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sábado, 12 de diciembre de 2015

Bajo las raíces (40 años de Sepulcro en Tarquinia) Homenaje a Antonio Colinas


Más de cincuenta poetas rinden homenaje a Antonio Colinas en
"Sepulcro en Tarquinia",
              ¿Es el tiempo esa barrera infranqueable, invisible, que nos consume, o, acaso la luz que alumbra el camino, la senda por donde la vida es y discurre sin que apenas nos demos cuenta, casi en un soplo? Alimenta el tiempo a la poesía, a los poetas para ensamblar o crear un mundo nuevo, interiorizado hasta alcanzar la más perfecta de las idealizaciones. Sobre aguas procelosas unas veces y otras calmas la poesía navega, como un velero, perpetuándose. Algo de todo esto ocurre con “Bajo las raíces (40 años de Sepulcro en Tarquinia)”, edición de Ben Clark. Este libro viene a ser un homenaje, un tributo a uno de los poemas más hermosos que ha dado la literatura española contemporánea, que dio título al poemario del mismo nombre, con el que obtuvo su autor, Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1943) el Premio de la Crítica en 1975. Ahora, cuarenta años después, la editorial “La Isla de Siltolá” nos presenta esta obra que tiene como principal objeto la recreación de “Sepulcro en Tarquinia”. Para ello se ha contado con la voz de 54 poetas. Varias generaciones de poetas participan en este libro que, como hemos indicado anteriormente focaliza las creaciones poéticas en el poema-libro “Sepulcro de Tarquimia”. El poeta Jorge Guillén dijo allá por el año 1976, refiriéndose a “Sepulcro en Tarquinia”, que «es el libro actual con más Italia que conozco», aspecto que también se alude ahora en algunos de los poemas contenidos en “Bajo las raíces”, caso de Pablo García Baena: « No estuve en Tarquinia / en aquel viaje por la campiña romana, / pero sí en Viterbo, / otra ciudad de la región del Lazio / donde aspiré, con lluvia, el milagro / de las rosas. / Lejos quedaron tarquinos y lucrecias / y la ciudad etrusca descubrí / diez años después, palpitantes / sus mármoles, en los versos / de Antonio Colinas». Cincuenta y cuatro voces y miradas diferentes sobre un mismo paisaje, un mismo poema o libro, un mismo sentir si se quiere ver de esta forma, pero con el valor añadido de la singularidad expresada por cada uno de estos 54 prestigiosos poetas participantes en este homenaje a la poesía de uno de los más grandes poetas de ahora, un clásico ya de la poesía española, Antonio Colinas. 


ANTONIO COLINAS
En el prólogo de este libro los versos de Francisco Brines nos acercan al “Sepulcro en Tarquinia” y al poeta que lo creó: «Un joven poeta de la España interior / halló en Italia sus raíces: / una cultura y una manera / de sentir la belleza». Por citar algunos versos de los poetas participantes, a todos es imposible dada la limitación de espacio de este particular “Salón de lectura”, elegimos los de Antonio Gamoneda, que se abisma en lo desconocido: «Aliviando, /apenas aliviando, / la infección de mis llagas, de mis llagas aquéllas / que, al parecer, hervían / en el ayer extinguido, me pregunto, / apenas me pregunto, / por lo desconocido», y a este universo se suma otro, el del también leonés Julio Llamazares:«De Petavonium a Roma el poeta ha buscado su / patria y hasta que por fin la encuentra vaga por muchas / ciudades. / Es en Tarquinia donde la intuye, pero en Tarquinia / se siente fuera de la eternidad». 




