domingo, 28 de septiembre de 2014

Antonio Praena. Yo he querido ser grúa muchas veces


_Por José Antonio Santano

YO HE QUERIDO SER GRÚA MUCHAS VECES

Lo primero que uno se pregunta cuando tienes este poemario entre las manos es la causa, el motivo que llevó a su autor a titularlo así: Yo he querido ser grúa muchas veces. ¿Por qué ese deseo de ser grúa? ¿Qué representa la grúa para el dominico y poeta Antonio Praena, qué proceso de selección le llevó a determinar esa máquina, su simbolismo, por qué esa aspiración, ese anhelo? ¿Qué vio en ella, su altitud paradigma de ascensión al cielo, paraíso, edén celestial? ¿Quizá su función de máquina que soporta la carga –¿de los pecados del hombre en la sociedad actual?- y la traslada hasta el lugar más idóneo; tal vez la idea de refugio y nido de las bandadas de pájaros que vuelan la ciudad en sus migraciones? Por separado o unidos todos los motivos caben en el discurso poético contenido en este poemario galardonado con el XXVI Premio Tiflos de Poesía. El planteamiento textual pasa, inexorablemente, por su carácter místico, quizá no tan hondo y apasionado como lo hallamos en Fray Luis de León o Santa Teresa de Jesús. El misticismo en Praena es más reservado y atemperado, sin negarle su esencia. La cruda realidad que observa a su derredor hace que el verso se revista de humano sentir y vuele trascendido a otros lugares.

De ahí la necesidad del vuelo, de la libertad como el más preciado tesoro; en esa simbología del vuelo, la otredad: «No el ser. / No lo uno. / No lo bello. // Lo otro. // Tú.», en este poema perteneciente a la primera parte del libro “Horas de vuelo”, con referencias constantes y continuadas a los pájaros, cuyo vuelo sigue una vez y otra, en la esperanza del encontrar el camino, o crearlo. Mas el hombre como tal ha de pagar un precio alto en la sociedad actual: conocerá de la soledad y la niebla: «cuando en los centros comerciales estoy solo […], cuando el no de los hombres se consuma / y el sí de Dios es carne aniquilada, / no sé muy bien por qué, / me acuerdo de aquel nido», de la vuelta al hogar (nido) primigenio. Igualmente en “Pájaro de providencia”, el poeta viaja hasta el convento de Santo Domingo (Scala-Coeli) en Córdoba para reunirse con Luis de Góngora y Fray Luis de Granada, y sollozar cuando oye los pájaros, sentir el vaciamiento (Kénosis): «salió del gran silencio para darnos / la eterna condición / que sólo a su bondad pertenecía» o vivir en El tiempo de Planck: «Cero coma (45 ceros) / un segundo después del gran silencio», el tiempo del amor. Praena juega con la palabra y en esa búsqueda incesante prevalecen y se repiten, por su simbolismo: vuelo, pájaros, nido; en otros casos son como luminarias de un tiempo oscuro, o cuando menos, gris. Así en el apartado correspondiente a “Pájaro de esperanza”, la palabra es cercana, cotidiana: «Ha estado en el sicólogo. / Le ha dicho que ya es hora de saltar / del nido, que la vida está en el riesgo, / que rompa el cascarón, estrene alas […] Ha estado en el sicólogo. / Buscaba un poco de aire. // Le ha cobrado 100 euros». Con “El amor a los pájaros”, vuelve a incidir en la necesidad del vuelo (libertad), y con versos heptasílabos nos dice: «Poca cosa es un ala. / Por profundas razones / sabemos todos bien / que sin otra no es nada», en clara correspondencia con su sentido humanista: el hombre solo no es nada, no es si no está en el otro, si no vive en el otro. ¿Es su visión religiosa de la vida o su humano sentir que vive en Dios, la única y verdadera respiración (Ruah)? Praena, de una u otra forma, busca conmoverse en las cosas sencillas que la ciudad ofrece, tal vez una simple grúa: «Me conmueven las grúas en invierno. / Parecen estar vivas y cumplir / su vértigo llenándose de grajos / que bordan en su acero un pentagrama. La esencia de las grúas son las aves / de paso. / Las cruces de este siglo / donde todo se mueve, son las grúas: / inmóviles, calladas, imposibles. […] Las grúas son amigas de los pájaros». Y el recuerdo persiste en salir a la calle, tomar el aire y expandirse desnudo y libre, como así sucede en el poema Tu vientre, que dedica a su madre: ¿Recuerdas la alameda de los pájaros, de los corzos, de Las Vargas, de los años, de tu madre? Conviene señalar de la parte denominada “Stripper” unos versos que nos devuelven al poeta humanista: «aquí soy vuestro hombre porque un hombre / que es pájaro y que es canto y aire mismo / de voces muchas otras y otras alas / concurro a vuestro aliento y me desnudo / de todo lo que soy para ser vuestro». “Écfrasis” sea quizá la parte en la que simbología ocupa un lugar más destacado en poemas como Quizá una golondrina, Anunciación del Prado, Pelícano o :Siempre. Concluye el poemario con un “Prólogo” que es epílogo, o viceversa, y en el que el poeta halla la verdad –su verdad-: «Le aguarda al hombre un tiempo y no depende / de la destreza de sus alas: la más honda / verdad está en el viento». Dos voces en una, la del dominico y la del poeta, el misterio y la cruda realidad son un mismo canto. Y yo añado: también en mis brazos de grúa decenas de pájaros descansan y miran al infinito. La simbología y la mística danzan en el aire, vuelan hacia un cielo azul de mar.
Título: Yo he querido ser grúa muchas veces
Autor: Antonio Praena
Edita: Visor (Madrid, 2ª ed. 2014)


