domingo, 27 de mayo de 2018

MANUMISIÓN

JOSÉ ANTONIO SANTANO
SALÓN DE LECTURA DIARIO DE ALMERÍA POR JOSÉ ANTONIO SANTANO




MANUMISIÓN DE JOSÉ CABRERA



Nada mejor que la oscuridad y el silencio para buscarse a sí mismo y al otro. Abismarse en las profundas y procelosas aguas de la nada para descubrir –intentarlo al menos- la razón primera, el origen, tal vez la verdad –nuestra verdad-, esa que pueda sustentar la esperanza, la creencia en un horizonte, en una luz capaz de deslumbrar y deslumbrarnos, como un gran faro en la oscura inmensidad de la noche y el mar. Enfrentarse al vacío, desnudar el alma lentamente, hundirse en el silencio absoluto, y mirarse en el espejo, frontal a tu propio rostro; bucear en el interior, en esa dulce calma del pensamiento y dejarse arrastrar sin más, hacia no se sabe dónde. Levitar si así se quiere, ingrávido como una pluma o pavesa, y recorrer el mundo, el nuestro y el ajeno. Olvidar por un instante que el tiempo existe, que somos materia. Esa simple reflexión, seguramente, hará que el hombre sea algo más que sujeto. En esa búsqueda por encontrar (se) la razón última de la existencia el poeta es principal actor. Su mundo es tan amplio como limitado, la realidad (materia) por una parte y la abstracción o ficción (substancia-alma) por otra, actúan y se interrelacionan hasta crear un nuevo universo. Esto mismo adquiere matices significativos cuando se trata de la poesía, de la mirada poética, como sucede con el libro “Manumisión”, de José Cabrera Martos (Jaén, 1977), una apuesta conceptual, producto de una seria y continuada reflexión sobre la vida con un punto de inflexión que se concreta en la otredad, en el “otro”, para construir un discurso en el cual, desde la vital cotidianidad crea un universo propio, donde preocupa más el fondo que la forma. “Manumisión” es un libro complejo, donde el lenguaje toma reiteradamente forma simbólica y conceptual, y la ética es la llama inagotable, prendida siempre. Esa misma complejidad estructural y lingüística, y los recursos utilizados nos proporcionan las claves, que bien podrían resumirse en una: “el mañana”, que tanto preocupa al poeta, lo que lo acerca a una clara “poesía de la incertidumbre”, más que a una poética de la resistencia. Ese continuo estado de recelo o escepticismo, si se quiere, lleva a Cabrera a crear un universo que parte de un presente yermo y árido, inhumano en ocasiones, que expresa en un “mañana”, como así nos lo muestra de forma insistente: «Hasta mañana –les decimos-, / sin saber si habrá mañana […] Mañana o nunca abriremos, les respondías, / para volver a pintaros mañana […] Ven, siempre ven, pero dime mañana». 


MANUMISIÓN DE JOSÉ CABRERALo que está por suceder, ese futuro desconocido pero que indaga el poeta en su deseo de conocimiento, de saber para renovar o cambiar el mundo, o cuando menos mejorarlo. Una nueva esclavitud parece florecer, de ahí que Cabrera Martos tomara este vocablo “manumisión” en ese empeño por liberar al hombre de sus cadenas, las que hoy sutilmente imponen los poderes políticos y económicos. Emerson, Urbano, Wittgenstein, Auden, Pavese, Blanchot, Tagore, García Lorca, San Juan de la Cruz, Eliseo Diego, Plath, Kundera, Agustín de Hipona o Nietzsche son algunas de las referencias intelectuales con las que Cabrera ha construido un discurso tan complejo como interesante desde el punto de visto poético, en un creciente juego intertextual y metafísico que no cesa de dialogar con la realidad y la ficción. En ese conceptismo y esa simbología hallamos a Cabrera Martos, en la duda que golpea continuamente: «No sé si habrá mañana / falsas perlas, cerradura / o bastante negro y blanco en este mundo / para amarnos diferentes». Cabrera necesita respirar la luz y se adentra por ello en la palabra, conceptual y simbólica, en esa búsqueda de la verdad –su verdad-, de la solidaridad –su otro yo-, la libertad –la de todos- y la belleza –en cada uno-, configurando así su particular universo: «¿Quién va, Belleza, a dudarme de ti? / ¿Dime, tú, quiénes fuimos? ¿Recuerdas? Domésticos de / una Verdad tan elástica como una venda ideal de Justicia […] Frágil es la belleza, su dureza / pervive en las espinas y en el nácar al naufragio / que el erizo y la concha proporcionan. Tú , que has sentido el peso de lo intacto, / cúmplase que te amaron». El poeta ha de buscar en su interior que es donde habita la verdad, que así dijera Agustín de Hipona, de tal manera que la voz ha de convertirse en grito y en reproche que defiende la libertad y la solidaridad entre seres humanos: «Ni he muerto, ni han vencido. / El tiempo para decir Basta / ha comenzado. Ahora el mundo / se sumerge donde los cielos son / y nos amamos. Puedes / cerrar los ojos, / olvidar la tierra». Pero si hay un poema llave en este libro no puede ser sino “Perito Moreno”, que viene a resumir todo lo dicho hasta ahora, concretado más si cabe, en estos versos: «Perito Moreno nunca es como tú o como yo, / ni es una ciudad, ni un parque: / Es un corazón que se hunde en el mar. / Es el llanto de un glaciar derritiéndose». Este es el mundo creado y la voz alarma de un poeta: José Cabrera Martos.

