domingo, 30 de noviembre de 2014

Lectura del mundo. Salón de lectura.


LECTURA DEL MUNDO

                   Para José Ángel Valente la poesía es «antes que nada y por encima de todo conocimiento, y más concretamente conocimiento “haciéndose”, es decir, la poesía no transmite conocimientos previos, sino conocimientos que “se hacen” a la vez que el poema se hace y que se hacen en cada lectura de un modo nuevo», lo que entronca conceptualmente con el poemario que esta semana reseñamos en este espacio. Nos dice el poeta en el último verso del poemario: «La poesía siempre será lectura del mundo», y así es como ha titulado precisamente Enrique Villagrasa su libro“Lectura del mundo”.


Entronca este libro con lo señalado anteriormente respecto al concepto de poesía de Valente, porque en sí mismo el poemario es un único metapoema dividido en trece capítulos, además del introito o proemio y la coda, cada uno dividido a su vez en dos poemas o partes. La metapoesía, si nos atenemos a la definición que Guillermo Carnero da sobre ella, no es sino  «el discurso poético cuyo asunto, o uno de cuyos asuntos, es el hecho mismo de escribir poesía y la relación entre autor, texto y público», de tal manera es así que esta y no otra es la propuesta de Villagrasa, hecho que podemos constatar desde el introito, en el poema titulado “En el quehacer demiurgo”, cuando escribe: «La única poesía es el silencio / revelador, / el espacio ignoto y el tiempo / suspendido» y “En el poema”, al decir: «La memoria del verso / es la voz de la poesía. / A ella le es dada la palabra». La relación autor, texto y público de la que nos hablaba Carnero al referirse a la metapoesía es una constante, es el núcleo, la savia de este poemario, en el cual el poeta creará para crearse y recrearse en la construcción del poema, para ofrecer –ofrecerse- al lector entero a través del poema en sí mismo: «Explicar el poema / no se puede: / es volver a escribir. / Es el lector quien / reescribe, da fe / y el poema es». Pero el poeta indaga, reflexiona sobre el poema en sí, se pregunta y se responde en un soliloquio intenso y filosófico por el cómo o qué es poema: «¿Hasta qué punto es poema el poema, / si el verso es sometido, / a su vez, por la necesidad / poética que tiene de ser verso?». En la búsqueda por la verdad poética el poeta entra y sale en el universo de la palabra, pues es esta la que fundamenta la creación, y juega y niega y afirma en un caos previo a la construcción de su propio universo poético, que no es otro, en este caso que el metapoema. Y vuelve una vez y otra a la poesía, a su alma: «Tal vez la poesía no es geografía / y sí geología que arroja luz, / a lo enterrado y olvidado», apostando así por un tiempo distinto, en ese camino de encuentro hacia “una cuarta persona gramatical”, que señala Siles. Hay, tiene que haber algo más que conocimiento, como dijera Valente, y este “hacerse” quizá debería llamarse, ensoñación, extrañamiento, emoción, deseo: «El poeta escribe y va al encuentro del verso: / deseo y conocimiento; / pues sin la página en blanco, abierta, no hay nada». Traza el poeta Villagrasa un camino real del tiempo presente y futuro, en el cual la palabra es la única verdad existente, como lo es también esa vuelta atrás a la memoria o el recuerdo del pasado, al origen del cosmos, al reencuentro con la tierra: «Muerte y vida: origen / infancia en Burbáguena, camino de la viña. / ¡Todo es un juego! Balbuceo del ser / en la página no escrita. ¡Vuelo a ser niño! El poeta se ha convertido ya en esa “cuarta persona” que mira desde fuera y siente muy adentro, como alguien que está en ti pero que te habla del otro lado, como un narrador omnisciente: «No eres de aquí y marchaste de Burbáguena. / Sin pasado, ni presente, ni futuro alguno. / Tan solo un desconocido por descubrir. / La palabra otra leo. Espero que germine». Y ya lo creo que germina, la palabra es la vida del poeta Enrique Villagrasa, y a ella se debe y por ella vive, desangrándose en cada letra que la constituye y abrasa hasta crear un mundo propio, pues «La poesía siempre será lectura del mundo». Sin duda, un poemario para la reflexión y el disfrute de la auténtica poesía.

