viernes, 7 de noviembre de 2014

José Francisco Aguilera López. No te rindas.



NO TE RINDAS

Si me pierdo en el camino, espero que me busques. La soledad no es buena compañía cuando tienes un corazón que late en la distancia. Espero que partas enseguida, que dejes el puchero ardiendo en la cocina, y que cojas tus botas de acampada. El camino puede ser largo, incluso triste, pero sabes que mi corazón merece que lo encuentres. Abrígate bien, seguro que hace frío cuando la noche llegue de improviso. No quiero que te resfríes mientras persigues la estela que dejaron mis ojos cuando miro el camino recorrido. No me importa el tiempo que inviertas, solo quiero estar contigo, y ahora camino solo, dibujando pasos que no hacen un camino, porque para caminar necesito estar contigo. No olvides ponerte ese gorrito que te hacía una cara divertida, cuando te vea quiero que lo lleves puesto, sin él, tal vez, tu sonrisa no sea la misma. Estoy cansado, no me pesa tu recuerdo, pero si tu ausencia prolongada. Llevo pedacitos de tu amor en mi mochila, esquirlas de besos que se funden en mis labios y calman la sed de tus abrazos, pero quiero, necesito que me encuentres, por favor, nunca dejes de buscarme. Corre, que tu aliento se funda con la premura del momento y en la distancia mi figura se haga ascuas y deseo. No olvides la bufanda, caminar sola da mucho frío. Te lo dice alguien que siente el hielo romperse a pedazos en su alma, que siente como la nostalgia se hiela entre las manos. Si me encuentras, no me digas nada, solo abrázame con fuerza ; disfruta el momento, no son necesarias palabras cuando el silencio no se calla. Date prisa, por favor, necesito que me encuentres. Deja las dudas acostadas en la cama; vuela, como si tus anhelos se hiciesen aire y recorriesen la distancia en un instante. Yo te espero. El tiempo se detiene cuando dos corazones se encuentran y comparten fantasías. No tengo prisa, pero por favor, no dejes de buscarme. Sería muy triste saber que te detuviste, agotada, y tus labios olvidaron el significado de mi nombre. Nunca te des por vencida, mi amor vale una vida caminando, y cuando lo encuentres sabrás que mereció la pena cada uno de los pasos que diste para traerme tu sonrisa.

José Francisco Aguilera López

Dos clásicos. José Antonio Santano



Nada mejor, en este tiempo de crisis generalizada, que un buen libro, o mejor dos libros, dos clásicos de la literatura universal de todos los tiempos. Un oasis representan, entre tanta vorágine, los libros “Un hombre acabado”, de Giovanni Papini y “W o el recuerdo de la infancia”, de Georges Perec, dos obras maestras que nos devuelven la fe en la literatura y en el hombre como creador de arte, ideas y pensamiento. Una vuelta a un humanismo depauperado por la desmedida ambición de los poderosos. Publicar en estos difíciles tiempos estos textos viene a confirmar que algunas editoriales: “Cálamo” en el primer caso y “Menoscuarto” en el segundo, apuestan por algo más que el simple beneficio empresarial –único objetivo de los grandes sellos editoriales-, es decir, afrontan el reto de competir en el mercado con productos de verdadera calidad literaria, un riesgo que difícilmente concurre en las más afamadas. “Un hombre acabado” es sin duda la obra maestra de Papini. 
Ha transcurrido mucho tiempo desde su primera edición (100 años), pero aún así es un libro imprescindible para entender la Europa del siglo XX. Papini es ese intelectual inconformista, renovador del pensamiento y las ideas transformadoras, representante de la vanguardia de su tiempo y, yo diría también, de nuestros días; escritor incansable y agitador de conciencias que supo, desde la libertad, crear un universo filosófico propio: «Queríamos trastornar la misma idea de la filosofía y dar al pensamiento las imágenes y el vuelo de la poesía; e inculcar en la poesía de los literatos una levadura, un fermento, una esencia de pensamiento […] y nosotros queríamos que fuera creadora (la filosofía) y que tomase parte en la obra de rehacer el mundo». George Perec es otro genio de las letras universales y “W o el recuerdo de la infancia” es una narración autobiográfica a través de dos relatos convergentes: la de una niño que crea una isla imaginaria llamada “W” y, por otro lado, los recuerdos vividos tras la Segunda Guerra Mundial y su posguerra, por ese mismo niño de ascendencia judía. 


Perec es un referente ineludible, uno de los grandes novelistas del siglo XX, y en este libro está presente como tal en cada una de sus páginas. En ellas sabe combinar las dos voces existentes para trasladarnos a una tierra imaginaria “W” unas veces, y otras, a la cruda realidad de los recuerdos infantiles. Y así, Perec escribe: «Pero la infancia no es nostalgia, terror, paraíso perdido ni Toisón de Oro, sino quizás horizonte, coordenadas a partir de las cuales podrían hallar sentido los ejes de mi vida». Con toda seguridad, dos clásicos de la literatura universal.

