miércoles, 30 de abril de 2008

ASOMADO AL INVIERNO



O todos o ninguno. O todo o nada.
Uno sólo no puede salvarse.
O los fusiles o las cadenas.
O todos o ninguno. O todo o nada.

Bertolt Brecht

a Antonio Muñoz Zamora (superviviente campo nazi de Mauthausen).

In Memoriam



Me acerqué aquella noche hasta su casa
como un sonámbulo, muy lentamente,
al tiempo que las calles, frías y húmedas,
vertían mosaicos de espejos, luces
de infinitas soledades, de inviernos
obscuros y dolientes en mi rostro.
Una alfombra de hojas amarillas,
de silencios anónimos se ocultaban
tras la densa niebla del olvido, gris
como la edad fundida a mis cartílagos,
la misma que asola campos y sueños.
Hoy camino por vastas geografías
y lluvias monocordes, por océanos
de sangre y fuego, por sórdidas cárceles
y cuerpos desnutridos y hacinados;
hoy, después de oír sus voces mustias,
me persiguen las sombras del pasado,
la triste melodía de otras edades,
los días con sus crespones de luto,
el ácido silencio de la historia
que arremete contra todos y todo.

Hoy te he visto, apoyado en los silencios,
cruzar la calle muy despacio, trémulo,
apurando los rumores del día
y he sentido el vuelo de los ángeles
como un aguijón de muerte en los párpados
de la noche y los altos cipreses.
Hoy, te he visto, y en ti, los negros peldaños
del desvalimiento –caústica agonía-,
y uno a uno he contado con los dedos
manchados por la sangre y el tormento
cada cuerpo caído en la espesura
selvática del odio y la barbarie.

Entonces recordé que tus orígenes
de sal y espuma avivaban el vuelo
de los pájaros, los sonidos del aire
en las mañanas de la calle Estrella,
allá en la Almedina laberinto,
nido y haz de sueños y quimeras,
en cálido abrazo con los licores
y el vino oferentes de Casa Teba,
o las fragancias de la oscura tinta
impresa en áureos pliegos de papel.

Recuerdo que tu nívea presencia
viaja conmigo a Orihuela, Albacete
y al frente del Jarama entre aullidos
monocordes de balas homicidas;
que en Brunete la sangre es un hervor
en tu antebrazo; que te espera el agua
del Ebro y la orilla de Gandesa,
la voz de un silencio tras otro, la luz
del ocaso en las pupilas y el alma.
Recuerdo tu soledad en Argelès,
la humillación en tu lecho de arena,
las noches de duermevela y congoja
sesgándote la piel y las ideas,
arañando la juventud del sueño.
Y allí en la playa, en la dura almohada
del desamparo, insomne, descubrías
la doliente mirada de otros seres,
de otras vidas sin vida en las pupilas,
sin sueños ya, sin patria ni memoria.

Luego, tu carne apresada a otra carne
en un abominable vagón de tren,
inmóvil, asfixiado en el hedor
de otros cuerpos vencidos, moribundos;
sólo carne, espuria piltrafa humana
camino al matadero de Dachau.
Y vendría el infierno de Mauthausen:
ciento ochenta y seis peldaños de espanto
y muerte, el horror de noches y días
sintiendo el gas asesino en el aire.
Con el paso del tiempo, otros infiernos
en tu Francia adoptiva y en tu natal
Almería, otros silencios, otra paz
más dolorosa, un pacto de esperanza
para seguir viviendo como humano
lo que otros mancharan con sangre y fuego.

Volverías, con el paso del tiempo,
a la razón del ser, eternamente.

lunes, 21 de abril de 2008

LA GALLINA CIEGA


Vendar sus ojos tan azules como la mar que baña esta orilla fue algo mágico. Luego, después de que la oscuridad se convirtiera en el único universo existente, la desnudez de su cuerpo iluminó la estancia. Aquel resplandor cegó a quienes contemplaban silenciosos tanta belleza. En cambio, hubo quien no sintió nada, y con los ojos vidriosos de ira salió del lugar raudo y despotricando de unos y otros, escupiendo palabras y vomitando insultos. La pobreza de su mirada no pudo captar el verdadero sentido de aquel espectáculo de luz y materia, de lienzos y mármoles, de blancos y negros, y rojos, y amarillos, y paisajes convocados del futuro, cristales y arcilla, maderas y tela, papel y bronce...Todas las miradas al frente, buceando por las entrañas de la materia y del espíritu, conquistando nuevos reinos para el sosiego y la paz que todos deseamos perpetuar en lo más profundo de nuestro ser. Ahí estaban todos, hombres y mujeres, objetos, la nada y el abismo, el todo y el paraíso. Y en cada uno una concepción distinta del universo, la diferencia como ley, la fusión de lo absoluto y la nada para ser más libres, más puros, más solidarios.