Título:  Lectura del mundo
Autor: Enrique Villagrasa
Edita: La Isla de Siltolá (Sevilla, 2014)

viernes, 28 de noviembre de 2014

Una feria para el libro. Estación sur.


UNA FERIA PARA EL LIBRO


El domingo pasado se clausuraba la Feria del Libro de Almería 2014. Y, sinceramente, esta feria, que se ubica por segundo año consecutivo en la Plaza Vieja, ha dejado un sabor agridulce no sólo en autores, editores y libreros, sino también en el público asistente. Claro que si miramos la página web del Ayuntamiento las opiniones son frontalmente opuestas. Así, después de decir que la Feria se ha afianzado en su nuevo emplazamiento, cifrar en 5000 las visitas realizadas, vocear más de 40 actividades y la firma de libros de 50 autores, el concejal de cultura afirma que ha sido “un hervidero de público, que se han llenado los conciertos y las obras de teatro, se han visitado los expositores (escasos) y el Centro de Interpretación Patrimonial”, pero lo que habría que decirle a dicho político es que se trata de una feria del libro, donde el libro es el centro, y los editores, libreros y autores también, que por no haber no había ni megafonía para anunciar a los visitantes la actividad que se estuviera realizando en cada momento, y que los diferentes actos no pueden coincidir con algo tan esencial como la firma de libros por los autores, porque al final la actividad ajena engulle la posibilidad de que los autores firmen en la hora de que disponen para ello. El Ayuntamiento sigue propagando las excelencias de esta feria indicando en su página web, con satisfacción y orgullo, que han participado 19 expositores en estos cinco días que ha durado la feria -¿tantos?-. Sin embargo, nada manifiesta del discurso del pregonero de esta feria, para más señas, el académico de la lengua y narrador universal José María Merino, tampoco que el concejal de cultura como el propio alcalde casi se duermen durante su excelente y crítico discurso, o que la Plaza Vieja careció de la iluminación adecuada para la celebración de la Fiesta que ha de ser siempre la Feria del Libro, en cualquier lugar del mundo, y que lo sea, a ser posible durante el mes de abril que es su momento y en espacios abiertos y de paso para la gran mayoría de los almerienses, y que, además, se cuente con la participación de las Asociaciones de Escritores (AAEC y ACE-A) en el ámbito de la comunidad autónoma, hecho que no se ha producido. 
 
Así a bote pronto es lo que se me ocurre, pero tal vez haya algunas otras cuestiones que queden en el tintero. De cualquier manera, una cosa si está clara: a los políticos les importa poco –a no ser por la fotografía con José María Merino- la Feria del Libro, hasta el punto que casi se duermen cuando se habla de ellos, los libros.



