lunes, 26 de enero de 2015

Castillo de Santa Ana y Tiempo gris de cosmos.

PRESENTACIÓN DE

TIEMPO GRIS DE COSMOS”, 

de José Antonio Santano por 

Pilar Quirosa-Cheyrouze.




Es un placer acompañar en la tarde de hoy al escritor y amigo José Antonio Santano, compañero de tantos proyectos y realidades literarias y humanistas, en este escenario, el Castillo de Santa Ana de Roquetas de Mar, un escenario que nos trae tan buenos recuerdos, sede de las lecturas llevadas a cabo en el Aula de Literatura, y espacio dedicado a la cultura con mayúsculas, como esta ocasión, el libro que en la noche de hoy presentamos, “Tiempo gris de cosmos”, editado por el sello editorial granadino Nazarí en su colección de poesía.

Poetizar la realidad es poner voz a las injusticias, ante la ausencia de valores de una sociedad que camina, en muchas ocasiones, hacia el descrédito y el abismo existencial. El ser humano, desprotegido, oprimido a lo largo de la Historia, encuentra a través de la palabra una vinculación inherente a la concepción humanista, tratando de paliar los signos de vacuidad, egoísmo y tiranía de los déspotas que van sembrando de negritud los colores más vivos del espectro de la naturaleza. Bien lo dice el autor:

Premonición
de un tiempo que se acaba o renace,
 se abisma en la magia 
de los atardeceres de otoño,
allá donde los sueños señalan el camino”.
 

El poder de la palabra, desde la libertad para hacer posible el trayecto, trazando puentes, ahuyentando soledades.

José Antonio Santano, natural de Baena, Córdoba, quien reside en Almería, en Aguadulce, desde hace más de una década, nos lleva a contemplar los esquemas de la urgente realidad a través de un poemario que aparece dividido en dos partes esenciales: Tiempo de silencios y Tiempo gris de cosmos, un libro que contiene una magnífica aproximación crítica a la ingente poética del autor, firmada por el escritor y profesor jienense José Cabrera Martos.

El autor es Graduado Social por la Universidad de Granada, Técnico Superior en Relaciones Industriales por la de Alcalá de Henares y Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Almería. Entre sus libros, es preciso citar, entre otros, “Canción Popular en la villa de Baena” (1986), “Profecía de Otoño” (Premio Internacional de Poesía “Barro”, (1993), “Grafías de Pasión (Prosa y poesía sobre la Semana Santa de Baena (1998), “Exilio en Caridemo” (1998), Premio de Poesía “Ciudad de El Ejido” en 1995, “Íntima heredad” (1998), Accésit del Premio Internacional de Poesía “Rosalía de Castro”, “La piedra secreta” (2000), Finalista del Premio Nacional de la Crítica y del Premio Nacional de Poesía, “Árbol de bendición. Antología Literaria al Olivo” que coordinó en 2001), “Suerte de alquimia” (2003), finalista del Premio de la Crítica, “Trasmar” (2005), Premio Andalucía de la Crítica “Opera Prima”, “Las edades de arcilla” (2005), “Il volo degli anni. Antología poética personale”, XIV Premio Internazionale di Poesía e Literatura “Nuove Lettere” (2009), “Razón de ser” (2008), X Premio de Poesía “Luis Feria” de La Laguna (Tenerife), “Caleidoscopio” (2010) y “Estación Sur” (2012).



Igualmente, ha dirigido y presentado diferentes programas culturales tanto en Radio como TV y colabora con la prensa local almeriense, concretamente con el Diario de Almería, mediante artículos de Opinión y reseñas literarias. Es vocal de la Junta Directiva de la Asociación de Escritores y Críticos Literarios de Andalucía y de la Asociación Colegial de Escritores. Fue miembro fundador de la corriente socio cultural “Humanismo Solidario” y es miembro del Departamento de Arte y Literatura del Instituto de Estudios Almerienses.