Dos clásicos. Estación Sur



Nada mejor, en este tiempo de crisis generalizada, que un buen libro, o mejor dos libros, dos clásicos de la literatura universal de todos los tiempos. Un oasis representan, entre tanta vorágine, los libros “Un hombre acabado”, de Giovanni Papini y “W o el recuerdo de la infancia”, de Georges Perec, dos obras maestras que nos devuelven la fe en la literatura y en el hombre como creador de arte, ideas y pensamiento. Una vuelta a un humanismo depauperado por la desmedida ambición de los poderosos. Publicar en estos difíciles tiempos estos textos viene a confirmar que algunas editoriales: “Cálamo” en el primer caso y “Menoscuarto” en el segundo, apuestan por algo más que el simple beneficio empresarial –único objetivo de los grandes sellos editoriales-, es decir, afrontan el reto de competir en el mercado con productos de verdadera calidad literaria, un riesgo que difícilmente concurre en las más afamadas. “Un hombre acabado” es sin duda la obra maestra de Papini. 
Ha transcurrido mucho tiempo desde su primera edición (100 años), pero aún así es un libro imprescindible para entender la Europa del siglo XX. Papini es ese intelectual inconformista, renovador del pensamiento y las ideas transformadoras, representante de la vanguardia de su tiempo y, yo diría también, de nuestros días; escritor incansable y agitador de conciencias que supo, desde la libertad, crear un universo filosófico propio: «Queríamos trastornar la misma idea de la filosofía y dar al pensamiento las imágenes y el vuelo de la poesía; e inculcar en la poesía de los literatos una levadura, un fermento, una esencia de pensamiento […] y nosotros queríamos que fuera creadora (la filosofía) y que tomase parte en la obra de rehacer el mundo». George Perec es otro genio de las letras universales y “W o el recuerdo de la infancia” es una narración autobiográfica a través de dos relatos convergentes: la de una niño que crea una isla imaginaria llamada “W” y, por otro lado, los recuerdos vividos tras la Segunda Guerra Mundial y su posguerra, por ese mismo niño de ascendencia judía. 


Perec es un referente ineludible, uno de los grandes novelistas del siglo XX, y en este libro está presente como tal en cada una de sus páginas. En ellas sabe combinar las dos voces existentes para trasladarnos a una tierra imaginaria “W” unas veces, y otras, a la cruda realidad de los recuerdos infantiles. Y así, Perec escribe: «Pero la infancia no es nostalgia, terror, paraíso perdido ni Toisón de Oro, sino quizás horizonte, coordenadas a partir de las cuales podrían hallar sentido los ejes de mi vida». Con toda seguridad, dos clásicos de la literatura universal.

martes, 4 de noviembre de 2014

Los silencios de Ezra Pound


La Cuerda Granadina. Miguel Gallego


 

LA CUERDA GRANADINA. 

UNA SOCIEDAD LITERARIA DEL POSTROMANTICISMO.

Estudio previo y selección de textos
Miguel Gallego Roca.    
Autor:                          Gallego Roca, Miguel
ISBN:                           978-84-87708-32-3
Depósito legal:            GR.1810-1991 
Idioma original:           Español
Medidas:                      22x16 mm.
Idioma de publicación: Español
Fecha de edición:         01-12-1991
Fecha de impresión:    30/11/1991, 

año del centenario de Pedro Antonio de Alarcón
Páginas:                       310 y solapas.
Editoriales:                   Editorial Comares, S.L.
Colecciones:                Obras Granadinas
Materias:                      Granada
PVP                              11.58€ (IVA inc.)


 

La Cuerda


La Cuerda es el nombre de una tertulia literaria del Postromanticismo existente en Granada en el siglo XIX.  Su nacimiento viene de la confluencia entre la sociedad gastronómico-artística de El Pellejo, nacida de las comidas periódicas que hacían un grupo de amigos en el Carmen del Caidero,y las tertulias periódicas que se hacían en la calle de Mariano Vázquez. Sus miembros se hacían llamar nudos y eran conocidos por un mote especial: Pedro Antonio de Alarcón era Alcofre; el novelista Manuel Fernández y González era llamado El Poetilla; José Joaquín Soler de la Fuente era El Abate;José Vázquez era Sidonia; Rafael Contreras Mojama; Giorgio Ronconi era Ropones; Mariano Vázquez era Puerta; Manuel del Palacio Fenómeno; Novedades José Castro y Serrano; Ivón José Fernández Jiménez y London Juan Facundo Riaño, por citar sólo algunos. Tuvo una sucursal en Madrid situada en el Café Imperial, en la que se reunían, a comienzos de la Restauración, Pedro Antonio de Alarcón, José Salvador y Salvador y el poeta Manuel Paso.


Bibliografía
Miguel Gallego Roca, "La Cuerda granadina,

una sociedad literaria del Postromanticismo", Granada, 1991.

¿Por qué era rubia?

                                                               Cuento publicado en la antología Cuentos amatorios.
                                                           Extraído de la pág. 61-67 del libro La Cuerda Granadina.
                                                                                        de Pedro Antonio de Alarcón     1859


- I - HISTORIA DE CINCO NOVELAS

Una tarde de noviembre de 1854 estábamos seis amigos, todos menores de edad, sentados alrededor de una mesa, pasando un delicioso día de campo. -Así llamábamos en aquel tiempo a la extraña manía en que habíamos dado algunos discípulos de Apolo, de hacer del día noche, cerrar las ventanas y encender luz artificial, cuando no de quedarnos en la cama hasta que anochecía en el resto de Madrid.