Vendar sus ojos tan azules como la mar, vendarnos los ojos todos, sin excepción, y dejar que el aire nos acaricie los labios llegada la tarde, que la luz de la mirada nos perfore la carne, que las sombras nos brinden sus silencios, que el trazado del pincel o de los lápices sea un rosario de sueños y quimeras, que el blanco y negro del pasado nos alerte de la noche y sus cuchillos...


Jugar a la gallina ciega en la negrura y la soledad de A Costa da Morte, en el olvido del Cortijo del Fraile, en la sangre de una pasión crucificada, en la blancura cúbica y solemne de la Chanca, en la pobreza secular de Andalucía, en la estulticia del poderoso, en la rancia tradición del nacionalcatolicismo, en la belleza marmórea de una sonrisa o en el dolor callado del miedo y sus fronteras.


Permanecer con la mirada atenta a los paisajes interiores del alma y sus aristas; alzar el vuelo hasta la cúspide de nuestra propia clausura, de nuestro destino global y único; abrir las puertas del conocimiento y la sabiduría a un tiempo sin límites ni barreras o abismarnos en nuestras propias miserias y contradicciones. Salvarnos los unos a los otros en el tránsito de esta vida. La magia de la soledad creadora, provocadora, libre y desnuda, esperanzadora, y en el Todo la gallina que nos observa, y que de ciega, nada de nada.

 
(Ilustraciones: Goya, Golucho, Ontañón, Antonio López y Noé Serrano)

domingo, 20 de abril de 2008

DE LA SABIKA Y LA ALHAMBRA



La Sabika es una corona sobre la frente de Granada,
en la que querrían incrustarse los astros.
Y la Alhambra (-¡Dios vele por ella!) es un rubí en lo alto de esa corona.

Ibn Zamrak

Juego entre mis manos con su piel de seda y albas
y en el silencio de la estancia preparo vino
y rosas, elixires y aromas del oriente;
pláceme sus consejos y plática llegada
la noche, y entre la mirada fija de las estrellas
y la cálida llama de la luna en el cielo,
ebrios se adormecen los sentidos y los sueños.

Mas nada temo en tu grande altura de colina,
ni nada quiero, que entre las hojas amarillas
del otoño en tus labios y de la luz dorada
de la tarde en tus cabellos, serenas residen
las oraciones, las palabras, los gestos; sean
todos en uno la dulce voz del almuédano,
el canto del gallo cumplido el tiempo, la edad
de los abismos en el incandescente mármol
de los surtidores, en los espejos del agua
o en el silencio de la turbación y sus círculos.

En tus pechos de nieve y sol habito, en la magia
de la seda y el blanco azahar, en los jazmineros
que pueblan los jardines y la noche perfuman,
y las alcobas de palacio y las pobres casas
de los labriegos de la vega, y las estrechas
calles de la medina ensortijada de luces,
de cristales e infinitos colores, de lluvias
y asombros en las riberas de la noche y el grito.

Juego entre mis manos con el fuego de tus labios
y a ellos me encadeno libremente, eternizando
la hora en que la llama del amor en brasas besa
la túnica sedosa de tu vientre y tu costado.

En mis dedos los tuyos, la vida y sus secretos.

