5.- ÁNGEL OLGOSO











BREVIARIO NEGRO

 El papel o la pantalla en blanco y el creador, frente a frente. Mirar al universo infinito de la imaginación, ese lugar abstracto donde los sueños y el vacío son la misma cosa, porque nada y todo existe, y depende de la mirada, de la necesidad de abismarse en mundos desconocidos, volar hacia el espacio sideral y dejarse imbuir de la música del silencio y la soledad que brota insistentemente dictando las palabras precisas hasta conformar el texto. Algo así le sucedería al escritor Ángel Olgoso (Cúllar Vega, Granada, 1961) en el proceso de redacción de los cuentos que integran su nuevo libro “Breviario negro”, o al menos esa es mi creencia. La mirada escrutadora de Olgoso no cesa y atina, una vez más, con este “Breviario negro”, integrado por cuentos de variados registros, como así lo manifiesta también en el prólogo José María Merino: “El libro, de relatos breves aunque de mayor extensión de la que es usual en el minicuento, reúne 41 piezas con muchos matices que, concebidos por lo general desde lo fantástico, lo ominoso y hasta lo fracamente terrorífico, trascienden notablemente el género, como ya sucedía en el libro anterior”. 


Olgoso nos entrega una nueva joya literaria, propia de un artesano, un orfebre del lenguaje, dentro de lo que viene siendo su seña de identidad, su género literario por antonomasia: el cuento. La brevedad de su estructura le permite ahondar, profundizar en los temas que elige y que forman parte inseparable de la expresión literaria que le caracteriza. “Lo fantástico” forma parte indivisa de su ser creador y en ese territorio se mueve como pez en el agua; sabe y conoce bien la orografía de la fantasía y hasta ella viaja una vez y otra, incansable. En esta ocasión suma con notas de terror, pero siempre manteniendo la riqueza del lenguaje, la coherencia de la estructura, del argumento y una construcción oracional de excelencia, propia de un escritor de raza. Nada se escapa a su mirada, tampoco la palabra exacta, la ambientación según la temática del cuento, sin olvidar las sutiles etopeyas de los personajes o protagonistas de la narración. Las historias que nos muestra en este “Breviario negro” vienen a confirmarnos, una vez más, que nos hallamos ante un extraordinario fabulador, un magnífico cuentista, producto del gran lector que es y demuestra serlo cuando en sus narraciones rinde homenaje a otros escritores, quizá aquellos que de una manera más clara han marcado su trayectoria literaria, léase Edgar Alan Poe, Borges, entre otros. Los 41 cuentos que contiene este “Breviario negro” no dejarán en la indiferencia a los lectores que se acerquen a él, incluso podrán comprobar el poder de sugestión del discurso narrativo de su autor, la capacidad creativa, el juego trascendente del espacio y el tiempo. Pero también, dicho sea, hay lugar para la poesía, en el caso del cuento titulado “Cartografía”, donde un lenguaje más lírico nos depara un agradable viaje por el cuerpo de la amada. 


La variedad de registros y matices que proporciona Olgoso en este libro es inconmensurable, y si a esta circunstancia se añade su capacidad para sorprender al lector al final de cada cuento, en el acabamiento, con rotundidad magistral de la forma y el fondo, solo una palabra puede definirlo: ingenio. “Breviario negro”, sin lugar a duda alguna, confirma a Ángel Olgoso como una de las voces más destacadas del panorama narrativo español.

Título: Breviario negro
Autor: Ángel Olgoso


Editorial: Menoscuarto (Palencia, 2015)

UKIGUMO



DIARIO DE ALMERÍA, SALÓN DE LECTURA, 01/06/2014


Ukigumo (Floating Clouds) es el título original de la película dirigida por Mikio Naruse allá por el año 1955, pero también y sobre todo, el título de un libro de poemas Ukigumo (nubes pasajeras), del granadino y una de las voces más destacadas del relato en España, Ángel Olgoso (Premio Andalucía de la Crítica de relato, 2014). Publicado por la editorial Nazarí de Granada (colección Daraxa), en esta ocasión Olgoso cambia de género y se adentra en la poesía con un buen ramillete de haikus que compusiera en la década de los 90 y que ven ahora la luz pública. Nos invita su autor a un viaje por las nubes, en esas donde anida la palabra como único fulgor del poeta-narrador, de la palabra que alumbra los caminos y senderos, los bosques y los ríos, los mares, la tierra entera, de oriente a occidente. En ese universo de silencios y memoria el poeta resurge y observa detenidamente la naturaleza (el haikus ha de contenerla) y toda su plenitud es recreada de forma breve a través de diecisiete sílabas y en tres versos (5-7-5). Olgoso sabe mucho de cercanías, de observación y meditación contenida, de lugares lejanos, orientales, y también de los otros, de los de occidente. En ese entramado de experiencias y lecturas previas ha fundado su mundo ficcional y creativo, y a él se ofrece día a día en cuerpo y alma. El haikus se muestra en toda su sencillez expresiva (otorga la importancia al momento en que suceden las cosas y es captado por el poeta,), y por ello el uso del sustantivo prevalece y nos invita a recorrer un camino donde la realidad y los sentidos se complementan hasta crear un nuevo tiempo, una nueva forma de sentir y de vivir.


