domingo, 26 de febrero de 2017

LA METÁFORA DEL CORAZÓN. JOSÉ PULIDO por JOSÉ ANTONIO SANTANO





LA METÁFORA DEL CORAZÓN

Cada vez que tomo un libro entre mis manos, lo observo detenidamente, lo acaricio con lentitud novicia y me adentro luego en sus páginas, siento como una honda descarga eléctrica, un íntimo temblor que se escapa a la razón y merodea el ámbito de lo abstracto e incomprensible. Es una llamarada de fuego, abrasadora, capaz de acelerar el corazón hasta límites insospechados. Es la palabra en esencia la única que me transporta a mundos desconocidos, imaginarios o me transforma en un ser diferente, casi astral. Luego, la palabra comienza su periplo y va de un lado a otro, reconociéndose en los asombros, asciende y desciende, aroma los momentos y la vida ya es otra, tan distinta como apasionante. Sólo hay que adentrarse en ellas, las palabras, en cada una, en su rumor de ola, en sus silencios, en su alma toda hasta sentir su fulgor, casi ciegos ya. Pudiera parecer exagerado, pero no. La palabra poética es todo eso y mucho más. Y algo de esto ocurre cuando el libro que tengo en mis manos esLa metáfora del corazón, del poeta natural de Jaén (1958) y  abulense de adopción  José Pulido, que muy merecidamente obtuvo, junto a la poeta mexicana Ingrid Valencia con su libroOscúrame(del que nos ocuparemos en otra ocasión), el III Premio Internacional de PoesíaPilar Fernández Labradorque cada año se convoca en la ciudad de Salamanca.  “La metáfora del corazónes un libro vitalista, hondo, pleno de imágenes y metáforas (la del corazón centra el discurso), donde el Tiempo es el tema principal, el objeto poético que nos invita a conocer el universo lírico de Pulido. El libro consta de tres partes:El rostro del tiempo,Calendario lunareÍntimo calendario, a las que precede un notable comentario a modo de prólogo del también poeta y director del diarioEl Norte de Castilla, Carlos Aganzo, con el títuloHombre, latido del tiempo. Queda en la retina del poeta, en la memoria, el tiempo que fue, aquel que nunca más volverá y que sólo el recuerdo trasciende en versos diamantinos, en pura lírica, como así lo atestiguan los poemas incluidos enEl rostro del tiempo, y en estos versos pertenecientes al poemaUna vieja ciencia: «Me arrullan las brasas del hogar, / el tiempo se guarda en tarros de alacena, / en la blanca memoria del pan / y la dulce promesa del membrillo, / en la voz de una madre que nos llama a la mesa»; el paso del tiempo que no acaba en el olvido y se muestra en cada celebración, tal el poema “Efemérides”, del que reproducimos este fragmento: «Tenemos la exigencia de ser hombres. / Cumplimos un imperioso mandato / por el que recordar es vivir. / Palabra del tiempo es la memoria / y sólo a su luz podemos entender la vida. / Desbocada montura o río sereno, / sólo en ella se deja acariciar, / largamente contemplarla…»; el tiempo y su continuo latido, el que nos hiere: «Es tan extenso un latido que nadie / volvió más allá de sus límites / para contarlo. / Imposible contener la herida de su fuga».

 En la segunda parte, “Calendario lunar”,  el poeta es pura expresión del mundo que le rodea, también de los sentidos que toman en la luna su reflejo, y así serán muchas las lunas y la emoción que envuelve a lo vivido: «Sueñas como un lago bajo la lluvia, / me entregas a los paisajes del tacto, / a la caricia que se encela en tu carne / y madura con los frutos del ascua»; es en el poeta la presencia más humana, la mirada y la compasión por los desheredados: «La música de los desheredados / y su cabra amaestrada que baila / una danza feroz en medio de la calle, / dan fe de nuestra rendición sin condiciones, / vendida por unas pocas monedas en el plato…». Ya en la tercera parte, “Íntimo calendario”, el poeta es sujeto de amor y en él se muestra desnudo y libre, convencido de concluir así el ciclo lírico de ese tiempo más personal e íntimo: «El amor es un camino en el parque / al que gusta volver por sus pasos, / que regrese la lluvia y despierte / en la dulce intimidad del paraguas / esa oscura presencia de fuego / que levanta su trono en la sangre / y en las manos que se tocan libera / el sublime temblor de una caricia»; pero todo, alguna vez concluye, es el final y en él también el poeta deja huella, como cuando escribe: «Acudo a ocupar mi asiento a la mesa, / a compartir también tu muerte (…) Volvemos a casa con la furiosa tarea del silencio / y la desolada condición de la memoria». Como cierre de esta eclosión lírica de José Pulido, estos conmovedores versos que refuerzan su voz más honda y poética, extraídos del poema que da título a este libro “La metáfora del corazón”: «Instantes que son vida, que hieren cuando pasan / y dejan en el corazón su huella, su música, / su olvido». 