Otros dos poetas muy cercanos a Colinas le acompañan igualmente en esta aventura: José María Muñoz Quirós, en mística de luz: «El desierto del mar arde en palabras: / nada me incendia más, nada me esconde / horizontes tan bellos. Nadie alcanza / sutiles olas en intensas aguas / que desembocan en la sed del frío, / que mueren en sus brazos cuando callan» y Alfredo Pérez Alencart, en silencio de piedra: «El tiempo se mide / en piedra, en silencios / que llueven / grandezas rotas,…». Otro aspecto relevante es la presencia de todo lo mediterráneo, de la mediterraneidad como esencia, patente en estos versos de Enrique Villagrasa: «Todo en la tarde es, viene, regresa / como un diálogo mediterráneo.  / El recuerdo de ese su paisaje / que se convierte en metáfora: / beber del Sepulcro en Tarquinia». Luis Antonio de Villena ahonda en la memoria, en la magia del sueño: «Recemos: donde no hay dios, hay ángeles. Escucha sus / tiorbas perfectas. Los poetas vivimos donde no vivimos. Pero jamás mentimos a la poesía». Cierra el libro un poema de Antonio Colinas, titulado “¿Qué fue de aquellas músicas?, en un intento de restablecer, restituir el tiempo vivido, de volver a los orígenes después de renacer en la palabra de humanísimo latido: «…que el hombre y su Arte / pueden ser en la vida algo más que ceniza / para la muerte.[…] Me extraviaron, me hicieron perder / la razón. […] Desde entonces, / creí en algo más que en la ceniza / y mi razón no es ya / razón para la muerte». No cabe duda alguna, pues, que la poesía española actual goza de una excelente salud, como así se confirma con esta cuidada publicación.   
Título: Bajo las raíces (40 años de Sepulcro en Tarquinia)
Autores varios: Edición de Ben Clark.

Editorial: La Isla de Siltolá Sevilla, 2015)

domingo, 22 de noviembre de 2015

BAJO LAS RAÍCES. 40 años de sepulcro en Tarquinia


BAJO LAS RAÍCES
(40 años de Sepulcro en Tarquinia)

         
     ¿Es el tiempo esa barrera infranqueable, invisible, que nos consume, o, acaso la luz que alumbra el camino, la senda por donde la vida es y discurre sin que apenas nos demos cuenta, casi en un soplo? Alimenta el tiempo a la poesía, a los poetas para ensamblar o crear un mundo nuevo, interiorizado hasta alcanzar la más perfecta de las idealizaciones. Sobre aguas procelosas unas veces y otras calmas la poesía navega, como un velero, perpetuándose. Algo de todo esto ocurre con “Bajo las raíces (40 años de Sepulcro en Tarquinia)”, edición de Ben Clark. Este libro viene a ser un homenaje, un tributo a uno de los poemas más hermosos que ha dado la literatura española contemporánea, que dio título al poemario del mismo nombre, con el que obtuvo su autor, Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1943) el Premio de la Crítica en 1975. Ahora, cuarenta años después, la editorial “La Isla de Siltolá” nos presenta esta obra que tiene como principal objeto la recreación de “Sepulcro en Tarquinia”. Para ello se ha contado con la voz de 54 poetas. Varias generaciones de poetas participan en este libro que, como hemos indicado anteriormente focaliza las creaciones poéticas en el poema-libro “Sepulcro de Tarquimia”. El poeta Jorge Guillén dijo allá por el año 1976, refiriéndose a “Sepulcro en Tarquinia”, que «es el libro actual con más Italia que conozco», aspecto que también se alude ahora en algunos de los poemas contenidos en “Bajo las raíces”, caso de Pablo García Baena: « No estuve en Tarquinia / en aquel viaje por la campiña romana, / pero sí en Viterbo, / otra ciudad de la región del Lazio / donde aspiré, con lluvia, el milagro / de las rosas. / Lejos quedaron tarquinos y lucrecias / y la ciudad etrusca descubrí / diez años después, palpitantes / sus mármoles, en los versos / de Antonio Colinas». Cincuenta y cuatro voces y miradas diferentes sobre un mismo paisaje, un mismo poema o libro, un mismo sentir si se quiere ver de esta forma, pero con el valor añadido de la singularidad expresada por cada uno de estos 54 prestigiosos poetas participantes en este homenaje a la poesía de uno de los más grandes poetas de ahora, un clásico ya de la poesía española, Antonio Colinas. 