domingo, 23 de noviembre de 2014

La fatalidad. Salón de lectura




El poeta José Hierro, en sus “Reflexiones sobre su poesía”(1983), dejó escrito: «la poesía verdadera, sea cual sea el adjetivo que la matice, no puede prescindir de la belleza de la palabra. Pero no entendemos por belleza recargamiento, énfasis, imaginería, empleo de materias verbales preciosas, sino precisión poética, adecuación de la forma al fondo». Y es exactamente la claridad poética lo que habría que subrayar del presente poemario, “La fatalidad”, cuyo autor es el poeta berciano Fermín López Costero que, si bien no cuenta con una obra extensa –este es su segundo poemario-, sí de calidad –su anterior libro “Memorial de las piedras”, obtuvo en 2009 el premio Joaquín Benito de Lucas-. López Costero dedica este libro a su madre, y tal vez en la figura materna confluyen algunas de sus claves, aunque el tiempo juegue un papel importante en ese constante ir y venir de las percepciones y la experiencia vital del poeta, y en la cual ahonda y profundiza hasta hallar –hallarse- en la penumbra de los días que ejercen sobre él esa constante sensación de desgracia o desdicha. El poemario está estructurado en tres partes bien diferenciadas, aunque sin título que nos advierta de su temática. Es precisamente la primera parte la que contiene el poema que da título al libro “La fatalidad”, pero sorprende que sea “El indigente” el que abre el libro; aquí compromiso y estética se complementan para, desde el silencio y la soledad, rebelarse por entender que hasta lo cotidiano representa en el momento actual un nuevo holocausto: «Perseguí quimeras / que luego se volvieron contra mí / y me devoraron las entrañas […] Y ahora estoy aquí, / al otro lado de las alambradas, / como único superviviente y testigo / del holocausto diario». Es la mirada del poeta que traspasa los silencios y nos alerta de ellos, porque «Nadie aguarda ya la resurrección / de las voces», y nos llama la atención sobre esos extraños seres que «No son conscientes de que entre la inmundicia / sólo germinan las palabras inservibles, / y que en ella fermentan las ideas caducas». López Costero construye así, desde el principio un espacio de la memoria en la que habitan aquellos sueños de antaño en “La casa deshabitada” cuando escribe: «Sopesar el silencio / que colma los recipientes. / Y acariciar la crin del caballo de cartón / que galopa entre mis sienes». La infancia en el poeta, ese mundo onírico que le hace volver sobre sus pasos y detener el tiempo en “El desván de la memoria”: «Oculta tras los visillos del tiempo / entreveo aún tu sonrisa de seda… / Quién sabe si con nuestros silencios / podremos reconstruir el desván de la memoria». La sonrisa de seda de la madre, el desván, como también ese jardín abandonado, decadente, habitado por la soledad, la ruina, quizá el fracaso figurado, la no vida: «Los escombros habían obstruido el estanque / en el que ya no habitan los peces / ni chapotean –como ángeles heridos- / las aves acuáticas». Es la infancia que regresa como voz poética a López Costero, es esa fatalidad que dice los visita todas las noches, pero sobre todo es la manera de sentirla: «La fatalidad también es mi sombra / y la sombra de mis actos». En la segunda parte aflora el amor, y por eso declara el poeta: «…los besos y las caricias son únicos / y morirán conmigo. Aliento de mi aliento, / ceniza de mis cenizas serán», para nunca ya la ausencia, sino el latido amoroso: «La ausencia ya no es ausencia, / sino aleteo de ángeles que se aman […] Juntos recibimos la luz de las estrellas. / Nunca más como ausentes». Pero al cabo vuelve la melancolía, la tristeza del alma: «La tristeza es una nube de cieno, / una pesadilla camuflada en un pastel de cumpleaños, / el imperdible mohoso que fija el alma a mi cuerpo», y todo acaba (tercera parte), tal vez, en la esperanza de hallar la luz: «Y a menudo sueño con el pincel alado / de Fra’ Angelico, impregnado de luz», o al menos, en la luminosa poética de su autor.

Título: La fatalidad
Autor: Fermín López Costero
Edita: Nazarí (Granada, 2014)

viernes, 21 de noviembre de 2014

Barberos y Guitarras. Estación Sur



        El hartazgo de la política es tal que la lectura de libros relacionados con la cultura y sus distintas manifestaciones se hace imprescindible. Cuando esto sucede tiene uno la sensación de haber encontrado un oasis en pleno desierto. Y algo parecido deviene tras el hallazgo, de entre los muchos libros recibidos, de una verdadera joya, titulado “Historia cultural del flamenco. El barbero y la guitarra”, de Alberto del Campo y Rafael Cáceres y magnífica edición de  Almuzara. Algunos se preguntarán qué tienen que ver los barberos con la guitarra y en consecuencia con el flamenco. Pues según los autores de este magnífico ensayo sobre flamenco, mucho. Los barberos están asociados a la música popular y en especial a la guitarra desde el siglo XVI. En cada una de sus páginas, 514 sin contar con la bibliografía utilizada, el lector hallará la información y la documentación necesaria para entender esta novedosa historia del flamenco, cuyo origen hay que buscarlo en los barberos y su particular “rasgado o rasgueado”: «Claro es que algunos barberos sabrían no sólo rasguear sino también puntear la guitarra. Pero la referencia al punteado barberil es casi anecdótica, en comparación con la profusión de barberos rasgueadores de guitarrillas:

Estábase el tal barbero
 empapado en pasacalles,
aporreando la panza  
de un guitarrón formidable»,

como así dice en este poema satírico de Quevedo. Mas no sólo se analiza en este ensayo la relación entre barberos y guitarra, sino que se abren las puertas también a canciones y bailes o danzas populares, de tono jocoso: «Pasacalles y folíais resultaban sus formas musicales prototípicas. Los sones barberiles se asocian a un gusto por lo jocoso y risible, lo brusco y lo rústico, lo vil y callejero», sin llegar a obscenas: «Que no se representen cosas, bailes, ni cantares, ni meneos lascivos, ni deshonestos, o de mal ejemplo, sino que sean conforme a las danzas y bailes antiguos, y se dean por prohibidos todos los bailes de escarramanes, chaconas, zarabandas, carreterías y cualesquier otros semejantes a éstos», así se decía en 1615. En el siglo XVII «Los jocosos y festivos tañidos guitarrísticos asociados a los barberos cobran especial lógica si nos atenemos a su secular fama de personas dicharacheras y prestas a la sociabilidad, algo connatural a su oficio. Se reconoce que «De majo o no, los barberos siguieron vinculados a la guitarra en el siglo XVIII», como también existió esta relación en el XIX, y así se asevera: «No sólo es que los barberos ejercieran de maestros de guitarra, sino que sus locales sirvieron de punto de encuentro de los flamencos». Sin duda, un excelente libro para este sombrío tiempo en que vivimos.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Ártico. Juan de Dios García

Ya desde el título de este poemario “Ártico”, su autor, el poeta cartagenero Juan de Dios García nos convoca a la reflexión, a indagar en su significado, que viene a ser como ahondar en las particularidades de su poética. Para adentrarnos en ella, la primera pista nos la sugiere Víctor Hugo, cuando dice: «La desgracia educa la inteligencia», cita que precede a los poemas que integran “Ártico”. Ya desde el primer poema “Instrucciones”, el poeta nos invita a dejarnos llevar por el sonido y la fuerza de la palabra, su colorido y aroma penetrante, libre y desnuda: «No tiene que buscar sentido a nada. / Mate la mariposa que ha escondido / dentro de su cabeza», esta es la propuesta al lector, como si se tratara de un simple manual de instrucciones. Pero “Ártico” es mucho más, quizá la solución a todos los fracasos y a las adversidades de la vida, por ello el poeta nos golpea primero con versos contundentes y seguidos del punto y aparte, en un afán descriptivo que se repite a lo largo del poemario una y otra vez, como una leve descarga eléctrica que nos alerta ante las vicisitudes del tiempo que nos ha tocado vivir. Quizá pueda que se trate de una huida, de escapar de la realidad para atender solo a los sueños, porque nada nos ata ya a este mundo que huele a podredumbre: «Escapar antes de que la realidad nos detenga y nos pudra. / Abrir un mapa y comprobar hasta qué punto mienten los cartógrafos. / Contratar un poeta a sueldo. / Seguir leyendo, seguir viviendo». El poeta construye un universo propio, en el cual la memoria de lo vivido y el presente conforman una sola voz, inconformista, que a veces se rebela: «No sé qué significan las palabras / religión, academia o general. / Si me das a elegir, / siempre estaré de lado de los griegos», para culminar el poema con un «Adoro los mercados populares, / el color de las tardes como miel de Cerdeña». En ese deambular del poeta del pasado al presente, y viceversa, el dolor de la muerte también aflora, tal y como ocurre en el poema “Benjamín”, cuando dice: «Venimos de la nada / y a la nada llegamos, / eso dijo mi madre en el entierro. / No lo leí en Albert Camus ni en Sastre, / lo dijo madre, negro riguroso, / mirando un crucifijo tachonado / en el ataúd blanco de mi hermano». 