Título: La metáfora del corazón              
Autor:  José Pulido
Edita: Diputación de Salamanca (2016)   


viernes, 17 de febrero de 2017

SELECCIÓN DE POEMAS DE LUCÍA ESTRADA.

Del libro: Las hijas del Espino (Medellín, 2006)


Circe


Es la sombra
lo que retengo

la belleza de alejarse
cada vez más

el infortunio de haber visto
muchas islas
muchos mares
como a través
de un espejo roto
la muerte que representas
el número de animales muertos
que representas
negro polvo que tus pies
han traído
hasta mi casa.

***

Yocasta


Si preguntaras
a la Piedra
respondería con tu nombre
el propio corazón
es el oráculo.



***

Prisca

No espero la luz
es una puerta cerrada
por mil espejos
a los que permito reflejar otros rostros
yano eres
la promesa de tus ángeles
voy como emperatriz por el valle desolado
y los sonidos son más profundos ahora
y las visiones
cuando la noche caiga y el cuervo
me cubra los ojos
no haré caso del rumor sordo de tus trompetas
ni me levantaré con los muertos
ni haré una señal sobre mi árbol
para que me nombres
no necesito más el arco que cubría mi casa
es fuego que vi extinguirse
bajo el pie de los vencidos.

***


Aicha


Otros han ascendido,
pero tu deber está
en la piedra.
Toma su origen
y arrójalo al fuego.
Que la llama
pueda más que tu nombre.

***


Catherine Blake
Soy el pacto de un dios
con el más terrible de sus ángeles.
Diseñó para mí un rostro,
el más puro en medio de la tormenta.
Tuve que ser fuerte
y en mi silencio
reservar la gruta de su descanso.
Del vínculo con lo oscuro,
abre puertas, paisajes
que no me atrevo a mirar.
Turbias coronas de ángeles caídos
en el jardín de las delicias,
uniones monstruosas
en el corazón de toda inocencia.
Su oficio le impide
no entrar, pero antes,
vuelve la mirada
y cubre mis ojos.
La rosa debe mantenerse
aun si la mano de su dueño
cava cifras penumbrosas,
el mapa real de lo impronunciable.


***


Cosima Wagner
Ofreceré mis ojos
al paso de la yegua nocturna,
ofreceré mi fiebre,
el arco de la medianoche;
porque tú estás al fondo,
porque es tu imagen
la que se oculta bajo el yelmo.
Una danza mortal
en el vientre blanco
de los sonidos que se cruzan.
Somos ángeles enraizados
allí donde nadie sueña.
La casa está vacía
y el oído.
Puedes entrar a galope
en el reino de los timbales
y las flautas.
Puedo morir
para que la música
siga en ascenso.


***


Alma Malher


Yo también lo prefiero.
Es más bella la mano
al pulsar una cuerda invisible.
Cuando duermes,
reaparecen las tres mil sombras de tus dedos
tejiendo filigranas
en el oscuro cuello del dragón.
Te miro inquieta
sin atreverme a respirar.
Es la hora más alta
del doble vuelo nocturno.
Escribo en la seda de tus párpados
mi temor de perderle,
de que huya como un gato por los techos,
de que salte y reviente la cuerda
de todas las campanas del mundo,
de que se despeñe con el sonido metálico
de un arcángel
en el centro mismo de la orquesta.
Yo también lo prefiero
cóncavo y oscuro.
La clave blanca y negra
de todo cuanto existe
se advierte
en su sinfonía de agujas.


***


Djuna


Pregunto por el sueño
y en respuesta
lentos animales
de la noche
rodean mi casa.


***




Remedios Varo


Alguien desciende una escalera,
cruza un puente,
abre una ventana.
Laberinto vegetal que recorre mi sangre.
Viento,
sueño inclinado de las doncellas
que hilan el rostro de sus amantes.
Y el mío,
una sinfonía de seres abiertos,
de sustancias a punto de reventar.
Reina de copas,
mi reflejo en el escudo blanco
de la noche.


