domingo, 3 de mayo de 2015

Tormenta de arena. Josefina Niebla

TORMENTA DE ARENA
2 de mayo 2015
Josefina Niebla

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Caía la tarde impía,bajo la sombra de las obscuras almas
No había nada, ni dolor, ni alegría,
Solo quietud, vaguedad
Nadie recordaba siquiera el más lejano atisbo de incertidumbre...
Reinaba la nada
De repente el horizonte barruntó una tormenta, una devastadora arenada
Y surgió el miedo, la duda...
El sudor a savia de los árboles heló su curso en la piel
El mañana dejó de ser inhábil
Las miradas comenzaron a dibujarse profundas
Los surcos de la raza surgieron brotando lágrimas
Sólo un presagio de mutación fue suficiente
Sólo aquel velo turbio destapado
Porque  MUERTE y VIDA se abren paso
El tiempo es solo mirar al pasado
Un abismo de mañanas
El vacío es un grito, un ECO
A lo lejos se oye una voz de  mesozoprano, rota en mil añicos...
Y vuelve,  siempre vuelve
El pasajero inesperado, sin valija, sin destino
Prende las manos de tu alma
Y quieres dormir esa pesadilla
Y quieres despertar ese sueño
Anhelas dejarte abrazar por sus latidos
Te lleva la danza de las ramas de tus milenarios árboles
Sientes como brota la savia, curso de vida...
Arrastrando tu canto, tu grito de esperanza, hacia orillas desconocidas, que no  te son ajenas
Y dibujas el calor de su mirada en los troncos de tu árbol
Y sientes el calor de su mano acariciando tu alma de niña
Y despiertas y lamentas el aliento que despide la mañana
Porque solo la noche imaginada desvela tu disfraz
Y deseas ser un jinete derrotado en la arena ardiente
Brotando tu sangre viva
Volviendo tu alma, de muerte herida,a iluminar un incierto día
Y quizás así hallar el imaginario oasis de ocres que antaño dibujabas.





Una mala vida la tiene cualquiera. José Antonio Santano

 

 

 ¡Albricias! Aparece en La isla de Siltolá, colección Tierra, el poemario de Javier Salvago (Paradas, Sevilla, 1950) Una mala vida la tiene cualquiera. Avalan la trayectoria poética de Salvago libros tales como La destrucción o el humor, En la perfecta edad, Variaciones y reincidencias, Volverlo a intentar, Los mejores años, Ulises y Nada importa nada. Dividido en cuatro partes el presente poemario responde a temáticas variadas y a registros diferentes. Al primero de los poemas “La poesía”, con acertada cita de Borges, siguen otros en los que el poeta unas veces mira hacia atrás acometiendo un balance vital (“Ajuste de cuentas”), otras se reprocha la cobardía en esa búsqueda de la verdad (“La verdadera verdad”), la impiedad de la juventud (“La fea”) o el canto a la muerte “A la manera de los poetas tradicionales de hikus…” en “Haikus de la frontera”: “Al fin, desnudo, / en una caja oscura, / se pudre el traje”,  y luego a manera de cierre con “Otro epitafio”, del que se extrae el título del poemario: “Una mala noche / la tiene cualquiera, y cien, y doscientas, / y doscientos días, y un año, y ochenta. / Una mala vida la tiene cualquiera”; en todos se desnuda el poeta, se muestra tal cual es, escribe su vida, que es poesía “Sin pudor ni vergüenza”: “Otros de mis errores / fue obstinarme en contar / las cosas como eran, / en mostrarme tal cual, / desnudo, sin careta, / sin tratar de ocultar / mi cara verdadera”. En la segunda parte del libro el poeta opta de nuevo por poemas breves (octasílabos) en “Soleares”, “Coplas de cuatro versos”; retoma el haiku (5-7-5 sílabas) por “soleares”: “Cuánta mentira… / Te cansas de sembrar / y ni una espiga”, para seguir con una serie de “Epigramas” y unos “Apuntes”, aforísticos en algunos casos: “Del fracaso se aprende, / pero se aprende tarde”. 