martes, 1 de abril de 2008

LA HABITACIÓN SECRETA DE MANUEL FALCES



Declinaba la tarde en la Almedina. Lucía la calidez del crepúsculo en el laberinto de sus estrechas y solitarias calles. Ciertamente el lugar y la hora eran idóneos para un hombre, Manuel Falces, cuya pasión ha sido, es y será siempre la fotografía. En un par de ocasiones había tenido el placer de conversar con él, no mucho, es verdad, pero sustancioso en todas. Ahora era distinto, y hablaríamos de lo humano y divino, sin prisas, como al propio Falces le gusta decir, igual que la serena lentitud de sus pasos sobre el asfalto o las aceras, como si en cada uno de esos pasos le fuera la vida misma. Como “un tío muy raro” prefiere definirse al tiempo que ríe a carcajadas, y acto seguido sentencia, ampliándose en su autodefinición, como “una sombra, un espectro divino, no lo sé. Un pretérito indefinido, alguien que se está encontrando a sí mismo en cada esquina, en cada momento. Manuel Falces es, un sujeto que nació en Almería un 14 de mayo de 1952, hijo de María y de Manuel, en la calle José María de Acosta, al lado del cine Moderno…calle de personajes muy ilustres como David Bisbal (carcajea), su abuelo, Juan Asensio, la familia Beltrán,…cerca del jefe de falange, de un concejal del Partido Andalucista; es decir, Manuel Falces es absolutamente un potaje de personajes, que parecen haber salido todos de la caldera de Astérix”.


Ante mí, el hombre, el fotógrafo, el amigo, muchas vidas en una, pero en todas el mismo ser vital, enigmático a veces, silencioso otras, profundo y reflexivo, tolerante, claro y apasionado siempre. Por ello, cuando le nombras La habitación secreta (título de uno de sus trabajos fotográficos), él nos habla de ella, que dice ser aquella que todos poseemos, en la que nos refugiamos y en la que habitan todos los fantasmas, los ángeles y demonios, los poetas, el cielo, los actores, el cine, nuestras televisiones particulares, nuestra casa de muñecas, nuestros juegos de niños, nuestras noches de Reyes, donde habita absolutamente todo, todo, todo. Por ella (la habitación secreta) han pasado todos los duendes y todas las hadas, toda la memoria, y ha pasado la mitad de nuestra historia.


Manuel Falces sabe de la soledad del creador, en la que cree y se reconoce. “Los creadores son gente muy solitaria –sentencia-; siempre habita un lobo estepario en una persona que crea. Pero la soledad es algo entrañable también. Hay una soledad sonora, una soledad que grita a voces, que grita por las esquinas, grita calle a calle y verso a verso…La soledad es algo bellísimo... Esta historia de los comités, de las agrupaciones no se ha inventado para una persona que crea, no, yo creo todavía en el lobo estepario…”. Afirma Falces haber llegado a la fotografía “de la mano de su madre… la cámara oscura, sales de plata, las emulsiones, las sombras primero y luego las figuras; y ahora un mundo de píxeles, un universo absolutamente digitalizado, pero donde puede ocurrir de todo, donde puede pasar cualquier cosa y en cualquier lugar; la fotografía, ese instrumento mágico. Porque, el secreto de una buena fotografía está en los ojos, en la cabeza y en el corazón, sin eso la historia no funciona, y luego, la cocinilla –ríe-, el asunto dermatológico, la olla y lo demás de la cocina, el laboratorio, la alquimia…”. Enlaza esta palabra con el recuerdo hacia el que fue sin duda un verdadero alquimista, un mago, el fotógrafo Ruíz Marín. Como abogado, Manuel Falces lució la toga en infinidad de ocasiones, hecho que lleva a honra y a gala, aunque según él, la palabra parezca un poco goyesca-borbónica, la verdad es que no renuncia a ello. Durante muchos años los Aranzadi, los Boletines Oficiales y los ácaros del polvo de los legajos le pertenecieron también.


Y es que Manuel Falces es sobre todo un soñador, y como tal, allá por los años setenta inicia, junto a otros fotógrafos europeos e ilustres personajes (William Klein, Cartier-Bresson, Linda McCartney, Bryan Griffith, Sebastiao Salgado, Cristina García Rodero, entre otros) el proyecto IMAGINA, germen de lo que luego sería el Centro Andaluz de la Fotografía y del que fue director durante 17 años. Además de los ya nombrados, recuerda también a quienes, desde la sombra, le echaron una mano: José Ángel Valente, Juan Goytisolo; muchos sin duda, a la postre, un equipo absolutamente loco. No cabe duda que durante la etapa de director del CAF, Manuel Falces optó por una divulgación muy democrática de la imagen, llámese Talleres gratuitos, autores y obras de la alfa a la omega: “de cubrir –comenta- todo el abanico, todo el alfabeto de los mil nombres que tiene la fotografía”. Respecto a la nueva sede del CAF se siente satisfecho, porque con ella, dice, “Almería va a ser un referente de la imagen, y creo que es de justicia que esté aquí, y va a estar aquí, aunque ha costado mucho trabajo, ¡nadie puede imaginarlo! ¿Que yo no estoy? No pasa nada. Siempre tuve la certeza que en un sillón se está accidentalmente, que es lo contrario de lo que piensan muchísima gente que se dedica al noble oficio de la Administración Pública”.


