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domingo, 13 de diciembre de 2015

OSCURA TRANSPARENCIA. ENRIQUE MORÓN

OSCURA TRANSPARENCIA por JOSÉ ANTONIO SANTANO

  Una vez más nos sumergimos en el universo lírico de quien ostenta por derecho propio el noble oficio de poeta. No es fácil hallar en el panorama poético español una voz tan personalísima como la del cadiareño Enrique Morón, quien con su última entrega, bajo el oxímoron “Oscura transparencia”, nos invita a zambullirnos en la mar incontenible de sus versos. Morón nos muestra una vez más su universo lírico, iluminado por el metro clásico, de arte mayor principalmente (endecasílabo y alejandrino), fluye como agua de manantial.


Resplandecen en “Oscura transparencia” los sonetos, cuartetos y tercetos, que el poeta domina, dotando así al poema de una solidez y musicalidad indiscutible. Morón libera a la palabra y ésta se aloja luminosa en cada uno de los poemas que integran las cinco partes en las que queda dividido el libro: “Reflexión”, “Poemas de amor”, “Antiguos lares”, “La poesía” y “Despedida en tercetos”. El estilo singular de Morón queda patente en este libro, su extraordinaria versatilidad y su capacidad creativa vienen a confirmar, una vez más, que nos encontramos ante un gran poeta, con una voz capaz de seducir al lector en cada verso. Morón aboga por la desnudez y la profunda reflexión

 («Hoy el vuelto a mi aldea, la que dejé buscando /
 aquellas aventuras al borde del abismo. /
 Pero al volver he visto, con dolor, hasta cuándo /
 los años me ultrajaron, que ya no soy el mismo»),

 alía estética y ética, construye desde el conocimiento y la experiencia un discurso poético sobresaliente, de forma que la emoción y la belleza complementan, suman y añaden valor y crédito a su lírica al mostrarse desnudo y libre. Morón, instalado en su soledad y silencio, apartado del artificio poético actual –corren malos tiempos para todo-, en esa búsqueda continúa por la verdad –su verdad-, llama nuestra atención, nos alerta del momento actual cuando escribe: «No corren buenos tiempos. Instalose la ira / con toda su cohorte, sobre los aledaños / del desahucio, del hambre, de la sombra y la pena. / Se sublimó el cinismo. Se impuso la mentira / sobre la honestidad y han de quedar sus daños, / como clavel de acero que todo lo cercena». Resumen estos tercetos la alianza a la que antes nos referíamos entre estética y ética, el poeta desde la serenidad que proporciona el tiempo vivido profundiza sobre los avatares de la vida, observa su alrededor y no puede acallar su voz, se libera para ascender a la más alta cima de la poesía. Los temas que trata Morón en este hermosísimo tratado de vida, de poesía son, también, tradicionales: el tiempo, el amor, la muerte, la amistad, incluso, la propia poesía.

El poeta, como ser humano que es, no muy distinto al resto, no puede desligarse de esa condición, y habla y escribe de lo que siente, y lo embellece con la palabra exacta, diamantina, hallada en la infinitud del firmamento. Así, atento al paso del tiempo dice:


«Pues el tiempo no pasa inútilmente; /
 siempre te deja huellas si no heridas /
que desbordan los surcos de la frente.
 / Y del rosal sus flores encendidas /
cuando llega el otoño, doloridas, /
de un soplo se desmayan en la fuente». 

 Vivir cada momento, saber que el otro está ahí, en el silencio de la noche o en el trinar del día es la esencia, el luminoso rayo del amor que es el todo y la nada: «No sé de qué metal, de qué armonía / se han ahormado tus años en los míos / que en tu vida me siento más urgente. / Si en tu silencio hallé la melodía, / no me dejes de amar, serenos bríos / que hacen vibrar mi corazón doliente».