ANTONIO COLINAS
En el prólogo de este libro los versos de Francisco Brines nos acercan al “Sepulcro en Tarquinia” y al poeta que lo creó: «Un joven poeta de la España interior / halló en Italia sus raíces: / una cultura y una manera / de sentir la belleza». Por citar algunos versos de los poetas participantes, a todos es imposible dada la limitación de espacio de este particular “Salón de lectura”, elegimos los de Antonio Gamoneda, que se abisma en lo desconocido: «Aliviando, /apenas aliviando, / la infección de mis llagas, de mis llagas aquéllas / que, al parecer, hervían / en el ayer extinguido, me pregunto, / apenas me pregunto, / por lo desconocido», y a este universo se suma otro, el del también leonés Julio Llamazares:«De Petavonium a Roma el poeta ha buscado su / patria y hasta que por fin la encuentra vaga por muchas / ciudades. / Es en Tarquinia donde la intuye, pero en Tarquinia / se siente fuera de la eternidad». Otros dos poetas muy cercanos a Colinas le acompañan igualmente en esta aventura: José María Muñoz Quirós, en mística de luz: «El desierto del mar arde en palabras: / nada me incendia más, nada me esconde / horizontes tan bellos. Nadie alcanza / sutiles olas en intensas aguas / que desembocan en la sed del frío, / que mueren en sus brazos cuando callan» y Alfredo Pérez Alencart, en silencio de piedra: «El tiempo se mide / en piedra, en silencios / que llueven / grandezas rotas,…». Otro aspecto relevante es la presencia de todo lo mediterráneo, de la mediterraneidad como esencia, patente en estos versos de Enrique Villagrasa: «Todo en la tarde es, viene, regresa / como un diálogo mediterráneo.  / El recuerdo de ese su paisaje / que se convierte en metáfora: / beber del Sepulcro en Tarquinia». Luis Antonio de Villena ahonda en la memoria, en la magia del sueño: «Recemos: donde no hay dios, hay ángeles. Escucha sus / tiorbas perfectas. Los poetas vivimos donde no vivimos. Pero jamás mentimos a la poesía». Cierra el libro un poema de Antonio Colinas, titulado “¿Qué fue de aquellas músicas?, en un intento de restablecer, restituir el tiempo vivido, de volver a los orígenes después de renacer en la palabra de humanísimo latido: «…que el hombre y su Arte / pueden ser en la vida algo más que ceniza / para la muerte.[…] Me extraviaron, me hicieron perder / la razón. […] Desde entonces, / creí en algo más que en la ceniza / y mi razón no es ya / razón para la muerte». No cabe duda alguna, pues, que la poesía española actual goza de una excelente salud, como así se confirma con esta cuidada publicación.   

Título: Bajo las raíces (40 años de Sepulcro en Tarquinia)
Autores varios: Edición de Ben Clark.


Editorial: La Isla de Siltolá Sevilla, 2015)

domingo, 15 de diciembre de 2013

IDILIOS. Juan Ramón Jiménez

 

IDILIOS

 Edición de Javier Sánchez Menéndez

            Si nos preguntáramos cómo definir la poesía de Juan Ramón Jiménez serían muchas las maneras de hacer, tal vez, tantas como estudios se han realizado sobre ella. Juan Ramón Jiménez escribió con la angustia creciente del tiempo, y por ello, vida  entera fue la poesía. Quiere decir esto que es imposible entender a Juan Ramón Jiménez si no miramos a sus ojos con verdaderos ojos de poeta, del rumor trascendido de la palabra poética. Consecuencia de la obra ingente del onubense universal es este nuevo descubrimiento de poemas inéditos que contienen esta edición al cuidado de Javier Sánchez Menéndez (Ed. La Isla de Siltolá), Idilios.

