lunes, 26 de mayo de 2014

Fiestas y rituales. Estación Sur

Es sana costumbre no perder la curiosidad por las cosas. El deseo de conocer, de profundizar hasta llegar a la raíz de todo lo humano y lo divino es un buen comienzo para engrasar la maquinaria de nuestro cerebro, de nuestra mente, que ha de cuidarse tanto como el cuerpo, aunque en los tiempos que corren venga siendo todo lo contrario. Alentar esa capacidad humana para descubrir lo desconocido debe ser una constante. Algo así ocurre cuando nos adentramos en las páginas de una de las últimas publicaciones del Instituto de Estudios Almerienses (IEA), que dentro de la colección Guías de Almería. Territorio, Cultura y Arte (número 12), toma el título de Fiestas y Rituales Singulares. En ella hallamos todas las fiestas de Almería y su provincia, así como aquellos rituales que, por su singularidad, merecen la atención del lector. Su coordinador, Juan Salvador López Galán, como el resto de autores (Juan Agudo, Aniceto Delgado, Rosalía Fernández, Ana María García, Modesto García, Ana Belén García, Cristina Isla, Francisco Martínez Botella, Encarna M. Navarro, Gonzalo Pozo, Elena Ramírez, Antonio Sevillano, Juan Torreblanca y Juan Pedro Vázquez) han realizado un buen trabajo y debe ser así reconocido por quienes tengan la curiosidad por saber más de las tradiciones populares, de la historia y de la antropología. No cabe duda que la variada y acertada estructura de esta Guía, propicia el acercamiento a aquellos acontecimientos festivos y rituales que a lo largo del tiempo vienen produciéndose tanto en los pueblos como en la capital. Complementan los textos un buen número de ilustraciones, mayoritariamente fotografías, hecho que viene a añadir valor a esta publicación. Cuatro grandes bloques hacen más fácil al lector la búsqueda de los aspectos que más le puedan interesar: Ciclo Festivo de Invierno (Navidad y Reyes, San Antón, san Sebastián y la Candelaria, y cerrando el ciclo, el Carnaval), Ciclo Festivo de Primavera (Semana Santa, Cruz del Voto y San Marcos y Cruces y Virgen de Fátima), Ciclo Festivo de Verano (Corpus, san Juan y otras y Romerías), y, por último, Ciclo Festivo de Otoño ( Moros y Cristianos y san Miguel).

Un viaje apasionante y posible que esta Guía nos propone sin salir de casa, que es otra manera de acercarnos a la cultura y tradición popular, conocer sus costumbres, las fiestas y rituales que vienen de antiguo y que aún hoy se conservan, afortunadamente, en muchas de las poblaciones almerienses, incluso en las más pequeñas y apartadas. Una buena razón para conocer a las gentes que habitan esta noble tierra.

Las uñas de la luz. Ángel Olgoso


Buenas tardes a todos. En primer lugar me gustaría agradecer a José Antonio y a Isisdoro que me hayan concedido el honor de inaugurar este insólito, grato y apasionante proyecto editorial, precisamente en un día tan especial -el día de las librerías y de los libreros, resistentes ambos-, y por supuesto agradeceros a todos el interés que demuestra vuestra impagable presencia.

Siempre que vengo a la vecina tierra almeriense no puedo evitar recordar las alegrías que me viene dando desde hace décadas, concretamente desde que en 1991 asistiera a la entrega del Premio Gustavo Adolfo Bécquer por mi primer libro publicado, Los días subterráneos; pasando por el Premio de la Feria del Libro de Almería que en 1994 obtuvo La hélice entre los sargazos; hasta llegar recientemente, en 2009, al Premio Sintagma concedido por la librería de El Ejido a mi penúltimo libro, La máquina de languidecer.

Apenas si suelo reflexionar sobre mi trabajo más allá de alguna entrevista o presentación. Azorín decía -quizá acertadamente- que los autores son los que menos saben de sus propias creaciones. En mi caso, toda energía se concentra en buscar la excelencia de cada relato, en armonizar fondo y forma, en lograr historias intensas y destiladas, en trabajar la prosa a conciencia, en clave de orfebre, en crear el mejor arte que pueda aunque me lleve mucho tiempo conseguirlo.

