, etc. Quizá habría que llamarlo, sencillamente, milagro. Especie de revelación mágica de la verdadera palabra poética». En esa innegable condición de creador, amigos lectores, tenemos que situar al profesor y poeta Mohamed Doggui (Túnez, 1956) que, además, tiene como máxima de su expresión literaria la lengua española. Ya en su anterior entrega poética, La sonrisa silábica, pudimos comprobar este extremo, como así lo dejó patente quién ejerció de prologuista en aquella ocasión, el también poeta Manuel Gahete, al afirmar: «Mohamed Doggui conoce bien la naturaleza humana y establece con el lenguaje un pacto solidario, tintando su palabra de sutil ironía, iluminando el sendero en sombra con un cristal de luz que nos allega, que nos unge de afectos, que nos inclina a ver el mundo con rozagante perplejidad, como si cada día fuera nuevo y redescubierto por el asombro del amor». Si la publicación de La sonrisa silábica contenía una «clara influencia de la tradición poética árabe y española, de forma que la brevedad del verso, de metro octosílabo, la observación reflexiva de la realidad que se presenta ante sus ojos, donde la ironía ocupa un lugar predominante, y el mestizaje idiomática, hacen de Dogui un poeta singular», (Diario de Almería, 7.8.2016), habría que añadir de expresión en lengua española (extraordinaria influencia del Romancero) es la marca más significativa; en esta nueva entrega, bajo el título Derroche de azabache, nuestro poeta repite la experiencia con una variedad temática notoria y algún añadido como es el caso del verso endecasílabo, aunque en menor proporción que el octosílabo. Derroche de azabache representa esa otra realidad que trasciende a la luz y que se halla en la oscuridad y el silencio, porque Doggui también ahonda e interioriza el mundo que le rodea; regresa a los orígenes, a la raíz ontológica para mostrarnos a partir de los elementos naturales, en este caso del azabache, en su doble significado: de una parte, por ser un mineral frágil pero de un bello y luminoso negror; de otra, por su carácter protector, de piedra mágica usada como talismán. Realidad y magia en perfecta comunión, unidas por el lazo de la fraternidad humana, representada en la brevedad estrófica y en los versos octosílabos que el poeta compone y engarza como si se tratara de una piedra preciosa. La frescura, el gracejo de la lírica popular y la sutil ironía contenidos en los algo más de setenta poemas de Derroche de azabache constituyen el universo poético de Doggui. Del puro negror del azabache nace la luz que fulge en la mirada del poeta, la voz plena de ferviente humanidad, que regresa del abismo, del desierto y sus silencios para convertirse en agua marina, en luna que ilumina la infinitud mediterránea del amor proclamado en la soledad de las noches. Derroche de azabache es un libro para leer despacio, de manera que intimes con su creador, que sustancies la palabra poética sin hostigarla, sin apremiarla en su conclusión, todo lo contrario, has de paladear sus sílabas como se paladea un buen vino, seguro de alcanzar así la más placentera de las sensaciones. Ahondar en la condición mestiza del lenguaje y comprobar la riqueza que aporta esa armoniosa alquimia, alejándose así de la imposición de molde alguno: «Siempre que conforme bien / mi íntimo y hondo sentir; / poco me importa que el molde / proceda de mi Arabia / o provenga de tu Iberia». Con estos versos de Mohamed Doggui les animo a la lectura de este libro que seguro les proporcionará momentos tan reflexivos como gratificantes.







Título: Derroche de azabache
Autor: Mohamed Doggui
Editorial: Carena (Barcelona, 2016)