Escritores y poetas, cineastas, escultores, forjadores de la voz del poeta se reparten por las páginas de “Ártico”, como cuando alude a Valente: «Escribiré un poema después de Auschwitz», a Theo Angelopoulus: «Era extranjero, pero entonces supo: / la guerra está tan cerca que parece estar lejos», a Nancy Spungen: «Sobre el televisor / papel plata, cucharas calcinadas / y comida podrida. / «¿Morirías por mí?», preguntó Nancy», a Jan Arp: «Y de repente para el viento afuera. / Todo esto sucedía terminando / estatuas de mujer. / La casa está encendida, el vino derramado», o al matemático Quételet: «El licenciado Quételet cabalga / definitivamente enamorado». Todos, de una manera u otra forman parte de la experiencia vital del poeta, como lo es también el temblor salvaje y natural del paisaje en el Cabo de Gata: «Coge esa caracola, escucha este equilibrio, / cómo se derrumba un acantilado, / cada piedra ocupando su lugar, / cómo muerde la música del sur, / la conquista de la naturaleza / despeinando las olas y las dunas…». No obstante, destaca el poema narrativo “Proceso”, cuando el dolor por la muerte de su padre oprime el alma del poeta: «Entonces estalló en su plenitud / el dolor comprimido. / Nuestro corazón ártico volvió / a latir con el fuego de su muerte», y cómo no, el que titula “Autorretrato”, que viene a ser definitivo respecto a la comprensión de la poética de Juan de Dios García: «¿Soy real o estoy escrito? / A veces, caminando por la acera / de cualquier ciudad, paro e imagino / convertirme en poema entre la multitud». El poeta ya no es “yo”, sino otredad, afortunadamente.



Título: Ártico

Autor: Juan de Dios García

Edita: Germanía (Valencia, 2014)

SALÓN DE LECTURA  //  José Antonio Santano

viernes, 14 de noviembre de 2014

Humanismo Solidario.

 
HUMANISMO SOLIDARIO


            Cada vez es más frecuente oír hablar de “humanismo” como alternativa a la actual crisis de pensamiento. El Nobel de literatura chino Gao Xingjian así lo ha hecho tras exhortar a los creadores a construir un nuevo Renacimiento.  Gao Xingjian ha dicho: «Estamos en una crisis no solo económica y financiera, sino también  social y de pensamiento, porque hemos quedado estancados en las ideologías del siglo XX. […] Los intelectuales de todo el mundo deben abordar la realidad y poner en marcha un nuevo pensamiento, un nuevo renacimiento». Así hablaba en una entrevista realizada por El País hace unos meses. Y no le falta razón al autor de libros como “La montaña del alma” “El libro de un hombre solo”. Este último nos recuerda a ese otro titulado “Un hombre acabado”, de Giovanni Papini, en el que no falta la atenta mirada al pensamiento y la filosofía, a lo humano por encima de otras cosas. Muchas son las voces que en los últimos años vienen abanderando un cambio de rumbo, un nuevo pensamiento, una ideología que se ciña a revitalizar y redescubrir los valores humanos, que aúne estética y ética, fondo y forma. De esta forma, corriendo el mes de febrero de 2013, nacía, aceptando la heterodoxia estética de sus componentes, y desde Andalucía, una nueva corriente crítica e intelectual, bajo la denominación de Humanismo Solidario (www.humanismosolidario.com). En aquella reunión celebrada en Torremolinos (Málaga) se solemnizaba la fundación de esta corriente que, formada por personas libres y desde la heterodoxia estética, asumían el uso de la palabra como obligación social bajo los irrenunciables principios del compromiso y el comportamiento ético, sin estar sometidos a ideología, filosofía, política o religión alguna. La libertad como bandera, sin otro motivo o causa que la de ser y estar, transformando el “yo” por el “nosotros”, conformando un camino nuevo y diferente en el cual los seres humanos sean la verdadera razón de cambio de la sociedad actual. Andalucía se convirtió así en el epicentro de esta corriente que en algo más de un año cuenta ya con una cada vez más sólida trayectoria, tras crear la Asociación Internacional Humanismo Solidario y el Premio Internacional “Erasmo de Rotterdam”, concedido en su primera edición y a título póstumo al escritor y humanista José Luis Sanpedro, y contar con casi 500 adhesiones de creadores e intelectuales de todo el mundo. Un trabajo silencioso y arduo, pero también satisfactorio al comprobar que cada vez son más las personas que apoyan este solidario proyecto, evidenciando así el compromiso del creador con la sociedad y con la historia, o lo que es lo mismo, el compromiso con la palabra y con la vida, con la idea irrenunciable de la fraternidad universal.

