martes, 30 de septiembre de 2014

El Caridemo. Revista científica y literaria (Almería). María Isabel Giménez Caro

PROSA NOVELESCA EN "EL CARIDEMO" (1847-48) y  "EL DESEO" (1844): DOS REVISTAS ROMÁNTICAS ALMERIENSES

 

Autores: María Isabel Giménez Caro
Localización: Boletín del Instituto de Estudios Almerienses. Letras,
ISSN 0211-7541, 
Nº 14, 1995 , págs. 43-62
Tapa blanda: 253 páginas 
Editor: Editorial Universidad de Almería (3 de julio de 2000) 
Colección: Humanidades 
Idioma: Español
ISBN-10: 8482401777 
La revista El Caridemo, editada en 1847-48, se inscribe en un amplio movimiento que permite la aparición de publicaciones como El Semanario Pintoresco Español, la crónica o el Siglo Pintoresco. El Caridemo nos ofrece una información precisa sobre los criterios que orientan la producción e interpretación en provincias de la novela o la poesía a mediados del XIX. Las páginas de esta antología proporcionan al lector un comentario detallado sobre los problemas económicos de Almería, y recogen las quejas permanentes por la falta de unas vías adecuadas de comunicación o el debate sobre las reformas urbanísticas de la ciudad , junto a la animada descripción del bullicio en los días de feria y la reseña de los principales actos culturales organizados por instituciones como El Liceo. Isabel Giménez Caro, profesora de la Universidad de Almería, e Inmaculada Urán Navarro han selccionado las páginas que mejor pueden orientar al lector sobre los contenidos de la revista. Y analizan en la introducción los comentarios del El Caridemo situándolos en las coordenadas de la época y atendiendo a los resortes que nos muestran las intrigas, las aspiraciones y las formas de vida provincianas.






