Dirigió la revista literaria “Cuadernos de Caridemo” en los años 2003 y 2004, actualmente en digital, así como la colección “Palabras Mayores” de la Editorial Alhulia, y en la actualidad dirige la publicación literaria “Cuadernos Metáfora”. Coordinó en años anteriores el Premio Andalucía de Poesía “Ayuntamiento de Fondón”, que trajo a la provincia a destacados nombres de las letras a nivel nacional.

Regresamos a la esencia de este último libro de José Antonio Santano “Tiempo gris de cosmos”, para contemplar los signos inquietantes que anidan en la sociedad, como es la desigualdad entre el primer y el tercer mundo es una triste constante en el devenir de los días. Nos dice el autor:

Todo es desesperanza/,
mas en esta hora turbia/
otro tiempo renueva/
la voz de los vencidos”.

Un debate que lleva a visualizar rostros invisibles y sueños insondables, paradigmas de silencios, soledades y ausencias.


Huir/,
huir hacia otra patria/
donde el hombre sea el centro”,

en el sentido humanista del término, lejos del vacío y las estelas de la caótica realidad.

Una poesía renacentista que apuesta por el hombre. Lejos de la civilización que apoya la barbarie, lejos de la xenofobia y el miedo a asumir la otredad, el significado de un espacio armónico donde la vida llama a la vida y la reclama. Esos mares de plástico del poniente almeriense, a la luz de una esperanza, en la búsqueda de la dignidad humana y el ofrecimiento de un futuro mejor, tantas fronteras y muros separan a los hombres. Una verdad acuciante que ha de amparar al ser humano, lejos de los paraísos artificiales y de la ingratitud vertida en el desconcierto. Lejos de la alienación de las tecnologías que nos frustran y nos aíslan de la verdadera razón de querer y poder compartir.

 

Los agujeros negros que habitan la piel, más allá del color, más allá de la raza, en medio de la trascendencia de un universo que nos vincula al desencanto.


Me duele la vida que oscurece/
los sueños de los hombres”,

nos dice Santano a través de sus versos. La necesidad de proseguir un sueño humanista frente a las falacias, frente a tantos soles adversos, contradicciones y abusos vivenciales.

La consistencia de una luz, un faro de redención para dar crédito a la verdad, para dar voz a los silenciados y a los desheredados del destino.

