miércoles, 14 de abril de 2021

Nota de prensa: Seleccionados 11 finalistas para el Premio Internacional de Poesía Joven “José Antonio Santano”.





Nota de prensaSeleccionados 11 finalistas para el Premio Internacional de Poesía Joven “José Antonio Santano”.


Alta calidad en la primera convocatoria del Premio creado por el Excmo.
Ayuntamiento de Baena.

El jurado del I Premio Internacional de Poesía Joven “José Antonio Santano”, formado por reconocidos poetas y escritores de la literatura española actual, quiere destacar el alto nivel de calidad de los obras presentadas a esta primera convocatoria llevada a cabo por el Excmo. Ayuntamiento de Baena. Con este premio el consistorio tiene como objetivo fundamental promocionar la poesía entre los jóvenes poetas en lengua castellana y el municipio de Baena como lugar de encuentro entre distintas generaciones de poetas, como así lo demuestra la procedencia de los finalistas seleccionados en esta primera convocatoria y que a continuación se relacionan.




Finalistas ámbito internacional:

— Para apagar el frío. Córdoba (España)
— Divina voluntad. Buenos Aires (Argentina)
— Abierto para jugar. Madrid (España)
— Las múltiples conjugaciones de tu nombre. Ciudad Real (España)
— Pájaros bajo las aguas. Bilbao (España)
— A la orilla del alba. Trujillo (Perú)
— Cuando amar eran solo las palabras. Córdoba (España)
— Mitología del agua. Madrid (España)
— Selvación. Zaragoza (España)
— Sobre la página en blanco del amanecer. Tegucigalpa (Honduras)
— El paso vacío. Barcelona (España)




Finalistas ámbito local:

— Últimas palabras de una efímera vida. IES Luis Carrillo de Sotomayor
— ¡Qué bonita la vida! Escuelas Sagrada Familia
— El jardín de la vida. Colegio Espíritu Santo



El fallo final tendrá lugar durante el mes del próximo mes de mayo 

sábado, 10 de abril de 2021

Pilar Quirosa o la celebración de la vida (II)

 





José Antonio Santano

Pilar Quirosa o la celebración de la vida
(II)



Concluía mi primera aproximación a la mujer y poeta Pilar Quirosa con los versos finales del poema “Moonligt”, perteneciente a su libro “Estela sur”, que en su día tuviera a bien dedicarme del literal siguiente: “A vosotros, José Antonio y María Isabel, mis amigos en este Sur, a vuestros hijos, Macarena y Javier y, especialmente a vuestro nieto, Juan, con las ramas abiertas hacia lo mejor del futuro, lleno de sensibilidad y esperanza. Un abrazo grande. Firma y fecha: Almería, 14/9/10”. De esto hace ahora once años. Pero la luz de su palabra sigue guiando a quien esto escribe, desde el amor por la poesía y la literatura como forma de vida y compromiso con la otredad, que siempre vivió en Pilar, en carne y alma, porque ella siempre me acompaña, nos acompaña en humano y solidario sentir. Cada día y cada noche que su recuerdo fluye por la estancia donde sigo componiendo versos y sueño, es más dolorosa su ausencia. Saber que ya no está entre nosotros es un duelo permanente que solo logro calmar con la lectura de sus libros, con la presencia de su palabra que ahora reposa sobre mi mesa en forma de tratados de verdadera amistad y compañerismo, por mucho que en ocasiones hubiera las discrepancias propias de seres diferentes, pero respetuosos con el pensamiento individual de cada uno.