Ukigumo se presenta en edición bilingüe español-italiano, con traducción al italiano de Paolo Romerini, lo que sin duda es un acierto más, dada la musicalidad y la fuerza expresiva de la lengua italiana, que provoca en el lector una dulce y sedosa sensación, de mágica armonía y equilibrio. El poemario se divide en tres partes: Kaoru (aroma), Akashi (gema-gemma) y Utsusemi (caparazón de cigarra-guscio di cicala). En la primera de ellas, «aroma», el otoño es protagonista

De nuevo el otoño, plácido y austero.

Al caer la tarde,

pequeños incendios de broza sobre los campos,
o lo que equivale a decir la naturaleza que aviva los sentidos
Suenan al caer,
en las raíces ensortijadas del olivo,
un par de aceitunas,
el tempus fugit
La profunda noche sola

en la casa silenciosa.

El sonido del reloj,
el valor de lo etéreo
Cuando intentes conocerla,
la nube noes más que una nube,
y se disipa
o la vejez en suma
Hoy se ha desprendido,
exhausto, el último clavo negro
del portón centenario.

La segunda parte, gema (piedra preciosa) nos obsequia con verdaderas perlas de haikus:

Acá y allá
sendas de hojas crujientes,
mondos los álamos,
nos alerta de la soledad:
En soledad,
sin el daño del deseo.
Tarde nublada,
la esencialidad poética de la ciudad –su ciudad-:
Seco y maduro,
dulce y amargo fruto:
todo es Granada»,
también el desaliento o la desesperanza, cuando el poeta dice:
Olvida al hombre,
mira la gentil nube,
y entenderás»,
o la constatación de realidades sociales:
Inseparables,
el siervo y el señor.
Avinagrados.

La tercera y última parte (caparazón de cigarra), con dos únicos versos y sin número fijo de sílabas, Olgoso vuelve a indagar y al meditar sobre el mundo que le rodea, sobre hechos y cosas que surgen como realidades o sueños, en los que la palabra en ese juego secreto de la alquimia es trascendida:

La uva no conoce el vino que destilará.
El vino no conoce la uva que habitaba,
y en esa observación de lo vital y cotidiano escribe:

El paseante mira la montaña con veneración.

La montaña mira al paseante con zozobra,


o este otro:

El transeúnte ladra en silencio

por las esquinas de la multitud,

o este que resume toda una manera de pensar y vivir:

El fuego es frío a veces;

lo alto es bajo con frecuencia.



Así respira el narrador y ahora poeta Ángel Olgoso en este libro, Ukigumo,  en el cual las «nubes pasajeras» son como los sueños, pero que en la voz del poeta se perpetúan. Es la luz de la palabra como única patria y paraíso, alma y alimento.



  • LAS UÑAS DE LA LUZ


Buenas tardes a todos. En primer lugar me gustaría agradecer a José Antonio y a Isisdoro que me hayan concedido el honor de inaugurar este insólito, grato y apasionante proyecto editorial, precisamente en un día tan especial -el día de las librerías y de los libreros, resistentes ambos-, y por supuesto agradeceros a todos el interés que demuestra vuestra impagable presencia.


Siempre que vengo a la vecina tierra almeriense no puedo evitar recordar las alegrías que me viene dando desde hace décadas, concretamente desde que en 1991 asistiera a la entrega del Premio Gustavo Adolfo Bécquer por mi primer libro publicado, Los días subterráneos; pasando por el Premio de la Feria del Libro de Almería que en 1994 obtuvo La hélice entre los sargazos; hasta llegar recientemente, en 2009, al Premio Sintagma concedido por la librería de El Ejido a mi penúltimo libro, La máquina de languidecer.


Apenas si suelo reflexionar sobre mi trabajo más allá de alguna entrevista o presentación. Azorín decía -quizá acertadamente- que los autores son los que menos saben de sus propias creaciones. En mi caso, toda energía se concentra en buscar la excelencia de cada relato, en armonizar fondo y forma, en lograr historias intensas y destiladas, en trabajar la prosa a conciencia, en clave de orfebre, en crear el mejor arte que pueda aunque me lleve mucho tiempo conseguirlo.