lunes, 29 de septiembre de 2014

La torre Opalina. Álvaro Martín Fuentes

LA TORRE OPALINA

Álvaro Martín Fuentes


En el bosque de Nórtthan, al norte, nunca se han posado las estrellas, pues las cerradas copas de sus árboles, cuyas hojas en manto encierran la tierra, impedían a los rayos del sol y las lunas penetrar por ellas y besar su suelo. Era, por tanto, un bosque preñado de tinieblas, de invisibles caminos y putrefacta naturaleza.
Bien lo sabían Elios y sus hombres, quienes deambulaban tras la guía de siete antorchas que parecían alimentarse de aquella oscuridad húmeda y asfixiante. Llevaban varias semanas recorriendo el silvoso bosque, sin descanso, desnutridos y famélicos, respirando un aire cargado de vapores fantasmales y psicodélicos. Siete hombres de entre 23 y 60 años, cuya misión consistía en encontrar la torre opalina ─una construcción casi tan antigua como el mundo─, en la que había oculto un singular tesoro; no de oro ni de plata, sino tallado en cuarzo de ágata. Un prisma multicolor con forma de pirámide que cabía en la palma de un niño. Era la llave; la pieza complementaria para abrir un portal mágico capaz de transportarte al sitio que pronunciaras antes de atravesarlo.
Ellos conocían el riesgo y las dificultades de la empresa. Otros hombres ya la habían acometido mucho antes. Pero escasos volvieron con vida y, si lo hicieron, fue con las manos vacías. Aun así estaban dispuestos a emprender esta aventura que Lumarga les encomendó. Ella era la bruja más poderosa de la época. La peor enemiga del Reino de los Hombres.
Lumarga necesitaba ese prisma irisado. Con él activaría aquel portal que podría, incluso, conducirla hasta los mismísimos aposentos del rey, si quisiera. Magna era su ambición, fuerte su ira, emponzoñada por la sed de venganza que por el rencor se incentiva. Tras tantos intentos, esta vez no fallaría; ninguno de los anteriores impedimentos lograría detenerla.
Para tal fin, entregó a sus secuaces una serie de armas, objetos y artilugios mágicos, con los que asegurar el triunfo de la misión y la pronta ostentación del prisma entre sus manos huesudas.
Ciertamente, aquellos atributos les sirvieron, ya que cientos y más fueron los desafíos y las adversidades que afrontaron día tras día, jornada tras jornada (y mucho estaban durando...).
Hombres de buen fondo, corazones valientes y honorables ─a pesar de todo lo que de ellos se diga─; hombres sin hogar, hombres sin tierra que laborar, padres pobres, padres sin oficio, padres sin comida para sus hijos, encargados de alguien enfermo, individuos con grandes necesidades, cuyas responsabilidades pesaban más que el miedo o el peligro que los rodeaba.
Con una cantinela constante, cada miembro del grupo alternaba, en enumeración, la razón por la que allí estaba. Lo hacían para reavivar sus instintos y adormilados sentidos, motivarse y luchar contra la indómita tenacidad del terreno y los elementos, que en todo momento los invitaban a desfallecer. Iban por orden, empezando por su líder llamado Elios:
─¡Porque muchos afirman que ya he perdido mis facultades y que no soy el paladín de antaño! ─Dijo Elios; el mayor de los siete. Guerrero de barba canosa hasta el pecho, vestido con ligera armadura y una espada a cada lado de la cintura.
Su atributo mágico fue bañar dichas armas en un ácido ─inapreciable a simple vista─ que las hojas absorbieron. Al adquirir su virtud corrosiva, las espadas podían derretir cualquier material sólido con el que colisionaran. Eso le permitía cortar con facilidad los troncos y ramajes para abrirse camino en la espesura; por lo que él encabezaba el grupo.
─¡Por mis dos hijas ─siguió Grínkel─, heridas por el dardo de la enfermedad! Que sin medicina las habré de enterrar.
Éste era algo calvo, pero de largas patillas; que además de emplearse bien con la espada, cargaba una portentosa ballesta a la espalda. Casi siempre estaba tristón, ausente, y daba la impresión de ser un individuo convenido. A él le fue entregado un atributo iluminador: un frasco de agua de luna, que luce sólo cuando no hay sol y repele a los seres que odian la intensidad con que fulgura.
─¡Por mi mujer y mis hijos, que no son pocas bocas que alimentar!, yo no soy tan elocuente. ─Dijo Pellio, con ese carácter soso que tanto lo caracterizaba. Un hombre aburrido, de vientre, el mejor dotado, por ello acusado de ser quien dejó sin comida a su familia. Sin sangre en los andares, hábil, no obstante, pero sólo cuando estaba en apuros. Había recibido por atributo una bolsita de polvos antiflujos. Con ellos se podía solidificar cualquier sustancia fluida, viscosa, a saber: fango, charcos, arenas movedizas, entre otros; que como bien sabía Lumarga, rebosaban por todo el bosque de Nórtthan.
─¡Yo vengo en busca de la recompensa que me permita forjar un futuro exento de más aventuras como ésta! ─Dijo Saédor, hijo de Nareo Saedos. Se parecían mucho en el físico: pelo largo y rizado, oscuro como sus ojos; eran altos, delgados y de miembros fuertes.
Del grupo, Saédor era el más joven e insensato, aunque no por ello menos obediente y fiel a su líder, a quien admiraba con pasión y esnobismo. ¿Y qué mejor atributo pudo ofrecerle Lumarga que una brújula de bruja o brújuda, para encontrar el camino de vuelta?
─¡Yo vengo para evitar que maten a este insensato, mi único hijo! ─Ése era Nareo. Un hombre intachable, de los más honorables con los que Elios se había topado y junto al cual hubo luchado, tiempo ha. Mucho le costó a Elios convencerlo de que viniera; de ahí que éste cautivara primero a su hijo Saédor (no siéndole difícil), con lo que Nareo no tuvo más remedio que acompañarlos.
Siempre ejemplar, Nareo rehusó aceptar el atributo de la bruja; primero, porque no se fiaba, y segundo, porque hacer tratos con las de su especie se condenó con la muerte en otra época (su juventud). Sin embargo, de entre todas las cantimploras que Lumarga les entregó, la suya contenía un encantamiento fortalecedor en el agua, capaz de doblar la fuerza y la resistencia de quien la tomara.
─Yo sólo espero que encontremos esa maldita torre antes de que se nos pudran los pies con este lodo ─dijo el sexto en un murmullo─. ¡Por los cerdos y vacas que heredé de mi padre y éste de mi abuelo! Que sin tierra o dinero no tendré para darles grano o ramoneo─. Se llamaba Mayus. Un tipo simpático, musculoso y diestro en todas las armas, sobre todo con las dagas y cuchillos, sin olvidar su gran mandoble, de nombre Aurora.
Lumarga le prestó a su preciada mascota: un corbrejal, semejante a un gran buitre, que lo ayudaría cuando surgiera el peligro. Desde el principio del viaje, Mayus lo liberó para que volara sobre el techo del bosque, en busca de la torre opalina.