Aquella mesa (de la cual he vuelto a tener noticias últimamente) ha sido descrita por mí del siguiente modo, en el prólogo de una novela ajena, titulada Honni soit qui mal y pense:

«Había en Madrid hace cuatro años (no importa en casa de quién en casa de nadie en casa de todos en una casa cuya puerta no se cerraba ni de día ni de noche), una gran mesa revuelta, adornada con un tintero monstruo y cubierta de cuartillas de papel sellado sin sello, en la cual trabajaban indistintamente diez o doce artistas y literatos... Mesa fue aquella en que nacieron algunas comedias del hijo de Larra, algunos dramas de Eguílaz, algunas novelas de Agustín Bonnat, cantares de Trueba, artículos económicos de Antonio Hernández y letrillas de Manuel del Palacio; en que se tradujo La profesión de fe del siglo XIX, de Eugenio Pelletán; en que hizo Arnao muchas canciones, y Mariano Vázquez bastante música, y Castro y Serrano varios artículos, y Ribera caricaturas, y Vázquez y Pizarro algunas acuarelas, y Barrantes no pocas baladas, y planos arquitectónicos Ivón, y yo mis calaveradas de El Látigo».

En torno de esta mesa estábamos la tarde a que me refiero.

Era domingo: la revolución de Julio se hallaba en su apogeo. Madrid ardía en milicianos...

Llovía; silbaba el viento lúgubre de la estación, y hacía un frío que, al decir de Ricardo Ribera, helaba hasta las conjeturas.

Como acababa de pasar el día de Difuntos, en todas las parroquias se celebraba la Novena de Ánimas. Mezclábase, pues, al estruendo de los himnos patrióticos, tocados en la calle por las músicas de la Milicia, el fúnebre tañido de las campanas, que lloraban si había que llorar sobre los tejados de la metrópoli.

¡Virgen de la Almudena!... ¡Qué tarde!

Nosotros la habíamos convertido en noche hacía muchas horas: cuatro velas iluminaban nuestros seis semblantes, y nuestros seis semblantes correspondían a los siguientes seis nombres, que revelo sin empacho, porque todos han llegado a ser de dominio público: -Luis Eguílaz, Manuel del Palacio, Agustín, Bonnat (Q. E. P. D.), Ivón, Luis Mariano de Larra y un servidor de ustedes.

-¿Qué hacemos? -preguntó uno.
-¡Escribamos! -respondió otro.
-¿Qué escribimos? -añadió un tercero.
-Una novela entre todos.
-No hay tiempo para ponernos de acuerdo sobre el plan.
-Pues escribamos una novela cada uno...
-¡Y todas con el mismo título!
-Título raro, comprometido, que sea pie forzado de la acción...
-¡Eso! ¡Y con término de media hora!
-Pues inventemos un título estrafalario...
-¡Ya lo tengo! (dijo Larra). Todas lasnovelas se titularán: ¿Por qué era rubia?
-¡Magnífico! -exclamaron todos.
-¡Ahí tenéis un brillante asunto de difícil desempeño. -¿Por qué era rubia? -¡Porque lo era! No, señor; es menester que no hubiese razón para que lo fuera. -¿Y qué razón, esto es, qué seis razones podremos inventar?
-¡Ahí está el quid!-Pongamos la imaginación en prensa.
-Pero ¡cuidado, que es preciso justificar el título!
-¡Y acabar antes de media hora!
-Son las cuatro. -A las cuatro y media.
-Pluma en ristre...
-¡Silencio!
Y ya no se oyó más que el chisporroteo de las plumas sobre el papel.

Entonces hubierais visto demudarse aquellas seis fisonomías, o, por mejor decir, aquellas cinco (pues la mía yo no llegaba a verla), adoptar un gesto desusado, transfigurarse, revestirse de alegría, de terror, de ternura o de sarcasmo...

Todas las imaginaciones se aislaron; todas huyeron de aquel aposento; se extendieron por cielos y tierra, y soñaron estar en diversos países, en distintas épocas, entre desconocidos personajes.
Eguílaz se levantó cuando apenas llevaba veinte renglones.
Había llamado Luque, que estaba enfermo en cama, y ya le fue imposible continuar.
Los otros cinco seguimos excitando nuestra inspiración del modo que acostumbrábamos, pues sabido es que cada poeta tiene su receta para inspirarse.
Ivón arqueaba las cejas, como Júpiter.
Larra se atormentaba el cabello.
Bonnat se pasaba por los labios el extremo superior de la pluma, a fin de hacerse cosquillas.
Palacio se pellizcaba el entrecejo, donde dicen que reside la memoria.
Yo trepaba insensiblemente por los palos de la silla, hasta que concluí por sentarme al estilo moro.
Y todos fumábamos desesperadamente.
Antes de la media hora, las cinco novelas estaban terminadas.

La creación de Larra pertenecía al género venatorio. -Aficionadísimo el autor a la caza, su héroe no podía menos de ser un perro. De la heroína, viuda de un intendente, no hay para qué decir que tenía el pelo rubio, sumamente rubio, casi rojo -Pero ¿por qué era rubia?-¡Pronto se supo! A la muerte del perro, Anita, la intendenta, se puso completamente cana. ¿Fue del sentimiento? ¡No! Era que Anita lo estaba ya hacía algunos años; pero se teñía el pelo con un elixir en cuya composición entraba como parte integrante no sé qué ingrediente suministrado por aquel perro. ¡Por eso eta rubia! -El mérito principal de la narración consistía en el profundo conocimiento que demostraba el hijo de Fígaro en achaques de caza menor.

