domingo, 9 de abril de 2017

EL ZAGUÁN. CÉSAR MALDONADO




EL ZAGUÁN


Resulta que a veces te sorprende la música de un verso en la cálida voz de un ser humano, de un joven que nos descubre los silencios y la soledad, la vida misma con una sinfonía única, que nos deleita y nos hace reflexionar también hasta límites insospechados. Es la música de los días, de la cotidianidad que surge con el temblor de los acordes y la agridulce melodía de las palabras escritas sobre el papel y que el vuelo de las manos, como un regalo, depositan en nuestras pupilas y en nuestra alma. Es la voz armónica de un poeta músico que nos desvela la magia de la vida cuando todo es oscuridad y sombras, el desvalimiento, pero que resiste heroico ante la cruda realidad que rodea al ser humano. Sorprende, como digo, que un músico sea también o poeta, o viceversa, o tal vez sea lo uno y lo otro al mismo tiempo. Aunque “El zaguán” no es un libro propiamente dicho, sino un disco y su autor el almeriense César Maldonado (Almería, 1979), la lectura de los poemas-canciones se hace necesaria por su calidad y hondura poética. Son sus canciones (poemas) algo más que un lugar donde cobijarse del frío de la indiferencia o la soledad, el dolor o las guerras, son gritos que se alzan hasta la bóveda celeste, un temblor que nos invade y conmociona.



 Como la vida misma, pero versificada y cantada, la voz toda hecha alma y corazón. Poemas que nos hablan de momentos y cosas sencillas, del amor, de la soledad, de los silencios refugio del poeta, sus dudas y meditaciones en un mundo cada vez más alejado de la razón y el humanismo. Humanismo que el poeta-cantautor nos muestra en sus poemas, devolviéndonos así la dignidad perdida o sustraída, arrebatada en muchos casos. De esta manera el poeta está cercano, vive cada instante como si fuese el último, y ama, ama hasta quedar exhausto: «Regálame cualquier velada, / una tímida mañana, / el baila de tus labios / y el abrigo de tu cuerpo / para no tiritar / cuando intente rescatar / de tu blusa un poema (…) Miles de flores deshojadas a tu espalda, / miles de historias dormidas en tus brazos / y un cofre lleno de fantasías / donde guardo las notas que me escribías». Pero el poeta también se rebela contra la sinrazón y la estulticia del ser humano que arremete contra su igual hasta la destrucción, y es cuando determinante dice “No”, título de este poema de tanta actualidad aún y contra los “señores de la guerra y el poder”, : «No creeré en mi gobierno / si salvaguarda al fusil. / No creeré en mi bandera / si dispara a matar. / La libertad no es duradera / si la guía un batallón / de soldados y de aviones / que financiamos y nos matan / como a piezas de ajedrez». Aflora libertad, humanismo y solidaridad en los versos, en las canciones de este poeta y cantautor almeriense, cuya mirada esplendente va más allá de lo superficial y efímero, de lo mediático. Se agradece, sinceramente, en este tiempo de tanta mediocridad, que la palabra escrita, el verso sencillo y directo sea el más convincente de los argumentos para transformar la más deprimente realidad. La palabra como instrumento ineludible para cambiar, para soñar con un mundo más justo y equitativo. Aún a pesar de todo, el amor abrasa a la palabra hasta convertirla en el mejor aliado posible, en la mirada que va más allá del horizonte y se interna en la espesura del bosque para mirar de frente a la luz imperecedera, a la vida en su esencia: «Suéñame en tu vida, dame mil mañanas, / mírame de frente que sólo hay libertad / donde miras tú». Cuando la poesía y la música se funden en una misma voz, la del poeta César Maldonado, una luz deslumbradora incendia la tarde, todo se vuelve más claro y transparente, de forma que el tiempo espejea en lluvia de amorosa entrega. Poesía y música en el centro del universo, en la quietud de los anocheceres, cuando el salón es música toda y poesía en la voz de César Maldonado, que nos regala «aquellos versos / que esperaron en un libro / igual que espera el aire / a que un cuerpo lo respire: / sin hacerse de rogar, / sin buscarle utilidad / al mundo que habita».
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domingo, 2 de abril de 2017