ESTACIÓN SUR. DIARIO DE ALMERÍA.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Diego Reche. José Antonio Santano



Un nuevo libro de poesía en este espacio dedicado a los libros: “Reversos”, del poeta almeriense Diego Reche, con el que obtuvo el premio andaluz de poesía “Villa de Peligros” en el año 2012, y que viera la luz pública justo un año después. Reche es autor también de los libros “El autobús de septiembre” (2004), “La fuente de la Novia” (Teatro, 2007)), “Didascalia: poesía y teatro para jóvenes” (2009), “Palomas” (2011) y “La aparecida”(2013). Pero no demoremos más el estudio de “Reversos” que, a mi modesto entender, marca un antes y un después en la trayectoria poética de este poeta velezano. “Reversos” está sabiamente estructurado en dos partes o apartados fundamentales: “Reverso del tiempo” y “Versos de amor y literatura”.
 
Para la primera parte abre lúcidamente con una cita del poeta granadino Rafael Guillén –reciente Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca- que nos adentra en el cosmos poético de Reche, en ese tiempo reverso de otro ya vivido, en el cual las vivencias y las percepciones del poeta hallan la luz en el color sepia de unas viejas fotografías, esas fotografías con las que el poeta regresa al territorio de la infancia, de los sueños. Reche acude a la cita sin pensarlo dos veces, sabedor que en aquellos ya lejanos días descubrirá la verdadera razón de la existencia, la esencia del ser y de ser. La mirada del poeta entonces alza el vuelo de los años y recorre los lugares y las esencias de un tiempo huido, que nunca volverá pero que se adentra hasta los huesos y se alimenta de sueños:



«Yo veo tras la foto

los días de septiembre,

la luz entre los álamos trazando diagonales.

Y al hombre que pausadamente elige

el instante fugaz

que se salva del óxido del tiempo».



El poeta se reencuentra con el tiempo –su reverso- y nos muestra su mundo primigenio y nos invita a ser sus huéspedes, mientras un aire de nostalgia visita la casa y los juegos, el cine, la escuela, los senderos:



«Las tapias del colegio y el partido,

los cromos, la merienda, los vaqueros

de plástico, las latas, los senderos

de la rambla, el balón azul perdido».



El tono elegíaco del poema titulado “El almendro”, en versos alejandrinos, es una muestra más del buen hacer de Reche:

«Como ahora tú, madre, allí tras los visillos,

sentada en un sillón, ausente en tu silencio,

creyendo que visitan tu casa los que salen

por la tele y te ríes cuando a veces se ríen,

les aplaudes si aplauden y crees que eres la niña

que corría en las ramblas, libre con pies descalzos. […]

A veces estás triste, tus hijos son extraños /

que te visten, te peinan, te llevan de la mano,

te pasean por frías calles que desconoces.

Todo se ha vuelto anónimo.

Pero si llega el aire

de las sierras, aún sueñas con caminos de almendros».



En “Versos de amor y literatura”, segunda parte de este poemario, el poeta se desnuda y se desdobla, recorre los caminos en amorosa entrega. Su condición de profesor de lengua y literatura marca este tiempo poético. Amor y literatura como dos caras de la misma moneda, anverso y reverso, pero ¿cuál es cada uno? ¿Dos amores en uno, dos vidas en una? El poeta se muestra tal es. Late el corazón acelerado y un temblor recorre el cuerpo entero. Es hora de lo cotidiano, de compartir los días en el amor y la literatura:



«Corrijo por las noches,

y tú estudias inglés.