Pilar Quirosa


Ya en el prólogo de este libro, “Estela sur”, realizado por el gran poeta y escritor granadino Fernando de Villena, se reivindica la personalidad poética de Pilar Quirosa, su estética y su estilística, al escribirse: “Estremece la lectura de estos poemas tan llenos de dolor y tan sinceros que son como quejas susurradas al aire o como tímidos alegatos contra el olvido. Para Pilar Quirosa el amor lo llena todo de sentido y su ausencia le hace andar vacilante como desterrada de las delicias de este mundo”. Fernando de Villena dice bien porque mucho es su conocimiento sobre la realidad poética española, sabe de lo bueno y lo malo, como pueden ser ciertas conductas reprochables en los saraos poéticos, pero también de la autenticidad y calidad de la poesía que se escribe no sólo en Andalucía, sino en toda España. De ahí que escriba, con toda sinceridad e imparcialidad que en “Estela sur” existe “un vitalismo, una captación sensorial de la realidad y una profunda emoción de la naturaleza: del mar y de los campos, pero todo ello siempre puesto en relación con el amor y la nostalgia”. Es evidente que conoce bien la poesía de Pilar Quirosa, los elementos esenciales que la constituyen y que hacen de ella una poeta cabal, de un humanismo cierto y una manera de entender el universo con tal clarividencia, que acercarse a sus textos poéticos nos depara una extraordinaria sensación de plenitud, de goce absoluto. Esta es la diferencia que marca a unos poetas de otros. La esencialidad estriba en la comprensión del mundo que te rodea y la expresión de ese mundo con la herramienta precisa que es el lenguaje, y ambas cosas, por fortuna, pertenecían al campo creativo de nuestra poeta Pilar Quirosa.

Hay quienes piensan y así lo han demostrado que con una simple compilación de sus poemas la deuda queda zanjada. Pero esto no es así. Hay que adentrarse en cada uno de sus libros con tal pasión que todos, sin exclusión, se han de reproducir en los volúmenes que sean necesarios, y con el estudio crítico o preliminar de todos y cada uno de ellos y de los géneros literarios tratados, para general conocimiento no solo de la sociedad almeriense, sino de la andaluza y española. Es un deber y una responsabilidad ineludible conquistar el espacio de la esencialidad de su universo literario desde todas las perspectivas posibles. Esta, lógicamente es una tarea ardua, y quizá por ese mismo hecho, se haya rechazado haber hecho realidad la edición de toda su obra literaria, pero solo estaremos parcheando si no somos capaces de concentrar todo el esfuerzo y trabajo necesario en pro de este proyecto, a todas luces, abarcador. En parte, este es mi propósito con estas reseñas puntuales, por entender que toda su vida Pilar Quirosa se consagró a la difusión de la cultura en general y de la literatura en particular. No podemos dejar que su excelente legado quede compensado con unas breves notas biobibliográficas, ajenas a la reflexión profunda sobre su extensa y magnífica obra literaria, interrumpida por su temprana muerte. Pilar Quirosa, como persona y como escritora versátil nos dio mucho más de lo que posiblemente le dimos, y aún hoy, tras su repentina muerte todavía nos ofrece el legado de su obra. Entiendo, pues, que es de justicia propagar y difundir su literatura, que es como decir, su manera de entender la vida. La cita de Plutarco que abre el poemario “Estela sur”, podría definir todo su contenido: “Tienes que vivir y no sólo existir”. Y así lo demostró nuestra poeta a cuantos tuvimos la suerte de conocerla. Para Pilar Quirosa escribir lo era todo: “Escribo de nuevo, / a golpe de lluvia / y de silencios”, de tal manera que en estos versos los símbolos que representan “la lluvia” y “los silencios” son pura esencia existencial que nos permiten conocer no solo a la poeta sino al ser humano que la alienta.



Pilar Quirosa



Celebremos, pues, la vida 

al abrigo de la piel,

con el temblor de una hoja.


son versos que ya desde el título de estas reseñas por entregas se justifican: “Pilar Quirosa o la celebración de la vida”. Y es que en nuestra poeta no había mayor ni mejor celebración que “vivir” (carpe diem) a tope cada segundo, con la esperanza puesta en el siguiente, y así sucesivamente hasta el fin de los días.

La poesía de Pilar Quirosa goza de una mediterraneidad absoluta. Nacida en Tetuán y residente en Almería hasta su fallecimiento, el mar es su casa y su refugio, en sus olas se adormece y transporta hasta alcanzar la cima de la luz y la palabra, y en ella encontramos por momentos:


La misma calle, 

el mismo mar,

y, a dos pasos,

nuestra intensa geografía,

azul llanto

en el lenguaje de los sueños.


