miércoles, 10 de junio de 2020

INTERMEZZO LÍRICO

INTERMEZZO LÍRICO
SALÓN DE LECTURA 
José Antonio Santano


Intermezzo Lírico
Heinrich Heine , tradución de  Jesús Munarriz

INTERMEZZO LÍRICO

Es conveniente y sano que de vez en cuando miremos hacia atrás y ahondemos en la cosas que nos han sucedido y conocer de las razones y de emoción que el recuerdo nos lega, que la memoria incisiva nos muestra de nuestra historia personal. Lo mismo podría decir si nos detuviéramos en la historia de la literatura, de la poesía en concreto. En cómo fue y ha evolucionado a través del tiempo. Las corrientes o tendencias poéticas que han sido baluarte y todavía hoy mantienen ese pálpito, ese latido necesario que nos hace aprender, porque la tradición no está reñida con la evolución, ya lo creo que no. Quien eso piense creo que yerra, y lo digo sin acritud alguna. Es el caso de ese ciclón literario que vino en llamarse Romanticismo, y que si nos acercamos a él, a cualesquiera de los autores que lo secundaron hallaremos tesoros de incalculable valor literario. Celebramos en este particular “Salón de Lectura” el regreso de uno de esos clásicos ya libros pertenecientes al movimiento romántico, y más concretamente, al alemán, con la figura de Heinrich Heine y su obra universal “Intermezzo lírico”, en versión de Jesús Munárriz (Hiperión) y edición bilingüe. Nos dice Munárriz en “nota del traductor” que “Intermezzo lírico” viene a ser “la culminación del romanticismo alemán y el final de esa corriente”, que se trata de una obra de juventud pero al mismo tiempo que es su mejor obra. Por otra parte, añade Munárriz que esta versión “pretende mantener el difícil equilibrio entre fondo y forma, decir lo mismo que se dice en alemán, ni más ni menos, pero con un ritmo y una música que recuerden en cuanto puedan los del original” y, ciertamente, se agradece esta consideración del traductor. 

HEINRICH HEINE

Por ser una obra de juventud Heine cumple en su construcción con todos los requisitos que el propio movimiento romántico aduce y todos conocen: subjetividad, libertad de pensamiento, significación de las emociones, fantasía e imaginario, etc. El amor se presencia de forma rotunda en este libro, de tal manera que los estados melancólicos se muestran en todo su esplendor. La voz poética de Heine es pura música, que acompañada por los dones de la naturaleza producen en el lector una sensación de serena plenitud: «Quiero sumergir mi alma / en el cáliz de algún lirio; / exhalará el lirio tímido / una canción a mi amada. // Canción que estremezca y tiemble / como el beso que su boca / me dio una vez en la hora / más dulce y maravillosa». Llama la atención que ya desde el prólogo observamos cómo la influencia del romanticismo alemán, y concretamente Heine, tuvo en la poesía española, fundamentalmente en Gustavo Adolfo Bécquer, como se comprueba en el verso 8 de dicho prólogo de “Intermezzo”: “De la casa en el más oscuro ángulo”, y este archiconocido de Bécquer: “Del salón en el ángulo oscuro”. 

Es evidente que “Intermezzo lírico” y en general el romanticismo alemán, tuvo una gran influencia en el resto de Europa, por ese despertar de las emociones y nueva forma de expresarlas que supuso dicho movimiento. Heine y su “Intermezzo lírico” se configura como un texto singular y necesario para comprender la poesía romántica de la época, que aún en la actualidad asumen, con alguna diferencia, muchos poetas. Bienvenido sea esta rigurosa traducción de Jesús Munárriz, que sirve de recordatorio de la esplendorosa lírica de un romántico como lo fuera Heine. Sin lugar a dudas, y como así se condira por su traductor “Itermezzo lírico” es “la quintaesencia de la poesía de Hein y la mejor introducción a su lírica.