 Con prólogo del también poeta Antonio Colinas y estudio de la profesora Rocío Fernández Berrocal, Idilios, poemario que Juan Ramón Jiménez dejó preparado en Puerto Rico, con las consiguientes indicaciones, para su publicación,  ve ahora la luz a partir de manuscritos hallados en los fondos familiares, Archivo Histórico Nacional, Fundación Juan Ramón Jiménez y la Sala Zenobia-Juan Ramón Jiménez de la Universidad de Puerto Rico.

De los 97 poemas que componen Idilios, 38 son inéditos. Sin duda, un nuevo hallazgo que nos acerca a comprender mejor la poética de Juan Ramón Jiménez, toda vez que Idilios revela un cambio en su poesía, en la que el propio Nobel indica que los rasgos definidores de Idilios son «brevedad, gracia y espiritualidad». Nos dice Antonio Colinas en su prólogo que «el poeta deja fluir en esa etapa (y en este libro en concreto) su voz con naturalidad», y así es, porque Juan Ramón Jiménez es EL POETA por y para siempre, su vida es la poesía, y viceversa.

            «Metamorfoseador sucesivo y destinado», así se autodefinió JRJ. El Nobel estaba llamado a la conquista de la perfección, y a esa labor estuvo dedicado en vida. JRJ escribía y reescribía su obra constantemente y su única preocupación: no verla publicada en vida. Así era el poeta de Moguer. Dice la profesora Rocío Fernández que «Los poemas de Idilios encaminan la obra de JRJ hacia la poesía desnuda…» es decir, que en ellos confluyen dos inquietudes amorosas que fueron motivo de desasosiego para el poeta: el amor carnal y el amor puro. En este sentido –añade la profesora Fernández Berrocal-, «La desnudez no es ya la de la carne femenina, sino la de la creación bella, la poesía pura, la rosa que se encuentra en Idilios». Viene a marcar  Idilios el camino al centro de la poesía, y en ese camino no puede faltar la inseparable presencia de Zenobia. En esta obra el campo está muy presente, es la vuelta a Moguer, al paisaje paradisíaco de sus raíces terrenas y profundamente amorosas. En esta obra –nos dice Fernández Berrocal- existen «rasgos platónicos en esa idea de llegar a la belleza absoluta a través de lo sensible, lo corporal. Lo bello es lo luminoso».

            El poemario en sí se estructura en dos partes: «Idilios clásicos» e «Idilios románticos». Su extensión es variable, algunos muy breves. Existen poemas dedicados, pero solo a dos personas: Zenobia y Berta. Idilios clásicos viene a ser la celebración del amor, de ese amor desnudo y puro citado con anterioridad (…Deja / que tu sangre, amor, vuele / no tus alas), la búsqueda de la belleza en la armoniosa naturaleza (En el sol del otoño… / arderá nuestro idilio). En «Idilios románticos» -comenta Fernández Berrocal- se pasa de la vaguedad a la realidad, del ensueño lunar a la plenitud del sol, del día que deslumbra y llena al poeta que anhela «vivir su presente». También en estos poemas existe una fusión con los elementos naturales, y en su trasfondo siempre el amor trascendido, que se eleva hasta las más altas cimas y se abisma luego en un único abrazo y corazón (¡Quiero cruzar el mundo / con tu cuerpo luciente, / derramarlo, un instante, más allá / de la vida y la muerte). Zenobia es para el poeta el presente y el futuro, la luz que alumbra los silencios de la noche, los cálidos haces del sol que atraviesan las ventanas y balcones, el universo todo y absoluto, en cuerpo y alma. Y por eso no puede sino mostrar su amor a Zenobia a cada instante, en cada sílaba en vuelo a las alturas del amor. La poesía entendida como la llama o la brasa que incendia las palabras y las transforma hasta convertirlas en sangre de amapolas o luciérnagas de mares. Y ahí está el poeta JRJ, eternizándose en la palabra, que no es sino un deslumbramiento del ser, esencia y maravilla.