Los sueños que desde su Avenida de Madrid alcanza a ver en el firmamento cubierto de estrellas esplendentes. Así la vida se impone a todo y en esa realidad su voz se alza y se aposenta en los misterios del cosmos, porque siempre una luz delata el horizonte al que nunca puede renunciar quien tanto ama, aún gritando por el dolor que acrece en su mirada hacia el pasado, sea “Auschwitz”:


Caen las hojas de un calendario cruel,

sonidos de besos marchitados, sombras

de tantas noches de insomnio, tantos

ecos desatados en la Historia, abrazados

a la vergüenza humana.

¡Madre!, aún escucho tu llanto. ¡Madre!


o sea “Guernica”:


Duele el corazón al acecho

de las sombras inclementes. Duele

la ausencia de cordura en la piel

de los hombres.

Duele el recuerdo de ese árbol

imposible, de sabia abierta a la luz.


El lamento, sí, el grito picassiano

y el llanto.


Y la sangre derramada.

Y el coraje, todavía,

de sentirse vivo”.


Es el dolor humano después de haber sentido la desolación y el miedo a la oscuridad, al odio acrecentado en los corazones, la tiranía y el oprobio como formas indignas de vivir, y por ello, la poeta se rebela y se duele, porque el dolor también es una manera de saberse vivo, lo suficientemente vivo como para censurarlo en un único y aterrador grito, que no es sino la palabra poética en todo su esplendor.



Pilar Quirosa



Claro que sí, la vida, su celebración sin condiciones. Y de eso sabía mucho Pilar Quirosa. Y el amor como pilar fundamental de la existencia. Nada más emocionante y bello que sentir el corazón abrirse de par en par a la otredad, a la entrega libre y desnuda de cuanto adentro se ha cultivado para ser compartido. Y sin embargo, qué poco ha recibido por su creciente y generosa renuncia del “yo” en pro del “nosotros”, si acaso un librito conformado por las prisas y el oportunismo incomprensible de una institución, de la que, para más inri, llegó a ser Jefa de Departamento de Literatura. Toda una vida dedicada a los demás pagada con unas migajas si nos atenemos a su amplia obra. Pero tal vez, no convenga detenerse en cuestión tan baladí, y sí, continuar con lo verdaderamente importante: su legado poético, objeto de estas líneas.

Podríamos preguntarnos por qué este aparente comienzo anacrónico, y la verdad es que no sabría decir su verdadero motivo. Tampoco considero que sea ilustrativo dilucidar en este momento los por qués de esta aventura literaria respecto a la obra poética, en principio, de una de las voces femeninas más interesantes de la poesía contemporánea española, porque, y de eso estoy convencido, de no haber sido por muerte tan repentina, Pilar Quirosa-Cheyrouze hubiese ocupado un lugar destacado en el panorama de la poesía del nuevo siglo.

Su libro “Estela sur” es un ejemplo de lo dicho. En él confluyen los elementos esenciales y los recursos estilísticos propios de una voz que, a medida que crecía y creaba su propio universo, más brillaba por su lenguaje y su permanente dedicación a expresar lingüística y semánticamente la autenticidad poética de sus textos: “Esta noche, de nuevo / se abren las puertas del mar”. El mar como paraíso existencial, el paisaje por excelencia de su poesía y la soledad como cómplice de una rutina que no impide, todo lo contrario, agrandar el acto mismo de la creación:


De su mano, el mar

—¿recuerdas— era sonido y paz,

lecho de algas y aliento.

El mar y el oleaje,

intenso atisbo de luz

para los ojos del niño

que contaba las estrellas.

(…)

Azul intenso, en el nombre

de la vida, pequeñas manos

agarradas al mayor de los universos.


Y en la arena, aquellas huellas,

aquellos primeros pasos,

recorridos junto al vuelo de su falda,

abriendo ventanas al mundo.


La poesía como esencia misma de la cotidianidad, el júbilo de la existencia en los detalles más nimios, en las cosas sencillas, en la descarnada realidad de la materia y la secreta luminosidad de lo invisible, de lo espiritual o de la mística de los días que nos conforman, en perfecta comunión con la naturaleza, con amorosa pasión y ternura, donde de nuevo el corazón abre sus ventanas de par en par:


Hay horas que parecen las últimas,

llenas de momentos insomnes,

donde se intuye el azul de las riberas

y el verde ardiente de los pinos

que descienden, plácidamente,

hasta la orilla.