En los recuerdos también la vida, ese soplo, ese silbo que despierta los días, la imagen del padre, de su muerte, la heredad del aire en este cuarteto del poema “El poeta piensa en su padre”: «Hoy la vejez me ofrece tu elegancia, / cuando me encuentro al borde del abismo; / y ya es de ti tan corta la distancia, / que estás en mí y estoy contigo mismo». Pero si hay un sentimiento que ennoblece al hombre, al poeta, ese es el del amor fraterno, el amor hacia el otro. La unión al otro por el vínculo invisible de la amistad, la que el poeta profesa al también poeta Fernando de Villena y que resume en los tercetos encadenados de esta “Epístola…”: «Nunca dobles el pie. Alza la frente. / Sigue la línea recta, pues la vida / da mordiscos y besos y es prudente / sellar con labios de clavel la herida / que a dentelladas te sajó la envidia / que nunca cesa cuando está encendida». El fuego de la vida, las brasas del amor, de la amistad, del humanismo que aflora en la palabra luciente de Morón son rasgos de su poesía: «No sé que hubiera sido de mí sin la poesía. / Siempre la tuve cerca si la necesitaba. / Con su frialdad de nieve, con su calor de lava, / con su perfume pulcro y apuesta melodía», escribe el poeta, porque para él la poesía lo es todo, la vida de todos, la vida misma: «La vida es todo, amor, la vida es nada. / La vida es una luz que a veces brilla / y otras veces esconde su lucero». Enrique Morón: poeta.

Título: Oscura transparencia
Autor: Enrique Morón
Editorial: Port-Royal (Granada, 2015)

Oscura transparencia. Enrique Morón por José Antonio Santano

OSCURA TRANSPARENCIA

 Una vez más nos sumergimos en el universo lírico de quien ostenta por derecho propio el noble oficio de poeta. No es fácil hallar en el panorama poético español una voz tan personalísima como la del cadiareño Enrique Morón, quien con su última entrega, bajo el oxímoron “Oscura transparencia”, nos invita a zambullirnos en la mar incontenible de sus versos. Morón nos muestra una vez más su universo lírico, iluminado por el metro clásico, de arte mayor principalmente (endecasílabo y alejandrino), fluye como agua de manantial. Resplandecen en “Oscura transparencia” los sonetos, cuartetos y tercetos, que el poeta domina, dotando así al poema de una solidez y musicalidad indiscutible. Morón libera a la palabra y ésta se aloja luminosa en cada uno de los poemas que integran las cinco partes en las que queda dividido el libro: “Reflexión”, “Poemas de amor”, “Antiguos lares”, “La poesía” y “Despedida en tercetos”. El estilo singular de Morón queda patente en este libro, su extraordinaria versatilidad y su capacidad creativa vienen a confirmar, una vez más, que nos encontramos ante un gran poeta, con una voz capaz de seducir al lector en cada verso. Morón aboga por la desnudez y la profunda reflexión («Hoy el vuelto a mi aldea, la que dejé buscando / aquellas aventuras al borde del abismo. / Pero al volver he visto, con dolor, hasta cuándo / los años me ultrajaron, que ya no soy el mismo»), alía estética y ética, construye desde el conocimiento y la experiencia un discurso poético sobresaliente, de forma que la emoción y la belleza complementan, suman y añaden valor y crédito a su lírica al mostrarse desnudo y libre. Morón, instalado en su soledad y silencio, apartado del artificio poético actual –corren malos tiempos para todo-, en esa búsqueda continúa por la verdad –su verdad-, llama nuestra atención, nos alerta del momento actual cuando escribe: «No corren buenos tiempos. Instalose la ira / con toda su cohorte, sobre los aledaños / del desahucio, del hambre, de la sombra y la pena. / Se sublimó el cinismo. Se impuso la mentira / sobre la honestidad y han de quedar sus daños, / como clavel de acero que todo lo cercena». Resumen estos tercetos la alianza a la que antes nos referíamos entre estética y ética, el poeta desde la serenidad que proporciona el tiempo vivido profundiza sobre los avatares de la vida, observa su alrededor y no puede acallar su voz, se libera para ascender a la más alta cima de la poesía. Los temas que trata Morón en este hermosísimo tratado de vida, de poesía son, también, tradicionales: el tiempo, el amor, la muerte, la amistad, incluso, la propia poesía. El poeta, como ser humano que es, no muy distinto al resto, no puede desligarse de esa condición, y habla y escribe de lo que siente, y lo embellece con la palabra exacta, diamantina, hallada en la infinitud del firmamento. Así, atento al paso del tiempo dice: «Pues el tiempo no pasa inútilmente; / siempre te deja huellas si no heridas / que desbordan los surcos de la frente. / Y del rosal sus flores encendidas / cuando llega el otoño, doloridas, / de un soplo se desmayan en la fuente». Vivir cada momento, saber que el otro está ahí, en el silencio de la noche o en el trinar del día es la esencia, el luminoso rayo del amor que es el todo y la nada: «No sé de qué metal, de qué armonía / se han ahormado tus años en los míos / que en tu vida me siento más urgente. / Si en tu silencio hallé la melodía, / no me dejes de amar, serenos bríos / que hacen vibrar mi corazón doliente».