Aunque realmente escribo lo que me gustaría leer -tal vez como todos los escritores, o como todas las personas hambrientas de ficciones-, es cierto que mientras trabajo noto un latido insistente, un propósito escondido pero poderoso que me arrastra: el de convertir la oruga de la realidad en la mariposa del arte. Porque creo que la función de la literatura es metamorfosear lo real, trascenderlo, enriquecerlo con sueños, experiencias y, sobre todo, con un lenguaje rico y vigoroso para que, en ningún momento, devenga en una mera fotografía. La obra de arte no consiste sólo en transcribir la realidad que nos envuelve, sino en interpretar el mundo, en subjetivar la materia, en consignar los ensueños, para que esa experiencia alcance al lector y pueda servirse de ella con provecho.

Durante treinta y cinco años me he dedicado exclusivamente a una búsqueda solitaria de lo bello y lo inquietante, a cultivar mi pequeño jardín de relatos con una pasión tranquila y solitaria, no por pretensiones de pureza artística -o no sólo- sino porque, en mi ingenuidad, pensaba que un escritor debía limitarse simplemente a escribir y no a perder el tiempo en ruidosas actividades sociales o de promoción: se sobreentiende que los frutos del arte y de la imaginación deben madurar en la penumbra del silencio, de la calma y de la soledad.

En mis primeros libros, como en Los líquenes del sueño o Cuentos de otro mundo, se acentuaba el humor negro, la ironía, los finales sorpresivos, la experimentación formal; luego vino el descenso alucinado a los infiernos de Los demonios del lugar, la estética concentrada del breviario en La máquina de languidecer o el planteamiento poético y lúdico de Astrolabio. Pero, al mismo tiempo, bajo todos ellos permanecía el sustrato de las historias perturbadoras e insólitas, ese antídoto que me permite sobrevivir al veneno de la realidad. En el último libro, Las frutas de la luna (como supo ver muy bien José Antonio Santano en la magnífica reseña que escribió sobre él), hay un aura más melancólica y fatalista, casi de revelación bíblica, de extrañeza metafísica, y también más universal, donde el dolor, la redención, las derrotas o las atrocidades de la vida nos alcanzan como especie. Spinoza decía que el universo consta de infinitas cosas en infinitos modos. Pues bien, en la suma de todos mis libros, en el medio millar de relatos que la componen, hay una pequeñísima muestra de esa diversidad abrumadora, de esos universos vislumbrados, de esa realidad paralela que, de manera distorsionada como una sombra, acompaña a la realidad visible.

Me gustaría pensar que Las uñas de la luz, esta breve selección de relatos que hoy presentamos -y que inaugura una colección de Cuadernos a la que deseo una larga y notoria vida-, no nace sólo para lectores que disfrutan con el primor literario y con una mirada imaginativa, para lectores que aprecian la literatura, la belleza, la inquietud, la exquisita conciliación de las asperezas de la realidad con la idealidad del arte, para lectores a los que sólo lo extraño les es familiar (como decía Carlos Edmundo de Ory) o que desean ver modificada su percepción de la realidad, sino para cualquier persona que sienta un mínimo de curiosidad, para cualquiera que desee dedicar unos minutos a asomarse al interior de un semejante y verse en su reflejo, para cualquiera que necesite un bálsamo contra las realidades del mundo. Porque la literatura, el arte, nos consuelan: en un momento en que los poderes político y económico pervierten a diario las palabras, robándoles su sentido, convirtiéndolas en vaselina de la que se ayudan para hacernos tragar su discurso fascista y mafioso, es responsabilidad del escritor devolverle a las palabras su belleza, su autenticidad, su carga imaginativa, su fulgor genuino. Y en un mundo en el que hemos construido un sistema que nos persuade a gastar el dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos, es hora de abogar por el más noble de los productos humanos, el libro. Según Séneca, con el libro puedes prolongar tu mortalidad, eres libre de las limitaciones de la humanidad, todos los tiempos están a tu servicio como al servicio de un Dios. Para Maquiavelo, los libros eran el alimento para el cual vino a la vida, durante horas se olvidaba del mundo, no recordaba vejación alguna y dejaba de temer la pobreza y de temblar ante la muerte. Iniciativas como la de Cuadernos Metáfora son una hermosa rúbrica de estas palabras, un valiosísimo referente cultural, un lujo de lo más económico, un precioso regalo al que no podemos sino estar agradecidos.