Si vamos a la playa más cercana

siempre hay alguien que cuenta:

seis hijos, seis. ¡Dios mío! Están locos.

Tendrán una criada, no tendrán

tiempo para aburrirse,

esos no ven la tele…

Que digan lo que quieran.

Yo tengo lo mejor, estar contigo

y compartir los días».



Pero siempre hay una última pregunta, una reflexión final del poeta, como balance de vida:



«Y yo, del otro lado de los años,

poeta, profesor de lenguas vivas,

me pregunto si erré

en la senda de la felicidad».



Feliz, al menos, ha de estar Reche por este poemario.



Título: Reversos

Autor: Diego Reche

Edita: Diputación de Granada, 2013

viernes, 7 de noviembre de 2014

Dos clásicos. Estación Sur



Nada mejor, en este tiempo de crisis generalizada, que un buen libro, o mejor dos libros, dos clásicos de la literatura universal de todos los tiempos. Un oasis representan, entre tanta vorágine, los libros “Un hombre acabado”, de Giovanni Papini y “W o el recuerdo de la infancia”, de Georges Perec, dos obras maestras que nos devuelven la fe en la literatura y en el hombre como creador de arte, ideas y pensamiento. Una vuelta a un humanismo depauperado por la desmedida ambición de los poderosos. Publicar en estos difíciles tiempos estos textos viene a confirmar que algunas editoriales: “Cálamo” en el primer caso y “Menoscuarto” en el segundo, apuestan por algo más que el simple beneficio empresarial –único objetivo de los grandes sellos editoriales-, es decir, afrontan el reto de competir en el mercado con productos de verdadera calidad literaria, un riesgo que difícilmente concurre en las más afamadas. “Un hombre acabado” es sin duda la obra maestra de Papini. 
Ha transcurrido mucho tiempo desde su primera edición (100 años), pero aún así es un libro imprescindible para entender la Europa del siglo XX. Papini es ese intelectual inconformista, renovador del pensamiento y las ideas transformadoras, representante de la vanguardia de su tiempo y, yo diría también, de nuestros días; escritor incansable y agitador de conciencias que supo, desde la libertad, crear un universo filosófico propio: «Queríamos trastornar la misma idea de la filosofía y dar al pensamiento las imágenes y el vuelo de la poesía; e inculcar en la poesía de los literatos una levadura, un fermento, una esencia de pensamiento […] y nosotros queríamos que fuera creadora (la filosofía) y que tomase parte en la obra de rehacer el mundo». George Perec es otro genio de las letras universales y “W o el recuerdo de la infancia” es una narración autobiográfica a través de dos relatos convergentes: la de una niño que crea una isla imaginaria llamada “W” y, por otro lado, los recuerdos vividos tras la Segunda Guerra Mundial y su posguerra, por ese mismo niño de ascendencia judía. 


Perec es un referente ineludible, uno de los grandes novelistas del siglo XX, y en este libro está presente como tal en cada una de sus páginas. En ellas sabe combinar las dos voces existentes para trasladarnos a una tierra imaginaria “W” unas veces, y otras, a la cruda realidad de los recuerdos infantiles. Y así, Perec escribe: «Pero la infancia no es nostalgia, terror, paraíso perdido ni Toisón de Oro, sino quizás horizonte, coordenadas a partir de las cuales podrían hallar sentido los ejes de mi vida». Con toda seguridad, dos clásicos de la literatura universal.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Por José Antonio Santano. Los reinos solares de Manuel Gahete