Aunque realmente escribo lo que me gustaría leer -tal vez como todos los escritores, o como todas las personas hambrientas de ficciones-, es cierto que mientras trabajo noto un latido insistente, un propósito escondido pero poderoso que me arrastra: el de convertir la oruga de la realidad en la mariposa del arte. Porque creo que la función de la literatura es metamorfosear lo real, trascenderlo, enriquecerlo con sueños, experiencias y, sobre todo, con un lenguaje rico y vigoroso para que, en ningún momento, devenga en una mera fotografía. La obra de arte no consiste sólo en transcribir la realidad que nos envuelve, sino en interpretar el mundo, en subjetivar la materia, en consignar los ensueños, para que esa experiencia alcance al lector y pueda servirse de ella con provecho.


Durante treinta y cinco años me he dedicado exclusivamente a una búsqueda solitaria de lo bello y lo inquietante, a cultivar mi pequeño jardín de relatos con una pasión tranquila y solitaria, no por pretensiones de pureza artística -o no sólo- sino porque, en mi ingenuidad, pensaba que un escritor debía limitarse simplemente a escribir y no a perder el tiempo en ruidosas actividades sociales o de promoción: se sobreentiende que los frutos del arte y de la imaginación deben madurar en la penumbra del silencio, de la calma y de la soledad.


En mis primeros libros, como en Los líquenes del sueño o Cuentos de otro mundo, se acentuaba el humor negro, la ironía, los finales sorpresivos, la experimentación formal; luego vino el descenso alucinado a los infiernos de Los demonios del lugar, la estética concentrada del breviario en La máquina de languidecer o el planteamiento poético y lúdico de Astrolabio. Pero, al mismo tiempo, bajo todos ellos permanecía el sustrato de las historias perturbadoras e insólitas, ese antídoto que me permite sobrevivir al veneno de la realidad. En el último libro, Las frutas de la luna (como supo ver muy bien José Antonio Santano en la magnífica reseña que escribió sobre él), hay un aura más melancólica y fatalista, casi de revelación bíblica, de extrañeza metafísica, y también más universal, donde el dolor, la redención, las derrotas o las atrocidades de la vida nos alcanzan como especie. Spinoza decía que el universo consta de infinitas cosas en infinitos modos. Pues bien, en la suma de todos mis libros, en el medio millar de relatos que la componen, hay una pequeñísima muestra de esa diversidad abrumadora, de esos universos vislumbrados, de esa realidad paralela que, de manera distorsionada como una sombra, acompaña a la realidad visible.


Me gustaría pensar que Las uñas de la luz, esta breve selección de relatos que hoy presentamos -y que inaugura una colección de Cuadernos a la que deseo una larga y notoria vida-, no nace sólo para lectores que disfrutan con el primor literario y con una mirada imaginativa, para lectores que aprecian la literatura, la belleza, la inquietud, la exquisita conciliación de las asperezas de la realidad con la idealidad del arte, para lectores a los que sólo lo extraño les es familiar (como decía Carlos Edmundo de Ory) o que desean ver modificada su percepción de la realidad, sino para cualquier persona que sienta un mínimo de curiosidad, para cualquiera que desee dedicar unos minutos a asomarse al interior de un semejante y verse en su reflejo, para cualquiera que necesite un bálsamo contra las realidades del mundo. Porque la literatura, el arte, nos consuelan: en un momento en que los poderes político y económico pervierten a diario las palabras, robándoles su sentido, convirtiéndolas en vaselina de la que se ayudan para hacernos tragar su discurso fascista y mafioso, es responsabilidad del escritor devolverle a las palabras su belleza, su autenticidad, su carga imaginativa, su fulgor genuino. Y en un mundo en el que hemos construido un sistema que nos persuade a gastar el dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos, es hora de abogar por el más noble de los productos humanos, el libro. Según Séneca, con el libro puedes prolongar tu mortalidad, eres libre de las limitaciones de la humanidad, todos los tiempos están a tu servicio como al servicio de un Dios. Para Maquiavelo, los libros eran el alimento para el cual vino a la vida, durante horas se olvidaba del mundo, no recordaba vejación alguna y dejaba de temer la pobreza y de temblar ante la muerte. Iniciativas como la de Cuadernos Metáfora son una hermosa rúbrica de estas palabras, un valiosísimo referente cultural, un lujo de lo más económico, un precioso regalo al que no podemos sino estar agradecidos.


  • LAS FRUTAS DE LA LUNA





Ángel Olgoso, (Cúllar Vega, 1961) Es autor de varios libros de relatos, entre los que destacan Los demonios del lugar (2007) y Astrolabio (2007).           

Desde el mismo título ya se adivina el dominio de la metáfora, la condición de fabulador neto de  Ángel Olgoso, el autor de los relatos contenidos en este libro.



 Publicado en la columna Salón de Lectura de Diario de Almería 28/07/2013.