En los recuerdos también la vida, ese soplo, ese silbo que despierta los días, la imagen del padre, de su muerte, la heredad del aire en este cuarteto del poema “El poeta piensa en su padre”: «Hoy la vejez me ofrece tu elegancia, / cuando me encuentro al borde del abismo; / y ya es de ti tan corta la distancia, / que estás en mí y estoy contigo mismo». Pero si hay un sentimiento que ennoblece al hombre, al poeta, ese es el del amor fraterno, el amor hacia el otro. La unión al otro por el vínculo invisible de la amistad, la que el poeta profesa al también poeta Fernando de Villena y que resume en los tercetos encadenados de esta “Epístola…”: «Nunca dobles el pie. Alza la frente. / Sigue la línea recta, pues la vida / da mordiscos y besos y es prudente / sellar con labios de clavel la herida / que a dentelladas te sajó la envidia / que nunca cesa cuando está encendida». El fuego de la vida, las brasas del amor, de la amistad, del humanismo que aflora en la palabra luciente de Morón son rasgos de su poesía: «No sé que hubiera sido de mí sin la poesía. / Siempre la tuve cerca si la necesitaba. / Con su frialdad de nieve, con su calor de lava, / con su perfume pulcro y apuesta melodía», escribe el poeta, porque para él la poesía lo es todo, la vida de todos, la vida misma: «La vida es todo, amor, la vida es nada. / La vida es una luz que a veces brilla / y otras veces esconde su lucero». Enrique Morón: poeta.



Título:Oscura transparencia
Autor:Enrique Morón
Editorial:Port-Royal (Granada, 2015)

domingo, 24 de mayo de 2015

Todo el dolor del viento. Salón de lectura





 
Nadie podrá callar la voz de los poetas, esa que vuela en alas de mariposa o ave por el firmamento y que es luz y sombra al mismo tiempo, alegría y llanto, silencio y grito. Bien lo saben los poetas nacidos en la vega o las sierras de Granada, en la infinitud de los atardeceres de la Alhambra, en el Paseo de los Tristes o a orillas del Darro, en la magia del Albaicín, cuando todo parece extinguirse en el fuego de los días. Muchos son los poetas granadinos que han hecho de la palabra poética su verdadera patria, también de la amistad su bandera, el verbo como único horizonte. Entre esos grandes poetas granadinos se encuentra, sin ningún género de duda, Enrique Morón (Cádiar, 1942) y del que comentamos su última obra “Todo el dolor del viento”. Toda la verdad poética de Enrique Morón, desnuda, “A la intemperie”, porque el poeta sabe de la herida y el silencio, de las huellas que deja el tiempo en la carne y en la piedra, la soledad vivida, las noches con sus muertes: “Estas tres muerte, digo, / lejanas en el tiempo, / han dejado una marca en este cuerpo / que no han podido ni borrar los años: / la amarga soledad”.