Jesús Munarriz

Título: Intermezzo lírico
Autor: Heinrich Heine 
(Traducción Jesús Munarriz)
Editorial: Hiperión (2019)

lunes, 1 de junio de 2020

ENTRE TRENES de MAR SANCHO, por JOSÉ ANTONIO SANTANO

SALÓN DE LECTURA

SALÓN DE LECTURA

 José Antonio Santano

Entre Trenes
MAR SANCHO


La poesía siempre es un viaje al misterio, a lo desconocido, a lugares soñados o vividos, y no importa el medio de transporte que se elija. Al fin siempre se encuentra un objeto, un lugar, una casa o una razón que nos hace más vulnerables, también más sabios. Ahondar en verdadero objeto de un viaje, antes y después de realizarlo, produce una sensación de plenitud indescriptible. El viaje, la verdadera función del viaje es el conocimiento de la realidad que se otea al horizonte, pero también nos descubre la capacidad del hombre para sentir en su interior todo aquello que los ojos no ven. Cuando el poeta viaje material o imaginariamente, en cualquiera de los casos, un temblor desconocido lo apresa e inmoviliza. 

Destella en su interior una fuerza desconocida capaz de sobrevolar el firmamento y habitarlo plenamente. Esa fuerza se vislumbra en el poemario “Entre trenes”, de Mar Sancho (Valladolid, 1972). 

Publicaciones anteriores de Sancho son, entre otras, “Inventario de invierno”, “Variaciones sobre un viaje viejo”, “Oblivion” o “Lisbond Visited”. 

Prevalece en la poeta el viaje como elemento aglutinador de su poesía, la fuerza del recuerdo o la memoria para crear una nueva realidad a partir de lo vivido en esos continuos viajes, en esta ocasión, bajo la nostalgia que todo viaje en tren provoca. Viajar en tren siempre ha sido algo melancólico, como perteneciente a otro espacio y tiempo. 


Es esa o tal vez pudiera ser esa la razón de Mar Sancho con este poemario “Entre trenes”, que nos llevará con toda seguridad a lugares desconocidos, pero también a descubrirnos el alma misma de la poeta. Sancho nos convoca a seguir algunos de sus itinerarios vitales, a compartir con ella, todos los misterios, también las sombras, los silencios y sus luces. Estructura en cinco partes, Sancho nos propone visitar el corredor del Amtrak Cascades, en los estados de Whashington y Oregón, la ruta del Transiberiano, el Himalaya, la región andina del Salta-Socompa o el estado de Alaska. Es en la figura del abuelo (“el primer tren partió de la boca metálica de mi abuelo”) donde despierta ese paisaje de tren antiguo entre la niebla vaporosa de  la locomotora, y a partir de ese momento la vida inicia un nuevo ciclo, cuando la soledad acucia en los andenes a la espera de tomar otro tren hacia no se sabe dónde. América del Norte, Europa, Asia o América del Sur, qué importa el lugar mientras el sueño exista. Las vías de un tren como las venas que alimentan la vida, así Mar Sancho detiene su mirada en las ciudades y en los viajeros que la acompañan hacia un lugar del universo, ese que construye en cada uno de sus poemas, dotándolos de luz y de belleza. Nada ni nadie podrá resistirse a la fuerza de la imaginación. 


Y ahí están los arrebatos del sueño, la encendida lágrima de la pérdida: 

«El revisor se acerca de puntillas ofreciendo té humoso y porfía / 

que quiso ser bailarín de ballet con los ojos hervidos de / lágrimas». 


Versos que se alargan como las vías del tren que surge entre la nieve, las montañas o los ríos, orillado al mar de los silencios. En cada rostro Sancho se contempla, como si se tratara de un espejo que repele el trazo de unos ojos o el color de los cabellos. El poema está en cada ser, en cada objeto, en cada uno de los vagones de ese tren que parte una vez y otra y que no puede dejar que se le escape. Con este poemario Mar Sancho ha sabido ahondar en el alma humana y trascenderla desde la fulgente luz de la palabra, esa que alcanza el corazón: 


«Esta mañana de cobre es moribundamente mía, 

cabe cóncava en mis manos de vasija resquebrajada,

huele a silencio de gallos y a empanadas de humita, 

viaja en el mismo vagón que mi desterrado cuerpo». 