Cuando hace una fotografía Manuel Falces dice ver un día entre los días, lo que te pasa por los ojos, la vida, también ese teatro, en cierta medida, porque no deja de ser literatura y la literatura tiene su dosis de poesía, de historia, de precisión, de matemática de los puntos y las comas; o sea, que tiene mil cosas. Al hacer una fotografía lo único que busco, posiblemente, es el enigma, el misterio, y sobre todo, la belleza, que es la única lucha que merece la pena.
El hombre está solo y vencido. Ya nadie recuerda su nombre, pero su nombre vive en los labios de quienes le amaron siempre, en sus imágenes en blanco y negro o de tenues colores. Su nombre está en las paredes de la habitación secreta, donde sólo los sueños cohabitan con los días y las noches, con las palabras que nombran lo innombrable y toman las aceras, y las calles, y las avenidas y plazas de la ciudad, su ciudad. Su nombre está grabado en la memoria de la historia, de la historia que se escribe día a día, en la soledad de una estancia cualquiera.


El hombre está solo en su impredecible ciudad, en el mar y los desiertos, buscando el cielo en el techo de su habitación secreta. Su nombre, Manuel Falces.
(Ilustraciones: Manuel Falces)

domingo, 23 de marzo de 2008

CAMPANAS DE BAEZA


II

Lo he visto en la puerta
de su casa, estaba quedo,
con la mirada en lontananza,
vigilante, en la cima del sueño,
esperanzado en conquistar la luz
de la palabra.

Lo he visto caminar
por las calles de siempre,
lenta y serenamente,
abstraído y libre.

Todos olvidaron su nombre,
y por si acaso, alguna librería
lo tomó como seguro reclamo,
pero no nos engañemos
sólo luce como símbolo
y al cambio en euros se convierte.
Hoy lo he visto como siempre,
serio y enlutado,
cubriéndose la cabeza
con el sombrero de fieltro;
solemnemente agarrado
a su inseparable paraguas.
Lo he visto y me he jurado
seguirlo hasta más allá
de los cerros de Úbeda,
ignorando al tiempo y sus silencios,
creyéndome el único vigía,
su única y certera sombra.

Hoy lo he visto
y he creído en sus versos,
y en su tristeza, de tal manera que,
         nada existe ya sin su presencia.

sábado, 15 de marzo de 2008

CAMPANAS DE BAEZA



I

A su voz
otra voz tañe el aire
de broncíneas campanas
y un cielo gris antiguo
abre sus entrañas de olvido
a la razón de otro tiempo
y otra vida en soledades ebria
por campos de olivos y aceitunas.

Nadie sabe ahora,
en el silencio de esta noche
de luminarias y piedra
dónde y cuándo apareciste
por vez primera
en estas calles y plazas
abiertas al aire y los crepúsculos.

De nuevo las campanas
-las campanas de Baeza-
y tu nombre golpeándome
las sienes, la memoria;
la voz del poeta
abriéndose como una flor,
como una sola campanada
en la cima de la magna torre
desde donde hoy revivo,
al caer la tarde,
la tristeza de otro tiempo
y otras ciudades.

Al día de hoy
sólo poseo la nostalgia
de unos pasos en la noche
solitaria, y un lejano sonido
de campanas –las campanas de Baeza-
derramando sus dolores
en mi estancia, de madrugada.

