domingo, 28 de agosto de 2016

VIAJE A LA NADA. ELSA LÓPEZ



M e viene a la memoria, inducido por la lectura de otro libro, el poema “Vida”, epílogo al libro “Cuaderno de Nueva York”, del poeta José Hierro, que comienza con los siguientes versos:

«Después de todo, todo ha sido nada,
 a pesar de que un día lo fue todo.
 Después de la nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada»,

y concluye el poeta, presa del desaliento o la desesperanza, con estos otros:


«Que más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
 después de tanto todo para nada».


Aparente juego de palabras, pero hay más que palabras, existe en ellas una forma de “ser” y “estar” en la vida, una particular concepción del mundo, una experiencia vital totalizadora.
Algo similar podemos encontrar en la lectura de “Viaje a la nada”, de la poeta Elsa López (Fernando Poo, 1943) e ilustraciones de Irma Álvarez-Laviada. Esta nueva propuesta poética de Elsa López nos aventura en una experiencia vivida, en las percepciones y sentires que se producen en un viaje hacia las islas del norte de Europa. Así Elsa López nos irá describiendo las secuencias de ese viaje, que irá construyendo desde la soledad y el silencio, unas veces en prosa y otras en verso, y donde el vacío y la nada vienen a ser un único paisaje: «Así es la nada: blanca, gris y silenciosa. / Solo el mar para nombrarla». Parte la poeta hacia lo desconocido, en la certeza de descubrir un nuevo horizonte, una resplandor único. Tal vez ese viaje al norte sea una metáfora. Atravesar un mar de nieve («La nieve cubre el mundo y ella, quizá, lo sabe», sentir el deslumbramiento del blanco como un continuo abismarse en el vacío y el más tremendo de los silencios es todo uno: «Recurrir al vacío. / Sentirlo dentro como un anillo / que te envuelve y ahoga. / Sentir la nada como sentir la náusea / o el bullir de las plumas de un ángel desplumado. / Su aleteo constante, su constante alborozo, / su energía, sus pausas, su lenta agonía / y sus abrazos». La nieve, incesante, en la mirada detenida de unos ojos que aprehenden todo lo existente a su alrededor. La nieve, incesante, vuelve a ser verso: «Cae del cielo la nada. / Nubes blancas y pequeñas / tienen su forma. / Y así caen desde el cielo. Esponjosa la nada. De algodón la nada. / Los cuervos gritan alborozados / el paso de la muerte». No es este un viaje cualquiera y Elsa López lo sabe bien.
Un constante sentimiento de soledad se afianza en la poeta, de manera que lo real queda trascendido a través de la palabra, y así nos dice: «los aeropuertos lo dejan a uno como dormido, como ajeno a la realidad, a lo que sucede ahí afuera». Ahonda, bucea en esa realidad que sucumbe ante su mirada hasta desnudarla entera, y añade ahora en verso: «La nada se desvanece, / forma claros en la lejanía / y, poco a poco, / se transforma / en negras extensiones de abedules. / Atrás va quedando el frío, / la noche y sus estrellas, / el resplandor de la luz / y las constelaciones». Es el regreso del frío, del mar de hielo, inmenso, infinito en su blancura, resplandor de la nada en el blanco intensísimo de la nieve: «Aquí la vida es el blanco radiante de la nada, / el final de las cosas, el sueño más profundo, / la malograda pretensión de estar aún vivos». Es un vuelo hacia lo desconocido, a todo lo inmaterial, hacia adentro mismo del ser, único, por mucho que describa la realidad vivida:
«Sobre mis hombros colocaron dos alas de metal.
Dos alas de metal blanco.
Debajo un valle de cemento
y el sol por el oeste al declinar el día»,
existe la necesidad de abismarse en el misterio de lo oculto: «La nada es solo aire muerto. / El agua es mansa. / El agua es un espejo negro. / Negra el agua. / La muerte, negra. / Helada la muerte. / Debajo del cristal la nada espera». Es un continuo ir y venir al sentimiento de vacío, de negritud, como si todo se hubiera convertido de la noche a la mañana un paisaje desolador y despoblado. El silencio es un témpano de hielo adherido a la carne y el alma, todo es aterradoramente frío: «Y siempre en mí ese frío. / Siempre pegado a mí ese frío / como una tela de araña… Siempre al acecho el frío». De vuelta de ese frío y ya en la calidez de su Isla de Palma, nos dejará la poeta estos versos finales: «Y detrás, la nada. / Y después de la nada, nada. / Solo el silencio que llevamos dentro». Es “Viaje a la nada” un libro necesario para reencontrarse con la esencia poética de Elsa López.
Título: Viaje a la nada
Autor: Elsa López
Edita: Hiperión (Madrid, 2016)