JOSÉ CABRERA MARTOS


Título: Manumisión
Autor: José Cabrera Martos
Editorial: Valparaíso (Granada, 2018)

lunes, 21 de mayo de 2018

LA CASA DE LA ALMEDINA

SALÓN DE LECTURA ________________________ José Antonio Santano

LA CASA DE LA ALMEDINA

LA CASA DE LA ALMEDINA
Ocurre con frecuencia que cuanto más cerca tenemos las cosas menos las valoramos. Es inexplicable, o tal vez no, que todo se trate de esa enfermedad tan española de despreciar lo nuestro, de ser incapaces de reconocer la valía de las cosas materiales y de las personas que nos rodean, consecuencia de ese defecto tan español también que es la envidia, amén de otro que campea a sus anchas como es la falta de curiosidad, que deviene en ignorancia supina. Y claro, cuando todo esto lo mezclamos en la coctelera de la vida el resultado es una bomba de relojería que en cualquier momento nos puede estallar sin más. El abandono del pensamiento y las ideas, desentenderse de lo que es natural y nos afecta a todos como seres humanos no puede traer sino terribles consecuencias. Por ello un simple libro puede ser a veces nuestra salvación, si no definitiva, sí temporal, devolviéndonos así de nuevo la esperanza en la capacidad del hombre para transformar el mundo. Y exactamente eso ocurre cuando cae en nuestras manos un libro como “La casa de la Almedina”, de Alfonso Berlanga Reyes. Un poemario que aúna estética y ética, que bebe de la más grande tradición poética universal para expresar con un estilo inconfundible en la voz de Berlanga tanto la cotidianidad como la profunda reflexión que va de la metafísica a la filosofía, incluso de la mística cristiana a la sufí. Estética y ética, porque la poesía es belleza en sí misma, «conocimiento en tanto percepción de emociones vivida de modo particular», como así dijera Carlos Bousoño; también ética como actitud ante la vida y los comportamientos humanos, discernimiento entre los conceptos antagónicos del bien y el mal. “La casa de la Almedina” corrobora una vez más (Berlanga ya lo hizo en su anterior poemario “Son aymara”) la fuerza de la palabra como único sostén de la poesía, sin olvidar que su máxima expresión se complementa con su preocupación por lo social, por todo cuanto toca la vida del hombre en la tierra. Berlanga es un poeta grande, de largo recorrido, que usa un léxico portentoso y diamantino, y su poesía, por tanto, extraordinariamente bella y lumínica, como el barrio de la Almedina representado en este poemario. 