***


June Miller
Mis gestos se complacen en la máscara,
en el viento feroz de no ser para nadie.
Me adorna el amor que no siento
como Salomé con todas sus joyas
y extraños perfumes.
Simulé olvidarme
frente a un mundo de puertas cerradas.
Reí tantas veces y deliré
bajo la transida Nínive,
acantilado de ovejas y verdugos.
Pero luego, sí, pero luego, estatuilla lunar,
mi cabeza fue arrancada
por la cruel guillotina del desamparo.
La flor está en mis ojos”, dicen las bellas mujeres,
y el veneno circular en la punta de los dedos
siempre enrojecidos por el peso de la savia,
fruto ambulante,
corteza, fisura hiriente.
Vuelve, oh tú,
perfecta cuanto más alevosa,
fija con alfileres en mi mano
el nuevo destino.
Escribe, gitana,
que viajaré por vastas regiones,
que la tierra inundará mis pasos,
que la noche se hará boca de lobo
en la que pueda entrar y ser la torre imantada
que busca el rayo
desde lejos.


***


Clara Westhoff


Qué cercanas y distintas
las hojas de un mismo árbol.


Crecen silenciosas
en la contemplación de sí,
de sus bordes,
en el trabajo minucioso del insecto
que las hiere.


Apenas unidas por un hilo de savia
a la corteza del mundo,
a su naturaleza vegetal.


El viento las obliga a inclinarse
sobre su propia sombra
y en el misterio único
de ser Sauce o Avellano,
se adhieren, se compenetran
sin perturbarse.
Así, recibirán a un tiempo
su gota de lluvia,
el beso ígneo del verano.


Caerán también bajo la misma luz,
rodearán como sílabas diversas
de un mismo alfabeto
la profundidad de las raíces,
la grieta oscura del tronco
que las vio levantarse
y permanecer.


para María Clemencia Sánchez


***




Zelda Sayre


Como no vendrás a la cena de mis muertos,
ni sabrás para quién cavo esta tumba,
pongo desde ya
bajo tu lengua,
la hostia viva de mis alucinaciones.


Cada quien tomó su camino,
de izquierda a derecha
el más profundo.
Cada quien siguió atado
a la cinta mortal de su locura.
Escribe para que no vuelvan,
que yo comeré y beberé, como Alicia,
el rojo resplandor de la fiesta,
mientras el mundo termina de cerrarse
sobre mí.
No te asombre
si nuestras palabras
no son las de antes,
si nuestro destino, tal como se construye,
nos golpea el rostro y nos hiere
y nos deja completamente ciegos.


¿Qué hacer cuando ellos nos empujan?


Esa legión de ángeles ebrios,
terribles como el rostro
que se refleja por última vez.






No tardes.
Ya nadie nos espera.


***


María Dmitrievna Isaiev
Escucho el canto rojo de la tormenta
venir por las calles.


Es el crimen y la enfermedad
recorriendo las horas,
los minutos,
justamente sobre nuestra mesa.


Hoy he descubierto mi temor a la locura.
Hoy he comprendido el temblor
de tu mano al encender la lámpara.


Está entre nosotros
y tú lo sabes.
Su risa gotea en las paredes,
su respiración empaña el espejo
en el que sueles escribir
para conjurar el espanto.


Alguien más le sigue,
come con nosotros,
piensa en su miseria
y se compadece de mi silencio.
Su nombre danza como la serpiente,
se oculta tras la roca
que podría aplastarla,
pero confía su destino
a esas iniciales misteriosas
que nada pueden responderle.


Un demonio guarda su bastón tras la puerta.


Entro
e incluso en mí,
todo lo han robado.


¿Son estas las huellas de tus pies?


¿Eres tú quien me llama
o tu ángel de exterminio?


¿Son estas mis palabras o las de su abandono?


Dime que la furia
de los pasos allá afuera
no se dirigen hacia nosotros.
Dime que no es a ti
a quien buscan, que antiguo
ese no era tu nombre.
Dime que antes de todo
cerrarás el libro
y con él
la pesadilla.


***


Camille Claudel


Ella imaginó una cárcel,
la flor de locura
convertida en piedra.


Se reconoció en desventaja,
se afiló las manos,
el rostro,
el vacío
y los restos de su sombra
devorada por las hormigas.


En un viejo cuadro
de la estancia,
su figura
se disuelve.


***


Sylvia Plath


Todo lo ha devorado el invierno
y el jardín de rojos tulipanes en el que ocupé mis manos
ha iniciado su descenso definitivo.