Bonnat había escrito uno de aquellos deliciosos artículos a la francesa en que probaba toda clase de paradojas. -Negaba en primer lugar que Colón hubiese sido el descubridor de América, y nos describía el naufragio de un buque inglés y el arribo de una joven rubia a las costas del Brasil, arrojada allí por las olas. Los brasileños, que nunca habían visto cabellos de aquel color, se preguntaban naturalmente ¿por qué era rubia?, y creyéndola bajada del cielo, fundaron una religión en su nombre. -Luego pasaba esta rubia a ser, como legisladora filántropa, una caricatura de la autora de la Choza de Tomás, a quien odiaba mi pobre Agustín con todas las fuerzas de su buen humor.

Ivón, o sea Fernández Jiménez, llegó al colmo de la originalidad. ¡Proclamamos entonces, y repito ahora, que su novela fue la mejor, sobre todo por la cómica gravedad del estilo! -La escena era en una sacristía de América. (¡Ya ven Vds. que todos habíamos viajado de lo lindo durante aquella media hora!) Iba a morir una dama muy vieja y que tenía el pelo completamente cano, pero a quien, sin embargo llamaban todos la Rubia. Ahora bien; el Cura de la parroquia se negaba a auxiliarla de resultas de este sorites: «Esa mujer se llama la Rubia, porque habrá tenido el pelo rubio: ha tenido el pelo rubio, porque es inglesa: las inglesas son protestantes: luego yo no tengo nada que ver con esa rubia». -Al cabo resultaba: 1º, que la señora no había tenido el pelo rubio, sino castaño; 2º, que no era protestante, sino católica, apostólica, romana; 3º, que la llamaban la Rubia, porque había amado a un español cuyo apellido era RUBIO, y 4º, que el Cura era este español. -Al fin de la novela se reconocían los dos ancianos, recordaban los años de su juventud, o sea su vida de seglares, y morían de la manera más sentimental y cristiana.

La de Palacio brillaba por los retruécanos del estilo y por los chistes de que estaba salpicada. -Una señorita de Jaén comprendió a los diez y seis años que una mujer de sus prendas no debía seguir en la inacción. Dividió, pues, su alma entre dos novios. No sé por arte de qué diablo, nuestra señorita llega a huir con uno de ellos. El otro novio la persigue..., y entra en Madrid a su lado sin reconocerla. Antonia era morena obscura y ujinegra y pelinegra a más no poder; pero, gracias a los polvos de arroz, a unos anteojos azules y a una peluca rubia, parecía una sílfide del Norte. Ya en Madrid, acontece que aquella mujer da una cita en las tinieblas al segundo novio; que éste se lleva enredado en los botones de la pechera dos cabellos de Antoñita, y que al examinarlos en su casa, se encuentra con que son más negros que la endrina. -«¿Por qué era rubia?» (exclama entonces el perplejo amante). ¡Cuando me dio la cita en el ferrocarril, tenía el cabello de color de oro!... ¿Cómo me deja sobre el corazón esta muestra negra?». -Pronto se descubre todo: los dos amantes la abandonan, y del sentimiento se le pone a Antoñita el pelo blanco.

En cuanto a mi novela (única de que puedo disponer, pues cada cual se llevó la suya), era del tenor siguiente:



- II ¿POR QUÉ ERA RUBIA?(NOVELA CIPAYA)


                                                                       Hay algo de sublime en el éxtasis de los indios.
                                                                                                                       (EL PRESTE JUAN)


¡Qué hermosas son las noches de la India!...



EL LECTOR. -¿Me lo dice V., o me lo cuenta?

¡Hombre! me lo figuro. -Yo no he estado nunca en la India; pero tengo muchos deseos de ir. -¡Bien podía el Gobierno enviarme a Filipinas sin formación de causa! -De paso vería la India.

EL LECTOR. -Déle V. motivo, y lo enviará.

¡Bien! Pero ¿qué motivo le doy? -Figúrese usted que salgo ahora a la calle cantando la Pitita, y que el Gobierno se contenta con enviarme al Saladero... -¿Habré logrado mi plan? -De ningún modo. -Pues figúrese usted que niego en público la infalibilidad del duque de la Victoria, y que éste me condena a ser pasado por las armas... -¿Será esto ir a Filipinas? ¿Conseguiré así ver la India al paso, como la vio mi amigo D. Manuel Hazañas? -¡Ah! Bendigo a Napoleón III, que deporta a todo el que no le da tratamiento de Majestad... ¡Aquél es un país! ¡Allí sabe uno a qué atenerse!

EL LECTOR. -Prosiga V.

Prosigo. ¡Qué hermosas deben de ser las noches de la India!

Brillan allí los astros más que en el cielo de Europa; cielo deslustrado por el uso, que me hace el efecto de una decoración vieja de Philastre.

Y es que aquel cielo sólo ha servido para una religión, mientras que el nuestro cuenta ya lo menos diez clases de adoradores: los iberos, los griegos, los fenicios, los cartagineses, los romanos, los bárbaros, los cristianos, los mahometanos, y últimamente los espiritistas...

EL LECTOR. -Continúe V.

Continúo. ¡Qué hermosas deben de ser las noches de la India!

Anchas bocanadas de aromas salen del seno de aquella verdadera naturaleza, vigorosa como una pasiega primeriza; y el indolente oriental, ebrio de narcóticas esencias, se atraca de arroz a la claridad de la luna, pensando en la simbólica flor del Loto, o en algo por el estilo...

EL LECTOR. -Continúe V.

Era media noche.

Todo yacía en el silencio y en la quietud del sueño a orillas del misterioso, Ganges...

¡Sólo el Ganges no dormía! El río sagrado se deslizaba entre bosques de bombaxes, branganeros y jaraques (árboles que podéis ver, si se os antoja, en el jardín Botánico de esta villa), reflejando en sus aguas la claridad postiza de la luna.