domingo, 7 de agosto de 2016

MOHAMED DOGGUI, LA SONRISA SILÁBICA por José Antonio Santano



D e la nada, de lo más íntimo nace la voz de la poesía y nadie puede detener ese momento mágico y misterioso en el cual brota la palabra y se crea otro universo capaz de provocar el caos absoluto, el gran seísmo del lenguaje. No es fácil hallar ese estado de catarsis, pero una vez en él ya nada es comparable, el deseo de permanencia ilimitado. Convocadas todas las fuerzas de la Naturaleza, el silencio brota por doquier, como una corriente imparable que nos abismará en la espesa luz de la palabra. Todo está preparado para un viaje a lo desconocido, a la cima del misterio o a las profundidades nebulosas de la lengua. Ese viaje, en esta ocasión lo haremos con el poemario “La sonrisa silábica”, del profesor y poeta Mohamed Doggui (Túnez, 1956), que elige el idioma español como forma de expresión poética. Cohabitan así en su concepción del mundo dos culturas: la árabe y la española, dos universos origen de su poética, pero que encuentra en el español su natural forma de expresión. La clara influencia de la tradición poética árabe y española convergen en “La sonrisa silábica”, de forma que la brevedad del verso, de metro octasílabo, la observación reflexiva de la realidad que se presenta ante sus ojos, donde la ironía ocupa un lugar predominante, y el mestizaje idiomático, hacen de Doggui un poeta singular. La magia de su poesía se halla en los hechos cotidianos de la vida, de los que extrae siempre una razón, un pensamiento, una enseñanza. A Doggui le atrae el silencio, y por eso busca en él los matices, la esencia misma de las cosas a través de la palabra. Abre el libro un acertadísimo prólogo del también poeta y profesor Manuel Gahete, que nos acerca luminosamente a las claves contenidas en los setenta poeta que contiene el libro: «Mohamed Doggui conoce bien la naturaleza humana y establece con el lenguaje un pacto solidario, tintando su palabra de sutil ironía, iluminando el sendero en sombra con un cristal de luz que nos allega, que nos unge de afectos, que nos inclina a ver el mundo con rozagante perplejidad, como si cada día fuera nuevo y redescubierto por el asombro del amor». El poeta nos sorprenderá siempre con el verso medido, exacto, para acabar mostrándonos la parte oculta, la que trasciende a través de su implacable mirada, que se detiene en el detalle, en lo cotidiano, origen del ensueño:

«Ella me preguntó
/ en qué pintor ilustre
 / yo me reencarnaría,
/ si en Picasso o en Dalí,
/ y al instante le dije,
 / y sin saber por qué,
 / que ni en uno ni en otro,
 / sino en su pintalabios».

Los temas son variados y al mismo tiempo uno solo, la vida, la que fluye a su alrededor y observa y siente y palpa y goza o sufre, esa que acompaña los días y las horas y en la que Doggui se abrasa permanentemente con ironía y “sonrisa silábica”:

 «Yo grité fuerte tu nombre
 / en la desolada gruta,
/ y el eco me devolvió
/ una larga carcajada».

 En cada uno de estos poemas hallamos la más clara tradición poética española, la esencia de una lengua que Doggui ha querido perpetuar en ellos. Esa doble condición de profesor y poeta se traduce en la luz creadora de su poesía, a la que alude también en algunos de los poemas contenidos en este libro: «Me sonríe, y sus labios, / rectamente superpuestos, / un pareado me escriben, / hecho con rima perfecta. / Se acercan calladamente, / y con los míos componen / una cuarteta simétrica / hecha con rima cruzada». Es precisamente ese conocimiento de la lengua la que aporta singularidad al poeta que es Doggui, sutil, irónico, solidario, esencialmente humanista. En este tiempo tan desolador su palabra es un soplo de aire fresco, que nos invita a vivir intensamente cada momento. De ahí que el amor sea esa luz esperanza que alumbra el camino hacia un lugar donde los seres humanos puedan vivir en paz y armonía:«En pleno beso furtivo, / le sonó el toque de queda, / por temor, por deber, / el beso a medias dejó. / Y desde el triste malogro, / cada atardecer, sin falta, / se pone a tararear / la sinfonía inconclusa», «En esas escalas sísmicas / del amor impetüoso, / no hay magnitud que supere / la del beso embrïonario, / el beso titubeante, / el beso antes de besar». Porque «la poesía es un proceso catártico que nos excede y nos sublima, que nos salva y nos condena», como nos dice en el prólogo Gahete, merece este libro una lectura atenta, que nos llevará, seguro, a sentir el temblor de la palabra de Mohamed Doggui.