viernes, 19 de septiembre de 2014

Generación del 27. Estación Sur




                  No es frecuente, pero a veces sucede que nos encontramos con una agradable sorpresa detrás de una esquina cualquiera. Por el lugar en cuestión había pasado cientos de ocasiones y nunca me llamó la atención nada, si nos atenemos a la soledad de los locales en otro tiempo dedicados al más variado comercio. Era ésta una sensación de vacío que cuesta ignorar, mucho más dadas las actuales circunstancias de deplorable crisis económica a la que nos han sometido gobernantes, banqueros y grandes empresarios. Cierto es que en una ciudad pequeña difícilmente hallas una programación que satisfaga todos los gustos, menos aún, que integre o reúna a más de uno. La cuestión es que, afortunadamente, el factor sorpresa existe y aunque solo ocurra en contadas ocasiones, satisface comprobar que la ciudad está viva y que en ella, todavía, existen personas emprendedoras capaces de crear un espacio distinto y elegante a la vez, acorde con los tiempos de hoy, pero enraizado en la más honda y sabia tradición intelectual y culta de este país. La Generación del 27 representó en su día esa tradición que hoy se intenta recuperar. Muchos de aquellos hombres y mujeres, poetas, escritores, músicos, cineastas, pintores, profesores, intelectuales todos, siguen presentes en la mente y en los corazones de un gran número de nosotros. Ellos sí fueron capaces de airear por todo el mundo la marca España –mucho más que la selección de fútbol, claro-, la verdadera marca España, la que nos diferencia del resto por la profundidad de pensamiento y la pasión creadora en cualesquiera de sus ámbitos. La Generación del 27 fue un símbolo y un ejemplo a seguir, la imagen de un movimiento cultural sin precedentes en nuestro país. Aquellos hombres y mujeres (Jorge GuillénPedro SalinasRafael AlbertiFederico García Lorca, Dámaso AlonsoGerardo Diego,  Luis CernudaVicente AleixandreManuel Altolaguirre , Emilio Prados, Miguel Hernández, Salvador Dalí, José Bergamín, Juan Gil-Albert, Moreno Villa, José María Hinojosa, Ricardo Gómez de la Serna, Concha Méndez, María Teresa León, Ernestina de Champourcín, Rosa Chacel, Josefina de la Torre, María Zambrano, entre otros muchos), creadores todos, nos siguen alumbrando todavía hoy el verdadero camino hacia la libertad y el arte de crear. Y si crear es la razón que unió a aquella extraordinaria generación, también hoy, bajo este marbete, nace un nuevo espacio (Taberna Generación del 27) que, por encima de todo, quiere ser faro de las diferentes manifestaciones artísticas y culturales de Almería. 


domingo, 14 de septiembre de 2014

La fuga del maestro Tartini. Salón de lectura.