A la sombra de un árbol triste (llamado así porque sólo florece de noche), y no lejos de una raflesia, planta que produce las flores más grandes que se conocen en el mundo, pues algunas tienen tres pies de diámetro y quince libras de peso... (hablo con seriedad), se hallaban sentados dos jóvenes indios, no muy decorosamente vestidos que digamos, pero hermosos cuanto pueden serlo aquellos paisanos del ébano y del bambú. Sus ojos negros... eran muy negros. (En la precipitación con que escribo, no se me ocurre nada a qué comparar su negrura.) En cambio, sus dientes eran tan blancos como los dientes más blancos que haya en el mundo.

Y aquí termina el retrato de los dos indios.

¡Ah! Se me había olvidado decir que los dos eran machos, y que se llamaban Nana y Nini -nombres sumamente interesantes.

-Habla, Nana... -dijo Nini con voz afectuosa, pasando la mano por el lacio cabello de su amigo.
Es de advertir que Nini tenía también el cabello lacio.
Yo sé todas estas cosas, porque me ocupo hace algún tiempo en estudiar aquel país, para escribir una novela titulada La madre tierra.
Si no, no las sabría.
Pero volvamos a nuestros indios.
-Nini... (dijo Nana): ¿Por qué era rubia?
Y, después de pronunciar estas significativas palabras, quedó sumido en profunda meditación.
Lo mismo se pregunta el autor de esta novela: ¡exactamente lo mismo! -¿Por qué era rubia?
-Explícate, Nana -murmuró Nini al cabo de un momento.
-¡Ah! Nini... Nini... (profirió Nana entre sus sollozos). Yo amo a mi esposa como la luna ama a la noche, como los pájaros al día, como el mar a la estrella de la tarde. ¡Mila es mi alma, es mi vida, es mis ojos, es mi agua... -Pero ¡ay! ¿Por qué es rubia?
-¡Repórtate, Nana! (dijo Nini). -Tú deliras. Tu esposa no tiene nada de rubia Yo conozco a Mila, y puedo asegurarte que no hay ébano más negro que sus trenzas...
-¡Ah! sí... Ya sé que Mila no es rubia; y por eso me casé con ella. Sus ojos son la noche; sus cabellos las sombras de la muerte. -¡Pero yo no hablo de Mila!
-Pues ¿de quién hablas?
-Escucha: ¿Recuerdas cuando, hace medio año, era yo tan feliz porque Mila se había sentido madre?
-Sí Recuerdo. -Era el primer fruto de tu amor, después de tres años de matrimonio...
-¡Era el colmo de todos mis deseos! ¡Con qué afán esperé el día en que mi esposa me diese un vástago que perpetuase mi familia! ¡Al fin iba a tener un heredero, un sucesor, uno de esos príncipes de mi raza, cuyos negros cabellos demuestran que no se ha mezclado con nuestra sangre la vil sangre de los blancos del Norte! -Pues bien: Mila dio a luz una niña blanca, rosada, rubia como una inglesa, como una hija de nuestros opresores, de nuestros verdugos. ¡Incomprensible misterio, Nini! Si mis cabellos y los de Mila son negros como el dolor, ¿por qué no lo eran también los de nuestra hija? -¡Ah! Nini... Nini... ¿Por qué era rubia la hija de Nana?

Un largo silencio siguió a estas palabras del príncipe sin ropa, del esposo de Mila, del padre de la rubia.

Luego continuó:

-Conociendo que me volvía loco a fuerza de pensar en cuál podía ser la causa de este inaudito fenómeno, he venido a buscarte, a fin de que tú, que eres hombre de gran inteligencia, ilumines las tinieblas de mi razón.

Nini reflexionó durante tres horas, y luego interrogó a Nana:

-¿Se lo has preguntado a tu esposa?

-Fue lo primero que hice; pero ella, tan maravillada como yo, no ve la salida de este laberinto. -Es más: a mi casa va todos los días un capitán inglés, hombre de mucho talento, el cual nos quiere con locura y se interesa muchísimo por la felicidad de mi familia. -Pues bien: ¡tres días ha estado pensando en este misterio, y no le ha encontrado ninguna explicación! -Conque a ver, Nini, si tú eres más feliz, y me haces comprender cómo puede ser rubia la hija de un matrimonio de cabello negro.

-Necesito discurrir un rato, Nana... -dijo Nini-. Déjame solo.

Nana se retiró, y Nini se dijo entonces a sí mismo:

-La cuestión es averiguar por qué era rubia. -Pues, señor, reflexionemos: -¿Por qué era rubia?

Y, metiéndose en la boca el índice de la mano derecha, levantó la cabeza, elevó los ojos al cielo y se quedó sumido en una especie de éxtasis.

En esta postura seguía a la salida del último correo.               1859.


Menos joven, de Rubén Martín Giráldez. Miguel Gallego



Una novela sobre padres e hijos
 y todo lo contrario 
 
Creo que fue en algún libro de Piglia donde leí la historia de Lucía Joyce, la hija psicótica de James Joyce. Su padre le llevó los escritos de su hija a Carl Jung, que había publicado un largo ensayo sobre Ulysses y conocía bien su imaginación lingüística y novelesca. El monstruo indomable de la novela del siglo XX andaba por entonces metido en la redacción de Finnegans Wake, una novela psicótica que nadie ha leído, demasiado parecida a los textos de su hija. El diagnóstico de Jung sobre Lucía se ha convertido en una frase célebre, un tópico de las transmisiones a las que pueden llegar las peligrosas relaciones entre padres e hijos: “Allí donde usted nada, ella se ahoga”.