De esta forma, Morón se adentra en los misterios de la vida, y se refugia donde siempre lo hizo, en la Naturaleza, y con ella entabla un diálogo de igual a igual ante el asombro siempre del vuelo de los sueños y los años. Nada escapa a su declarado existencialismo, a la hondura de su conocimiento y a su voz de aurora en los nogales, alejado de los hombres: “Busco refugio en la sombra / de los viejos nogales. / No espero demasiado de los hombres, / mas quizás el paisaje / humanice mis párpados”. La fuerza de la tradición clásica se hace verbo y luz en sus versos, que brotan, al tiempo de los años, como “Breve asombro” de campanas en la levedad de las tardes infantiles: “Todo queda tan lejos / como las lontananzas / y por instantes, / cual suspiro de azúcar en el agua, / me voy inexistiendo / en cada golpe de campana”. Morón es un poeta de serena mirada, enraizado a la tierra y a los nombres: “Este es mi orgullo y estas son / pulcras mis credenciales: soy Enrique / Morón. Hijo de Antonio / y Trinidad. Alpujarreño”, unido a la vida por el don de la palabra: “Nunca sabemos donde / encontrar la verdad. / Las palabras son como / una música ciega / con sus ecos perdidos y aventados / al asombro del cosmos”. Camina Morón por los senderos de una luz amorosa, por el interior de una balada que no cesa nunca. De la vida aprendió a ser silencio y bruma en otoño, a contener la tristeza, a ser soledad: ”De tanta soledad se me ha caído / mi corazón al suelo”, todo el dolor del viento en las noches del valle. 

José Antonio Santano. "Todo el dolor del viento" de Enrique Morón


TODO EL DOLOR DEL VIENTO


 
Nadie podrá callar la voz de los poetas, esa que vuela en alas de mariposa o ave por el firmamento y que es luz y sombra al mismo tiempo, alegría y llanto, silencio y grito. Bien lo saben los poetas nacidos en la vega o las sierras de Granada, en la infinitud de los atardeceres de la Alhambra, en el Paseo de los Tristes o a orillas del Darro, en la magia del Albaicín, cuando todo parece extinguirse en el fuego de los días. Muchos son los poetas granadinos que han hecho de la palabra poética su verdadera patria, también de la amistad su bandera, el verbo como único horizonte. Entre esos grandes poetas granadinos se encuentra, sin ningún género de duda, Enrique Morón (Cádiar, 1942) y del que comentamos su última obra “Todo el dolor del viento”. Toda la verdad poética de Enrique Morón, desnuda, “A la intemperie”, porque el poeta sabe de la herida y el silencio, de las huellas que deja el tiempo en la carne y en la piedra, la soledad vivida, las noches con sus muertes: “Estas tres muerte, digo, / lejanas en el tiempo, / han dejado una marca en este cuerpo / que no han podido ni borrar los años: / la amarga soledad”.

De esta forma, Morón se adentra en los misterios de la vida, y se refugia donde siempre lo hizo, en la Naturaleza, y con ella entabla un diálogo de igual a igual ante el asombro siempre del vuelo de los sueños y los años. Nada escapa a su declarado existencialismo, a la hondura de su conocimiento y a su voz de aurora en los nogales, alejado de los hombres: “Busco refugio en la sombra / de los viejos nogales. / No espero demasiado de los hombres, / mas quizás el paisaje / humanice mis párpados”. La fuerza de la tradición clásica se hace verbo y luz en sus versos, que brotan, al tiempo de los años, como “Breve asombro” de campanas en la levedad de las tardes infantiles: “Todo queda tan lejos / como las lontananzas / y por instantes, / cual suspiro de azúcar en el agua, / me voy inexistiendo / en cada golpe de campana”. Morón es un poeta de serena mirada, enraizado a la tierra y a los nombres: “Este es mi orgullo y estas son / pulcras mis credenciales: soy Enrique / Morón. Hijo de Antonio / y Trinidad. Alpujarreño”, unido a la vida por el don de la palabra: “Nunca sabemos donde / encontrar la verdad. / Las palabras son como / una música ciega / con sus ecos perdidos y aventados / al asombro del cosmos”. Camina Morón por los senderos de una luz amorosa, por el interior de una balada que no cesa nunca. De la vida aprendió a ser silencio y bruma en otoño, a contener la tristeza, a ser soledad: ”De tanta soledad se me ha caído / mi corazón al suelo”, todo el dolor del viento en las noches del valle.