Pilar Quirosa-Cheyrouze
Invierno de 2015

domingo, 25 de enero de 2015

La insistencia del daño. Fernando Valverde



LA INSISTENCIA DEL DAÑO



Otro tiempo y otro espacio es preciso para la poesía, otra alma. Huir del hermetismo y la ambigüedad, de ese abismo al vacío en el cual se había convertido en los últimos años, fría como un témpano de hielo, superficial en su forma y en su fondo, disfrazada de modernidad, era una cuestión ineludible. La poesía es un viaje continuo a lo desconocido desde el conocimiento y la emoción, un viaje que ha de vivirse y sentirse dentro muy adentro, que nos ha de producir el más grande de los temblores, que ha de desangrarnos hasta el desfallecimiento. La poesía es la palabra trascendida, rebelión, ese despertar a la vida después de la oscuridad y los silencios, y por eso fluye en las venas y late el corazón acelerado. Nada se le opone, porque es vuelo, profunda ensoñación, otredad, un camino hacia la nada y el todo, misterio, magia, luz de luz, de tal manera que el poeta no puede ser ajeno al mundo en que vive, separarse de él, mirar hacia otra parte. Solo la palabra poética como arma para transformar el mundo, desde el dolor y la herida. En este sentido, Ana María Matute escribe: «El escritor, para hablar del ser humano, tiene que conocer lo que es el dolor, saber lo que son las lágrimas». Quizá nos hayamos alejado excesivamente de esa concepción humanista de la escritura, de ese profundo sentimiento de vivir en el otro, y de ahí que hoy el hombre viva en una incertidumbre continua. Fernando Valverde pertenece a esa generación de “poetas de la incertidumbre”, convertida en movimiento poético que proclama una poesía más cercana de lo humano, capaz de conjugar emoción y pensamiento. Su último poemario “La insistencia del daño” es una nueva aportación a esa manera del entender el mundo, la poesía, la vida. Para el también poeta Luis Alberto de Cuenca “alegría y dolor, exaltación y melancolía son los dos polos sobre los que gira la esfera de la creación poética”. El poeta, como creador, ha de dirigir la mirada al mundo que le rodea, sentir y vivir en los demás, ser el otro. Y en este poemario uno puede apreciar que la palabra se alía con la emoción para construir unos poemas que aroman y saben a verdadera poesía, esa que es asombro y mágica luz, y que hallamos ya desde el comienzo, en los versos contenidos en “Babel”: «Seiscientos mil pulmones serán aire podrido / en las calles de Delhi, / después serán el fuego y la ceniza, / ascuas sobre los ríos, / restos de carne y muerte que camina hacia el mar / en busca de otras bocas. / Todo sucede al mismo tiempo». El poeta vive en él lo que sucede y su voz es el eco amplificado del dolor anónimo de la muchedumbre. Ha comenzado el camino y ya no puede detener su paso, ha de adentrarse en la piel de la vida y la muerte para sentirlas en toda su plenitud, también cuando se simboliza en el mal (Ratko Mladić conversa con la muerte): «Ratko Mladić ya sabe / que tampoco la muerte va a respetarle a él, / fiel domador de ejércitos, / general de sus sombras», cuando camina al encuentro de Ernesto en el hospital de Malta: «un joven atraviesa la hierba en una silla, / ahora dice tu nombre / como quien busca alivio en medio del dolor, / allí fuiste a morir / con los ojos abiertos», y cuando se hace voz en la voz dolorosa de otro poeta: «Izet Sarajlić mira la forma en que la lluvia / es una puerta abierta hacia el dolor, / el recuerdo de un nombre o de un jardín, / una ventana al este que un día fue una casa. […] Él sabe que está muerto, / nadie conoce aquello que le hace sufrir»; poemas todos pertenecientes a la primera parte del libro, “Cruces y sombras” que se inicia con unos versos esclarecedores de Blas de Otero: “Madera dulce de la luz: estría / triste del día que se va. Nos vamos”. En la segunda parte, “El viaje del mundo”, el poeta vuelve a ser voz y amorosa entrega con el poema “Celia” (incluido en la recientemente publicada en la antología “Humanismo Solidario. Poesía y compromiso en la sociedad contemporánea”), sinfónica obertura, primigenia aurora: «No conoces el mar, ni el barro, ni los árboles, / pero ya eres un bosque por el que pasa un río». Pueblan la parte tercera del libro, titulada “La tristeza en los mapas”, una serie de poemas breves, precedidos por una cita del poeta Luis Rosales, “La tristeza es anterior al hombre, es la tierra del hombre”, que constituyen todo un itinerario poético por distintas ciudades del mundo, una herida abierta, esa tristeza que invade los hogares en este tiempo de olvido y soledades. Y así lo expresa, por ejemplo, en el poema (San Salvador): «Hoy sé que la esperanza / es el miedo / con los ojos vendados» o en este otro (Levizzano): «Los tristes nunca llenan de luz las estaciones / pero miran la luz / con la cadencia lenta del que sabe / lo que dura la noche». De la última parte, “La luz no llegará viva a mañana” destacamos el poema “El Daño” –su insistencia-, que viene a ser corolario de esta singular obra, y de aquél, estos versos: «Porque tal vez la vida no nos perteneció / y se fue consumiendo / como todas las cosas que hemos creído nuestras / y son parte del daño / que dibuja las líneas de la historia / derribando ciudades con sus muros». Poesía verdadera, sin duda, la del poeta granadino Fernando Valverde.





