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domingo, 24 de mayo de 2020

IDAHO Y EL JARDÍN

SALÓN DE LECTURA

José Antonio Santano


Idaho y el jardín de Ezra Pound

Boris Rozas



La poesía puede ser tan variada y diferente como pueden serlo los lectores que se acercan a ella, cada uno de ellos, según su formación o experiencia vivencial puede interpretarla o recrearla hasta conseguir un nuevo universo particular. La poesía española actual parece parapetada en cierta homogeneidad avalada por un determinado grupo o corriente de opinión que hace de ella un reino de taifas poco frecuentado por vates ajenos al grupo. Esa política cultural de lo mediático y centralizado, entiendo, ha de ser reconvertida, reconducida si se quiere por el bien de todos. Sé que el panorama poético español está muy viciado y que necesita, así lo pienso, aire fresco y voces nuevas capaz de aunar voluntades y que pueda así aflorar un espacio donde la esencialidad y singularidad poética tenga cabida por encima de otras valoraciones. Descubrir esas voces no es fácil por esa centralización a la que me he referido anteriormente, pero hay que intentarlo. Es preciso moverse, abrir los ojos y la mente a nuevas formas de expresión poética, desde el conocimiento y la emoción de lo aprehendido. Es cierto que la experiencia, por otro lado, común a todos los poetas -sin experiencia no hay vida-, pero lo más urgente es hallar esas voces diferentes que, desde el respeto a la tradición literaria española y a las variadas corrientes o formas estéticas, puedan sumar hasta alcanzar un estado sólido y coherente, que beba de la hondura del pensamiento y de la emoción capaz de trascender la realidad. 

En esta búsqueda hallamos al poeta argentino residente en Valladolid Boris Rozas, que hasta el momento ha publicado 14 poemarios, entre otros, “Ragtine (2012), “Invertebrados” (2014), “Las mujeres que paseaban perros imaginarios” (2017) y “Anny Hall ya no vive aquí” (2018). El último y objeto de atención “Idaho y el jardín de Ezra Pound”. En su poesía encontramos una clara influencia anglosajona tanto musical (Dixie Chicks, Bowie, Dylan…), como literaria (Robert Frost, Derek Walcott, Pound…), principalmente de la poeta Emily Dickinson. Realmente el poemario en sí mismo no es sino un viaje que recorre la experiencia vital del poeta y que no deja duda alguna sobre aquello que interesa desde el punto de vista de la cultura, pero también de la interiorización de todas y cada una de las circunstancias que alientan su continua capacidad de asombro y curiosidad. Su trayectoria poética nos indica, como ya hemos señalado anteriormente. Los textos de los autores que han marcado de alguna manera su propia diferencia o singularidad entrañan un valor añadido a su voz, de manera que esa intertextualidad produce un continuo diálogo interno que viene a atemperar y equilibrar lo aprehendido a lo largo de los años: «Naciendo el mismo día que murió Robert Frost / no puedo sino oscilar en la vida / del mismo modo que los abedules / responden a tu llamada, / viejos columpiadores / somos / regresando a nuestra / tempestad diaria».  El poeta indaga, bucea en su interior y luego contemplar o compara, desde la honda meditación qué sucede y experimenta con la palabra hasta conseguir una voz personal, un estilo propio y diferencial. Creo que todo lo dicho podría resumirse, como botón de muestra, en estos versos del poeta que vienen a ser como esa luz que vislumbra el poeta Boris Rozas: «De los poetas que he leído / me quedo con el que me parta el espíritu / en dos mitades de silencio, / el que alivie mi tragedia /cogida con alfileres de altura / sin pensar en la suma / de ayeres que se fueron».









Título: Idaho y el jardín de Ezra Pound          
Autor: Boris Rozas
Editorial: Eolas (2019)  