─¡Yo estoy aquí porque le debo dos o tres favores a Saédor, mi amigo de siempre; favores que con gusto verá cumplidos ─terminó diciendo Aréstel. Tenía cuatro años más que Saédor. Su vida había sido difícil, sin familia ni pareja con quien formarla. Nareo lo acogió de niño y, por ello, Aréstel y su hijo eran inseparables; pero a diferencia de Saédor, Aréstel aprendió a valerse por sí mismo. Era mucho más serio y competente, más astuto e inteligente; quizá porque en su primera niñez pasó hambre y la necesidad agudiza el ingenio. Lumarga le dio el atributo más poderoso: siete turmas de salamandra de fuego, cuya magia prende en llamas cualquier cuerpo al estrellárselas encima, así esté compuesto sólo por agua.
Mejor habría sido ir en silencio por aquel bosque siniestro, pues a su paso iban despertando a las alimañas que habrían preferido bien lejos. Ya se habían enfrentado a un gigante ermitaño, una manada de toros del musgo, y a tres arpías jinete; por no hablar del inesperado encuentro con una rana enorme que decía llamarse Baseligas. Llevaba una capa de terciopelo rojo, con festones de hilo dorado, exhibiendo una corona sencilla y apoyándose en un cetro de cristal granate.
Casualidad o no, el batracio se había topado de frente con el grupo. Y mágico como era, Baseligas les habló sin dilación, pues, además de sabio, también era un excepcional cotilla.
─¿Adónde van ustedes, caballeros aguerridos? ¿Tal vez de caza?, ¿tal vez perdidos por atrevidos?, ¿quizá estén buscando los tesoros que en Nórtthan yacen escondidos?, ¿o, quizá, os persigue la muerte, pues os veo agotados y transidos? ─Recitaba Baseligas, más que preguntar, mientras los miraba con sus enormes ojos fijos.
─Venimos en busca de la torre opalina ─contestó Elios─.  El tesoro que allí se guarda es lo que queremos y por lo que hemos viajado durante semanas, desde muy lejos, y nos hemos enfrentado con dignidad a serios peligros. ¿Quién sois, honorable sapo?
─¡Por mis ancas! No soy sapo, ¡soy rana! ¿Y quién soy yo? Hace siglos que nadie me lo pregunta: soy Baseligas, el habitante más antiguo de este bosque inmenso; el rey de los batracios me llaman. Pocos ojos humanos me han visto, y menos aun son aquellos que yo haya visto por vez segunda.
─Entonces, sabréis dónde queda la torre de los mil colores ─dijo Elios, eufórico.
─Sí. ─Contestó Baseligas secamente.
─¿Por dónde, por dónde es, qué camino elegimos?, díganos el rumbo, se lo rogamos, ¡oh, majestad anfibia! ─Preguntó el joven Saédor con impaciencia.
─Hace mucho que no me acerco a ese sitio maldito ─dijo Baseligas─; por nada del mundo os acompañaría y mi consejo es que marchéis en sentido contrario. No se hacen una idea del peligro que correrán. Allí, bajo las aguas subyacen los caminos, el hedor envenena los pulmones y dormida espera la muerte. Las armas de los Hombres allí no sirven ─incluso, rara vez la magia─, y a menudo, la razón se desliza en las alturas confundiéndose con la locura.
─Portamos armas mágicas, no simples espadas; serán combinación suficiente, estamos bien preparados, usted descuide. Ya nos hemos enfrentado a varias bestias por el camino. ─Baseligas frunció el ceño con mirada escéptica, mientras les decía: ─No seré yo quien impida vuestro ambicioso propósito.
La rana dio un salto a un enorme tronco tumbado, recubierto de verdín, y golpeando su cetro contra la corteza, desató un chorro de luces y estelas rojas que se unieron en una sola centella con forma de ardilla.
─Seguidla y ella os mostrará el camino ─dijo Baseligas, justo antes de desaparecer.
Los hombres corrieron tras la centella, resbalando y tropezando cada dos por tres. Ya se apreciaba un ápice de claridad procedente del día. No obstante, seguía estando oscuro y mucho cuidado debían tener con las espinas, los aguijones, los colmillos deletéreos, los embriagadores aromas de las flores ─que desprendían somníferos─ y otras tantas plantas carnívoras.
Hasta que al fin la encontraron.
Entre una exuberante vegetación selvática surgió un claro; que a pesar de la ausencia de árboles no estaba vacío, pues lo que encontraron fue una pequeña laguna, en cuyo centro se erguía el colosal monumento, imponente y simétrico. La torre, en sí, era un descomunal cristal de ópalo precioso, con tres paredes rectas, tan verticales y lisas, como la mirada de los siete hombres al intentar vislumbrar la cumbre que se alzaba treinta y siete metros hacia el día. Uno a uno, los siete se metieron en las profundas aguas de la laguna y nadaron para cruzarla.
De repente, Grínkel gritó aterrorizado por lo que encontró en una de las orillas: un ser monstruoso, con un cuerpo alargado de piel lisa y brillante, coloreada de amarillo y varias franjas rojas; en cada extremidad tenía aletas de pez, pero se parecía más a una gran babosa como las que reptan los mares, llamativas y hermosas. Grande y lustrosa; daba la sensación de tener la carne flácida. Su cabeza abombada sólo tenía ojos, eso sí, unos enormes globos oculares que casi le ocupaban toda la cabeza; ahora bien, estos eran blancos y velados, como los de una libélula ciega. No se movía, parecía estar muerta, sobre todo por la mucosa purulenta que secretaba y la peste que despedía, peor que el pescado podrido.
Rápidamente, todos salieron del agua, ya a los pies de la torre. Entonces Nareo agarró una piedra, ─preparaos por lo que pueda pasar a continuación… ─Los demás desenfundaron las armas al instante y, temeroso, Nareo se la tiró a aquella cosa extraña, que no se inmutó.
─Bien. Si estuviera durmiendo, esa pedrada la habría despertado, sin duda ─dijo Nareo.
─De acuerdo. ¡Pues todos a buscar la entrada! ─Ordenó Elios.
Sin embargo, no hallaron puerta o trampilla por ningún lado. Hasta que Aréstel los llamó con apremio: ─¡¡Aquí, aquí!!
Él les señaló unas inscripciones esculpidas en la pared, que unos helechos habían ocultado durante décadas.
Las marcas indicaban una entrada superior, a la que se llegaba subiendo por unos huecos que la pared presentaba en una de sus tres esquinas. Huecos donde sólo cabían manos y pies. El grabado también mostraba a la insólita criatura devorando a varios hombres que caían desde arriba… pero no sólo había una, sino varios ejemplares muy bien detallados. ─¿Cómo se los comían si no tenían boca? ─Se preguntaban.
─Pues vamos, debe de ser por aquí ─dijo Elios. Y efectivamente, en la esquina más afilada estaba la subida. De ese modo, fueron ascendiendo sin demasiado problema, aunque ninguno se libró del acosador temblor que la altura infería en sus músculos tensos.


