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lunes, 18 de mayo de 2020

LOS LÍMITES DE LA SINGULARIDAD

SALA DE LECTURA 
 José Antonio Santano


Los límites de la singularidad
Antonio Rodríguez Jiménez


ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ
ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ

LOS LÍMITES DE LA SINGULARIDAD
En la actualidad se escribe mucho, pero no con la intensidad que las diferentes temáticas o géneros necesitan para encauzar al lector a ese estado de gracia tan preciso e importante desde el punto de vista del pensamiento y la cultura. Asistimos, por desgracia, al florecimiento de una incomprensible amnesia colectiva e intelectual que su principal protagonista, el hombre, no combate con la fuerza del saber y la palabra. Quedó, no sé dónde ni cuándo, ese deseo o voluntad de crear desde la nada, y una gran imaginación, otros mundos, otras formas de vida, otro tiempo y otro espacio. Lamentablemente, pocos son los llamados a esta tarea de creación o recreación, de estudio sistemático, de honda reflexión, porque es más fácil dejarse llevar por la corriente del acomodo y la oportunidad, de la ortodoxia simplona y del narcisismo más atroz. Pero no importa, entre tanta estulticia siempre hay alguien que destaca por su rigor y coherencia, por la honradez y la imparcialidad crítica, concluyente solo si a la verdad y la justicia, en esta ocasión literaria, defiende, desde el derecho que asiste al hombre de expresar libremente sus ideas y hallazgos. 

En los últimos días he tenido la ocasión de comprobar todo lo dicho en extraordinarios ensayos literarios, libros que me han sorprendido por su rigor y su sentido crítico: “El unicornio en el café Libertad, de Pedro Rodríguez Pacheco, “La huida de la imaginación”, de Vicente Luis Mora y “El infinito en un junco”, de Irene Vallejo. Pues bien, como no hay dos sin tres, tampoco tres sin cuatro, como lo viene a confirmar el libro “Los límites de la singularidad”, al cuidado editorial de Carena y cuyo autor es el periodista, escritor, profesor y poeta español afincado en México Antonio Rodríguez Jiménez (Córdoba, 1956). Una extensa obra poética, narrativa y ensayística avala la trayectoria literaria de Rodríguez Jiménez, amén de haber sido durante 23 años (1986-2009) el coordinador de uno de los suplementos literarios más importantes de España, “Cuadernos del Sur” (Premio Nacional al Fomento de la Lectura 2009), del diario Córdoba. En esta ocasión, el profesor Rodríguez Jiménez, gran conocedor de la poesía contemporánea española, analiza con rigor a pesar del extenso periodo objeto de estudio y con equilibrado sentido crítico esa intrahistoria en un ensayo esencial y necesario si se quiere comprender, desde el más absoluto respeto a las corrientes poéticas y a los poetas integrantes de ellas, el acontecer de la poesía española más significativa del siglo XX hasta nuestros días. Dado que, como hemos dicho, el período objeto de estudio es muy extenso, Rodríguez enfoca o determina dicho análisis en lo que él llama “diferencia” o “singularidad”, estableciendo así los límites, que bien podrían resumirse, en palabras de Verlaine, al escribir: “El poeta debe ser absolutamente uno mismo”, o en aquello otro que decía Heidegger: “La misión del poeta es hallar un nombrar nuevo, visionario”. El profesor Rodríguez se aparta así de quienes se afanan por conseguir representación y prestancia mediática dentro de un sistema intoxicado y moribundo, para construir un espacio nuevo o quizá recuperarlo, restituirlo en lo que vale, diferente y abierto a la pluralidad creativa, donde la calidad y la singularidad sean los pilares fundamentales para conseguir la trascendencia y la armonía creadora suficiente. 