MAR SANCHO

Título: Entre trenes   

Autora: Mar Sancho

Editorial: Eolas (2019)  

miércoles, 27 de mayo de 2020

LUMBRE Y CENIZA de YOLANDA IZARD


SALÓN DE LECTURA
José Antonio Santano


Lumbre y Ceniza
Yolanda Izard
YOLANDA IZARD
SALÓN DE LECTURA por JOSÉ ANTONIO SANTANO EN EL PERIÓDICO  IDEAL 24/06/2020

Cuántas veces el hombre camina a la deriva, sin saber que en un instante todo puede cambiar, que una palabra cualquiera, un gesto, una mirada pueden eclosionar de tal manera que la vida, esa que nos mostraba su cara más ruinosa y dramática, nos refugia en su seno y nos procura un nuevo sentido, una nueva forma de contemplar lo que sucede delante de nuestras propias narices y antes se ocultaba con rigurosa severidad. La rutina nos desborda con tanta crueldad a veces que somos incapaces enfrentarnos a ella, de sacudirnos de un golpe su pesada carga, dejándonos llevar por la azarosa fortuna. Pasa que en contadas ocasiones se tiene la certeza de haber hallado el camino hacia alguna parte, por estar antes perdido y en ninguna. Pocas veces sucede, pero cuando se produce el hecho que nos alumbra y nos convierte en seres distintos, merece la pena recordarlo. En la vida, como en la poesía, la búsqueda por hallar esa luz redentora que nos sublima elevándonos a no se sabe qué planeta, es imperecedera. Cada poeta es uno y diferente, la experiencia siempre marca el camino, pero la voz siempre ha de ser propia, sin ambages de ningún tipo, una y singular, capaz de emocionar y contagiar al lector, de evocar y trascender la evocación misma, de hacernos temblar con el silencio de la palabra desnuda y libre. Así es como la poesía entra en connivencia con la vida, y viceversa, y una vez al compás de su música toda luz y verbo. Algo de todo esto acontece cuando uno se acerca al último poemario de Yolanda Izard (Béjar, Salamanca, 1959), titulado “Lumbre y ceniza”, galardonado con el Premio Internacional de Poesía “Miguel Hernández-Comunidad Valenciana” 2019, también finalista del Premio de la Crítica de Castilla-León 2020. Yolanda Izard nos propone adentrarnos en su íntimo universo, en la palaba que dibuja desde la experiencia vital y cotidiana otros mundos, donde la honda reflexión va construyendo un edificio singular por su lenguaje y trascendencia de lo elegíaco, de la memoria que rastrea lo vivido y sentido. Nos depara Izard una aventura a la raíz del ser en consonancia estrecha con lo aprendido y la emoción que rige el corazón. Consigue la poeta contagiarnos de su depurada sensibilidad en un tiempo tan ajeno a la belleza del alma, en ella tan segura y fortalecida. La simbología, el uso de la metáfora, dentro de la más honesta tradición poética española, hacen que “Lumbre y ceniza” contenga verdaderas perlas poéticas. Esa fuerza interna que empodera los versos, surge como un ciclón lingüístico, metapoético unas veces: «La poesía debe ser otra cosa. / Debe anidar en parajes destartalados / donde apenas habita la sombra del lirio 7 Y despeñarse entre las arrugas del hombre / cinceladas con la tristeza. / Debe decir palabras que no hayan sido dichas / pues proceden de la imaginación de los ángeles / y de la inspiración del loco, / y alertar sobre el estado del corazón, / de su tendencia a recomponerse y naufragar / en cualquier sitio entre el mundo y las almas», y otras, como una intensa luz que ilumina el camino. No es casual que nuestra poeta persiga a la palabra y la interiorice hasta ser otra y diferente, silenciosa y sonora a un tiempo, a ese inoculado en las venas y que surge para reconciliarnos con nosotros mismos. Así adopta ese tono elegíaco en su recuerdo del padre: «Puso su mano sobre hombro. / Abajo, más allá de la nieve, / sombras inquietantes envolvían mi casa, / pero alrededor de mi padre / solo había destellos/ del color del ámbar silencioso». Es la voz de Yolanda Izard en toda su esencialidad y autenticidad, destacada y singular: «De la oscuridad vengo yo, una mujer oscura y silenciosa / que siente la respiración del viento / y oye el llanto de los álamos».