La casa es un viejo sarcófago de vigilias
y pergaminos desechos.
En ella duermen las ruinas de mi corazón.


A través de la bruma
sólo puedo distinguir el rencoroso brillo
de las abejas.


No hay perfección.


Mi cuerpo es un camino cerrado, reflejo de una luz marchita.
Nunca se bastó a sí mismo. Nunca.


Detrás de los muros, por entre las grietas,
vuelve a mí el eco de la fiebre
palabras que revientan bajo la escarcha
como pequeños ríos de mercurio.


El invierno ha perdido mis pasos en la nieve.
Sangra en el aire
su condena.


***






Del libro: La Noche en el Espejo (Bogotá, 2010)


***

El aire se abrió lentamente con el sonido de las campanas,
y en los cuartos, cada cosa ocupó su lugar y su nombre.
Todo era posible bajo esa luz de invierno en la que
señalaste un jardín cerrado,
un estanque vacío esperando por mis ojos. Era preciso
mirarlo con atención antes de que se diluyera en la sombra.
Estábamos inmersos en el paisaje, y las voces del jardín
venían desde adentro,
y las formas encontraban entre sí su correspondencia.
Algo dijiste del vacío, y a lo lejos,
la fuente brilló en su penumbra.
Esto es lo que soñamos. Hundirnos en la transparencia
y en el movimiento de la luz. Ella recorre paciente
lo que para nosotros ha perdido su misterio. Aquí
están todas las cosas recién descubiertas,
y el mundo, cada vez más pleno de sí mismo,
cada vez más verdadero.
Puedo escuchar el rumor de las puertas que se abren
para conducirnos a otro silencio, y cómo cavamos en él
aunque las cuerdas de la voz se hayan debilitado.
El estanque se cubrirá de agua. Puedo presentirla.
Es oscura y asciende hasta tus ojos llenándote de extrañeza.
Pero delante de ti nada perderá su claridad.
Deja que tu corazón entable cercanía con la muerte,
que allí también encontrarás presencias luminosas.
Será entonces como si nunca
te hubieras apartado del camino: "
El resistir lo es todo".




***

¿Quién me habla con las voces del viento?
¿Quién a través del polvo, bajo la herrumbre,
en la fría superficie de las cosas?

Todo cuanto he olvidado se resiste a la muerte
y abre con suavidad los pliegues del aire para rozarme
con sus dedos.

¿Qué silencio me rescata en esa orilla?
¿Qué pequeño aguijón me descubre lo invisible?

Secreto laberinto que despierta en la palma de la mano.

***

Ahora que tu cuerpo se dispone a cruzar la frontera
más solitaria, dime:
¿a qué grito, a qué palabra te aferras?
¿Qué silencio abres en la semilla que mañana
será tu sustento?

Las piedras que guardas en tu memoria
son las ruinas de un altar construido
para que alguien más ofreciera en él su corazón.
Pero ya nadie se detiene bajo los árboles
que se han despojado de su sombra.
Sin amor, el paisaje incierto de otras tierras
los arrebata definitivamente de nosotros.

Queda entonces el vacío donde resuenan mejor
nuestros pasos,
oscuro rumor que nos obliga a permanecer despiertos.

Quién vigila más allá de ti mismo el movimiento
de tu sangre?

Cada noche te prepara un abismo
en el que te dejas caer sin espanto
pues en ti llevas tu lámpara,
esa que también te ha descubierto la intemperie
y el esquivo secreto de su nombre.

Un canto de sirenas te guía en el blanco laberinto de la rosa.

¿En qué antiguo reino se apoya tu mirada?

***

Todas las voces están huérfanas de sí,
y en esa orfandad se asisten, se acompañan.

Ahí está el misterio. El que no podemos tocar,
para el que no existen las manos.
Las manos,
esa región desconocida que nos acerca y nos aleja al mismo tiempo.

Me pierdo en la penumbra de lo que quisiera gritar
y no puede.

El deseo nos rescata del abismo,
pero también se yergue lo que no admite consuelo.

Palabras como pájaros en la soledad del aire.



***

Nos han dejado verdaderamente solos en medio del agua,
de su noche grave y espesa.

No en la superficie,
no en el fondo,
entre los pliegues.

Y allí soñamos las formas,
peces que se devoran entre sí,
sustancias y sales y fuego
en su primera altura.

Pero hay un arriba y un abajo, decimos,
y somos parte del secreto.

Lo que nos mantiene es no saberlo con certeza,
intuir que somos las columnas y el corazón único
de ambos reinos.