domingo, 24 de mayo de 2015

Todo el dolor del viento. Salón de lectura





 
Nadie podrá callar la voz de los poetas, esa que vuela en alas de mariposa o ave por el firmamento y que es luz y sombra al mismo tiempo, alegría y llanto, silencio y grito. Bien lo saben los poetas nacidos en la vega o las sierras de Granada, en la infinitud de los atardeceres de la Alhambra, en el Paseo de los Tristes o a orillas del Darro, en la magia del Albaicín, cuando todo parece extinguirse en el fuego de los días. Muchos son los poetas granadinos que han hecho de la palabra poética su verdadera patria, también de la amistad su bandera, el verbo como único horizonte. Entre esos grandes poetas granadinos se encuentra, sin ningún género de duda, Enrique Morón (Cádiar, 1942) y del que comentamos su última obra “Todo el dolor del viento”. Toda la verdad poética de Enrique Morón, desnuda, “A la intemperie”, porque el poeta sabe de la herida y el silencio, de las huellas que deja el tiempo en la carne y en la piedra, la soledad vivida, las noches con sus muertes: “Estas tres muerte, digo, / lejanas en el tiempo, / han dejado una marca en este cuerpo / que no han podido ni borrar los años: / la amarga soledad”.

De esta forma, Morón se adentra en los misterios de la vida, y se refugia donde siempre lo hizo, en la Naturaleza, y con ella entabla un diálogo de igual a igual ante el asombro siempre del vuelo de los sueños y los años. Nada escapa a su declarado existencialismo, a la hondura de su conocimiento y a su voz de aurora en los nogales, alejado de los hombres: “Busco refugio en la sombra / de los viejos nogales. / No espero demasiado de los hombres, / mas quizás el paisaje / humanice mis párpados”. La fuerza de la tradición clásica se hace verbo y luz en sus versos, que brotan, al tiempo de los años, como “Breve asombro” de campanas en la levedad de las tardes infantiles: “Todo queda tan lejos / como las lontananzas / y por instantes, / cual suspiro de azúcar en el agua, / me voy inexistiendo / en cada golpe de campana”. Morón es un poeta de serena mirada, enraizado a la tierra y a los nombres: “Este es mi orgullo y estas son / pulcras mis credenciales: soy Enrique / Morón. Hijo de Antonio / y Trinidad. Alpujarreño”, unido a la vida por el don de la palabra: “Nunca sabemos donde / encontrar la verdad. / Las palabras son como / una música ciega / con sus ecos perdidos y aventados / al asombro del cosmos”. Camina Morón por los senderos de una luz amorosa, por el interior de una balada que no cesa nunca. De la vida aprendió a ser silencio y bruma en otoño, a contener la tristeza, a ser soledad: ”De tanta soledad se me ha caído / mi corazón al suelo”, todo el dolor del viento en las noches del valle.