Esfinge dorada


 

 



Pellio fue el primero en llegar y ya se estaba quejando: ─¡Agg, qué asco! ¿Qué es esta guarrería?
─¡Termina de subir y lo sabremos todos! ─Lo reprendió Grínkel, que nunca hablaba, pero cuando lo hacía…
Una vez que todos estaban arriba, coincidieron con Pellio. Una sustancia oleosa ─mezcla de agar y aceite─ barnizaba el suelo de la cima; sustancia que se les pegó en las manos y luego en los pies. Lo peor era que no había forma de quitársela. Se restregaban en sus ropajes, la armadura, y nada. Aquello sólo agravaba el efecto, pues la sustancia parecía estar elaborada por alguien que pensó en todo; alguien que no los quería allí arriba, que embrujó el poderoso ungüento para que volviera a aflorarles en las manos cuando se las limpiasen.
A diferencia del resto, Aréstel evitó el error de los demás, al ir el último, apoyando los codos en lugar de las manos.
─¡Maldición! ─Se quejó Grínkel─. Ahora no podemos bajar por el mismo sitio, se nos escurrirán los pies y las manos.
─Es cierto ─dijo Elios─. Más nos vale no tropezar. ¡Intentad no perder el equilibrio!
─Pues luego habrá que saltar desde aquí a la parte más profunda de la laguna ─dijo Pellio.
─No será necesario ─contestó Mayus─. El corbrejal de Lumarga puede transportarnos sobre sus alas.
─¡Ah, bien pensado, excelente, sí, es verdad! ─Gritaban unos y otros.
Así fue que, con el júbilo, Nareo descuidó un paso y resbaló con estrépito; la inercia lo empujó hacia el filoso borde y se perdió, sin remedio, tras treinta y siete metros de caída. Allí acabó su camino, en las aguas cercanas a la criatura, la misma que acababa de despertar de su profundo letargo; una esfinge dorada que custodiaba la torre por orden de la muerte, que no era otra cosa que su instinto, el cual le había enseñado, durante años, a esperar allí a los incautos aventureros.
Así pues, la esfinge dorada emitió un agudo sonido con el que les heló los huesos al resto, mas su fin era despertar a las demás esfinges que bajo tierra esperaban ser llamadas. Las cinco bestias que acudieron se tiraron al agua, rodeando con velocidad la torre, dando piruetas bajo el agua como leones marinos.
─¡¡Padreee, noo!! ─Gritó Saédor, al ver cómo lo descuartizaban a mordiscos.
Mayus lo agarró como pudo para que no cometiera una locura. No podían hacer movimientos bruscos ni dar pasos en falso; sólo un simple error los separaba de la muerte. Pero entonces, Pellio cayó en la cuenta de su atributo: ─¡Los polvos antiflujos!
Con ellos logró solidificar la viscosidad del piso y anular la pinguosidad de las manos.
─¡Podrías haber usado eso antes, desgraciado! ─Le gritó Saédor entre lágrimas desasistidas. Y aunque Pellio no soportaba los insultos, se tragó su orgullo, pues comprendía la furia del joven, que acababa de perder a su padre. ─Lo siento de verdad, Saédor, lo siento.
─Creo que deberíamos continuar ─dijo Grínkel.
─Ahí está la entrada ─dijo Aréstel─, ¿bajamos ya?
─¿Bajamos? ─Repitió Elios─. Querrás decir, bajáis…
─¿Cómo? ─Preguntaron Aréstel, Pellio y Mayus al unísono.
─Ya me habéis escuchado. Grínkel y yo nos quedaremos aquí mientras vosotros buscáis el prisma mágico ─decía Elios, a la vez que Grínkel y él desenfundaban sus armas y con ellas los amenazaban.
─Tomad ─dijo Grínkel, arrojándoles su frasco con agua de luna. ─Seguro que necesitaréis luz ahí abajo.
─¡Ah!, ─exclamó Elios─ por cierto, Aréstel, entrégame tu atributo, esas turmas de salamandra.
Aréstel quiso resistirse, pero vio que Grínkel había preparado su ballesta, con la cual le apuntaba. Sin más remedio, Aréstel las sacó de su bolsillo y las dejó en el suelo con sumisión.
Los cuatro sometidos miraban a ambos traidores con el mayor de los desprecios, pero ¿qué alternativa tenían?
Así pues, se introdujeron en la torre como gusanos en una manzana podrida. Hacía mucho calor y en sus manos notaban que los polvos antiflujos estaban perdiendo su efecto. Sin embargo, no habían penetrado ni cuatro metros, cuando Saédor comenzó a dar saltos y voces de socorro: ─¡¡Quitádmelo, quitádmelo!!
─¡¿Qué te ocurre?! ─Le preguntó Mayus.
─¡Aah, algo se mueve en mi bolsillo, quitádmelo, quitádmelo!
─¡Oh, cállate! ¿Esto es lo que te estaba matando? ─Le dijo Mayus, quien sujetaba entre los dedos la brújula brújuda, que vibraba frenética, como si tuviera vida propia. Se fijaron en sus agujas y, con sorpresa, vieron que señalaban en una dirección con un rayo de luz tenue.
─¡Por aquí! ─Dijo Pellio.
De este modo, anduvieron durante un rato, ya mareados por la elevada temperatura y la falta de un aire que no oliera a pedo de tortuga. Pero al fin de caminares, de miedos y otros pesares, allí lo descubrieron: un pequeño prisma piramidal que reposaba sobre un altar estrecho y rectangular.
─¡Caray, menuda ridiculez! ─Dijo Mayus.
─¿Y para esto arriesgamos la vida? ─Se quejó Saédor.
─¡Cogedlo y fuera! ─Les dijo Pellio. Y de todos, fue Aréstel quien se dignó a cogerlo; además, era el único que tenía las manos limpias.
En pocos minutos consiguieron salir de aquel laberinto, pues gracias a la brújula supieron el camino inmediato al exterior. Pero justo antes de salir, Pellio los detuvo.
─Escuchad. Esos dos estarán esperando, con total ilusión, a que salgamos y les entreguemos el prisma como dóciles ovejitas. Esto es lo que vamos a hacer… ─Pellio les explicó el plan que parecía más sensato y se prepararon para salir prestos.
Mientras tanto, Elios y Grínkel se habían quedado atrapados, pues el piso se había vuelto resbaladizo de nuevo, y ahora sus espadas se les hacían inasibles entre sus manos. 
De pronto, Pellio apareció en escena, esparciendo polvos antiflujos delante de sus pies; y tras él venía Aréstel, agarrando a su amigo Saédor para conducirlo a la esquina por la que habían subido a la torre. Pero Grínkel atinó a quitarle a Pellio la bolsita de los polvos y, raudo, los tiró enteros al suelo para hundir en ellos las manos, gesto que imitó Elios a su lado.
Este último alcanzó una de sus ácidas espadas que, con toda su fuerza, clavó en el pecho de Pellio ─quien había vuelto para recuperar la bolsa de polvos mágicos─ y allí la dejó hincada.
Seguidamente, apareció el gran corbrejal de Mayus, que intentó ayudarlo a escapar; pero entonces, Grínkel manifestó su habilidad con la ballesta al disparar una flecha que le atravesó un ala y, por ello, la flecha pudo continuar viajando tras éste, hasta frenarse en el cuello de Saédor, que se había interpuesto en la trayectoria. Mayus, por su parte, le lanzó dos dagas a Grínkel, con acierto; una en cada mano. Así, tendido en el suelo, Grínkel escupía alaridos igual que los cerdos de Mayus, cuando estos iban al matadero.
 

Saédor soltaba borbotones de sangre que Aréstel intentaba detener en vano con sus pulcras manos. Cegado por el miedo a la pérdida de su mejor amigo, no se daba cuenta de que Elios iba a cortarle el pescuezo con su otra espada; pero, sin previo aviso, apareció desde su espalda el corbrejal, arrastrándose como podía. Atrapó con su pico a Elios y con poco esfuerzo se deslizó por el borde de la torre. Sin embargo, Elios cayó a las aguas oscuras de la laguna, sano y salvo. Las esfinges se abalanzaron sobre el corbrejal como un puñado de caimanes hambrientos que no dejarían ni los huesos. Él logró salir del agua y aprovechó que estaban todas juntas para lanzarles las turmas de salamandra de fuego. La explosión de las llamas las envolvió hasta  calcinarlas y robarles su color dorado. Ahora Elios debía subir de nuevo a la torre para arrebatarles el prisma a Aréstel y Mayus; pero justo cuando se disponía a escalarla, ellos acababan de bajar de ella. Mayus se lanzó a su cuello cual lebrel rabioso, intentando estrangularlo con todas sus fuerzas. Elios empezó a ver todo de color azul oscuro y multitud de lucecitas brillantes, pero tanteando como pudo, consiguió quitarle uno de sus cuchillos y clavárselo en el costado. Y Aréstel, que como sabemos era el más listo, se sacó del bolsillo una última turma que había escondido en secreto. Miró con vengativo detenimiento a un Elios medio ahogado, medio herido, sin fuerzas para levantarse.
─Eres en verdad un viejo que ya no sirve ─le dijo con total desprecio, y le tiró encima la turma, que lo prendió en el fuego del castigo más merecido.
Aréstel le robó la ácida espada y, sin perder un minuto, se largó de aquel claro del bosque. Se alejó con la velocidad que sus piernas le permitían, usando la brújula brújuda y el agua de luna como guías. Pero sin previo aviso, algo duro como el granate le cayó encima y le partió el cráneo. Era la rana Baseligas, que no iba a consentir que nadie se llevara el tesoro que por tantos años había ambicionado.


domingo, 28 de septiembre de 2014

Antonio Praena por José Antonio Santano.