Título: Lumbre y ceniza
Autor: Yolanda Izard Anaya
Editorial: Devenir (2019)

domingo, 24 de mayo de 2020

IDAHO Y EL JARDÍN

SALÓN DE LECTURA

José Antonio Santano


Idaho y el jardín de Ezra Pound

Boris Rozas



La poesía puede ser tan variada y diferente como pueden serlo los lectores que se acercan a ella, cada uno de ellos, según su formación o experiencia vivencial puede interpretarla o recrearla hasta conseguir un nuevo universo particular. La poesía española actual parece parapetada en cierta homogeneidad avalada por un determinado grupo o corriente de opinión que hace de ella un reino de taifas poco frecuentado por vates ajenos al grupo. Esa política cultural de lo mediático y centralizado, entiendo, ha de ser reconvertida, reconducida si se quiere por el bien de todos. Sé que el panorama poético español está muy viciado y que necesita, así lo pienso, aire fresco y voces nuevas capaz de aunar voluntades y que pueda así aflorar un espacio donde la esencialidad y singularidad poética tenga cabida por encima de otras valoraciones. Descubrir esas voces no es fácil por esa centralización a la que me he referido anteriormente, pero hay que intentarlo. Es preciso moverse, abrir los ojos y la mente a nuevas formas de expresión poética, desde el conocimiento y la emoción de lo aprehendido. Es cierto que la experiencia, por otro lado, común a todos los poetas -sin experiencia no hay vida-, pero lo más urgente es hallar esas voces diferentes que, desde el respeto a la tradición literaria española y a las variadas corrientes o formas estéticas, puedan sumar hasta alcanzar un estado sólido y coherente, que beba de la hondura del pensamiento y de la emoción capaz de trascender la realidad. 

En esta búsqueda hallamos al poeta argentino residente en Valladolid Boris Rozas, que hasta el momento ha publicado 14 poemarios, entre otros, “Ragtine (2012), “Invertebrados” (2014), “Las mujeres que paseaban perros imaginarios” (2017) y “Anny Hall ya no vive aquí” (2018). El último y objeto de atención “Idaho y el jardín de Ezra Pound”. En su poesía encontramos una clara influencia anglosajona tanto musical (Dixie Chicks, Bowie, Dylan…), como literaria (Robert Frost, Derek Walcott, Pound…), principalmente de la poeta Emily Dickinson. Realmente el poemario en sí mismo no es sino un viaje que recorre la experiencia vital del poeta y que no deja duda alguna sobre aquello que interesa desde el punto de vista de la cultura, pero también de la interiorización de todas y cada una de las circunstancias que alientan su continua capacidad de asombro y curiosidad. Su trayectoria poética nos indica, como ya hemos señalado anteriormente. Los textos de los autores que han marcado de alguna manera su propia diferencia o singularidad entrañan un valor añadido a su voz, de manera que esa intertextualidad produce un continuo diálogo interno que viene a atemperar y equilibrar lo aprehendido a lo largo de los años: «Naciendo el mismo día que murió Robert Frost / no puedo sino oscilar en la vida / del mismo modo que los abedules / responden a tu llamada, / viejos columpiadores / somos / regresando a nuestra / tempestad diaria».  El poeta indaga, bucea en su interior y luego contemplar o compara, desde la honda meditación qué sucede y experimenta con la palabra hasta conseguir una voz personal, un estilo propio y diferencial. Creo que todo lo dicho podría resumirse, como botón de muestra, en estos versos del poeta que vienen a ser como esa luz que vislumbra el poeta Boris Rozas: «De los poetas que he leído / me quedo con el que me parta el espíritu / en dos mitades de silencio, / el que alivie mi tragedia /cogida con alfileres de altura / sin pensar en la suma / de ayeres que se fueron».