Título: La insistencia del daño
Autor: Fernando Valverde
Editorial: Visor (Madrid, 2014)



domingo, 18 de enero de 2015

Duermevela. Eduardo García

DUERMEVELA

“Duermevela”, con el que obtuvo, merecidamente, el XXXV Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Melilla”. Brasileño de nacimiento (S­­āu Paulo, 1965), Eduardo García es uno de los poetas más sobresalientes del actual panorama poético español, y “Duermevela” es un buen ejemplo más en su brillante trayectoria.

Mirar hacia el infinito de uno mismo para encontrar otras miradas y otros sueños, abismarse en las procelosas aguas de la poesía para sentirse vivo en el otro o adentrarse en la herida para saberse herida es, tal vez, la razón del ser, latente en el poeta que vislumbra a duras penas, en el sueño interrumpido y fatigoso, ese estado de duermevela continuo. La voz, otras veces silenciada, emerge entonces de las entrañas de la tierra y crece día a día; es la voz del poeta sobrevolando la ciudad en un tiempo nebuloso, lo es cuando se transforma, se siente trascendido, y escribe: «Me gusta pensar que el tiempo impregna la mirada, que los sueños de un hombre son hermanos de sangre de los de sus contemporáneos. Ojalá mis visiones, lector, también pueblen tus sueños». Este es el deseo del poeta Eduardo García, en su nota final al poemario

La poesía concebida como un viaje interior –intimista- hacia la nada de un mundo que el propio poeta va creando en la soledad de los días, como un leve rumor que trasciende en la palabra escrita, esa que siempre es vuelo y noche, y sueño interrumpido:

«Escribir un poema es pedirle el teléfono a una desconocida,
/ arrancarle una hoja a un árbol extraviado en un jardín con
/ vistas al futuro / o jugar con palabras a la ruleta rusa,
/ una vez iniciada la partida no hay vuelta atrás,
[…] con la palabra no hay trampa ni cartón, ni es prodigio al
/ alcance del simple ilusionista,
/ todo sucede en el cuadrilátero de la página, pero no hay
/ árbitro, ni campana que dé fin al combate,
/ el contrincante se aloja en nuestros huesos».

La palabra es el frontispicio con el que el poeta Eduardo García nos invita a acompañarle en su singular “Duermevela”. El poemario consta de cuatro partes: “Encuentros”, “Rituales”, “Duermevela” (que da título al libro) y “Pasadizos”. El tiempo habita el recuerdo del poeta y así nos invita en la primera parte a un “banquete desierto”, donde el juego mágico de las palabras hierven a borbotones:







«Las legumbres sollozan
/ tanta ración sin pan días tras día,
[…] Mamá llama a comer, quizá es domingo,
/ queso rallado a discreción
/ esmaltando la pasta y el tomate,
[…] ya nada sabe igual, la cocinera
/ se disolvió en el mar, polvo en la espuma»,

la nostalgia es un temblor, un eco, un nuevo despertar de la materia, una canción o unas manos que sienten la fuerza de la vida:

«Mis manos son la puerta entornada al espacio,
/ la frontera entre el gozo y las hostilidades,
/ Mis manos son el puente que conduce a tu piel
/ y a la piedra cansada de las cosas».

Pero el poeta sabe que la vida es un ritual y que lo cotidiano refulge como un diamante en la oscuridad de una gruta, que es luz de amaneceres:

«Si una boca se posa en unos labios,
/ tan dulce y lenguaraz, tan clandestina,
/ puede ocurrir de pronto, a la carrera,
/ que amanezca en lo hondo de una gruta»;