_Por José Antonio Santano

YO HE QUERIDO SER GRÚA MUCHAS VECES

Lo primero que uno se pregunta cuando tienes este poemario entre las manos es la causa, el motivo que llevó a su autor a titularlo así: Yo he querido ser grúa muchas veces. ¿Por qué ese deseo de ser grúa? ¿Qué representa la grúa para el dominico y poeta Antonio Praena, qué proceso de selección le llevó a determinar esa máquina, su simbolismo, por qué esa aspiración, ese anhelo? ¿Qué vio en ella, su altitud paradigma de ascensión al cielo, paraíso, edén celestial? ¿Quizá su función de máquina que soporta la carga –¿de los pecados del hombre en la sociedad actual?- y la traslada hasta el lugar más idóneo; tal vez la idea de refugio y nido de las bandadas de pájaros que vuelan la ciudad en sus migraciones? Por separado o unidos todos los motivos caben en el discurso poético contenido en este poemario galardonado con el XXVI Premio Tiflos de Poesía. El planteamiento textual pasa, inexorablemente, por su carácter místico, quizá no tan hondo y apasionado como lo hallamos en Fray Luis de León o Santa Teresa de Jesús. El misticismo en Praena es más reservado y atemperado, sin negarle su esencia. La cruda realidad que observa a su derredor hace que el verso se revista de humano sentir y vuele trascendido a otros lugares.

De ahí la necesidad del vuelo, de la libertad como el más preciado tesoro; en esa simbología del vuelo, la otredad: «No el ser. / No lo uno. / No lo bello. // Lo otro. // Tú.», en este poema perteneciente a la primera parte del libro “Horas de vuelo”, con referencias constantes y continuadas a los pájaros, cuyo vuelo sigue una vez y otra, en la esperanza del encontrar el camino, o crearlo. Mas el hombre como tal ha de pagar un precio alto en la sociedad actual: conocerá de la soledad y la niebla: «cuando en los centros comerciales estoy solo […], cuando el no de los hombres se consuma / y el sí de Dios es carne aniquilada, / no sé muy bien por qué, / me acuerdo de aquel nido», de la vuelta al hogar (nido) primigenio. Igualmente en “Pájaro de providencia”, el poeta viaja hasta el convento de Santo Domingo (Scala-Coeli) en Córdoba para reunirse con Luis de Góngora y Fray Luis de Granada, y sollozar cuando oye los pájaros, sentir el vaciamiento (Kénosis): «salió del gran silencio para darnos / la eterna condición / que sólo a su bondad pertenecía» o vivir en El tiempo de Planck: «Cero coma (45 ceros) / un segundo después del gran silencio», el tiempo del amor. Praena juega con la palabra y en esa búsqueda incesante prevalecen y se repiten, por su simbolismo: vuelo, pájaros, nido; en otros casos son como luminarias de un tiempo oscuro, o cuando menos, gris. Así en el apartado correspondiente a “Pájaro de esperanza”, la palabra es cercana, cotidiana: «Ha estado en el sicólogo. / Le ha dicho que ya es hora de saltar / del nido, que la vida está en el riesgo, / que rompa el cascarón, estrene alas […] Ha estado en el sicólogo. / Buscaba un poco de aire. // Le ha cobrado 100 euros». Con “El amor a los pájaros”, vuelve a incidir en la necesidad del vuelo (libertad), y con versos heptasílabos nos dice: «Poca cosa es un ala. / Por profundas razones / sabemos todos bien / que sin otra no es nada», en clara correspondencia con su sentido humanista: el hombre solo no es nada, no es si no está en el otro, si no vive en el otro. ¿Es su visión religiosa de la vida o su humano sentir que vive en Dios, la única y verdadera respiración (Ruah)? Praena, de una u otra forma, busca conmoverse en las cosas sencillas que la ciudad ofrece, tal vez una simple grúa: «Me conmueven las grúas en invierno. / Parecen estar vivas y cumplir / su vértigo llenándose de grajos / que bordan en su acero un pentagrama. La esencia de las grúas son las aves / de paso. / Las cruces de este siglo / donde todo se mueve, son las grúas: / inmóviles, calladas, imposibles. […] Las grúas son amigas de los pájaros». Y el recuerdo persiste en salir a la calle, tomar el aire y expandirse desnudo y libre, como así sucede en el poema Tu vientre, que dedica a su madre: ¿Recuerdas la alameda de los pájaros, de los corzos, de Las Vargas, de los años, de tu madre? Conviene señalar de la parte denominada “Stripper” unos versos que nos devuelven al poeta humanista: «aquí soy vuestro hombre porque un hombre / que es pájaro y que es canto y aire mismo / de voces muchas otras y otras alas / concurro a vuestro aliento y me desnudo / de todo lo que soy para ser vuestro». “Écfrasis” sea quizá la parte en la que simbología ocupa un lugar más destacado en poemas como Quizá una golondrina, Anunciación del Prado, Pelícano o :Siempre. Concluye el poemario con un “Prólogo” que es epílogo, o viceversa, y en el que el poeta halla la verdad –su verdad-: «Le aguarda al hombre un tiempo y no depende / de la destreza de sus alas: la más honda / verdad está en el viento». Dos voces en una, la del dominico y la del poeta, el misterio y la cruda realidad son un mismo canto. Y yo añado: también en mis brazos de grúa decenas de pájaros descansan y miran al infinito. La simbología y la mística danzan en el aire, vuelan hacia un cielo azul de mar.
Título: Yo he querido ser grúa muchas veces
Autor: Antonio Praena
Edita: Visor (Madrid, 2ª ed. 2014)