Título: Idaho y el jardín de Ezra Pound          
Autor: Boris Rozas
Editorial: Eolas (2019)  

lunes, 18 de mayo de 2020

LOS LÍMITES DE LA SINGULARIDAD

SALA DE LECTURA 
 José Antonio Santano


Los límites de la singularidad
Antonio Rodríguez Jiménez


ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ
ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ

LOS LÍMITES DE LA SINGULARIDAD
En la actualidad se escribe mucho, pero no con la intensidad que las diferentes temáticas o géneros necesitan para encauzar al lector a ese estado de gracia tan preciso e importante desde el punto de vista del pensamiento y la cultura. Asistimos, por desgracia, al florecimiento de una incomprensible amnesia colectiva e intelectual que su principal protagonista, el hombre, no combate con la fuerza del saber y la palabra. Quedó, no sé dónde ni cuándo, ese deseo o voluntad de crear desde la nada, y una gran imaginación, otros mundos, otras formas de vida, otro tiempo y otro espacio. Lamentablemente, pocos son los llamados a esta tarea de creación o recreación, de estudio sistemático, de honda reflexión, porque es más fácil dejarse llevar por la corriente del acomodo y la oportunidad, de la ortodoxia simplona y del narcisismo más atroz. Pero no importa, entre tanta estulticia siempre hay alguien que destaca por su rigor y coherencia, por la honradez y la imparcialidad crítica, concluyente solo si a la verdad y la justicia, en esta ocasión literaria, defiende, desde el derecho que asiste al hombre de expresar libremente sus ideas y hallazgos. 

En los últimos días he tenido la ocasión de comprobar todo lo dicho en extraordinarios ensayos literarios, libros que me han sorprendido por su rigor y su sentido crítico: “El unicornio en el café Libertad, de Pedro Rodríguez Pacheco, “La huida de la imaginación”, de Vicente Luis Mora y “El infinito en un junco”, de Irene Vallejo. Pues bien, como no hay dos sin tres, tampoco tres sin cuatro, como lo viene a confirmar el libro “Los límites de la singularidad”, al cuidado editorial de Carena y cuyo autor es el periodista, escritor, profesor y poeta español afincado en México Antonio Rodríguez Jiménez (Córdoba, 1956). Una extensa obra poética, narrativa y ensayística avala la trayectoria literaria de Rodríguez Jiménez, amén de haber sido durante 23 años (1986-2009) el coordinador de uno de los suplementos literarios más importantes de España, “Cuadernos del Sur” (Premio Nacional al Fomento de la Lectura 2009), del diario Córdoba. En esta ocasión, el profesor Rodríguez Jiménez, gran conocedor de la poesía contemporánea española, analiza con rigor a pesar del extenso periodo objeto de estudio y con equilibrado sentido crítico esa intrahistoria en un ensayo esencial y necesario si se quiere comprender, desde el más absoluto respeto a las corrientes poéticas y a los poetas integrantes de ellas, el acontecer de la poesía española más significativa del siglo XX hasta nuestros días. Dado que, como hemos dicho, el período objeto de estudio es muy extenso, Rodríguez enfoca o determina dicho análisis en lo que él llama “diferencia” o “singularidad”, estableciendo así los límites, que bien podrían resumirse, en palabras de Verlaine, al escribir: “El poeta debe ser absolutamente uno mismo”, o en aquello otro que decía Heidegger: “La misión del poeta es hallar un nombrar nuevo, visionario”. El profesor Rodríguez se aparta así de quienes se afanan por conseguir representación y prestancia mediática dentro de un sistema intoxicado y moribundo, para construir un espacio nuevo o quizá recuperarlo, restituirlo en lo que vale, diferente y abierto a la pluralidad creativa, donde la calidad y la singularidad sean los pilares fundamentales para conseguir la trascendencia y la armonía creadora suficiente. 