ALFONSO BERLANGA


Con la sabiduría que le caracteriza Berlanga ha construido un discurso de belleza indiscutible, con multitud de imágenes, rítmico, con métrica de versos de arte mayor en los poemas más destacables y un estilo propio que lo diferencia y distancia, afortunadamente, de las corrientes estéticas actuales. “La casa de la Almedina” está compuesto de tres partes o bloques y una adenda. En la primera parte, “Almedina de luz” (dedicada a la memoria de Jesús Bustos, que fuera maestro y amigo del autor), el poeta fija su mirada en el propio barrio de la Almedina: sus calles, sus gitanos, su Alcazaba, su luz y sus realidades (pateros, refugiados, prostitución), su Almedina ya, como así lo expresa en estos versos:«Yo, Almedina, estirpe de canción y morería, / profundo relicario de amor y desventura, / reguero de silencios en dormidas terrazas, / mástil de mil conquistas y tules de Damasco, / esotérica imagen de tantas otredades, / desnutrido silencio que escapa sinuoso, / maldigo a quien se mofa de mi impúdica cara / y a quien sueña en mi nombre su esperpéntica risa». Pero si hay un poema determinante y contundente en verso alejandrino es, sin lugar a duda alguna, el que titula “Se fue por el camino de la noche”, que dedica a su maestro Jesús Bustos, in memoriam. Es tal el dolor del poeta que, no puede sino crear en su máxima expresión, los versos más bellos y sabios, también los más amargos: «¡Cuánto dolor tu ausencia, tus ojos luminosos, / tu estar tranquilo y dócil a pesar de los años, / tu magnánima sombra cobijando mis sueños! // No podré ya contigo compartir mis fracasos / ni los dulces paseos de palmeras y espumas, / torceré mis silencios en un mundo de absurdos / y me uniré contigo por la noche infinita». De la segunda parte “La casa de la Almedina” destacaría el poema “Zaguán”, en él Berlanga nos muestra ese otro rostro de la casa en su abisal soledad, las sombras que la habitan en el transcurrir del tiempo: «Aterido en su soledad queda el zaguán / como la casa herida y soterrada / soñando despertares de azucenas / y trinos lucernarios que de otra voz expiran». De la “Almedina de ausencias”, tercera parte del libro, fluye el amor a borbotones, vivir la ausencia de la amada y la espera de su regreso originan en el poeta una continua desazón, creciente desaliento, como el que expresa así: «Sin tu presencia vencida está la casa, / turbia de pensamientos / y de rostros ateridos, / de palabra sin esencias, / de la luz que se escapa por la altura / y del amor que, ausente tú, no existe». Pero no es verdad que no exista el amor, todo lo contrario, pervive en el poeta y el hombre y así lo declara abiertamente: «Te quiero en la totalidad de mi existencia oscura, / en todo lo que vive en mi mundo encallado, / en la fragilidad perenne que en tu ausencia es olvido». En la Adenda, dos personajes, Paco (el tapicero) y Lola (la gatuna) resumen la vida de los habitantes de la Almedina. Como conclusión y en palabras del Peñalver: «Alfonso Berlanga ha conseguido la perfección por no creer en la perfección… ha logrado ser un grandioso poeta por creer en la poesía». Irrefutable aserto.

LA CASA DE LA ALMEDINA





Título: La casa de la Almedina
Autor: Alonso Berlanga Reyes
Editorial: Alhulia (Granada, 2018)

lunes, 14 de mayo de 2018

ANTE EL MAR, CALLÉ

SALÓN DE LECTURA _________________________________ José Antonio Santano

EL OLIVAR DE LA LUNA
ANTE EL MAR, CALLÉ


Aparece una y otra vez, en multitud de ocasiones viene siendo así. El mar, la mar es motivo de expresión artística, trasunto del pensamiento humano. El hombre y el mar, la mar, frente a frente, desnudos uno y otro, sin disfraces. Bravos y serenos ambos. Inmenso el uno y desvalido el otro. Vida y muerte. Goce y tristeza, melancolía de la pérdida. Y así en todos los ámbitos de la vida, también en la literatura, en la poesía y su gran universo, más allá incluso de la ficción, del sueño. El mar, los mares y océanos que bañan la tierra, ese cosmos del azul perpetuándose en la infinitud del misterio y la magia. El mar como puente entre continentes y civilizaciones, mito y leyenda. En el poema “El mar” de Jorge Luis Borges podemos leer: «Antes que el sueño (o el terror) tejiera / mitologías y cosmogonías, / antes que el tiempo se acuñara en días, / el mar, el siempre mar, ya estaba y era. / ¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento / y antiguo ser que roe los pilares / de la tierra y es uno y muchos mares / y abismo y resplandor y azar y aviento?». Quizá sea todo eso y más, un ser en muchos, quizá pongo por caso, silencio solo, un atronador silencio. Un canto inextinguible, como el que hallamos en el poemario “Ante el mar, callé”, edición bilingüe español-portugués, con traducción de Eduardo Aroso, de Alfredo Pérez Alencart (Puerto Maldonado, Perú, 1962), poeta y ensayista, profesor de la Universidad de Salamanca y coordinador de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que vienen celebrándose en Salamanca desde 1998. Responde el poemario de Alencart a ese silencio del que hablaba en líneas anteriores. El poeta no puede sino callar ante la infinitud añil de las aguas del Atlántico, al que vuelve para saldar una deuda ancestral y cantar así al Amor y su grandeza. Alencart sabe bien de los éxodos y los encuentros, del goce y las tristezas, ama la vida en sí misma, con sus adversidades y dichas, su patrimonio es la naturaleza y la hermandad del género humano, el Amor, de nuevo, entre iguales. En esta mirada al mar Atlántico desde Figueira da Foz, el poeta siente la llamada de sus ancestros; el eco poético de Pessoa, Torga o Unamuno, y así la vida que regresa a la entraña misma de la luz, del poeta incansable que busca a cada instante el asombro que produce siempre la vida, incluso en los momentos más adversos. Pérez Alencart ha sabido conformar un libro lúcido y reflexivo, como viene siendo habitual en él, con una frescura envidiable, desde el abismo oceánico del verso inagotable.