La tercera parte contiene un solo poema titulado “En la infinita calma de Dios”, precedido por una cita de Walt Whitman (“Yo soy inmenso y contengo multitudes”), de metro endecasílabo y dividido, a su vez, en tres apartados: un viaje a la creación del universo, de la farsa y la magia por un Dios en su infinita calma. Cierra el poemario “Epílogo”; rutina, cotidianidad, algún equívoco y unos versos al poeta fenecido Fernando Ortíz: “Te imagino vagando en la infinita / región donde el voraz reloj del tiempo / se para porque tú ya eres eterno / -eterno cada instante de tus días-“. En “Una mala vida la tiene cualquiera” hallamos al poeta en su esencia, versátil en los matices y registros, capaz de contagiarnos con la sonoridad de la poesía vital, auténtica.   

Una mala vida la tiene cualquiera. Javier Salvago




UNA MALA VIDA LA TIENE CUALQUIERA


             ¡Albricias! Aparece en La isla de Siltolá, colección Tierra, el poemario de Javier Salvago (Paradas, Sevilla, 1950) Una mala vida la tiene cualquiera. Avalan la trayectoria poética de Salvago libros tales como La destrucción o el humor, En la perfecta edad, Variaciones y reincidencias, Volverlo a intentar, Los mejores años, Ulises y Nada importa nada. Dividido en cuatro partes el presente poemario responde a temáticas variadas y a registros diferentes. Al primero de los poemas “La poesía”, con acertada cita de Borges, siguen otros en los que el poeta unas veces mira hacia atrás acometiendo un balance vital (“Ajuste de cuentas”), otras se reprocha la cobardía en esa búsqueda de la verdad (“La verdadera verdad”), la impiedad de la juventud (“La fea”) o el canto a la muerte “A la manera de los poetas tradicionales de hikus…” en “Haikus de la frontera”: “Al fin, desnudo, / en una caja oscura, / se pudre el traje”,  y luego a manera de cierre con “Otro epitafio”, del que se extrae el título del poemario: “Una mala noche / la tiene cualquiera, y cien, y doscientas, / y doscientos días, y un año, y ochenta. / Una mala vida la tiene cualquiera”; en todos se desnuda el poeta, se muestra tal cual es, escribe su vida, que es poesía “Sin pudor ni vergüenza”: “Otros de mis errores / fue obstinarme en contar / las cosas como eran, / en mostrarme tal cual, / desnudo, sin careta, / sin tratar de ocultar / mi cara verdadera”. En la segunda parte del libro el poeta opta de nuevo por poemas breves (octasílabos) en “Soleares”, “Coplas de cuatro versos”; retoma el haiku (5-7-5 sílabas) por “soleares”: “Cuánta mentira… / Te cansas de sembrar / y ni una espiga”, para seguir con una serie de “Epigramas” y unos “Apuntes”, aforísticos en algunos casos: “Del fracaso se aprende, / pero se aprende tarde”. 

La tercera parte contiene un solo poema titulado “En la infinita calma de Dios”, precedido por una cita de Walt Whitman (“Yo soy inmenso y contengo multitudes”), de metro endecasílabo y dividido, a su vez, en tres apartados: un viaje a la creación del universo, de la farsa y la magia por un Dios en su infinita calma. Cierra el poemario “Epílogo”; rutina, cotidianidad, algún equívoco y unos versos al poeta fenecido Fernando Ortíz: “Te imagino vagando en la infinita / región donde el voraz reloj del tiempo / se para porque tú ya eres eterno / -eterno cada instante de tus días-“. En “Una mala vida la tiene cualquiera” hallamos al poeta en su esencia, versátil en los matices y registros, capaz de contagiarnos con la sonoridad de la poesía vital, auténtica.