Así Rodríguez Jiménez estructura su estudio o análisis de la poesía española del siglo XX y lo que va del XXI, en nueve apartados o capítulos, en los expone tanto desde la praxis como desde la teoría aspectos tan fundamentales como la esencialidad y autenticidad de la obra, la trascendencia y armonización del acto creativo, ahonda en la determinación de la singularidad, donde la infancia juega un papel extraordinario (influencias de las poéticas de Boudelaire, Rimbaud, Lautrémont, Mallarmé, Verlaine o Bretón, Bécquer, Hölderlin o Rilke), la generación del 27 (Gerardo Diego, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre o Rafael Alberti), para pasar a la poesía social a la esteticista, con parada en la poesía experimental (Juan Eduardo Cirlot, Carlos Edmundo de Ory, José Antonio Muñoz Rojas, José Hierro, Leopoldo de Luis, Pablo García Baena, Ricardo Molina, Concha Lagos, Mario López, Julio Aumente, José de Miguel, Vicente Núñez, Juan Bernier o Manuel Álvarez Ortega, entre otros), en el siguiente capítulo (número VII), el profesor Rodríguez se detendrá en los poetas “desheredados y marginados” de la segunda mitad del siglo XX (Antonio Gamoneda, Claudio Rodríguez, Enrique Badosa, Antonio Gala, Rafael Soto Vergés, Rafael Guillén, Ángel García López, Pedro Rodríguez Pacheco, Rafael Ballesteros o Antonio Hernández). “El esteticismo de los que fueron reyes por unos instantes” es el título del capítulo VIII, y en él dicta una relación muy variada de poetas, no obstante se ocupa sólo de algunos como Rosa Romojaro, Antonio Colinas, Jaime Siles, Ricardo Bellveser, Antonio Carvajal, Carlos Clementson, Pedro J. de la Peña, Domingo F. Faílde o Eduardo Scala. Concluye este ensayo con el capítulo IX, que titula “Los expulsados del paraíso o el Unicornio en el café Libertad”. Son muchos los poetas citados, entre ellos, Miguel Galanes, José Gutiérrez, Luis Martínez de Merlo, Francisco Morales Lomas, Basilio Sánchez, José Antonio Santano, Álvaro Valverde, Francisco Ruiz Noguera, Alejandro López Andrada, María Rosal, Miguel Casado o Miguel Rico. Por ser muchos los poetas, como se ha podido comprobar, y aún faltan los más jóvenes, el profesor Rodríguez, ante tal circunstancia menciona particularmente a Manuel Ruiz Amezcua, Luis Alberto de Cuenca, María Antonia Ortega, Concha García, Antonio Enrique, José Lupiáñez, Fernando de Villena, Manuel Gahete o Juan Malpartida. 

Los límites de la singularidad
ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ. LOS LÍMITES DE LA SINGULARIDAD

Una extensa nómina de poetas contiene el presente ensayo del profesor Rodríguez Jiménez, y en insuficientes páginas, pero es evidente que su labor de aproximación a esa poesía singular y diferencial es oportuna y bien recibida, por cuanto todavía siguen silenciados muchos de los poetas aquí nombrados y de una esencialidad indiscutible. Es este, pues, un trabajo necesario y preciso que aporta la otra cara de la moneda, de un estado de la cuestión, la poesía, que venía siendo solo uno y ortodoxo, en el cual no cabían otra poesía diferencia o singular, otros poetas de marcada significación y valía. Este libro, “Los límites de la singularidad” está llamado a ser un referente fundamental para conocer el desarrollo de la poesía española del siglo XX y lo que va del XXI, y por ello, merecedor de ser celebrado, por su honestidad, rigor e imparcialidad. Acabo con las siguientes palabras del autor de este ensayo, el profesor Rodríguez Jiménez, y que viene a resumir de alguna manera lo dicho: «Todo lo anterior que se ha leído en estas páginas es poesía auténtica, original, esencial. Cuando se escribe una composición poética, a ella le importa poso si se la comprende o no, pues la poesía en sí aspira a algo más que ser comprendida, porque ella se convierte en materia espiritual y es ajena a la historia, a la moral, a los convencionalismos. A ella no le importa el diálogo ni la claridad ni lo comprensible. Nace de las cavernas oníricas de los sentimientos, de lo profundo del ser humano y está por encima de los gemidos del amor».



Título: Los límites de la singularidad
Autor: Antonio Rodríguez Jiménez
E ditorial: Carena (2019)







domingo, 15 de marzo de 2015

Los signos del derrumbe. Antonio Rodríguez Jiménez



LOS SIGNOS DEL DERRUMBE, por José Antonio Santano

El poeta no tiene más que las palabras: las palabras que justifican, a veces, una vida”, escribe Pedro Orgambide en la introducción al libro “Mario Benedetti. Antología poética”. Y así es. El poeta enfrentado a la pantalla del ordenador o al folio en blanco no posee sino las palabras, y con ellas pretende alcanzar sus sueños, contagiarnos de su alegría o sufrimiento. Muy adentro laten las palabras que poco a poco se precipitan al vacío del papel hasta conformar un universo tan complejo como mágico. En ese espacio de los silencios y signos, brota la voz del poeta. Nada comparable al acto de la creación, ese instante por el cual el poeta se transforma, se hace a sí mismo y para el mundo un nuevo ser, una nueva alma.