esa chispa cotidiana del tiempo en ”Ritual del reloj”, del desaliento en “Ritual del periódico”, del vacío en “Rumbo a nada” o del positivismo en “Ronda del sí” («digo sí por el sí es la luz primera, / la espontánea eclosión, el resplandor, / callo el no porque el no seca mi cauce, / digo sí porque el sí me desemboca»), surge del horizonte en arcoíris. La brevedad de los poemas contenidos en la tercera parte “Duermevela” contrasta con la forma versicular de la última parte, “Pasadizos”. La fatiga y la interrupción continuada del sueño –duermevela- del poeta se hace verbo y nombres, palabra que otea el universo, el cosmos entero, y es “Firmamento”, “Eco” («Todo lo roba el tiempo. / Pero nos deja su eco, prendido en las palabras»), “Páramo y pájaro”, “Insomnio”, “Telón”, “Polvareda”, “Frío”, “Clamor”, “Precipicio” o “Grito” («Este grito encallado / ha roto la barrera del sonido»). En la cuarta y última parte “Pasadizos” el poeta se rebela ante sí mismo y la realidad que habita, la palabra se desata y parece no querer acabar nunca en la página, es como un terremoto que sacude el alma, un rayo que todo lo devasta y arrasa, nada ya puede interponerse en el camino elegido, y así escribe:

«Me estoy muriendo un poco cada día,
[…] vivir, a fin de cuentas, es un proceso irreversible,
[…] me he muerto un poco más que de costumbre,
/ la cuestión /
es cómo hacer ahora, sin reparar en bajas,
/ para sobrevivirme».

Es el dolor que se clava en el corazón amigo, se perpetúa en “Anónima voz”. Incluso asiste el poeta a la “Rebelión de los números”:

«Ya no cuadran las cuentas,
/ se sustraen los sumandos, se emborronan las cifras, sólo se
/ multiplica la inquietud…»,

también “Rescatar la alegría”: «decretar en la piel y en los sentidos una fiesta perpetua hasta / abrir las cancelas del ensueño, celebrar el encuentro de / las aguas, sembrar el calendario de ocasiones, / como salpica el sol de su ebria luz las cosas / hasta inundarlo todo, hasta entregarse». Poesía auténtica la que contiene “Duermevela”, del destacado poeta, afincado en Córdoba, Eduardo García.


Título: Duermevela
Autor: Eduardo García
Edita: Visor (Madrid, 2014)

