miércoles, 10 de agosto de 2016

JUAN SECAIRA.








1.- Juan Secaira Velástegui    (Quito, Ecuador, 1971).







Ha publicado Obsesiones urbanas, ensayo, editorial El Tábano, 2007. El poemario Construcción del vacío, editorial Sarasvati, Nueva York, 2009, mención especial del premio de poesía Ángel Miguel Pozanco (España). El libro de poesía No es dicha (Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade), editorial El Tábano, 2012. La plaqueta de poesía Geografía de la edad, 2013. El libro de poesía Sujeto de ida, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2014. Y el poemario Ribera de cristal, Ediciones de Pandora, Tampa-Florida, 2015. Ha sido uno de los ganadores del Concurso Nacional de Poesía El Retorno, 2009 y 2011. En el 2008 se adjudicó un accésit en el concurso de poesía de la revista española Katharsis. Su poesía se encuentra en antologías nacionales e internacionales.






Oído de mar





El tiempo en el que


las olas se apaciguan


y el desprevenido no escucha


la réplica constante de los días.





Mi madre tiene un mundo en su oído izquierdo


permanece


cada tarde en mareos y penumbras.





Mi padre tiene a mi madre.





Nada es comprensible entre orillas y escombros


mientras


el agua silente


también


se deja ir.





(Inédito)


La función del espectro








Se aguarda el placer de la siguiente dosis


en aquel cuerpo impaciente y necio


como un animal que


encerrado en la bóveda del juicio o en la


maquinaria de un tejido angosto


olvida


bajo cada línea


detenerse


a tiempo.





(Inédito)













Garúa y la noción de la naturaleza predomina como una unidad etérea.


Olor a añoranza


como si el tiempo se detuviera en los gritos campesinos


en la fuerza y la sabiduría de su labranza.


 


La farragosa presencia de la ley


el frenesí del tren sobre rieles rotas.


Lluvia y una desesperanza continua y solitaria


como el ceceo de un dios menor a la distancia.





No es paisaje: en la única parada de bus esperamos por un ser


que no llega cancelado en su Babel de miedo y lejanía


la piel de nuestra suerte


y el obelisco creciendo en un cielo negro y callado.


 


A esa edad la impunidad se restriega en los días: no se entiende ni se detiene


el pensamiento es una carrera para llegar a algún lugar


flores arbustos y los cuentos de la abuela.


 


Veinte años después recorro la ciudad enfermo


porque de los enfermos será el reino de la poesía


de los desposeídos realmente


de los que flameamos la fe como única pregunta.


 


Sin abuelas ya


sin arbustos


una ciudad deshabitada


una foto en la mesa


materia de la furia.


(Inédito)











De película





Vemos una película


Relatos Salvajes y dices


que somos idénticos a la pareja de la última historia.


La última que no es de ningún modo la última.


Hay resplandor también en el olvido


en la prosperidad del capricho


la disciplina del cuerpo inmóvil radica en caer


con suficiencia.


No se distinguen el gusto ni las plantas que crecen en el extremo de nuestro jardín.


Han desaparecido como tantas cosas y personas


las emociones compartidas en ningún baúl


donde guardarse por un tiempo inexistente y breve


como el sol que creíamos eterno


en noches de frío


su espera.


 Sanarse lentamente aprendiendo a escuchar y decir


los latidos de los otros de los que se han quedado hasta el final


del viaje


para formar el reparto


de esta película B


que es la vida.


(Inédito)





Responde





Infinitamente infiel es la memoria


depende y al depender muere en sus múltiples versiones.


Preguntarse es como poner los restos debajo de la alfombra del comedor.


 ¿Dónde estarán los amigos de juegos de siempres y jamases?


 ¿El verbo suspendido en la inconciencia?


La distancia del sentido abarca el tiempo.


 El dolor del dolor promete volar.


Tres meses sin tratamiento


concentrarse para hacerlo invisible.


Iremos mañana a la farmacia


si el cuerpo responde le diremos gracias.


Nadie es completamente sano solo se esconde.


Mi amiga más querida me enseñó a cerrar los ojos


para abrirlos de verdad.


Alguno que otro afán


florece cuando siento las manos


 las re-siento


en campo abierto


naciente


brioso


pulso.






(Inédito)