Así Rodríguez Jiménez estructura su estudio o análisis de la poesía española del siglo XX y lo que va del XXI, en nueve apartados o capítulos, en los expone tanto desde la praxis como desde la teoría aspectos tan fundamentales como la esencialidad y autenticidad de la obra, la trascendencia y armonización del acto creativo, ahonda en la determinación de la singularidad, donde la infancia juega un papel extraordinario (influencias de las poéticas de Boudelaire, Rimbaud, Lautrémont, Mallarmé, Verlaine o Bretón, Bécquer, Hölderlin o Rilke), la generación del 27 (Gerardo Diego, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre o Rafael Alberti), para pasar a la poesía social a la esteticista, con parada en la poesía experimental (Juan Eduardo Cirlot, Carlos Edmundo de Ory, José Antonio Muñoz Rojas, José Hierro, Leopoldo de Luis, Pablo García Baena, Ricardo Molina, Concha Lagos, Mario López, Julio Aumente, José de Miguel, Vicente Núñez, Juan Bernier o Manuel Álvarez Ortega, entre otros), en el siguiente capítulo (número VII), el profesor Rodríguez se detendrá en los poetas “desheredados y marginados” de la segunda mitad del siglo XX (Antonio Gamoneda, Claudio Rodríguez, Enrique Badosa, Antonio Gala, Rafael Soto Vergés, Rafael Guillén, Ángel García López, Pedro Rodríguez Pacheco, Rafael Ballesteros o Antonio Hernández). “El esteticismo de los que fueron reyes por unos instantes” es el título del capítulo VIII, y en él dicta una relación muy variada de poetas, no obstante se ocupa sólo de algunos como Rosa Romojaro, Antonio Colinas, Jaime Siles, Ricardo Bellveser, Antonio Carvajal, Carlos Clementson, Pedro J. de la Peña, Domingo F. Faílde o Eduardo Scala. Concluye este ensayo con el capítulo IX, que titula “Los expulsados del paraíso o el Unicornio en el café Libertad”. Son muchos los poetas citados, entre ellos, Miguel Galanes, José Gutiérrez, Luis Martínez de Merlo, Francisco Morales Lomas, Basilio Sánchez, José Antonio Santano, Álvaro Valverde, Francisco Ruiz Noguera, Alejandro López Andrada, María Rosal, Miguel Casado o Miguel Rico. Por ser muchos los poetas, como se ha podido comprobar, y aún faltan los más jóvenes, el profesor Rodríguez, ante tal circunstancia menciona particularmente a Manuel Ruiz Amezcua, Luis Alberto de Cuenca, María Antonia Ortega, Concha García, Antonio Enrique, José Lupiáñez, Fernando de Villena, Manuel Gahete o Juan Malpartida. 

Los límites de la singularidad
ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ. LOS LÍMITES DE LA SINGULARIDAD

Una extensa nómina de poetas contiene el presente ensayo del profesor Rodríguez Jiménez, y en insuficientes páginas, pero es evidente que su labor de aproximación a esa poesía singular y diferencial es oportuna y bien recibida, por cuanto todavía siguen silenciados muchos de los poetas aquí nombrados y de una esencialidad indiscutible. Es este, pues, un trabajo necesario y preciso que aporta la otra cara de la moneda, de un estado de la cuestión, la poesía, que venía siendo solo uno y ortodoxo, en el cual no cabían otra poesía diferencia o singular, otros poetas de marcada significación y valía. Este libro, “Los límites de la singularidad” está llamado a ser un referente fundamental para conocer el desarrollo de la poesía española del siglo XX y lo que va del XXI, y por ello, merecedor de ser celebrado, por su honestidad, rigor e imparcialidad. Acabo con las siguientes palabras del autor de este ensayo, el profesor Rodríguez Jiménez, y que viene a resumir de alguna manera lo dicho: «Todo lo anterior que se ha leído en estas páginas es poesía auténtica, original, esencial. Cuando se escribe una composición poética, a ella le importa poso si se la comprende o no, pues la poesía en sí aspira a algo más que ser comprendida, porque ella se convierte en materia espiritual y es ajena a la historia, a la moral, a los convencionalismos. A ella no le importa el diálogo ni la claridad ni lo comprensible. Nace de las cavernas oníricas de los sentimientos, de lo profundo del ser humano y está por encima de los gemidos del amor».



Título: Los límites de la singularidad
Autor: Antonio Rodríguez Jiménez
E ditorial: Carena (2019)







jueves, 23 de abril de 2020

PARQUES CERRADOS



SALÓN DE LECTURA
JOSÉ ANTONIO SANTANO

 SALÓN DE LECTURA

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PARQUES CERRADOS
AUTOR: JUAN CAMPOS REINA