martes, 5 de febrero de 2019

ANNIE HALL YA NO VIVE AQUÍ. por JOSÉ ANTONIO SANTANO


Annie Hall ya no vive aquí

ANNIE HALL YA NO VIVE AQUÍ
L eía días atrás y no recuerdo dónde que «la poesía despierta pasión a muy temprana edad, aunque no se entienda». Para quienes tienen por hábito y costumbre leerla, aprender y emocionarse con ella, no extraña esta afirmación. La poesía, efectivamente, aún sin llegar a entenderla en ocasiones, es como esas canciones extranjeras que, por mucho que no entendamos lo que dice, en su conjunto (música y letra) valoramos, en muchas ocasiones y así la historia lo demuestra, como verdaderas obras de arte. El arte, en cualquiera de sus expresiones, no tiene límites, es algo que aun sin poder explicarse, se eleva hasta cotas desconocidas y es capaz de transformar y transformarnos, de ser alma en sí mismo, espíritu inagotable que vuela por los confines de la luz y el universo. Por todo, la poesía llega siempre para quedarse, anegar el espacio y los sentidos con su música inextinguible. Salamanca fue el lugar de encuentro, allí la poesía nos convocó y allí la fraterna amistad y la palabra se fundieron en un abrazo imperecedero. “Annie Hall ya no vive aquí”, del poeta argentino Boris Rozas, nos reunió entonces y nos une ahora. Es este un poemario con el que su autor fue distinguido con el XVI Premio Internacional de Poesía “León Felipe”, Tábara 2018. La madurez poética de Rozas está ya avalada por una sólida trayectoria que resumimos en la publicación de once libros, entre los que podemos destacar “Ragtine” (2012), “Invertebrados” (2014), ganador del prestigioso premio Internacional “Pilar Fernández Labrador” y “La libertad de los girasoles” (2016). Con “Annie Hall ya no vive aquí”, Rozas avanza por un camino, no siempre fácil, cual es el del genero poético. En este libro el poeta, llevado por su admiración al séptimo arte, el cine, nos muestra una obra que parte, como otras, del viaje, esa manera de indagar en lo desconocido y misterioso, y en esta ocasión con un destino al que la poesía y la literatura han dedicado atención preferente. El viaje siempre es un reto, antes, durante y después de realizado, como un sueño. El deseo de vivir que nos transporta al paraíso imaginado. Así, de esta manera, Boris Rozas nos muestra en cinco partes lo que significa “Annie Hall ya no vive aquí”. En la primera de ellas, titulada “Lowcost”, como si se tratara de una huida hacia adelante, el viaje como aventura vital hacia el centro de su soñado universo, tal es el cine, y la espera en esas salas que anteceden al patio de butacas, hacia la búsqueda de un tiempo futuro que vive intensamente, asido inseparable a una maleta: «Van a sellarme el pasaporte sin apenas mirarme a la cara / para ellos soy otro animal que viaja por instinto, / oculto tras gafas de sol y metros de auriculares / en silencio…». En la segunda parte del libro “Permiso concedido”, Rozas muestra su particular visión de la ciudad y el misterio que acude al poeta en forma de abstracción o surrealismo propio de poetas que le antecedieron en su cita con Nueva York, lugar donde todo puede suceder. En este sentido, su gran apuesta será el amor, que concreta en un curioso paralelismo entre el ruidoso vivir de la ciudad y la pura expresión de su poética, con acento machadiano: «El viejo olmo que aún vigila los cadáveres del río / se afana en jugar a las sombras / con los atardeceres del puente de Brooklyn… // se han citado a las puertas de esta noche / tu frente con mi cara, / mi atisbo de pobreza / con tu figura de permisos ya concedidos». En la tercera parte, “Anchorage” , el poeta, nos guiará a través de la música, esa que lleva muy adentro, el jazz, y al ritmo del gran Jhon Coltrane, por la bulliciosa ciudad y la sensación de desvalimiento que la misma le produce: «Soy una vieja actitud acomodada en los bolsillos / de un vaquero, / souvenir de puesto ambulante / cerca de un buzón ahogado entre pintadas, / soy un letrero de neón / con iniciales fundidas / hasta derramarse por los bancos verdes de metal, / me siento como un minúsculo hombre / que se intuye logotipo modal / a ritmo de jazz». Rozas titula la cuarte parte del poemario: “La primera vez que salté por una escalera de incendios”. En ella recorrerá lugares emblemáticos de Nueva York, como Greenwich Village, Gay Stree, el Bronx o la estación Gran Central y sentirá que la soledad y el amor fluyen al unísono en su íntimo ser: «Una vez ue un hombre sentado añorando las montañas / como quien se siente bosque, / estrechando el cuelo de botella de la primavera / como el lobo que camino solo / por Gran Central / lamiéndose las heridas con los dedos». La quinta y última parte que da título al libro “Annie Hall ya no vive aquí”, es la más destacada y determina en mi opinión la fuerza del sujeto poético, el vuelo de su voz a la altura del sueño que revela la verdad poética contenida en este poemario de Boris Rozas: «Me dicen que la felicidad dura lo que dura una mañana, / un verso. / Un café extendido sobre una vieja mesa / un niño extraviado que busca una ventana / en medio del invierno. / En esa media luna envuelta en leche caliente / descansa una verdad / que no por sobada y bizca / deja de ser menos verdad».
BORIS ROZAS
Título: Annie Hall ya no vive aquí
A utor: Boris Rozas
Editorial: Celya (2018)