Y hay muros insondables,

montes de cristal que injertan

parcelas de cielo aristadas,

que moldean la mañana

con tempestades de besos,

que peinan la distancia

varando una caricia.


Y, sin descanso, costea mi frente el mar.



Pilar Quirosa


Es la mar vértigo y temblor de la mirada que observa el horizonte siempre en la esperanza de alcanzar la otra orilla, sus arenas y sus gentes, como un continuo eco que se adentra en las entrañas y la carne, en el alma y el sueño de la poeta, que no deja de bregar con la palabra y su último sentido y configurar así una verdad —su verdad—, que siempre cuidó con sabio y denodado esmero. En la luz mediterránea se conformó toda su poética y a ese mar de azules infinitos se debe y se entrega sin ningún tipo de condiciones, desnuda y libre, ligera de equipaje, como diría Machado. Todo en él, el Mediterráneo, los colores, la luz, los sonidos, los aromas y, sobre todo, sus silencios marcan la aventura creativa de Pilar Quirosa, y con ella, una nueva forma de expresión poética, una manera de ser, en la diferencia y la pluralidad, más poeta si cabe, más humana:


Conservo el recuerdo de un mar antiguo

que desciende hasta la orilla

y es clamor de algas y de arena.

(…)

Desde tiempos ancestrales,

donde caben los días

y se aposentan todos los instantes

que nos hablan de otras noches

henchidas de juegos y plenilunios.


De siluetas y de olor a salitre

en aquellos muelles que acompañaban

al fulgor de las estrellas.

(…)

Tras la ventana, hay constancia,

esta noche se precipitan las cenizas del tiempo.


El tiempo fluye por doquier y apresa los instantes para luego recordarlo en su fiera intensidad, esa que la palabra provoca a la luz de la estrellada noche o en el silencio que tras el ventanal recorre la alcoba y el alma de la poeta. Ahí está, siempre atenta a las señales, a los símbolos y a la historia humana que proclama en sus versos de arte mayor unas veces y de menor otras, a la gramática o la sintaxis según considere el tono o el matiz a resaltar en su escritura, en un juego de espejos metapoéticos que nos acercan al verdadero valor de su poética:


Cómo escribir un poema

que se deslinde de la nostalgia,

que desconvoque, para siempre,

la plasmación de la herida

y se haga fuerte, y raudo y vital

para la supervivencia.


Cómo gritar a los imperativos

que se desglose en pretéritos

imperfectos pero humanos,

que no tiemblen ante la mansa caída

de las hojas del castaño,

que sean lava y, al mismo tiempo,

compás de espera, página abierta,

ternura y remanso.


Cómo barajar el efímero tiempo,

el reloj derrotado por el paso de las horas,

el dolor que crece y se retuerce

en meandros, cómo escribir un poema.

(…)

Cómo escribir un poema

esperando el regreso de la luz,

la única estancia habitada.


Así en su estancia, paisaje interior y en los otros donde la vida se reactiva con cada primavera, Pilar Quirosa supo ser luz y perfume del día a pesar de tanta oscuridad, de tanto infierno enmascarado y tanto agravio consentido por la mediocridad reinante. Pero su mayor virtud fue siempre su amorosa entrega a la vida, que no es sino decir a la literatura, y a su entorno tanto familiar como amical. Nada se interpuso en ese camino elegido libremente y libremente frecuentado a lo largo de los años:


No he conocido

más instantes

que el placer de la palabra,

ese puente levadizo

tendido hacia el abrazo.


Es el tiempo y la memoria en la poesía de Pilar Quirosa inseparable de la realidad. En ella siempre el aliento de un renacer constante y permanente, capaz de eternizarse en el rumor del mar que vive tan cercano.


Por razones obvias

hoy renazco al ritmo de las olas,

donde se balancean los días,

y la tarde es un vuelo

de infinitos signos, reclamados

por la inercia del mar,

donde la soledad

es espejo y es quietud,

y, también, lo es,

poso de nostalgia.