domingo, 11 de enero de 2015

La gruta y la luz. Francisco Ruiz Noguera












LA GRUTA Y LA LUZ



 La palabra poética vuelve a este tiempo triste que vivimos mostrándose en todo su esplendor, renaciendo como el ave Fénix de las cenizas para convertirse en la única luz capaz de servir de guía entre tanta oscuridad y desaliento. No es casual el título de este poemario “La gruta y la luz”, ganador del XVI Premio de Poesía Generación del 27, que el poeta frigilianense Francisco Ruiz Noguera nos presenta. El poemario está estructurado en cuatro partes: Interiores, La mirada del paseante (Para una galería imaginaria de arte urbano), Celebraciones y Nuevo límite. Ruiz Noguera nos propone un viaje al pensamiento clásico, a la filosofía como ser primero y a la palabra que sustenta todo discurso. El poeta abandona toda certeza y se adentra en la caverna –principio del todo-, en la oscuridad misma para sentir el temblor del silencio y la soledad, y alcanzar así el misterio y la magia de su propia invisibilidad. A solas con la infinitud de la piedra que lo abriga vive, pues en ella reside todo el saber, la inasible luz. Sin embargo, el poeta sabe bien dónde habitan los sueños, dónde se halla esa hebra de luz que los alumbra y los dibuja sobre el lienzo de la roca: «En lo hondo, / se arrellanan los sueños del pasado: / los cimientos del hoy, / el vestigio de un tiempo / que es extremo […] Así, como la gota en su caída / -fragilidad potente-, / la ficción –verdadera- del ahora, / el pulso de la vida». Es el comienzo, la primigenia voz del poeta anudada al aire que respira; es su mirada atenta a los matices en la hondura de la nada y el todo, en las sombras y la luz que interioriza en cada minuto, cada segundo de vida: «Detalles claramente definidos / junto a la sugerencia / de unas líneas apenas si esbozadas. / ¿Qué fue de la certeza, qué del hilo?» Pero el poeta no puede olvidarse del hombre que vive en su interior –conoce sus interioridades- y es esta razón suficiente para librar una dura batalla con su yo desdoblado y de ahí su invocación, sus rogativas: «Líbranos de lo plano y lo obvio, / de las cuentas monótonas / de un rosario de días / teñidos de grisura», que nos recuerda ese “tiempo gris” que vivimos, también de la engañosa calma y sus silencios: «Líbranos de las aguas de la calma, / de la corriente plácida / que no se altera nunca / y todo lo envenena», para concluir con estos luminosos versos: «Líbranos. No te olvides de este ruego: no nos dejes caer / -sin salvación posible- / en negra tentación de oscuridades, / pero mantennos –pido- / no lejos del misterio: siempre al borde». Insiste el poeta: «Cierra los ojos / y mira, mira dentro»; nuevamente en la gruta, a solas con la oscuridad y el húmedo sopor del silencio (el monstruo duerme en la gruta) se pregunta: ¿Despertarlo y dejar / que empiece la tormenta, / o velar su reposo y su silencio / y mantener, así, la falsa calma? De Cernuda se vale el poeta: «Y tu cuerpo escuchaba la luz. / Si algo puede atestiguar en esta tierra / la existencia de un poder divino, es la luz… que en mis temas literarios hubiera siempre un asidero plástico», para convertirnos en paseantes apresados por los versos en prosa que fluyen continuadamente en formas y figuras, objetos tras el cristal, en una colección inagotable de arte urbano (La mirada del paseante) como un espacio y un tiempo trascendido por la contemplación serena del poeta que encuentra en la materia otra realidad atrapada en lo conceptual y la ensoñación y compartida con la abstracción del arte: «Los puntos dispersos de la policromía chispeante en el agua (¿un lienzo de Seurat?) son como teselas que configuran un mosaico y van perdiendo su carácter de individualidades para difuminarse en un todo que avanza hacia la línea falsa del horizonte: esa que, ingenuamente, soñaba el paseante alcanzar algún día». 
Título: La gruta y la luz
Autor: Francisco Ruiz Noguera
Edita: Visor (Madrid, 2014)  
De la tercera parte, “Celebraciones”, destaca el poema “Roma”: «y es Roma loq eu habla cuando la boca abre: / cuanto su lengua dice no es más que la palabra / romana madurada por el sol de la Bética», o ese otro que habla de la belleza, de los ángeles, en claro homenaje al pintor Ginés Liébana: «Es la acción la belleza, / ráfaga y lengua y fuego, / devastación y vida, / pozo de luz, cima de oscuridades. / Habita la belleza entre las líneas / apenas esbozadas de los ángeles de César Ginés Liébana», o en reconocimiento a Vicente Aleixandre al hablar de la “Ciudad de la memoria”: «Se esconde esa ciudad en la memoria / de todo lo vivido, / en la mirada joven, / en el espacio aquel que, no en la tierra, / con las alas abiertas, se levanta a los cielos». Y ya en “Nuevo límite”, la palabra es un desbordamiento, la única verdad para el poeta, aunque le aceche la duda de su propia escritura: «La angustia de elegir en la escritura… / ¿no es igual que la angustia / de elegir, en la vida, las ofertas / que los días te brindan (o te roban)?». “La gruta y la luz”, una obra que viene a confirmar a Ruiz Noguera como uno de los grandes poetas de nuestro tiempo.





domingo, 4 de enero de 2015

Haikus del olivar. Manuel Molina González

SALÓN DE LECTURA______________________Por José Antonio Santano


HAIKUS DEL OLIVAR

El haiku es una composición poética breve: diecisiete sílabas (5-7-5) repartidas en tres versos. Lo hallamos tradicionalmente en la poesía japonesa, si bien en los últimos años ocupa un lugar significativo en la joven poesía española. Los temas contenidos en el haiku son generalmente los relacionados con los fenómenos naturales, con la vida cotidiana de la gente o el cambio de las estaciones y su estilo está marcado por la sencillez, la sutileza. En el caso que nos ocupa, y en este libro inmenso y sencillo a la vez, el olivar es el lugar elegido, los infinitos campos de olivos del Sur, de Andalucía, y más concretamente de aquellos campos –verdes mares- latentes en la mirada del poeta: los olivares jienenses y cordobeses. Nunca un lugar más apropiado para aplicar la técnica del haiku y en ella, el valor de las cosas sencillas, de las pequeñas grandes cosas que nos rodean y no sabemos darles la importancia que merecen. 