Título: La sonrisa silábica
Autor: Mohamed Doggui
Edita: Carena (Barcelona, 2016)

MOHAMED DOGGUI. LA SONRISA SILÁBICA




D e la nada, de lo más íntimo nace la voz de la poesía y nadie puede detener ese momento mágico y misterioso en el cual brota la palabra y se crea otro universo capaz de provocar el caos absoluto, el gran seísmo del lenguaje. No es fácil hallar ese estado de catarsis, pero una vez en él ya nada es comparable, el deseo de permanencia ilimitado. Convocadas todas las fuerzas de la Naturaleza, el silencio brota por doquier, como una corriente imparable que nos abismará en la espesa luz de la palabra. Todo está preparado para un viaje a lo desconocido, a la cima del misterio o a las profundidades nebulosas de la lengua. Ese viaje, en esta ocasión lo haremos con el poemario “La sonrisa silábica”, del profesor y poeta Mohamed Doggui (Túnez, 1956), que elige el idioma español como forma de expresión poética. Cohabitan así en su concepción del mundo dos culturas: la árabe y la española, dos universos origen de su poética, pero que encuentra en el español su natural forma de expresión. La clara influencia de la tradición poética árabe y española convergen en “La sonrisa silábica”, de forma que la brevedad del verso, de metro octasílabo, la observación reflexiva de la realidad que se presenta ante sus ojos, donde la ironía ocupa un lugar predominante, y el mestizaje idiomático, hacen de Doggui un poeta singular. La magia de su poesía se halla en los hechos cotidianos de la vida, de los que extrae siempre una razón, un pensamiento, una enseñanza. A Doggui le atrae el silencio, y por eso busca en él los matices, la esencia misma de las cosas a través de la palabra. Abre el libro un acertadísimo prólogo del también poeta y profesor Manuel Gahete, que nos acerca luminosamente a las claves contenidas en los setenta poeta que contiene el libro: «Mohamed Doggui conoce bien la naturaleza humana y establece con el lenguaje un pacto solidario, tintando su palabra de sutil ironía, iluminando el sendero en sombra con un cristal de luz que nos allega, que nos unge de afectos, que nos inclina a ver el mundo con rozagante perplejidad, como si cada día fuera nuevo y redescubierto por el asombro del amor». El poeta nos sorprenderá siempre con el verso medido, exacto, para acabar mostrándonos la parte oculta, la que trasciende a través de su implacable mirada, que se detiene en el detalle, en lo cotidiano, origen del ensueño:

«Ella me preguntó
/ en qué pintor ilustre
 / yo me reencarnaría,
/ si en Picasso o en Dalí,
/ y al instante le dije,
 / y sin saber por qué,
 / que ni en uno ni en otro,
 / sino en su pintalabios».

Los temas son variados y al mismo tiempo uno solo, la vida, la que fluye a su alrededor y observa y siente y palpa y goza o sufre, esa que acompaña los días y las horas y en la que Doggui se abrasa permanentemente con ironía y “sonrisa silábica”:

 «Yo grité fuerte tu nombre
 / en la desolada gruta,
/ y el eco me devolvió
/ una larga carcajada».

 En cada uno de estos poemas hallamos la más clara tradición poética española, la esencia de una lengua que Doggui ha querido perpetuar en ellos. Esa doble condición de profesor y poeta se traduce en la luz creadora de su poesía, a la que alude también en algunos de los poemas contenidos en este libro: «Me sonríe, y sus labios, / rectamente superpuestos, / un pareado me escriben, / hecho con rima perfecta. / Se acercan calladamente, / y con los míos componen / una cuarteta simétrica / hecha con rima cruzada». Es precisamente ese conocimiento de la lengua la que aporta singularidad al poeta que es Doggui, sutil, irónico, solidario, esencialmente humanista. En este tiempo tan desolador su palabra es un soplo de aire fresco, que nos invita a vivir intensamente cada momento. De ahí que el amor sea esa luz esperanza que alumbra el camino hacia un lugar donde los seres humanos puedan vivir en paz y armonía:«En pleno beso furtivo, / le sonó el toque de queda, / por temor, por deber, / el beso a medias dejó. / Y desde el triste malogro, / cada atardecer, sin falta, / se pone a tararear / la sinfonía inconclusa», «En esas escalas sísmicas / del amor impetüoso, / no hay magnitud que supere / la del beso embrïonario, / el beso titubeante, / el beso antes de besar». Porque «la poesía es un proceso catártico que nos excede y nos sublima, que nos salva y nos condena», como nos dice en el prólogo Gahete, merece este libro una lectura atenta, que nos llevará, seguro, a sentir el temblor de la palabra de Mohamed Doggui.



Título: La sonrisa silábica
Autor: Mohamed Doggui
Edita: Carena (Barcelona, 2016)