Hibernar la noche


La vida es tránsito, soledad abarcadora de silencios y emociones, espíritu y latido. Por eso la poeta quería “Hibernar otra noche / para rescatar los sueños”. Y mi deseo no es otro que Pilar Quirosa viva para siempre en la luz de la palabra, nunca en el olvido.

lunes, 5 de abril de 2021

Cielo y Chanca

 

Cielo y Chanca

Cielo y Chanca











© José Antonio Santano









Este es uno de los más luminosos rincones de la tierra.

Juan Goytisolo

¿Cómo ascender si antes no hemos descendido?

José Ángel Valente








P R Ó L O G O







La primera vez que vi a José Antonio Santano fue en Fondón, un remoto lugar de la Alpujarra almeriense, en abril de 2008, y la última hace unos meses, en enero del presente 2019, en Baena, ciudad donde nació en 1957. Y en ambas ocasiones encontré el mismo inequívoco perfil humano: un hombre entregado a la amistad. Santano es acogedor, animoso, cordial; inquieto, alegre, sensitivo. En aquella población alpujarreña, existe un balcón desde el que se divisa buena parte de aquellos territorios en panorámica, y lo que me sorprendió fue el afán por escuchar; todo lo observaba, los gestos, pero también las palabras. Y en su Baena natal, su presencia en la ciudad megalítica de Torreparedones: aparecía y desaparecía entre aquellos riscos, queriéndonos mostrarlo todo. Pero, al mismo tiempo, anotando esas fugaces vislumbres en un cuaderno, puesto que él trabaja así, a golpe de impresiones que luego transforma en poemas engranando las imágenes. Poco antes, habíamos visitado, aquella misma mañana de enero, una torre adusta en la que es tradición que pernoctaban las doncellas traídas de Castilla antes de efectuar la entrada en la Córdoba califal de hace ocho siglos; el paraje era de una potestad evocativa muy intensa, y ahí estaba nuestro Santano, con la retina bien dispuesta y el ánimo abierto a toda sugerencia. Nos acompañaba en tal ocasión el poeta Alfonso Berlanga, casi un mentor para José Antonio, con su sabia veteranía poética, y el novelista Juan Naveros, de erudición torrencial.

Refiero esta pincelada humana porque la amistad es una pulsión vital, tan notable como insólita, en la obra poética de José Antonio Santano, a la cual presta un aire de cercanía poco frecuente. Y lo vemos en la presente Cielo y Chanca, no ya por las numerosas dedicatorias, sino por cuanto en los poemas se constata, muchos de ellos inspirados en autores y artistas que dejaron su testimonio sobre el universal barrio almeriense, desde Juan Goytisolo y José Ángel Valente a Celia Viñas y Julio Alfredo Egea, desde Pilar Quirosa a Miguel Naveros, pero también los pintores Cantón Checa y Jesús de Perceval, y otros muchos, sin olvidar a personajes del mismo barrio que le dejaron su impronta de gentes de bien.

¿Qué buscaba Santano en este mítico lugar, al pie de la Alcazaba? ¿Un libro? Un libro, sí, si tras su indagación poética surgía. Pero no: lo que este poeta busca siempre es la ensoñación provocada por lugares elevados a emblema. Lo que Santano busca siempre es el alma de las cosas y más concretamente de los lugares. Éste es su territorio poético. Pero estos lugares, para emplazarse en la memoria, precisan de la presencia humana, y aquí, en esto, se adentra en el latido íntimo de sus versos. Busca la esencialidad, y de ahí su estilo elíptico donde la sugerencia va siempre por delante de lo explícito. Busca el sonido de las cosas y lo halla en la vibración de las gentes. Quiere llegar al silencio y lo encuentra en la luz. ¿Será, tal vez, porque si la luz tuviera alma ésta sería el silencio mismo?

En Cielo y Chanca estoy por decir que los verdaderos protagonistas son la luz y el silencio. La luz es externa, en esos cubículos de casas apaisadas, semejantes a cristalizaciones de sal, teñidas de tórridos colores en la disposición de las calles que serpean la colina milenaria, y el silencio es interno: lo provoca el vacío que deja el sufrimiento de tantas gentes, pobres gentes a lo largo de los últimos siglos. Arriba está la Alcazaba, como un signo de poder inalcanzable, una especie de bota férrea y pétrea que oprime el cuello de los desafortunados, y abajo está el mar, el mar bullente de presagios para los pescadores que dieron nombre al lugar. Ah el mar, en la obra de este hombre. Desde el mar de olivos de su tierra natal saltó a este gran mar que acoge todo cuanto de inasible existe en la obra de Santano: la incertidumbre, el miedo, la zozobra ante la vida y el misterio de la muerte.