Acertada edición de La Isla de Siltolá y estudio preliminar de la profesora Fernández Berrocal de estos Idilios de Juan Ramón Jiménez, por cuanto supone de descubrimiento de los treinta y ocho inéditos y por la conjunción de los publicados, formando así un corpus único que los lectores, con toda seguridad, tendrán oportunidad de disfrutar. Un libro muy recomendable, no solo para los estudiosos de la obra de Juan Ramón Jiménez, sino para los buenos lectores de poesía. A ninguno de ellos defraudará, pues nos hallamos ante el «poeta incendiado», como así lo calificó Zenobia, y, porque como dice Antonio Colinas «…el lector se queda callado y tembloroso tras haber sentido ese escalofrío de la palabra revelada en los límites. La palabra en los límites del ser y de ser. No otra cosa es la mejor poesía».

Título: Idilios Autor: Juan Ramón Jiménez Prólogo: Antonio Colinas Edición: Rocío Fernández Berrocal Editorial: La Isla de Siltolá 14 €

viernes, 2 de agosto de 2013

Malola.Estación Sur

ESTACIÓN SUR. Diario de Almería.



DICE el poeta Antonio Colinas, en el prólogo al recién publicado "Idilios" (libro inédito), de Juan Ramón Jiménez: "La palabra en los límites del ser y de ser. No otra cosa es la mejor poesía". Ciertamente, la palabra en su propio límite que es, por otra parte, ilimitado, ha de imbricarse en el ser, y además, ha de ser, para poder llevar a cabo esa sensación de vértigo, de alteración interior, de conmoción, de éxtasis. La palabra que trasciende la realidad convirtiendo a ésta en algo mágico y misterioso, encumbrada por el ingenio y la emoción del poeta. Pues bien, algo de esto ocurrió hace unos días, al leer un poemario antiguo (1976) pero reeditado ahora por el Instituto de Estudios Almerienses (IEA), "Malola", del poeta murciano afincado en Almería, Domingo Nicolás.

"Malola" es un bello y extenso poema a camino entre el verso libre y la prosa poética, como dijo en su día el también poeta Juan José Ceba, y yo diría más, es un poema que nace del dolor y trasciende el dolor convirtiéndose así, en esencia, llama de amor: Malola. Desde el preciso instante de su pérdida, el poeta se abisma, se metamorfea en otro ser que es el mismo ser ausente (Malola) y su figura es un jardín de rosas y estanques con nenúfares, la voz del viento hacia levante, una vuelta a los orígenes de la vida y la muerte: "Sin vida y aún cálido tu cuerpo, es acunado entre mis brazos y mi pecho. Ardiente todavía y dormida para siempre".

Malola es la elegía en sí, el canto que nunca acaba, el sueño que se repite cada noche cuando la luna otea la tierra desde su altura de siglos, y el poeta solo el compañero de viaje, el que asiste, conforta y reconforta la espera en el reencuentro: "Malola, he grabado con sudor y amor tu nombre sobre el más alto granito; y lo besas las estrellas y el viento. He grabado tu nombre con sudor y amor sobre el más profundo acantilado; y lo besa el mar". Malola es esa sinfonía que nunca acaba, que vuelve siempre para otoño y primavera, que se hace luz en las umbrías y recorre los caminos por donde el poeta, errante y solitario, bebe los silencios de la vida. Y así será siempre. Domingo Nicolás es Malola, y viceversa, ambos son la misma mar y el mismo cielo, los silencios que habitan en los días de lluvia y los ecos que anuncian el devenir del tiempo:
Colaboración con DIARIO DE ALMERÍA. ESTACIÓN SUR