martes, 4 de marzo de 2008

SALA DE ESPERA


Sucedió todo muy deprisa. Fue como si de pronto el día se convirtiera en noche, una noche espesa, abisal. Ellos se miraron fijamente a los ojos, sin entender nada. La niña, sobre el sillón del salón, estaba pálida, triste, sin ganas de nada, como si un extraño ser se hubiera apoderado de ella y no supiera responder a ningún estímulo, a las carantoñas o a los disparates gesticulares de sus progenitores. Una sensación de vacío se apoderó de la casa y una tormenta de angustia creció y creció hasta inundarlo todo. A veces, la vida nos depara momentos dramáticos, de verdadera locura, en los que el camino se hace interminable, infinito, y en los que no sabemos cómo actuar, si lanzarnos al vacío o luchar con todas las fuerzas para salvar lo que amamos.
Cuando toda la luz del día se transforma en una densa nube negra, como si una lluvia de gritos estuviera a punto de estallar sobre la faz de la tierra, una absurda música se instala en los tímpanos y los hace sangrar para siempre. Quizá, ellos, incomprensiblemente, vencidos por el dolor de la herida, no supieron sino abrasarse en el fuego de los ojos y ocupar el espacio de los besos con el agrio silencio de un cuerpo de niña en los brazos.
Un solo gesto bastó, una sola mirada, para que el llanto rompiera dentro, en las profundas aguas, en el cálido vientre del alba, en los alrededores de la calle, en los acantilados, en un mar de caricias y labios.
Todo ha cambiado, así, en un segundo. Ellos, que sintieron en sus dedos la luz de los amaneceres y el silencio de las noches de otoño, nada pudieron contra la oscuridad de la tarde. Y huyeron, hacia otra ciudad. A la ciudad de los sueños –sus sueños-, al jardín de la infancia que ella, ahora, en su regazo arropa.
El tiempo fue un cuchillo afilado. Transcurrieron los días, y en las paredes de aquella estancia blanca y fría quedaron las huellas de unas manos de niña. Acecharon las sombras que en la noche se ocultan y nada fue ya lo mismo. Fue cayendo la lluvia en los tejados del alma, y entre tanto, sus dedos de niña a los silencios se enredan.
La soledad sitia la blanca espera. Y ellos, desde la nada, la vida entera abarcan. Mediaron madrugadas y silencios en aquella sala de espera que anhelaba la vida. Temblaron las baldosas cuando, la niña, abriendo los ojos, el corazón y el alma, de nuevo vida fuera.
Sucedió todo muy deprisa, al filo del alba. El tiempo despierta con la sonrisa encendida por el claro rumor de las aguas, de la vida, los sueños, la esperanza.

martes, 26 de febrero de 2008

SÓLO OLVIDO


Aquella mañana María no supo bien dónde se encontraba. Miró a su alrededor y todo le parecía extraño, ajeno, desconocido. Se levantó y fue al baño. Quedó inmóvil frente al espejo, mirándose a sí misma, sin reconocerse siquiera. El rostro de mujer que veía frente a ella no le decía nada. Era como si el tiempo lo hubiera transformado todo. Aquellos ojos claros, los pronunciados pómulos, la nariz perfilada, los carnosos labios, las arrugas de la cara, los dorados cabellos.

No escuchó las campanas de la iglesia, ni los pasos de Juan, su marido, que la seguía de cerca, observándola preocupado, porque algo no iba bien. Lo sabía, ya había ocurrido otras veces. Pero él no quiso preocuparla. Lo supo entonces y antes que María comenzara a abismarse en un mundo desconocido para ambos. Mas Juan, que siempre estuvo a su lado, ahora no podía abandonarla. Ni siquiera se le había pasado por la imaginación. Toda una vida juntos y así seguiría hasta la extenuación. Juan sabía, había escuchado a otros jubilados como él que quienes caían en el precipicio del olvido, difícilmente se recuperaban. Aun así, él no quería hacerles caso. Seguramente estarían equivocados. Los viejos pierden pronto el sentido de la realidad, chochean con frecuencia –se decía a sí mismo. Y eso no le iba a pasar a María, su esposa, no estaba dispuesto a que ocurriera.

Y luchó con todas sus fuerzas por que así no fuera. Y a su lado estuvo mientras pudo. Observando cómo recorría lentamente el pasillo de la casa, cómo se paraba frente a él y le preguntaba, mirándole a los ojos: ¿papá, qué haces ahí quieto como un poste? ¡Anda, vamos a tu cuarto, que tienes que descansar! Y lo cogía de la mano, y él, Juan, su marido, se dejaba llevar hasta el dormitorio, y se echaba boca arriba sobre la cama, y ella, sentada a su lado, recordaba cosas que sólo ella había vivido y que para Juan, su marido, no existieron nunca. Pero Juan hizo del silencio su vida, y nunca la contrarió, nunca le dijo nada que pudiera molestarla, y ella, María, siempre en la casa, de aquí para allá, una vez y otra, incansable. Hablando para sí. Y Juan siempre tras ella. Cuidando de ella, protegiéndola, para que no se hiciera daño con nada. Juan siempre ahí, a su lado.