Abre Cielo y Chanca con una primera parte de poemas en cuarteta, como quien merodea el lugar antes de penetrar en su “blanco silencio”. Son a la manera de fogonazos intuitivos: se sustantiva la adjetivación en el segundo de sus versos, que actúan propulsando la tensión del correlato. Integran, en realidad, las veinticinco estrofas de un poema, desde “Esta luz tan intensa” de su primer verso, hasta el “áureo resplandor de la pobreza”, el último. Todo es insinuante, como ingrávido. Cunde una belleza casi abstracta. Y la atmósfera llega a ser como un espasmo estremecido de pura esquematización. La Chanca viene a ser un estado febril.

Silencio roto”, la segunda parte, acoge poemas de mayor fuste, y congrega los ecos de ese mar que fulge al fondo como una amenaza, pero también como un signo de ventura por cuantos por él se llegaron a traernos su legado esos pueblos que jalonan sus dos orillas: Fez, ahí. El Mediterráneo en toda su pujanza. Los colores de un iris interminable. Toda la diversidad humana que es posible sorprender en este vertiginoso emplazamiento desde donde evocar ciudades lejanas y épocas de olvido.

Ciudad marina”, tercera y última de sus partes, nos somete a la meditación de todo lo transitorio y ufano de la vida, ya desde el poema “Al calor del día”, tal vez el corazón del libro, a través de sus cinco movimientos, pues estamos hablando de pura música verbal y conceptual. Las imágenes fluyen y el ritmo aprieta; hay ecos de nostalgia y el tono acoge cierto resón de desconsuelo… El faro de San Telmo, el Cabo, la Ciudad del Sol: “Hubo un tiempo de rosas en la arena”, verso que hace de leitmotiv, introduce el río de la vida desplegado a través de símbolos y reminiscencias mediante los cuales el poeta habla con voz colectiva. Sigue a este soberbio poema el titulado “…De los asombros”, en el que se arremansa la emoción, con el maestro Egea de fondo, pues esto fue lo que nos enseñó, el que el poeta ha de mostrar la vida con ojos nuevos cada día, ojos limpios, ojos sin adherencias, por lo que la poesía viene a ser el asombro, el asombro en lo cotidiano, el asombro ante las pequeñas cosas. Para proseguir con esa “Tarde gris”, que es, como el precedente, una elegía en clave de entrañamiento, esta vez a nuestra querida Pilar Quirosa, la tarde gris en que se nos fue. “Un leve soplo de ceniza” abunda en este sentido de la transitoriedad: alcanza aquí el poemario su más alta cota de hondura en versos como éste de que “caminamos a ciegas mayormente”, o este otro de que “no hay duda de que todo es un abismo”, es decir, eso: “un leve soplo de ceniza”. Para concluir con el poema “Cielo y Chanca”, que por algo otorga título al libro: “Hijos de la mar, feroces minotauros”. Es un poema-estallido. Los apóstrofes se alternan con las conminaciones, los interrogantes con las deícticas respuestas. El libro vuelve así al silencio. Con una preciosa Adenda, dedicada a la Almedina, casa de sus amigos Alfonso y Vivian, como un retorno de dulce humanidad.