                Lucía Joyce es uno de los personajes, uno de los ídolos de la alta cultura, que aparece en esta novela pedagógica y demente de Rubén Martín Giráldez. También es una calcomanía de agua, pero eso será algo que descubra quien tenga el libro en sus manos (una edición artística y muy cuidada del sello Jekyll & Jill). Menos joven es la historia de una educación al revés. Una serie de monólogos  logorreicos sobre las virtudes de la educación salvaje y las posibilidades de salir del lenguaje postural de la cultura. Algo así como si Hofmannsthal y Wittgenstein se encontraran desnudos metidos en una jaula, como si la civilización hubiera sido una pesadilla. Ahí están, de fondo, grandes padres como el tierno Gargantúa o el enciclopédico Walter Shandy, además del ya mencionado padre de la novela experimental moderna, el padre de Lucía Joyce. También Montano y su mal, pero al revés.

  • Nº de páginas: 128 págs.
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • Editoral: JEKYLL & JILL
  • Lengua: CASTELLANO
  • ISBN: 9788493895075
  • 10363 libro de Narrativa española
He leído el libro de Martín Giráldez como el lector que soy: un lector que llena los libros de anotaciones, subrayados, diagramas, referencias, mapas y dibujos. Como las pizarras de mis clases. Un crítico actual diría que leo “como me sale de la polla”. Sí, muy bien. Yo soy más clásico, menos joven, y diría que leo dentro de la historia literaria porque no sé leer de otra manera y porque no me sale de la polla leer de otra manera. La historia literaria, para entendernos, era eso que le interesaba a Bolaño, algo que a nadie parece importar ya, que no se sabe para qué sirve, pero que todo el mundo más o menos conoce gracias al concurso Saber y Ganar. 

Como soy menos joven he aprendido mucho de los libros que escribió un tal Claudio Guillén, que a su vez había leído a un ruso desterrado en Siberia llamado Mijaíl Bajtín, un friki interesado por la transición de la Edad Media al Renacimiento en las letras europeas. En esos libros aprendí cosas que no sirven para nada, cosas como la siguiente: hay épocas o escritores, por ejemplo Virgilio, Petronio, Cervantes o Joyce, en que la saturación de modelos fundamenta una crisis creadora, y, por tanto, no hay literatura sin aceptación, realización, transformación o transgresión de los modelos.

                Es más, todavía puedo ser más jodido y molesto, leo una novela sabiendo que antes se han escrito muchas novelas, es decir, leo sabiendo que existe la historia de la novela. Por tanto leer la novela de Martín Giráldez es como pasar de una temporada anoréxica a un periodo de gusto por lo curvy. Es decir, que me lo he pasado teta leyéndola. Porque  Martín Giráldez también conoce, y además parece que muy bien, la historia de la novela. Bernhard y Gombrowicz son sus guías en el infierno de la lengua novelesca. También el sombrerero loco. Thomas Bernhard, el austriaco, por la verborrea, por el incesante movimiento de la lengua, por una lengua que parece que se hace líquida, que fluye como fluyen los ríos de semen en una orgía, o se expande como se expande el cabreo ciego en un día de ofuscación y furia antes de asistir a una reunión de antiguos alumnos del colegio. Witoldo Gombrowicz, el polaco y medio argentino, por la infinita capacidad de invención y creación de neologismos, por el gusto inmaduro por las combinaciones semánticas, por la inmadurización de los significados y las formas heredadas. Otro guía es el sombrero loco o Johnny Deep en varias de sus encarnaciones, pero eso ya no sería historia de la literatura. O sí, vete tú a saber.

El asunto es como sigue: el padre de Bogdano, que ha confundido realidad y trabajo, concibió una vía pedagógica para sus hijos que desarrolló en las llamadas «siestas del despotismo», también llamadas «siestas fundacionales», o «siestas revolucionarias». Esa «educación híbrida» consistió en un constante dar gato por liebre: cambió las cubiertas y las portadas de los libros para así leer Raíces como si Bogdano y su hermano estuvieran leyendo Los papeles póstumos del club Pickwick, o leer las novelas de Pearl S. Buck creyendo que estaban leyendo las obras completas de Hölderlin. El objetivo del padre de Bogdano era loable: proteger a sus hijos del contacto con los grandes, evitar que crecieran convencidos de pertenecer a una aristocracia de las artes, las letras y el pensamiento. El padre de Bogdano es la viva imagen del enemigo de la pedagogía elitista, antiorteguiano como él solo. El asunto es que Bogdano, habiendo sido instruido en la mistificación premeditada de su padre, participará en un concurso radiofónico en una época posterior a la electricidad. Un concurso llamado El peinado de Calígula que consiste en perseguir y derribar ídolos, ridiculizarlos, cabalgarlos y domarlos. El problema es que nadie es quien parece, todo está confundido de tal modo que da igual si el ídolo es Lucía Joyce o Kim Basinger.  Antonin Artaud y su Heliogábalo  se confunden  con Billy Warlock y la película por él protagonizada, Society, una película de terror serie b de los ochenta dirigida por Brian Yuzna que he vuelto a ver estos días (esta frase es fundamental ya que en realidad la he visto por primera vez, pero ya sabéis que este de la cultura es el reino por excelencia de la impostura y esa frase: «la he vuelto a ver» o «la he revisitado» es una de las favoritas de todo enterado).  El caso es que los concursantes y el presentador van montados a caballo.  Todo en El peinado de Calígula es un poco abstracto, hay que imaginar, hay que fantasear con esa continua persecución de mitos culturales y las humillaciones a las que son sometidos. Como en Society, la película que he vuelto a ver y os recomiendo, parece que detrás de todo hay una generalizada y siniestra lucha de clases, o de especies, en la que los ricos se comen a los pobres.