PARQUES CERRADOS
JUAN CAMPOS REINA
Amar profundamente la tierra en la que se nace y regresar a ella no es una ecuación siempre exacta. Solo se da en aquellos uncidos por alguna divinidad, y cuando esto sucede nos encontramos ante un hecho realmente cuasi milagroso. Asesta a nuestra conciencia la maravilla de lo asombroso, de lo que escapa al raciocinio o así al menos pudiera intuirse. Lo desconocido y misterioso de la vida entonces germina en cualesquiera ciudad, pueblo o persona, en ésta como si se tratara del ADN. Escribir como un poseso, adentrarse en el abismo del lenguaje y que germine luego un texto limpio, preciso, coherente, sabio y emotivo al mismo tiempo no es nada corriente. La mayoría de los escritores solitarios, esos que sólo viven por y para la literatura, no tan escasos como pudiera parecer, pero sí pocos, esos que viven apartados de la farándula editorial y famoseo, son los que verdaderamente acopian una obra, casi siempre de calidad, y, sobre todo, capaz de entusiasmar a los lectores. Lamentablemente en Andalucía, se nos fue hace unos años uno de esos escritores de raza, que, desde su creadora soledad construyó un universo narrativo de un extraordinario valor, iluminado por la tradición novelística del siglo XIX, pero desde una visión transformadora en el tiempo que le tocó vivir. Hablo, naturalmente, del escritor cordobés Juan Campos Reina (Puente Genil, 1946-Málaga, 2009). En su trayectoria literaria caben destacar títulos como Santepar, su primera novela, la Trilogía del Renacimiento: Un desierto de seda, El bastón del diablo y La góndola negra; o el díptico La cabeza de Orfeo formado por las novelas Fuga de Orfeo y Regreso de Orfeo, y Tango rojo, un libro de relatos. 

Con estas obras Campos Reina puede considerarse como uno de los grandes escritores españoles contemporáneos, gracias a ese don especial para contar historias. Sin embargo, aún después de su lamentable pérdida, Campos Reina nos deja un legado variado con el cual podremos disfrutar de su palabra. Una nueva trilogía póstuma lo confirma, Parques cerrados, donde hallaremos la profunda reflexión y el pensamiento en el ensayo De Camus a Kioto, una visión del acontecer vital del autor en Diario del Renacimiento y por último, la muestra de una sensibilidad extraordinaria para la creación poética en Poesía completa. Este es el legado que nos deja Campos Reina, una obra singular, alejada de modas, consecuente con la experiencia de lo vivido e imaginativa desde el punto y hora que realidad y ficción se cruzan en el mismo camino hasta condensarse o fundirse en un solo cuerpo y definitivo del yo poético.

 En cada uno de estos géneros hallamos el alma del escritor, en una especie de mística que podría concentrarse en dos mundos opuestos o antagónicos: Oriente y Occidente, fundamentalmente centrado el uno en Japón y su milenaria cultura, y el otro en Europa (El mito de Sísifo, de Camus), y en pasajes muy concretos en la ciudad de Córdoba, la Córdoba del Califato que tanto se asemejaría a la corte de Heian, con ambas y entrelazadas por la mirada del autor nos enriqueceremos a través de su manera de entender el mundo, de sus emblemáticas culturas. De Camus a Kioto es sin duda un viaje al centro de las dos culturas, a la historia de la humanidad. Camus escribe en El mito de Sísifo: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía». 

De este aserto parte este extraordinario ensayo donde las ciudades, los jardines, costumbres y ritos, libros y el pensamiento irán contagiando al lector hasta concluir el texto. Dos mundos en paralelo, lejanos y cercanos a la vez, incluso que se cruzan en el camino hacia la verdad interior de cada uno, que bien pudiera ser desde Oriente la contemplación de un monje Zen o ya en Occidente el misticismo. Tomo, como última referencia, en esa búsqueda de Campos Reina por la verdad interior, las palabras del poeta Rilke que el propio autor reproduce en el texto: «Cada hora que vivimos es para otro la hora de la muerte y ésta prima sobre la de los vivos», un regreso, sin duda al planteamiento inicial de Camus. Un ensayo riguroso y rico en su expresión, de indudable valor humanista. Con Diario del Renacimiento pretende Campos Reina desvelarnos de forma natural su experiencia vital, (Desde la infancia hasta el comienzo del Diario del Renacimiento), una etapa que nos mostrará, tal vez, como en un espejo al otro Campos Reina, o no, pero que con su rica prosa nos acercará sin duda al mejor Campos Reina, en su doble versión: literaria y humana. 