Pero un día, María se abismó definitivamente en su extraño mundo de fantasmas y sombras. Y calló. Aquel día, María se detuvo delante de la ventana del dormitorio, fijó la mirada en el infinito de la nada, y sollozó sin saberlo. Juan, su marido, tras ella, observándola desde la puerta, silencioso, vencido.

LA PROSTITUTA


Aquel día podría haber sido como otros. Pero no fue así. Ella, Nadia –y el nombre importa poco-, se había levantado a la misma hora de todos los días, casi a la hora del almuerzo, pues como todos los días, llegaba a casa no antes de las cinco de la madrugada, después de atender a los clientes que frecuentan el Club de alterne donde ella trabajaba cada día, desde que llegó de Rusia, su país de nacimiento.
Nadia, luego de darse una ducha de agua fría –era costumbre en ella desde que llegó a estas tierras-, vistió su hermosísima desnudez con un albornoz de color rosa que le había regalado unos meses atrás Antonio, su amante y proxeneta. Después de abrir la puerta del baño para que el vaho del espejo desapareciera, quedó inmóvil frente a su propio rostro. Se miró intensamente a los ojos, como si fuera la primera vez que se veía a sí misma frente a un espejo, como si no se reconociera en aquellos rasgos de su cara, de sus áureos cabellos, de sus carnosos y pálidos labios, de sus pronunciados pómulos, de su tersa piel, de sus largas pestañas…Pero Nadia estaba allí, mirándose en el espejo, como una tonta, como si al hacerlo de aquella forma una paz extraña se apoderara de ella. Pero Nadia, un día más, se hallaba sola. Sólo ella y sus sueños, y sus fantasmas, y el miedo.
Nadia, entonces, como una autómata se maquilló rápidamente: un poco de crema en la cara, el rimel para las pestañas, el lápiz negro para el borde de los párpados y un ligero cogido para el pelo. Ya en la habitación, Nadia escogería el conjunto de lencería más sexy, una minifalda y una camiseta escotada; comería junto a otras compañeras de oficio en el bar de la esquina y de nuevo, a la misma hora de todos los días, al Club, a esperar, como siempre, que llegue la noche y con ella sus vampiros. Y ella, Nadia, se acomodará al placer de los hombres, hasta la extenuación.
Aquel día podría haber sido como otros. Pero no fue así. Nadie volvió a su casa acompañada de Antonio, y sin saber por qué, tras pasar la Puerta ocho de la Primera planta del Edificio A, el cuchillo jamonero que escondía entre su ropa su amante y proxeneta, le atravesó el corazón, como un poseso el cuchillo entró y salió del cuerpo de Nadia hasta diez veces. Nadia cayó al suelo y llevándose las manos al pecho sintió que la sangre le quemaba las manos, la vida entera. Luego, un gran silencio, la nada.
Aquel día podría haber sido como otros. Pero no fue así. Nadia volvió definitivamente a casa, para siempre, para siempre.

LA CARA Y LA CRUZ (Human. Palestina y Afganistán)

A veces, tanto la realidad como la más pura fantasía, nos despiertan de un ya duradero e incomprensible letargo. Aquella tarde llevaba un buen rato de un lado para otro, sin rumbo fijo, recorriendo sin prisa las callejas del barrio antiguo de la ciudad, impregnándose de la luz y los aromas marinos. Así, cuando la luz azafranada del crepúsculo comenzaba a retirarse del edificio del antiguo Liceo, sin saber cómo ni por qué, ya había traspasado sus puertas de cristal.


En su interior un patio rectangular rodeado de pórticos formados por arcos y columnas. En unos segundos y de forma incomprensible su mundo se había dividido, separado o convertido, llámese como se quiera, en dos mundos opuestos, antagónicos. En un abrir y cerrar de ojos había quedado atrapado en un callejón de figuras y colores nunca visto hasta entonces. Las paredes se habían convertido en espacios fotográficos surrealistas, donde el color y el pensamiento se mezclaban en una extraña pero sugestiva alquimia. Luego, todo comenzó a ser delirio de anónimas miradas. Los cuerpos, en su propio abandono, se encuentran o se inventan a sí mismos en un juego de color y abstracción única; se visten y se desnudan. Las imágenes se rebelan contra todo y todos, incluido su autor. Miran desde su espacio cautivo, provocadoras, creando un cosmos de fantasía ilimitada, una sinfonía colorista y alegre que lo traspasa todo. La realidad distorsionada o disfrazada, quizá una nueva dramaturgia, un nuevo concepto de las formas, la luz y el color, la vida. Human.