Antonio Praena. Yo he querido ser grúa muchas veces


_Por José Antonio Santano

YO HE QUERIDO SER GRÚA MUCHAS VECES

Lo primero que uno se pregunta cuando tienes este poemario entre las manos es la causa, el motivo que llevó a su autor a titularlo así: Yo he querido ser grúa muchas veces. ¿Por qué ese deseo de ser grúa? ¿Qué representa la grúa para el dominico y poeta Antonio Praena, qué proceso de selección le llevó a determinar esa máquina, su simbolismo, por qué esa aspiración, ese anhelo? ¿Qué vio en ella, su altitud paradigma de ascensión al cielo, paraíso, edén celestial? ¿Quizá su función de máquina que soporta la carga –¿de los pecados del hombre en la sociedad actual?- y la traslada hasta el lugar más idóneo; tal vez la idea de refugio y nido de las bandadas de pájaros que vuelan la ciudad en sus migraciones? Por separado o unidos todos los motivos caben en el discurso poético contenido en este poemario galardonado con el XXVI Premio Tiflos de Poesía. El planteamiento textual pasa, inexorablemente, por su carácter místico, quizá no tan hondo y apasionado como lo hallamos en Fray Luis de León o Santa Teresa de Jesús. El misticismo en Praena es más reservado y atemperado, sin negarle su esencia. La cruda realidad que observa a su derredor hace que el verso se revista de humano sentir y vuele trascendido a otros lugares.

De ahí la necesidad del vuelo, de la libertad como el más preciado tesoro; en esa simbología del vuelo, la otredad: «No el ser. / No lo uno. / No lo bello. // Lo otro. // Tú.», en este poema perteneciente a la primera parte del libro “Horas de vuelo”, con referencias constantes y continuadas a los pájaros, cuyo vuelo sigue una vez y otra, en la esperanza del encontrar el camino, o crearlo. Mas el hombre como tal ha de pagar un precio alto en la sociedad actual: conocerá de la soledad y la niebla: «cuando en los centros comerciales estoy solo […], cuando el no de los hombres se consuma / y el sí de Dios es carne aniquilada, / no sé muy bien por qué, / me acuerdo de aquel nido», de la vuelta al hogar (nido) primigenio. Igualmente en “Pájaro de providencia”, el poeta viaja hasta el convento de Santo Domingo (Scala-Coeli) en Córdoba para reunirse con Luis de Góngora y Fray Luis de Granada, y sollozar cuando oye los pájaros, sentir el vaciamiento (Kénosis): «salió del gran silencio para darnos / la eterna condición / que sólo a su bondad pertenecía» o vivir en El tiempo de Planck: «Cero coma (45 ceros) / un segundo después del gran silencio», el tiempo del amor. Praena juega con la palabra y en esa búsqueda incesante prevalecen y se repiten, por su simbolismo: vuelo, pájaros, nido; en otros casos son como luminarias de un tiempo oscuro, o cuando menos, gris. Así en el apartado correspondiente a “Pájaro de esperanza”, la palabra es cercana, cotidiana: «Ha estado en el sicólogo. / Le ha dicho que ya es hora de saltar / del nido, que la vida está en el riesgo, / que rompa el cascarón, estrene alas […] Ha estado en el sicólogo. / Buscaba un poco de aire. // Le ha cobrado 100 euros». Con “El amor a los pájaros”, vuelve a incidir en la necesidad del vuelo (libertad), y con versos heptasílabos nos dice: «Poca cosa es un ala. / Por profundas razones / sabemos todos bien / que sin otra no es nada», en clara correspondencia con su sentido humanista: el hombre solo no es nada, no es si no está en el otro, si no vive en el otro. ¿Es su visión religiosa de la vida o su humano sentir que vive en Dios, la única y verdadera respiración (Ruah)? Praena, de una u otra forma, busca conmoverse en las cosas sencillas que la ciudad ofrece, tal vez una simple grúa: «Me conmueven las grúas en invierno. / Parecen estar vivas y cumplir / su vértigo llenándose de grajos / que bordan en su acero un pentagrama. La esencia de las grúas son las aves / de paso. / Las cruces de este siglo / donde todo se mueve, son las grúas: / inmóviles, calladas, imposibles. […] Las grúas son amigas de los pájaros». Y el recuerdo persiste en salir a la calle, tomar el aire y expandirse desnudo y libre, como así sucede en el poema Tu vientre, que dedica a su madre: ¿Recuerdas la alameda de los pájaros, de los corzos, de Las Vargas, de los años, de tu madre? Conviene señalar de la parte denominada “Stripper” unos versos que nos devuelven al poeta humanista: «aquí soy vuestro hombre porque un hombre / que es pájaro y que es canto y aire mismo / de voces muchas otras y otras alas / concurro a vuestro aliento y me desnudo / de todo lo que soy para ser vuestro». “Écfrasis” sea quizá la parte en la que simbología ocupa un lugar más destacado en poemas como Quizá una golondrina, Anunciación del Prado, Pelícano o :Siempre. Concluye el poemario con un “Prólogo” que es epílogo, o viceversa, y en el que el poeta halla la verdad –su verdad-: «Le aguarda al hombre un tiempo y no depende / de la destreza de sus alas: la más honda / verdad está en el viento». Dos voces en una, la del dominico y la del poeta, el misterio y la cruda realidad son un mismo canto. Y yo añado: también en mis brazos de grúa decenas de pájaros descansan y miran al infinito. La simbología y la mística danzan en el aire, vuelan hacia un cielo azul de mar.
Título: Yo he querido ser grúa muchas veces
Autor: Antonio Praena
Edita: Visor (Madrid, 2ª ed. 2014)