ANTE EL MAR, CALLÉ
ANTE EL MAR, CALLÉ


 El poeta es heredero del azul, ese que remonta el cielo o el que cubre la tierra con sus aguas: «Heredo lo azaul. / Mi voz elije su hospedaje y siembra en primavera y se desoculta / desde altísima ventana. / A cada instante un sueño o una ola. / A cada día un nuevo bautizo. / A cada estremecimiento / la abolición de los desdenes. / Inútil tratar de huir de aquí». No hay escapatoria. El poeta se ha fundido a la mar, son ya, mar y poeta, un mismo cuerpo. Portugal es para el poeta un país amigo, hermano mejor, con el que mantiene estrechos lazos a través de sus poetas y escritores, como se puede comprobar en el poema IV, particular homenaje a Pessoa: «Libélula impaciente, desde el 35, / sea Álvaro / o Bernardo, sea Ricardo o Alberto, / sea Alexander o Antonio al vaivén del repliegue en sí mismo, / absorto en otras existencias que apresan su insaciedad / y le marcan como hierros lejos de su cuerpo. / Su huella está en la cumbre, hecha brasa»; también su recuerdo inolvidable al escritor y poeta portugués Miguel Torga, a quien dedica estos veros: «Por Buarcos pasea, sin más lujos que su antigua mirada montañosa. / Interrumpe la consulta, deja de ver lánguidas peceras, / y sale a capturar la fuerza que concentra el mar». Y cómo no, en la esencia cultural lusitana, el fado, ese desgarrado canto que nos colma de nostalgia en el tiempo y en la voz de Amália Rodrigues: «Tiemblan las hojas ante la voz soberana de Amalia. Mientras, ella ahora duerme en su otra Odisea, en su otro misterio, / renaciendo en la espesura de esta noche de vigilia / cuando suena su voz alrededor mío. El fado me comparte su memoria, su íntima palabra que traduzco / con el alma de Amalia por testigo». Portugal y, en su nombre, Figueira da Foz se alza sobre el cielo: «¡Figueira, tu costumbre empieza junto al mar que te visita! ¡Figueira, interrógame desde el fondo de tus edades, / desde tu orfandad que se confiesa al cielo, desde tu propio destino!». El mar, la mar en sus olas y espuma de ida y vuelta, encuentro siempre, que no olvida a Salamanca y el magisterio humano de Unamuno: «He de volver a la playa para saludar al viejoven Rector». En el poema final del libro, Pérez Alencar salda su deuda con su pasado, el Atlántico en Figueira y Salamanca, y escribe: «Soy espejo: soy paisaje interior: soy memoria: soy borde azul / en el centro aún terrestre: soy alto en el camino: soy asombro…». La mar y sus silencios en la destacada voz del poeta peruano- español Alfredo Pérez Alencart.
ALFREDO PÉREZ ALENCART


Título: Ante la mar, callé
Autor: Alfredo Pérez Alencart
Editorial: Labirinto (Portugal, 2017)

lunes, 7 de mayo de 2018

BARMINÁN. LAS HOGUERAS DEL INQUISIDOR LUCERO


SALÓN DE LECTURA por  José Antonio Santano


No es de extrañar, y ocurre con frecuencia, que las obras que obtienen los primeros premios son menos valiosas que aquellas que quedan finalistas de esos mismos premios. También sucede con las óperas primas, la primera obra de un autor siempre está abocada al silencio, por razones múltiples que no podemos enumerar aquí. Tanto en un caso como en otro comprobamos, con sorpresa, que no siempre es así. Hay ciertos libros que están destinados a las minorías: lectores de sólida formación literaria y, en algunos casos a críticos insobornables, honestos e intachables, minoría de minorías al fin y al cabo. El caso que nos ocupa es una “ópera prima”, la primera obra narrativa de Juan Naveros Sánchez (Castillo de Tajarja, Granada, 1952), de título “Barminán. Las hogueras del inquisidor Lucero”. Ya desde el título imaginamos su temática, histórica sin duda y sobre un hecho y una institución, que horrorizó no solo a la sociedad de aquella época (siglos XV-XVI), sino a las posteriores también. Hablamos de la expulsión de los judíos sefardíes y de su persecución, tortura y ejecución por herejes de los que quedaron en España y se sometieron al cristianismo (conversos). A simple vista podríamos decir que se trata de una novela histórica más, con los aditamentos y recursos propios de tal género. 