Pero si a un lado del patio halló la fantasía y la recreación más sugestiva, al otro, la realidad de un tiempo y un espacio en el que la muerte y el sufrimiento humanos gritan a través de la mirada.
Donde toda la negritud del universo espejea en la pálida desnudez de unos rostros de mujer, en la terrible soledad de los ancianos, en los muros de cemento levantados, en los fusiles kalashnikov, en las ondas lanzadas por adolescentes, en los entierros de hombres, en el estertor del grito, en las inmolaciones… Allí donde la piedra, otras vidas resurgen de las cenizas y el fuego; la mirada de un niño ante el Corán, la flagelación de la Ashura, las cárceles, azules ríos de burkas, el doloroso clamor de los silencios anidando en las esquinas o en los templos…Palestina y Afganistán vestidas de luto. 


Y así, sin darse cuenta, se vio a sí mismo traspasar de nuevo las puertas de cristal del antiguo Liceo. De nuevo, la vida y la muerte, la cara y la cruz de una misma moneda.

jueves, 21 de febrero de 2008

ANTONIO SERRANO: ALMA Y LUZ DEL TEATRO CLÁSICO EN ALMERÍA


Sean bienvenidas vuesas mercedes y a buena hora hállense en este corral de comedias donde la realidad y los sueños se entrecruzan, se amalgaman y funden como si de una sola cosa se tratare. Tomen ansí asiento que en siendo a poco comenzare el espectáculo, pues a fe que en estando con los ojos bien abiertos y bien francos los oídos no lamentaren nunca aqueste instante, que en viniendo como ansí fuere, mente y cuerpo disfrutaren de lo que en tan grande escenario representar quisieren los hombres y mujeres que por oficio y vida tuvieren el más noble de cuantos fueren y que al nombre de actores unas veces responden y otras por comediantes se conocieren.

Sean vuesas mercedes muchas y una, y miren y escuchen con atención cuanto en la tarima desde agora y hasta en llegando el fin se diga, pues fuere el caso de una grande burla o por el contrario el de un terrible drama, a fe que de entrambos casos enseñanza sacaren, que en siendo el teatro simulación o fingimiento, representación, farsa o cuento, de la mesma vida espejo fuere, al fin y al cabo, de la realidad se tomaren y en el proscenio vida los actores dieren.



En estando la mar tan serena y el desierto alegre, como el oro reluciere aquesta villa de Marina en llegando las Jornadas y en viniendo como vienen caravanas de cómicos, comediantes, actores, farándula toda a dar vida a nobles señores, monjes, mendigos, trajinantes, putas y mesoneros, a fe que del todo y la nada la culpa alguien tuviere y aqueste por decir verdad y agora al nombre de Antonio de Serrano respondiere, pues que en siendo 25 luengos años son ya los que aquesta villa gozare de aquestas y tan magnas Jornadas de Teatro del Siglo de Oro.

¡Ábrase el telón!, y, ¡Cúmplanse siempre los sueños de vuesas mercedes!