Menos joven sería lo que un crítico cultural llama «artefacto narrativo». Yo, que pienso y leo desde la historia de la novela, creo que Menos joven es, además de algo muy especial en el panorama de la literatura en español actual, una apuesta ciega por el lenguaje y su capacidad de descubrimiento y renovación. La queja frente a lo heredado y la responsabilidad frente a la transmisión. De eso se trata. Como si la relación entre padres e hijos siempre estuviera marcada por la lucha de idiomas: el lenguaje directo de Tony Soprano y las evasivas paranoicas de A. J. en Los Sopranos, o Walter White intentando engañar o entender a su hijo Junior-Flynn con una minusvalía cerebral en Breaking Bad. Yo mismo, no sabiendo si enseñar «valores» o iniciar con mi hijo un curso acelerado de cinismo. Un problema de lenguajes, como  esa inmortal conversación sobre la lluvia entre el protagonista de White Noise de Don Delillo y su hijo adolescente.

«No tengas más de uno o dos miedos; no se puede tener más miedos que padres», es una de las consignas del narrador desbocado de Menos joven. Nuestros miedos tienen mucho que ver con el sentido y el sinsentido que nos rodea. Hablando del Japón, Barthes recuerda que en Occidente atacar el sentido es esconderlo o invertirlo, pero jamás ausentarlo como sucede en Oriente. De modo que aquí el sentido siempre está al acecho. En nuevas siestas revolucionarias en las que los niños seguirán aprendiendo a nadar donde los padres se ahogan. Y viceversa.

domingo, 2 de noviembre de 2014

José Antonio Santano. Los reinos solares de Manuel Gahete


LOS REINOS SOLARES





Es un hecho incontestable que la poesía andaluza goza de una excelente salud. Y ateniéndonos a este premisa hay que reconocer que algunos nombres de poetas andaluces son ya imprescindibles en el panorama de la literatura española, por su calidad y su extraordinaria obra. Una de esas voces poéticas es la del cordobés de Fuente Obejuna Manuel Gahete. Su extensa obra así lo certifica. En el último año Gahete ha publicado cinco poemarios “El fuego en la ceniza”, “Motivos personales”, “La tierra prometida”, “Códice andalusí” y “Los reinos solares”. Ocupará nuestra atención este último, con el cual el poeta cordobés obtuvo el XXII Premio de poesía Ayuntamiento de Rincón de la Victoria “In memoriam Salvador Rueda”. La palabra es una luz cegadora, un vuelo a la más altas cumbres del sueño y sus abismos; una aventura hacia lugares ancestrales, mágicos y secretos que solo el poeta es capaz de alcanzar tras un largo camino. Gahete dedica este poemario a quienes sufren cualquier forma de violencia. El poeta concibe el poemario en tres apartados bien diferenciados: “el mármol y la sangre”, “la nieve y el fuego” y “el acero y el oro”. Desde siempre Gahete ha buscado en la palabra la belleza, de ahí su lenguaje cultista, por el cual cada vocablo está en el lugar exacto, medido, cuidado y mimado hasta el límite, deslumbrador como un diamante. Sin embargo, en este poemario Gahete ahonda en el verdadero significado de la poesía y busca, apasionadamente, otros caminos, otras formas con las cuales expresar la verdadera emoción y razón de existir, esa que nace en el corazón del hombre y permite –nos permite- sabernos seres humanos capaces de llorar o de reír, de sentir la herida ajena como propia. En “Los reinos solares” la mirada del poeta trasciende lo vivido en otro tiempo, justo donde el sol es el único reino existente.
Así en la primera parte (“el mármol y la sangre”) Gahete encarna todo el dolor humano hallado en las ruinas de la antigua ciudad ibero-romana de Ituci Virtus Iulia (hoy yacimiento de Torreparedones), también la misteriosa y sacra soledad de la cella colmada de exvotos y sueños:

 «Ituci Virtus Iuli se complace, 
/ deja granar el semen y la savia 
/ dispersas sobre el lomo de la bruma. 
/ Un ventalle de sol cruza su sombra […]
 Regreso de la cella donde Dea Caelesttis,
 / velando los misterios bajo lascas de arena,
 / pervive en el hechizo de su luz anicónica».

 Mas el poeta, dolorido, recorrerá aún Sagunto, Numancia, y será testigo en Farsalia de nuevas y numerosas muertes. En la segunda parte (“la nieve y el fuego”) el poeta, alarmado por la cruel realidad que le rodea nos alerta de la indolente actitud del hombre:

 «¡Será que respirando tan inhumano aliento, 
/ tanto tósigo amargo, tan podrecido polvo /
 nunca será posible que nazca el hombre nuevo!».

 Gahete deja para el final “el acero y el oro”, el temblor de la palabra que aviva el corazón y late apasionada en la búsqueda de la otra tierra, hermana siempre, de América:


 «Aquella fe imposible no se llamaba España
 / aunque España elanzara espíritus de cuerda 
/ colgados de la noche.
 / No se llamaba lluvia ni mar ni tempestades, 
/ no estaba construida sobre un nido de sueños. 
/ Aquella fe imposible de rojos gamellones 
/ era un grito implorante con el nombre de América». 