Pero no, eso sería menospreciar la capacidad de creación de su autor y su madurez literaria, aunque sea esta su primera novela. Naveros aporta a esta narración no solo conocimiento (rigurosa documentación histórica), sino solidez discursiva, uso de lenguaje, capacidad de ambientación, acertadísima descripción de personajes y situaciones, de tal manera, que el lector tiene la sensación de estar viviéndolas al mismo tiempo. Naveros ha sabido transmitirnos con un estilo encomiable una historia que, a pesar de contener páginas y páginas de verdadera crueldad, es todavía verosímil y de una coherencia literaria indiscutible. Partiendo del hecho histórico del Auto de Fe llevado a cabo el 22 de diciembre de 1504, en el que fueron quemadas en Córdoba ciento cuatro personas por mandato del inquisidor Lucero, entre ellas el protagonista de la novela Juan de Córdoba Membreque, Naveros edifica un corpus narrativo extraordinario, sostenido en su brillante ejecución por el conocimiento de la más grande tradición literaria española. Tanto en su estructura como en los recursos empleados, pongamos por caso el de la N.M (Nota Manuscrita) que nos dibuja más exactamente el estilo de su autor y el pensamiento más profundo, hasta el manejo de los personajes protagonistas como los muchos secundarios, la recreación de los diferentes ambientes (calles, hogares, cárcel, Tribunal de la Inquisición, interrogatorios, etc) y exactitud en la utilización del tiempo narrativo y el espacio, hacen de Naveros un narrador con y de futuro. Pero entre tanto terror, de antes y de ahora, porque no podemos olvidar los actuales de las guerras fratricidas y los éxodos hacia ninguna parte y las muertes, siempre nace una esperanza, esa que brilla en los labios de los amantes, la que aviva el cuerpo y el alma, así en el umbral de la muerte de Juan Sara piensa: «Y mientras le besaba los ojos tratando de reducir su fiebre, seguía desgranando pensamientos deslavazados y agotados: -¡Si pudiera, destruiría el mundo en este instante! –Breve silencio en el que le acarició dulcemente la cara-. Solo en un momento como este se llega a entender que los que se aman, incluso muertos, no mueren nunca. –Y fuera de sí gritó a la oscuridad que empezaba a disiparse-: ¡Las voces de vuestras víctimas clamarán justicia contra vosotros desde el mismo seno de la tierra! –Y con una sonrisa irónica y lobuna, sentenció para mitigar su dolor-: ¡Nadie me podrá arrebatar el sabor de la ternura que bebí con su saliva! Con todo, si tuviésemos que resumir en pocas palabras esta admirable novela, bien vendrían las que el propio protagonista, Juan de Córdoba Membreque, deja manuscritas en una de sus muchas notas. Así escribe: «¿Cuál será el hombre del futuro? ¿El manso o el violento? Solo Dios, que no se deja encandilar con los boatos de ninguna religión, lo sabe. 

Pero quisiera creer que el hombre, por evolución natural, aunque no por los dictados de su avara inteligencia, aprenderá de tantos horrores y lamentos, guerras y amarguras y se transformará en manso y noble. Elaborará leyes que inspiren la virtud, el esfuerzo y la solidaridad universal con menosprecio de razas, apellidos y creencias. Tal y como aprendió a dar vida a un tosco mármol, aprenderá de sus propios monstruos, apaciguará la historia y hará más habitable la tierra». La historia contada en estas páginas, aunque sea terrible, tiene la virtud de que su autor ha sabido conjugar todas las circunstancias históricas, sociales y culturales de la época para crear un discurso narrativo sólido e ingenioso, donde el particular estilo, además de un preciso léxico y una continuada reflexión sobre lo humano y lo divino, alumbrarán al lector en esta sugestiva aventura. Ojalá nunca más se oiga esta exclamación hebrea: Barminán, que no quiere decir sino ¡Que la Providencia nos proteja!, señal de que el horror haya sido sepultado definitivamente bajo la tierra. Una novela singular y un autor para no perder de vista.


Título: Barminán.
 Las hogueras del inquisidor Lucero
Autor: Juan Naveros Sánchez
Editorial: Nazarí (Granada, 2017)