LA FUGA DEL MAESTRO TARTINI


                        No es fácil hallar, en los tiempos que corren, una obra literaria tan cargada de sabiduría y oficio, de tan extraordinaria creatividad como la concebida por el escritor madrileño Ernesto Pérez Zúñiga con “La fuga del maestro Tartini”. En esta novela, tan bien documentada como escrita, Pérez Zúñiga ha sabido reunir todos los elementos necesarios para plasmar no solo una historia y una trama admirable, sino algo a mi parecer mucho más importante, cual es el hecho de aguijonear, provocar e incitar al lector a entregarse al texto en cuerpo y alma desde la primera página, como si en ello le fuera la vida. En ella hallamos multiplicidad de matices que uniéndolos o interrelacionándolos –historia, aventura, voces narrativas, lenguaje, conocimiento, humanismo, etc- consiguen mantener la curiosidad y la intensidad lectora hasta el final del texto. Pérez Zúñiga, por tanto, no solo nos brinda la oportunidad de conocer la vida del excelente y desconocido músico del siglo XVIII Giuseppe Tartini, a través de una estructura narrativa sólida y fluida en su construcción lingüística, con la alternancia de dos voces narrativas y una exquisita prosa, sino que además nos adentra en la sociedad de la época, en sus vicios y virtudes y nos hace cómplices de los sentimientos y la pasión creadora de Tartini, de su sentido de la libertad o la amistad, del bien y del mal en ese vital encuentro con el diablo en un sueño de eternidad y que servirá para seguir sus dictados hasta componer la célebre Sonata del Diablo, conocida también como “El trino del Diablo”. Estética y ética se dan la mano en esta magnífica novela, y recorren los caminos y las ciudades (Venecia, Ancona, Pirano, Capodistria, Venecia, Praga y Padua), y nos muestran las miserias del hombre y la pasión creadora como razón de ser primera y última. Todo se entrelaza y funde en este inolvidable texto, en el que no podemos olvidar el latido feroz en la búsqueda siempre de la belleza a través de los sonidos, de la música en su estado puro. Ni el dolor insoportable de su brazo  le restará fuerza a Tartini para escribir, en sus últimos días, su biografía: «Será porque después de varias décadas suena nítida la sonata que compuse en Ancona, también después de un sueño. Serán estas causas las que me determinan a dejar por escrito los hechos de mi vida antes de que se nublen definitivamente y los arrastre una última tormenta». También hallamos al Tartini inconformista, que se enfrenta al poder: «Repugna ver tanta felicidad humillada ante el poder. Siempre lo he detestado, lo prueban cuantas invitaciones he rechazado para ser músico de corte. Si tenía que tocar ante alguien, he preferido hacerlo ante el Dios de la Basílica». Tartini no solo es un genio, un virtuoso del violín, un creador nato, sino un hombre, un ser humano que siente y, sobre todo, ama la libertad: «La estancia, situada en lo más alto del edificio, apenas tendría diez metros cuadrados […]. En esas dimensiones sentía la dicha de la libertad por primera vez en mi vida. Por primera vez, atesoraba el tiempo, el tiempo azul del ventanuco». La música será, después de haber empuñado la espada y conocer la vida monacal, su salvación, gracias a su amigo Vandini, su única pasión, su vida entera: «Antes de Praga, amaba la música en mí; después, aprendí a amar la música en los demás. Esto influyó en mi admiración por la voz humana, que hoy considero el fenómeno musical por excelencia y al que he dedicado mis últimas composiciones». Tartini –el músico y el hombre- es ya otredad, vive en los demás de tal manera que llega a afirmar: «La música más hermosa está en el ser humano, no necesitas mirar a otra parte, Giuseppe Tartini, infierno o cielo, ningún lugar eterno; nada es tan poderoso como nuestra fragilidad; en ningún lugar hay mayor intensidad concentrada; y se hace mucho más grandiosa cuando somos generosos que cuando tratamos de desahogar nuestra desesperación». Ocupa un lugar destacado en Tartini, el sentido de la amistad: «Aquel Vandini de treinta años ya nunca dejó de acompañarme. Él es el mejor violonchelista que haya conocido el mundo», incluso aquella nacida del desencuentro y la rivalidad, caso de Veracini:«Hablamos como antiguos compañeros de las orquestas de Praga y ambos nos reímos de aquella rivalidades a las que hoy no encontrábamos sentido. Brindamos por la serenidad de la madurez y por la autenticidad de la música, el único estandarte que vale la pena levantar». No menos importante es para el personaje principal de esta novela la naturaleza: «En la naturaleza encontré la medida de mi renuncia y una profunda libertad». Tartini camina por la plaza San Marcos, en esa búsqueda por la belleza de sus atardeceres.
En su cabeza remolinean las palabras:«Los intervalos musicales se corresponden con las pasiones humanas. El modo mayor, ya se sabe, transmite fuerza, alegría, ardor; el menor, dulzura, languidez, melancolía. La semilla de las pasiones está en todos los hombres. Las diferencias las establecen la educación y las costumbres». Pero sobre todo, Tartini es hombre solidario y generoso con los desfavorecidos, y por esta y muchas razones más se pregunta: ¿Hay mayor dicha que poder compartir día a día los pequeños naufragios de la vida, la conversación, el vino, los amores, los conflictos, los rencores, la risa, la música, con alguien con quien uno tiene extrema confianza, una lealtad que dura más que el amor, un amor que suena en un tono menor pero alcanza las costas más lejanas, no se queda en el camino? Estoy seguro de ello, aunque sea este un tiempo de adoración al dios dinero. Mas nuestro personaje es hombre, y como hombre, mortal: «La pluma de Burney vuelve al tintero y después escribe, suena sobre el papel: La belleza de la música nos salva de la muerte. Se detiene sobre la línea que ha escrito. Tacha: salva. Sobrescribe: alivia». Y, ciertamente a Tartini nadie pudo librarlo de la muerte, y por eso, aún después de su muerte, nos hacemos eco de sus palabras: «Solamente un poquito más de música, por favor, su vuelo desde el aire al oído, desde el oído hacia la alegría interna, hacia el agradecido asombro, solamente un poco más de música». A lo que cabría añadir, respecto a la creación literaria: un poco más de buena literatura, la de esta novela sin fin y de las que están por venir de la pluma de Ernesto Pérez Zúñiga, sin duda una voz sobresaliente en el panorama de las letras españolas.