viernes, 19 de septiembre de 2014

Generación del 27. Estación Sur




                  No es frecuente, pero a veces sucede que nos encontramos con una agradable sorpresa detrás de una esquina cualquiera. Por el lugar en cuestión había pasado cientos de ocasiones y nunca me llamó la atención nada, si nos atenemos a la soledad de los locales en otro tiempo dedicados al más variado comercio. Era ésta una sensación de vacío que cuesta ignorar, mucho más dadas las actuales circunstancias de deplorable crisis económica a la que nos han sometido gobernantes, banqueros y grandes empresarios. Cierto es que en una ciudad pequeña difícilmente hallas una programación que satisfaga todos los gustos, menos aún, que integre o reúna a más de uno. La cuestión es que, afortunadamente, el factor sorpresa existe y aunque solo ocurra en contadas ocasiones, satisface comprobar que la ciudad está viva y que en ella, todavía, existen personas emprendedoras capaces de crear un espacio distinto y elegante a la vez, acorde con los tiempos de hoy, pero enraizado en la más honda y sabia tradición intelectual y culta de este país. La Generación del 27 representó en su día esa tradición que hoy se intenta recuperar. Muchos de aquellos hombres y mujeres, poetas, escritores, músicos, cineastas, pintores, profesores, intelectuales todos, siguen presentes en la mente y en los corazones de un gran número de nosotros. Ellos sí fueron capaces de airear por todo el mundo la marca España –mucho más que la selección de fútbol, claro-, la verdadera marca España, la que nos diferencia del resto por la profundidad de pensamiento y la pasión creadora en cualesquiera de sus ámbitos. La Generación del 27 fue un símbolo y un ejemplo a seguir, la imagen de un movimiento cultural sin precedentes en nuestro país. Aquellos hombres y mujeres (Jorge GuillénPedro SalinasRafael AlbertiFederico García Lorca, Dámaso AlonsoGerardo Diego,  Luis CernudaVicente AleixandreManuel Altolaguirre , Emilio Prados, Miguel Hernández, Salvador Dalí, José Bergamín, Juan Gil-Albert, Moreno Villa, José María Hinojosa, Ricardo Gómez de la Serna, Concha Méndez, María Teresa León, Ernestina de Champourcín, Rosa Chacel, Josefina de la Torre, María Zambrano, entre otros muchos), creadores todos, nos siguen alumbrando todavía hoy el verdadero camino hacia la libertad y el arte de crear. Y si crear es la razón que unió a aquella extraordinaria generación, también hoy, bajo este marbete, nace un nuevo espacio (Taberna Generación del 27) que, por encima de todo, quiere ser faro de las diferentes manifestaciones artísticas y culturales de Almería. 


domingo, 14 de septiembre de 2014

La fuga del maestro Tartini. José Antonio Santano





      No es fácil hallar, en los tiempos que corren, una obra literaria tan cargada de sabiduría y oficio, de tan extraordinaria creatividad como la concebida por el escritor madrileño Ernesto Pérez Zúñiga con “La fuga del maestro Tartini”. En esta novela, tan bien documentada como escrita, Pérez Zúñiga ha sabido reunir todos los elementos necesarios para plasmar no solo una historia y una trama admirable, sino algo a mi parecer mucho más importante, cual es el hecho de aguijonear, provocar e incitar al lector a entregarse al texto en cuerpo y alma desde la primera página, como si en ello le fuera la vida. En ella hallamos multiplicidad de matices que uniéndolos o interrelacionándolos –historia, aventura, voces narrativas, lenguaje, conocimiento, humanismo, etc- consiguen mantener la curiosidad y la intensidad lectora hasta el final del texto. Pérez Zúñiga, por tanto, no solo nos brinda la oportunidad de conocer la vida del excelente y desconocido músico del siglo XVIII Giuseppe Tartini, a través de una estructura narrativa sólida y fluida en su construcción lingüística, con la alternancia de dos voces narrativas y una exquisita prosa, sino que además nos adentra en la sociedad de la época, en sus vicios y virtudes y nos hace cómplices de los sentimientos y la pasión creadora de Tartini, de su sentido de la libertad o la amistad, del bien y del mal en ese vital encuentro con el diablo en un sueño de eternidad y que servirá para seguir sus dictados hasta componer la célebre Sonata del Diablo, conocida también como “El trino del Diablo”. Estética y ética se dan la mano en esta magnífica novela, y recorren los caminos y las ciudades (Venecia, Ancona, Pirano, Capodistria, Venecia, Praga y Padua), y nos muestran las miserias del hombre y la pasión creadora como razón de ser primera y última. Todo se entrelaza y funde en este inolvidable texto, en el que no podemos olvidar el latido feroz en la búsqueda siempre de la belleza a través de los sonidos, de la música en su estado puro. Ni el dolor insoportable de su brazo  le restará fuerza a Tartini para escribir, en sus últimos días, su biografía: «Será porque después de varias décadas suena nítida la sonata que compuse en Ancona, también después de un sueño. Serán estas causas las que me determinan a dejar por escrito los hechos de mi vida antes de que se nublen definitivamente y los arrastre una última tormenta». También hallamos al Tartini inconformista, que se enfrenta al poder: «Repugna ver tanta felicidad humillada ante el poder. Siempre lo he detestado, lo prueban cuantas invitaciones he rechazado para ser músico de corte. Si tenía que tocar ante alguien, he preferido hacerlo ante el Dios de la Basílica». Tartini no solo es un genio, un virtuoso del violín, un creador nato, sino un hombre, un ser humano que siente y, sobre todo, ama la libertad: «La estancia, situada en lo más alto del edificio, apenas tendría diez metros cuadrados […]. En esas dimensiones sentía la dicha de la libertad por primera vez en mi vida. Por primera vez, atesoraba el tiempo, el tiempo azul del ventanuco». La música será, después de haber empuñado la espada y conocer la vida monacal, su salvación, gracias a su amigo Vandini, su única pasión, su vida entera: «Antes de Praga, amaba la música en mí; después, aprendí a amar la música en los demás. 




Esto influyó en mi admiración por la voz humana, que hoy considero el fenómeno musical por excelencia y al que he dedicado mis últimas composiciones». Tartini –el músico y el hombre- es ya otredad, vive en los demás de tal manera que llega a afirmar: «La música más hermosa está en el ser humano, no necesitas mirar a otra parte, Giuseppe Tartini, infierno o cielo, ningún lugar eterno; nada es tan poderoso como nuestra fragilidad; en ningún lugar hay mayor intensidad concentrada; y se hace mucho más grandiosa cuando somos generosos que cuando tratamos de desahogar nuestra desesperación». Ocupa un lugar destacado en Tartini, el sentido de la amistad: «Aquel Vandini de treinta años ya nunca dejó de acompañarme. Él es el mejor violonchelista que haya conocido el mundo», incluso aquella nacida del desencuentro y la rivalidad, caso de Veracini:«Hablamos como antiguos compañeros de las orquestas de Praga y ambos nos reímos de aquella rivalidades a las que hoy no encontrábamos sentido. Brindamos por la serenidad de la madurez y por la autenticidad de la música, el único estandarte que vale la pena levantar». No menos importante es para el personaje principal de esta novela la naturaleza: «En la naturaleza encontré la medida de mi renuncia y una profunda libertad». Tartini camina por la plaza San Marcos, en esa búsqueda por la belleza de sus atardeceres.