Recorrer los senderos del olivar andaluz, mirar hacia el adentro del tronco de los olivos, mecerse en las ramas, acariciar la piel violácea de las aceitunas, adormecerse en los atardeceres contemplando el crepúsculo o abismarse en el abismo de la noche lunar que resplandece en el horizonte en hilos de plata es una experiencia inolvidable. A esa experiencia nos lleva el profesor y poeta cordobés Manuel Molina González con su libro “Haikus del olivar”. Adentrarse en este libro es como volar por el paradisíaco Sur de los infinitos campos de olivos, dejarse atrapar por el aroma de los alpechines y la luz dorada de la tarde en las almazaras. Así, sin alejarse de los postulados que hacen del haiku una bellísima y sugerente forma de expresar la emoción, Manuel Molina nos propone que nos acerquemos a los contenidos en este libro, estructura en cuatro partes, tantas como estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno. El poeta discurre a lo largo de todo un año en la búsqueda de esa traslación poética oriental de los campos de cerezos y arrozales, a esta del inmenso sur del olivar. Molina González se extasía con cada una de las estaciones, observa y reflexiona, con hondura hasta hallar las claves de ese tránsito del oriente al occidente, y deja ver toda la claridad que la luz del sur proclama en la infinitud de los bosques de olivos. Mas el poeta abunda en la expresión de todo lo que siente y conoce, concibiendo este libro en edición trilingüe, tres idiomas (español, inglés y japonés) se funden en uno solo, el idioma milenario del olivo, ese generoso y noble árbol, humano dios que nos da la fuerza de la solidaridad y la fraternidad humanas, tan necesarias para crear mundos nuevos y fantásticos. Con todo, el poeta devuelve la mirada a los días claros de primavera y en ellos habita, cercano al olivar que resplandece: «Geometría / con orden lineal: / viejos olivos»; vislumbra la palabra y su belleza para describir la emoción que late al ver y descubrir sobre la tierra los olivos: «Sumo el campo: / olivos tras olivos. / La inmensidad. […] Troncos trenzados, / sobre la tierra arada. / Pies centenarios.[…] Verdes varetas, / bajo un tronco maduro. / Así nacimos. […] Un acebuche / desconoce su nombre, / su extrañeza». Y luego el estío abrasará al poeta en la palabra, sentirá el fuego en los olivares y dejará que la luna ilumine su duermevela: « La luna alta, / los olivares se callan: / crecen dormidos. […] Con la calima / gorjea un saltamontes. / Julio despierta. […] Canto amarillo: / la chicharra monótona / aleteando». Mas la vida es movimiento y vuelo, abismo y lluvia de otoño en el olivar: «Barro reciente / horada una lombriz. / Agua y tierra. […] Alternan tierra / membrillar y olivar: / tapiz de campo. […] Secos caminos / y sedientos olivos: miran al cielo. […] Crecen las nubes, / gris callando al sol. / Llega la lluvia». El viento mece la palabra del poeta, va de un lado a otro, sube y baja, se abisma en los campos de verdes olivares, se refugia del frío y canta gozoso la vuelta del invierno y del fruto y su jugo verde de verde oliva: «La nieve dura / canta desde las copas. / Cruje al caer. […] Las aceitunas / serán verde aceite: / líquido oro. […] Encallecidas / las manos que varean, / Duro jornal. […] Ágil y armónico / El aceite escanciado / riega el pan». Como los campos de olivos, inmensa la voz del poeta Manuel Molina en esta propuesta poética contenida en “Haikus del olivar”, un libro tan sencillo y sincero como hondo.

Título: Haikus del olivar
Autor: Manuel Molina González

Edita: Carena (Barcelona, 2014)