Título: La fuga del maestro Tartini
            Autor: Ernesto Pérez Zúñiga 
            Edita: Alianza (Madrid, 2013)

viernes, 5 de septiembre de 2014

Los acantilados de Amat. Estación Sur

LOS ACANTILADOS DE AMAT

Incomprensible y patético, pero cierto. No me voy a andar por las ramas. Ya está bien de tanto paño caliente. Los acantilados de Aguadulce fueron destruidos sin más, consecuencia de la avaricia y la más absoluta desvergüenza política del máximo gestor y responsable del municipio de Roquetas de Mar, Gabriel Amat. Habría que remontarse en el tiempo –corría el año 2005- para recordar aquella lucha de la mayor parte de los ciudadanos de Aguadulce (plataforma cívica Acantilados SOS, integrada por asociaciones de vecinos y culturales, organizaciones ecologistas y partidos políticos) para detener la destrucción de los acantilados, para comprobar la cabezonería del Sr. Amat, su prepotencia y, sobre todo, su irresponsabilidad y maltrato de un entorno natural que a todas luces clamaba seguir vivo para bien de todos. Sin embargo, el Sr. Amat, alcalde de Roquetas, no hizo caso ni a la ciudadanía de Aguadulce ni tampoco a las normas urbanísticas. 

De modo que, ahora después de los años transcurridos, destruidos totalmente los acantilados de Aguadulce, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, dicta sentencia favorable al recurso interpuesto por la Junta de Andalucía, en el sentido de declarar nula la licencia de obras concedida en su día por el Ayuntamiento a la empresa Almeragua, S.L, para la construcción de 500 viviendas, así como la nulidad del Plan Parcial del Sector I. Consecuencia de este gran disparate del Sr. Amat, que siempre tira la piedra y esconde la mano, que los ciudadanos de Aguadulce y todos los visitantes que se acercan a este enclave, ven con rabia e impotencia que aún después de dicha sentencia los acantilados no existen y, lo que es peor, que nunca más podrán recuperarse, consecuencia de la especulación urbanística a la que nos ha sometido durante tantos años el Sr. Amat, omnipresente alcalde de Roquetas de Mar, Presidente de la Diputación y también del Partido Popular de Almería. 
 
Y pensando pensando, digo yo que, algo deberíamos hacer los ciudadanos tras tantos atropellos urbanísticos cometidos en el municipio. Los acantilados nunca debieron de ser destruidos. Y ustedes, amigos lectores, saben bien por qué. Por una única razón, porque pertenecen al común, a todos los roqueteros, porque los acantilados nunca fueron de Amat. Y por esta razón tan simple, el Sr. Amat, debería, en el mismo acto, ordenar su restitución, en la medida de lo posible, y dimitir.
ESTACIÓN SUR______________________________José Antonio Santano