Las palabras ocupan el tiempo del poeta, la vida entera. Un claro ejemplo de lo que decimos es este nuevo libro “Los signos del derrumbe”, de Antonio Rodríguez Jiménez (Albacete, 1978), con el que obtuvo el XVIII Premio Internacional de Poesía “Antonio Machado en Baeza”. Ya desde el título se nos advierte de la necesidad de cambiar, de rebelarnos, traspasar la frontera del miedo para recuperar la verdadera razón del ser, para restituirnos tras la pérdida de los valores intrínsecos al hombre. Nos advierte el poeta –digo- de la fragilidad y la inconsistencia de este tiempo que vivimos al comprobar múltiples “signos del derrumbe”, y donde la lúcida palabra sirve de acicate ante la individualidad y la codicia, el abuso de poder, etc., etc. Antonio Rodríguez apela al lenguaje poético para alertarnos del peligro de este tiempo, y lo hace desde la elocuencia y la serenidad, con la palabra exacta en cada momento. Tres partes fundamentales, además de un poema preludio componen “Los signos del derrumbe”, un poemario coherente, obra de un verdadero poeta, que no se contenta con el testimonio solo, sino que se adentra en la oscuridad para luego remontar hasta la luz y habitar, perpetuarse en ella. En “Descenso” Rodríguez Jiménez nos advierte en su primer poema de esos “signos del derrumbe”:

«No intentéis explicarle los signos del derrumbe.
La libertad prefiere ungir solo a unos pocos
príncipes de los márgenes.
Solo los despojados y los dueños de todo
han probado las mieles del desprecio absoluto». 
 

También nos habla de esos rostros inexpresivos que habitan cada día la pobreza, del descenso al centro de las ruinas: «Mira cómo se extiende: / Es el silencio azul de la pobreza», de la tristeza en la mirada de los vencidos y marginados, de su visión de la gran ciudad, en la cual el hombre no es nadie ni nada. El poeta siempre alcanza el otro lado del horizonte, mostrándonos un espacio narrativo poético que mira más adentro, como en el caso del poema “Modelos publicitarias”: «Sonriéndole al tráfico desde las marquesinas, / felices, detenidas en la luz de un instante, / más allá de esta ropa, / venden una ilusión, venden deseo, / la placidez de un mundo diseñado a medida / como sus propios cuerpos de fingida belleza». Marcada rebeldía de la palabra que no quiere volver a la oscuridad del pasado, a la ciega ignorancia que nos abisma de nuevo a las cavernas: «En Camerún están matando a un hombre / por declararse a otro en un mensaje». El odio y la sinrazón regresan y el poeta no puede sino proclamarse en el amor: «El odio es el refugio de los desamparados, / y en las estrechas celdas de la fe y la barbarie / amar alarma siempre mucho más que un cadáver». Observa el poeta el decurso de la vida, el tiempo se detiene en sus pupilas, el tiempo en una “Mañana de domingo”: «El niño de la silla, inmóvil, sonriente; / la mujer encorvada que busca en la basura / y el sol imperturbable lamiendo los cristales / de la digna miseria. Perro mundo». En la segunda parte del libro “El signo insuficiente” el poeta se enfrenta al acto mismo de la escritura, poeta y poema frente a frente, la metapoesía como meta y objetivo último, el poema como sujeto. La trascendencia de lo primigenio, de la creación en sí misma: «Sueño con un mensaje que transcienda los límites / y sea futura luz, reflejo cierto / para quienes esperan».

 El poema “Resistencia” nos recuerda a Valente cuando dice que la poesía es “antes que nada y por encima de todo conocimientos, y más concretamente conocimiento “haciéndose”, coincidente con esta concepción poemática: «así el poema / se resiste en la página, / sube y baja en la barra del procesador, / deshaciéndose, haciéndose / de nuevo». En la tercera y última de las partes que contiene este libro “Si algo queda”, el poeta se decanta por el amor fraterno y filial, el amor a la vida por encima de todas las cosas y que concreta en Vega, su hija: «Pero la vida tiene lugares más funestos, / y en sus aguas violentas encontrarás dragones. Entonces ten en cuenta cómo fuiste engendrada, / cómo entre los primeros temblores de tus células / ya habitaba el amor. Nunca lo olvides».

Título: Los signos del derrumbe
Autores: Antonio Rodríguez Jiménez
Editorial: Hiperión (Madrid, 2014)