miércoles, 20 de febrero de 2008

NICOLÁS SALMERÓN Y ALONSO O EL HONOR DE LA PALABRA



La luz crepuscular dora las solariegas casas de la burguesía en la Puerta de Purchena, otrora Puerta de Pechina. Han pasado los años y este lugar, en el mismo centro de la ciudad, se ha transformado, mudado su antigua y decadente fisonomía. Un nuevo paisaje urbano frío y aséptico se nos muestra ante los ojos, indiferente, lejano. No existe arboleda alguna. Los edificios más notables, como la Casa de las Mariposas: vencida y olvidada de todos, casi en ruinas, desmembrándose poco a poco sus cornisas… Ahora, en sus entrañas, un aparcamiento. Altas e inclinadas farolas modernistas iluminan la noche, al igual que los escaparates que se ubican en su entorno. Y entre el desierto de las veteadas losas de mármol que adornan este nostálgico rincón almeriense, esculpido en bronce, don Nicolás. Don Nicolás Salmerón y Alonso, ilustre pensador, político, humanista, republicano, orador e intelectual de talla, que allá por el año de 1837 naciera en Alhama la Seca –hoy Alhama de Almería-, hijo de don Francisco Salmerón, médico, y de doña Rosalía, hija de un maestro de escuela. Brilla el bronce en la figura de don Nicolás. Brilla la tarde mientras, solo en su andadura, parece caminar junto a las gentes que pasan una y otra vez a su lado, diferentes, de colorista vestimenta en contraste con la suya, austera y broncínea. Camina con la cabeza alta y la mirada al frente, seguro de sí mismo, feliz de sentirse entre los suyos, en su tierra, dignamente vivo en el metal que lo abriga. Se adorna el rostro con una espesa y cuidada barba, viste terno, al cuello de la camisa anuda una pajarita y calza botines; en la mano izquierda, un libro; desnuda, la derecha. Brillan sus ojos cuando me acerco hasta su altura, y en ellos encuentro la expresión de una vida dedicada al estudio y el pensamiento, y al mirarlo veo al niño que aprende latín en el despacho de su padre y disfruta del juego en las estrechas calles de Alhama, y crece retraído y tímido; al adolescente que camina hacia el Instituto, junto a sus compañeros González Garbín, Federico de Castro y Rafael María de Labra y Cadrana; al muchacho estudiante de Filosofía y Derecho en Granada, siempre caminante por los entresijos del arte y la cultura de su Alhambra y el Generalife, del laberinto de calles del Albaicín, tejedor de la amistad inseparable con don Francisco Giner de los Ríos, en aquellos días ya lejanos. Don Nicolás, en su bronce de vida, camina hacia el amor de Catalina, y luego hacia Madrid, y en su Ateneo y el Café Universal nace una nace a la luz el fraternal abrazo con aquellos sus entrañables Pi y Margall y Castelar.

Se suceden los años, y don Nicolás camina como siempre: la vista al frente, el cuerpo erguido, seguro, esperanzado. Y convencido, funda el Círculo o Academia de Oradores, y el Colegio El Internacional donde “no se usaban palmetas, ni otras disciplinas que las científicas, ni se injuriaba a los niños llamándoles brutos cuando no se sabían la lección, ni se les obligaba a repetir de memoria rezos, la tabla de multiplicar, los ríos de España, las capitales de Europa, la historia de los reyes Godos y las fábulas de Samaniego. Era un colegio que no hacía odioso al maestro ni cargante el estudio”.


Don Nicolás camina hacia el fondo de sí mismo, y se pregunta y se responde en esa dualidad antagónica que la vida nos enseña. Pero don Nicolás no se arredra, y vuelve el amigo que se rebela contra lo injusto, y dimite de su cátedra y es expedientado, y en los silencios de la solidaridad vive por Castelar, y, a pesar de todo, empedernido y noctámbulo soñador de un mundo mejor y más ecuánime. No huye de nada ni de nadie. Don Nicolás camina, se aferra a sus orígenes para saberse vivo, y fiel a sus ideas recorre los caminos del pensamiento y la libertad, aun siendo preso en la cárcel de Saladero.

Anochece en la Puerta de Purchena. El denso amarillo de las luminarias lo envuelve todo. Don Nicolás, en su bronce, luce cálidos destellos de paz y sabiduría. Don Nicolás camina con su soledad de bronce a su Alhama del alma, y de Alhama a Madrid, y cansado, exhausto de incomprensión y vanos enfrentamientos cruza la frontera hasta Francia, y allí, en Pau, un 20 de septiembre del año 1908, muere, lejos de su patria, de su Alhama, de Almería. En Pau se extingue el hombre, el intelectual, el más grande orador y político de su tiempo. Desaparece quien fuera Diputado, Ministro, Presidente de las Cortes y del Gobierno de la I República. Muere quien Dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte. Pero, vive su obra y su recuerdo en el de todos los hombres de bien, y así lo deja escrito el poeta y republicano Antonio Machado: Recuerdo haber llorado de entusiasmo en medio de un pueblo que cantaba La Marsellesa y vitoreaba a Salmerón que volvía de Barcelona. El pueblo hablaba de una idea republicana, y esta idea era, por lo menos, una emoción, y muy noble.

Don Nicolás Salmerón y Alonso camina en su bronce de vida por la Puerta de Purchena, y el eco del tiempo nos devuelve el honor de su palabra:…Cread centros de ilustración y cultura, leed el periódico, el libro, que éste es el único medio de elaborar la civilización. Constituid centros y casinos, en los que el que sepa enseñe y el que no que aprenda.