DERROCHE DE AZABACHE. MOHAMED DOGGUI por JOSÉ ANTONIO SANTANO




El acto de crear es algo enigmático, difícil de explicar por cuanto en él inciden aspectos de muy variada índole y que podríamos resumir en dos ámbitos fundamentales: uno subjetivo y otro objetivo. Sin embargo y, ateniéndonos a esta clasificación básica no podemos obviar ese otro carácter que trasciende lo subjetivo para adentrarse en un universo tan desconocido para el autor como mágico, hasta el punto de transgredir, incluso, la norma en sí misma. Es un momento único y grande, incluso a veces ininteligible, y aún así, fulgurante, en el cual la palabra se convierte en el hecho ontológico por naturaleza. Frente a frente creador y abismo (página en blanco) inician el ritual de la escritura, ese proceso de entrega y sumisión a la palabra que marca el espacio y el tiempo, la inmensa infinitud del vacío, traspasando todas las fronteras para alumbrar la más grande creación jamás concebida: la poesía. También con relación al hecho de la creación el profesor José Cenizo ha incidido y ahondado, y escrito lo siguiente: «Todo acto creador, y el poético aún más, es una excitante y nebulosa espera. La espera de la palabra exacta, como quería Juan Ramón Jiménez, para ahondar en la realidad. La palabra del poeta, siempre, ha de ser creadora, o recreadora; ha de nombrar por vez primera lo que, sólo aparentemente, ya ha sido nombrado mil veces en el discurso cotidiano e incluso literario. Diversos críticos han llamado a este proceso sustitución, desvío, desautomatización, etc. Quizá habría que llamarlo, sencillamente, milagro. Especie de revelación mágica de la verdadera palabra poética». En esa innegable condición de creador, amigos lectores, tenemos que situar al profesor y poeta Mohamed Doggui (Túnez, 1956) que, además, tiene como máxima de su expresión literaria la lengua española. Ya en su anterior entrega poética, La sonrisa silábica, pudimos comprobar este extremo, como así lo dejó patente quién ejerció de prologuista en aquella ocasión, el también poeta Manuel Gahete, al afirmar: «Mohamed Doggui conoce bien la naturaleza humana y establece con el lenguaje un pacto solidario, tintando su palabra de sutil ironía, iluminando el sendero en sombra con un cristal de luz que nos allega, que nos unge de afectos, que nos inclina a ver el mundo con rozagante perplejidad, como si cada día fuera nuevo y redescubierto por el asombro del amor». Si la publicación de La sonrisa silábica contenía una «clara influencia de la tradición poética árabe y española, de forma que la brevedad del verso, de metro octosílabo, la observación reflexiva de la realidad que se presenta ante sus ojos, donde la ironía ocupa un lugar predominante, y el mestizaje idiomática, hacen de Dogui un poeta singular», (Diario de Almería, 7.8.2016), habría que añadir de expresión en lengua española (extraordinaria influencia del Romancero) es la marca más significativa; en esta nueva entrega, bajo el título Derroche de azabache, nuestro poeta repite la experiencia con una variedad temática notoria y algún añadido como es el caso del verso endecasílabo, aunque en menor proporción que el octosílabo. Derroche de azabache representa esa otra realidad que trasciende a la luz y que se halla en la oscuridad y el silencio, porque Doggui también ahonda e interioriza el mundo que le rodea; regresa a los orígenes, a la raíz ontológica para mostrarnos a partir de los elementos naturales, en este caso del azabache, en su doble significado: de una parte, por ser un mineral frágil pero de un bello y luminoso negror; de otra, por su carácter protector, de piedra mágica usada como talismán. Realidad y magia en perfecta comunión, unidas por el lazo de la fraternidad humana, representada en la brevedad estrófica y en los versos octosílabos que el poeta compone y engarza como si se tratara de una piedra preciosa. La frescura, el gracejo de la lírica popular y la sutil ironía contenidos en los algo más de setenta poemas de Derroche de azabache constituyen el universo poético de Doggui. Del puro negror del azabache nace la luz que fulge en la mirada del poeta, la voz plena de ferviente humanidad, que regresa del abismo, del desierto y sus silencios para convertirse en agua marina, en luna que ilumina la infinitud mediterránea del amor proclamado en la soledad de las noches. Derroche de azabache es un libro para leer despacio, de manera que intimes con su creador, que sustancies la palabra poética sin hostigarla, sin apremiarla en su conclusión, todo lo contrario, has de paladear sus sílabas como se paladea un buen vino, seguro de alcanzar así la más placentera de las sensaciones. Ahondar en la condición mestiza del lenguaje y comprobar la riqueza que aporta esa armoniosa alquimia, alejándose así de la imposición de molde alguno: «Siempre que conforme bien / mi íntimo y hondo sentir; / poco me importa que el molde / proceda de mi Arabia / o provenga de tu Iberia». Con estos versos de Mohamed Doggui les animo a la lectura de este libro que seguro les proporcionará momentos tan reflexivos como gratificantes.









Título: Derroche de azabache
Autor: Mohamed Doggui
Editorial: Carena (Barcelona, 2016)