Gahete es voz y grito que recorre la tierra entera, lenta y profusamente, hasta alcanzar el más grande de los sueños: la fraternidad universal. De esta manera, “Los reinos solares”, viene a ser un poemario distinto, una obra de arte más, donde la palabra ocupa un lugar principal, conformando así un universo multicultural, en el que el mestizaje de creencias y dioses confraternizan hasta alcanzar la esencia misma de la existencia humana:

 «Hermano de tu hermano de sangre americana,
 / el máncer del olvido, delfín de una locura, 
/ despierta ya del sueño de ayer que hoy es mañana».

 Poesía auténtica en la voz del gran poeta andaluz Manuel Gahete.





Título: Los reinos solares

Autor: Manuel Gahete

Edita: Ayuntamiento Rincón de la Victoria, 2014.




Por José Antonio Santano. Los reinos solares de Manuel Gahete




LOS REINOS SOLARES




Es un hecho incontestable que la poesía andaluza goza de una excelente salud. Y ateniéndonos a este premisa hay que reconocer que algunos nombres de poetas andaluces son ya imprescindibles en el panorama de la literatura española, por su calidad y su extraordinaria obra. Una de esas voces poéticas es la del cordobés de Fuente Obejuna Manuel Gahete. Su extensa obra así lo certifica. En el último año Gahete ha publicado cinco poemarios “El fuego en la ceniza”, “Motivos personales”, “La tierra prometida”, “Códice andalusí” y “Los reinos solares”. Ocupará nuestra atención este último, con el cual el poeta cordobés obtuvo el XXII Premio de poesía Ayuntamiento de Rincón de la Victoria “In memoriam Salvador Rueda”. La palabra es una luz cegadora, un vuelo a la más altas cumbres del sueño y sus abismos; una aventura hacia lugares ancestrales, mágicos y secretos que solo el poeta es capaz de alcanzar tras un largo camino. Gahete dedica este poemario a quienes sufren cualquier forma de violencia. El poeta concibe el poemario en tres apartados bien diferenciados: “el mármol y la sangre”, “la nieve y el fuego” y “el acero y el oro”. Desde siempre Gahete ha buscado en la palabra la belleza, de ahí su lenguaje cultista, por el cual cada vocablo está en el lugar exacto, medido, cuidado y mimado hasta el límite, deslumbrador como un diamante.
Sin embargo, en este poemario Gahete ahonda en el verdadero significado de la poesía y busca, apasionadamente, otros caminos, otras formas con las cuales expresar la verdadera emoción y razón de existir, esa que nace en el corazón del hombre y permite –nos permite- sabernos seres humanos capaces de llorar o de reír, de sentir la herida ajena como propia. En “Los reinos solares” la mirada del poeta trasciende lo vivido en otro tiempo, justo donde el sol es el único reino existente. Así en la primera parte (“el mármol y la sangre”) Gahete encarna todo el dolor humano hallado en las ruinas de la antigua ciudad ibero-romana de Ituci Virtus Iulia (hoy yacimiento de Torreparedones), también la misteriosa y sacra soledad de la cella colmada de exvotos y sueños:

 «Ituci Virtus Iuli se complace, 
/ deja granar el semen y la savia 
/ dispersas sobre el lomo de la bruma. 
/ Un ventalle de sol cruza su sombra […]
 Regreso de la cella donde Dea Caelesttis,
 / velando los misterios bajo lascas de arena,
 / pervive en el hechizo de su luz anicónica».

 Mas el poeta, dolorido, recorrerá aún Sagunto, Numancia, y será testigo en Farsalia de nuevas y numerosas muertes. En la segunda parte (“la nieve y el fuego”) el poeta, alarmado por la cruel realidad que le rodea nos alerta de la indolente actitud del hombre:

 «¡Será que respirando tan inhumano aliento, 
/ tanto tósigo amargo, tan podrecido polvo /
 nunca será posible que nazca el hombre nuevo!».

 Gahete deja para el final “el acero y el oro”, el temblor de la palabra que aviva el corazón y late apasionada en la búsqueda de la otra tierra, hermana siempre, de América:


 «Aquella fe imposible no se llamaba España
 / aunque España elanzara espíritus de cuerda 
/ colgados de la noche.
 / No se llamaba lluvia ni mar ni tempestades, 
/ no estaba construida sobre un nido de sueños. 
/ Aquella fe imposible de rojos gamellones 
/ era un grito implorante con el nombre de América». 

Gahete es voz y grito que recorre la tierra entera, lenta y profusamente, hasta alcanzar el más grande de los sueños: la fraternidad universal. De esta manera, “Los reinos solares”, viene a ser un poemario distinto, una obra de arte más, donde la palabra ocupa un lugar principal, conformando así un universo multicultural, en el que el mestizaje de creencias y dioses confraternizan hasta alcanzar la esencia misma de la existencia humana:

 «Hermano de tu hermano de sangre americana,
 / el máncer del olvido, delfín de una locura, 
/ despierta ya del sueño de ayer que hoy es mañana».

 Poesía auténtica en la voz del gran poeta andaluz Manuel Gahete.





Título: Los reinos solares

Autor: Manuel Gahete

Edita: Ayuntamiento Rincón de la Victoria, 2014.