LOS REINOS SOLARES




Es un hecho incontestable que la poesía andaluza goza de una excelente salud. Y ateniéndonos a este premisa hay que reconocer que algunos nombres de poetas andaluces son ya imprescindibles en el panorama de la literatura española, por su calidad y su extraordinaria obra. Una de esas voces poéticas es la del cordobés de Fuente Obejuna Manuel Gahete. Su extensa obra así lo certifica. En el último año Gahete ha publicado cinco poemarios “El fuego en la ceniza”, “Motivos personales”, “La tierra prometida”, “Códice andalusí” y “Los reinos solares”. Ocupará nuestra atención este último, con el cual el poeta cordobés obtuvo el XXII Premio de poesía Ayuntamiento de Rincón de la Victoria “In memoriam Salvador Rueda”. La palabra es una luz cegadora, un vuelo a la más altas cumbres del sueño y sus abismos; una aventura hacia lugares ancestrales, mágicos y secretos que solo el poeta es capaz de alcanzar tras un largo camino. Gahete dedica este poemario a quienes sufren cualquier forma de violencia. El poeta concibe el poemario en tres apartados bien diferenciados: “el mármol y la sangre”, “la nieve y el fuego” y “el acero y el oro”. Desde siempre Gahete ha buscado en la palabra la belleza, de ahí su lenguaje cultista, por el cual cada vocablo está en el lugar exacto, medido, cuidado y mimado hasta el límite, deslumbrador como un diamante.
Sin embargo, en este poemario Gahete ahonda en el verdadero significado de la poesía y busca, apasionadamente, otros caminos, otras formas con las cuales expresar la verdadera emoción y razón de existir, esa que nace en el corazón del hombre y permite –nos permite- sabernos seres humanos capaces de llorar o de reír, de sentir la herida ajena como propia. En “Los reinos solares” la mirada del poeta trasciende lo vivido en otro tiempo, justo donde el sol es el único reino existente. Así en la primera parte (“el mármol y la sangre”) Gahete encarna todo el dolor humano hallado en las ruinas de la antigua ciudad ibero-romana de Ituci Virtus Iulia (hoy yacimiento de Torreparedones), también la misteriosa y sacra soledad de la cella colmada de exvotos y sueños:

 «Ituci Virtus Iuli se complace, 
/ deja granar el semen y la savia 
/ dispersas sobre el lomo de la bruma. 
/ Un ventalle de sol cruza su sombra […]
 Regreso de la cella donde Dea Caelesttis,
 / velando los misterios bajo lascas de arena,
 / pervive en el hechizo de su luz anicónica».

 Mas el poeta, dolorido, recorrerá aún Sagunto, Numancia, y será testigo en Farsalia de nuevas y numerosas muertes. En la segunda parte (“la nieve y el fuego”) el poeta, alarmado por la cruel realidad que le rodea nos alerta de la indolente actitud del hombre:

 «¡Será que respirando tan inhumano aliento, 
/ tanto tósigo amargo, tan podrecido polvo /
 nunca será posible que nazca el hombre nuevo!».

 Gahete deja para el final “el acero y el oro”, el temblor de la palabra que aviva el corazón y late apasionada en la búsqueda de la otra tierra, hermana siempre, de América:


 «Aquella fe imposible no se llamaba España
 / aunque España elanzara espíritus de cuerda 
/ colgados de la noche.
 / No se llamaba lluvia ni mar ni tempestades, 
/ no estaba construida sobre un nido de sueños. 
/ Aquella fe imposible de rojos gamellones 
/ era un grito implorante con el nombre de América». 

Gahete es voz y grito que recorre la tierra entera, lenta y profusamente, hasta alcanzar el más grande de los sueños: la fraternidad universal. De esta manera, “Los reinos solares”, viene a ser un poemario distinto, una obra de arte más, donde la palabra ocupa un lugar principal, conformando así un universo multicultural, en el que el mestizaje de creencias y dioses confraternizan hasta alcanzar la esencia misma de la existencia humana:

 «Hermano de tu hermano de sangre americana,
 / el máncer del olvido, delfín de una locura, 
/ despierta ya del sueño de ayer que hoy es mañana».

 Poesía auténtica en la voz del gran poeta andaluz Manuel Gahete.





Título: Los reinos solares

Autor: Manuel Gahete

Edita: Ayuntamiento Rincón de la Victoria, 2014.