La obra poética de José Antonio Santano ha ido adquiriendo, desde su primero, Profecía de otoño (Sevilla, 1994), una notoriedad creciente, al compás de una consistencia más sólida a cada entrega: el amor, la memoria y los silencios ya estaban presentes como sustentáculos de su obra futura. Exilio en Caridemo (Almería, 1998), prologado por José Antonio Sáez, es ya un libro con voz propia, donde recorre en son estremecido los lugares de esa geografía sagrada del Cabo de Gata: Isleta del Moro, Agua Amarga, San José, Níjar, hasta la propia Chanca. Íntima heredad (Madrid, 1998), incide en el amor y en la amistad, entreverándola con emotivas evocaciones de personas por diferentes conceptos muy queridas. La piedra escrita (Salobreña, 2000), con prólogo de José R. Valles, es ya un libro de madurez, por su esencialidad y su hondura; se trata de un libro elegíaco, al filo de la vida con la muerte. Suerte de alquimia (Salobreña, 2003), con prólogo de Rafael Espejo, indaga en su propia mismidad de poeta y hombre del común al amparo simbólico de las materias de fuego, tierra y agua, a la busca de la transformación por la palabra. En tanto que Trasmar (Salobreña, 2005), con prólogo de José de Miguel, prosa poética, es un compendio misceláneo donde se alternan los motivos y reflexiones cotidianas, recuerdos de infancia, evocaciones históricas y otras secuencias, incluidas literarias y hasta epistolares.

A Las edades de la arcilla (Salobreña, 2005), con estudio preliminar de Erasmo Hernández, que supuso el afianzamiento de su madurez poética, siguió Razón de ser (La Laguna, 2009), con prólogo de Javier de la Rosa, libro donde recorre escenografías sureñas: la Baeza machadiana, Medina Azahara, la Sabika alhambreña, así como Estación Sur (Salobreña, 2012), libro de aforismos, con epílogo de Francisco Morales Lomas, en tanto que Tiempo gris del cosmos (Granada, 2014), con una exhaustiva cuanto profunda aproximación poética de José Cabrera Martos, puede calificarse de canto colectivo, bajo la clave del verso inicial “En qué estás pensando, me preguntas”, de cada una de las diez partes del poema que articula el eje medular del libro. Y ya para terminar, Memorial de silencios (Sevilla, 2014), en cuyas cuatro partes prosigue su itinerario emocional poniendo el foco de luz en los ámbitos de la casa, los menesteres laborales y relaciones personales, y la alcoba íntima de su vivencia amorosa, libro al que siguieron Los silencios de La Cava (Salobreña (2015), inspirado en la vida de una mujer enfrentada a las penurias de posguerra, La voz ausente (Salobreña, 2017) y Lunas de Oriente (Granada, 2018), que tuve la alegría de publicar yo mismo: el encuentro con la noche y con la muerte, la Ávila ancestral y los campos de refugiados sirios e iraquíes, Damasco y Córdoba, Túnez, Gaza, Turquía.

Queda atrás La Chanca, con su reverberación cegadora y silencio estremecedor. José Antonio Santano la ha sabido ver en su eco antiguo de laberinto mágico. Arriba la Alcazaba, como un cielo imposible, y abajo el mar de Alborán, como un infierno probable. Y en medio, el hombre en su atávico habitáculo de luz que envejece en sombra insobornable y de silencio, un silencio como la ballena de Jonás, que nos devora, nos masca y retorna a la vida agitada, la vida sin vida del siglo XXI.



Antonio Enrique

26 junio 2019






















Blanco Silencio















I

Esta luz tan intensa

que ya oscurece

olvido fue en La Chanca

blanco silencio.
















II



Musical es el aire

en la Alcazaba

de intenso azul su piedra

luz de la tarde.

.


















III



La mar es lontananza

desierto arena

una nube de rosas

fulgor de oriente.



















IV



En la cima del cielo

magia silencio

diamante y blanca voz

de la palabra.


















V



La luz en la quietud

grisácea hoya

los sentidos anubla

brasa de olvido.

















VI



En los tejados llueve

asfalto espejo

sobre el filo silencio

de los hogares.
















VII



Oscurece la voz

sino de auroras

la rutina cansancio

de las campanas.

















VIII


Regresan las palabras

luz de arco iris

dibujada en la tierra

savia del agua.


















IX



Allí en lo alto toda

de astros blancura

la danza de las manos

sueño invencible.



















X



En el hondo silbido

abismo solo

la triste soledad

del pensamiento.



















XI



De colores la estancia

luz laberinto

en la cima grisácea

toda Babel.


















XII



Azul de mar el vuelo

rojo silencio

el hombre en su fulgor

de negra luz.



















XIII


Vibra en la piedra adobe

palabra y tiempo

soliloquio de nubes

musgo y derrota.

















XIV


Nada en sí permanece

todo regresa

al punto original

leve suspiro.