Nos advierte el autor que «Cuando concebí la idea de escribir estas notas no me llevó a ello la importancia de mi vida, ya que en ese caso me hubiera guardado de plantar una coma, sino el sacar a la luz la extraña red de circunstancias que me han conducido hasta donde estoy», de nuevo aflora aquí su honradez y bonhomía, la vida trascendida a lo hondo y puramente literario, en esas dos direcciones a las que me refería antes. Un libro que comienza con notas que abarcan desde marzo del año 1989 hasta febrero de 2001. Conoceremos en este periodo al niño que fue y la tierra que le acogió en sus primeros pasos (Puente Genil), las ciudades que visitó, su actividad novelística, los libros que iría escribiendo y sus procesos, su relación con su editora Carmen Balcells a quien le escribe una emotiva carta desde el Hotel Bonvecchiatti de Venecia, sus lecturas, sus poetas, sus filósofos, sus pensamientos en horas de soledad y todo cuanto en su vida se cruza y vive. 

Y la verdad es que todo discurre de forma natural, su pluma se desliza sobre el papel y escuchas su leve son, hasta presientes el deslumbramiento de cada letra, su significado íntimo, tal vez propiciado por dos realidades, como él mismo escribe: «En realidad sólo tengo dos cosas: la infancia y el dolor como dos faros que me iluminan». Todo, absolutamente todos los textos están coronados de alguna forma por esta última reflexión que cierra Diario del Renacimiento, sabedor tal vez de su futuro: «¿Qué importa que no haya un mañana para nosotros si disponemos de la inmensidad que nos brinda un día, del tránsito del sol desde que se levanta hasta que se pone?». He aquí al mejor Campos Reina, al escritor y el hombre, unidos en un solo cuerpo y alma, también la que ejerció de poeta y que recoge el último libro de esta trilogía, Poesía completa, y que también persigue Campos Reina, en esa especie de asimilación de culturas orientales y occidentales. Su Poesía completa nos acerca de nuevo a la muerte, al Seppuku, ritual japonés de suicidio por honor, y que irá conformando la estructura del libro. Parques cerrados comenzará el periplo vital y poético de Campos Reina, y en él los recuerdos, la soledad de esos “parques cerrados”: «Los parques han cerrado sus cancelas. / La que durmió abrazada / a mi espalda no está», y el amor, su amor a Fernanda: «Mientras yo perseguía los castaños, / mi sombra demorada / en el cristal azul / tu aliento recibía». Su poesía nos abrirá la carne y los sentidos, hasta llegarnos el aroma del tiempo a la memoria para hacernos sentir vivos aún: 

«Mi padre olía a canela 
como los exploradores del trópico. 
Hay mundos en la memoria  
perdidos por la razón 
que los niños cruzan leves.

 Huele a juncos esta noche 
 al descender mi padre de la vida.
 A su paso en la escalera 
 yo aguardo de los cerrojos 
 un eco del tiempo ido, 
 de la canela al quebrarse». 


Realmente Poesía completa, continúa o resume en apartados como Lirios, Delirios, Morfina, Tránsito, De Saigón a Kandy, Grecia derruida, Intermezzo, África, América, El viajero o Las noches de Li Bao, la desconocida hasta ahora voz poética de Campos Reina, es más, remata y perfecciona, si cabe, los dos libros anteriores. Es la poesía como el culmen, lo definitivo y determinante en el hombre, el destello de la luz viva en lo absoluto de sí mismo. Así el viajero que es el poeta Campos Reina, nos ofrece lo mejor de él en un tiempo que prevé de tránsito y premonitorio a la vez, en esa búsqueda de la belleza total, cuando escribe estos bellísimos y trascendentes versos en prosa: «Desde la altura, domino la luminaria de la ciudad, el río. Y veo por un instante flotar mi vida, apenas una pavesa al viento, reflejada en las páginas de un libro. A la espera de alguien que la reviva en su pecho, en un latido». Una vez, hay que reconocer que la obra póstuma de Campos Reina es de un rigor, una belleza y profundidad extraordinaria, como antes lo fueron sus novelas. Su obra, al fin, está y estará viva siempre en sus lectores, como lo estará su nombre en el Parnaso de las Letras Españolas.

PARQUES CERRADOS
JUAN CAMPOS REINA


Título: Parques cerrados
Autor: Campos Reina
Editorial: Debolsillo (2019)