Ernesto Pérez Zuñiga

Título: La fuga del maestro Tartini
Autor: Ernesto Pérez Zúñiga 
Edita: Alianza (Madrid, 2013)
En su cabeza remolinean las palabras: «Los intervalos musicales se corresponden con las pasiones humanas. El modo mayor, ya se sabe, transmite fuerza, alegría, ardor; el menor, dulzura, languidez, melancolía. La semilla de las pasiones está en todos los hombres. Las diferencias las establecen la educación y las costumbres». Pero sobre todo, Tartini es hombre solidario y generoso con los desfavorecidos, y por esta y muchas razones más se pregunta: ¿Hay mayor dicha que poder compartir día a día los pequeños naufragios de la vida, la conversación, el vino, los amores, los conflictos, los rencores, la risa, la música, con alguien con quien uno tiene extrema confianza, una lealtad que dura más que el amor, un amor que suena en un tono menor pero alcanza las costas más lejanas, no se queda en el camino? Estoy seguro de ello, aunque sea este un tiempo de adoración al dios dinero. Mas nuestro personaje es hombre, y como hombre, mortal: «La pluma de Burney vuelve al tintero y después escribe, suena sobre el papel: La belleza de la música nos salva de la muerte. Se detiene sobre la línea que ha escrito. Tacha: salva. Sobrescribe: alivia». Y, ciertamente a Tartini nadie pudo librarlo de la muerte, y por eso, aún después de su muerte, nos hacemos eco de sus palabras: «Solamente un poquito más de música, por favor, su vuelo desde el aire al oído, desde el oído hacia la alegría interna, hacia el agradecido asombro, solamente un poco más de música». A lo que cabría añadir, respecto a la creación literaria: un poco más de buena literatura, la de esta novela sin fin y de las que están por venir de la pluma de Ernesto Pérez Zúñiga, sin duda una voz sobresaliente en el panorama de las letras españolas.

La fuga del maestro Tartini. Salón de lectura.



LA FUGA DEL MAESTRO TARTINI


                        No es fácil hallar, en los tiempos que corren, una obra literaria tan cargada de sabiduría y oficio, de tan extraordinaria creatividad como la concebida por el escritor madrileño Ernesto Pérez Zúñiga con “La fuga del maestro Tartini”. En esta novela, tan bien documentada como escrita, Pérez Zúñiga ha sabido reunir todos los elementos necesarios para plasmar no solo una historia y una trama admirable, sino algo a mi parecer mucho más importante, cual es el hecho de aguijonear, provocar e incitar al lector a entregarse al texto en cuerpo y alma desde la primera página, como si en ello le fuera la vida. En ella hallamos multiplicidad de matices que uniéndolos o interrelacionándolos –historia, aventura, voces narrativas, lenguaje, conocimiento, humanismo, etc- consiguen mantener la curiosidad y la intensidad lectora hasta el final del texto. Pérez Zúñiga, por tanto, no solo nos brinda la oportunidad de conocer la vida del excelente y desconocido músico del siglo XVIII Giuseppe Tartini, a través de una estructura narrativa sólida y fluida en su construcción lingüística, con la alternancia de dos voces narrativas y una exquisita prosa, sino que además nos adentra en la sociedad de la época, en sus vicios y virtudes y nos hace cómplices de los sentimientos y la pasión creadora de Tartini, de su sentido de la libertad o la amistad, del bien y del mal en ese vital encuentro con el diablo en un sueño de eternidad y que servirá para seguir sus dictados hasta componer la célebre Sonata del Diablo, conocida también como “El trino del Diablo”. Estética y ética se dan la mano en esta magnífica novela, y recorren los caminos y las ciudades (Venecia, Ancona, Pirano, Capodistria, Venecia, Praga y Padua), y nos muestran las miserias del hombre y la pasión creadora como razón de ser primera y última. Todo se entrelaza y funde en este inolvidable texto, en el que no podemos olvidar el latido feroz en la búsqueda siempre de la belleza a través de los sonidos, de la música en su estado puro. Ni el dolor insoportable de su brazo  le restará fuerza a Tartini para escribir, en sus últimos días, su biografía: «Será porque después de varias décadas suena nítida la sonata que compuse en Ancona, también después de un sueño. Serán estas causas las que me determinan a dejar por escrito los hechos de mi vida antes de que se nublen definitivamente y los arrastre una última tormenta». También hallamos al Tartini inconformista, que se enfrenta al poder: «Repugna ver tanta felicidad humillada ante el poder. Siempre lo he detestado, lo prueban cuantas invitaciones he rechazado para ser músico de corte. Si tenía que tocar ante alguien, he preferido hacerlo ante el Dios de la Basílica». Tartini no solo es un genio, un virtuoso del violín, un creador nato, sino un hombre, un ser humano que siente y, sobre todo, ama la libertad: «La estancia, situada en lo más alto del edificio, apenas tendría diez metros cuadrados […]. En esas dimensiones sentía la dicha de la libertad por primera vez en mi vida. Por primera vez, atesoraba el tiempo, el tiempo azul del ventanuco». La música será, después de haber empuñado la espada y conocer la vida monacal, su salvación, gracias a su amigo Vandini, su única pasión, su vida entera: «Antes de Praga, amaba la música en mí; después, aprendí a amar la música en los demás. Esto influyó en mi admiración por la voz humana, que hoy considero el fenómeno musical por excelencia y al que he dedicado mis últimas composiciones». Tartini –el músico y el hombre- es ya otredad, vive en los demás de tal manera que llega a afirmar: «La música más hermosa está en el ser humano, no necesitas mirar a otra parte, Giuseppe Tartini, infierno o cielo, ningún lugar eterno; nada es tan poderoso como nuestra fragilidad; en ningún lugar hay mayor intensidad concentrada; y se hace mucho más grandiosa cuando somos generosos que cuando tratamos de desahogar nuestra desesperación». Ocupa un lugar destacado en Tartini, el sentido de la amistad: «Aquel Vandini de treinta años ya nunca dejó de acompañarme. Él es el mejor violonchelista que haya conocido el mundo», incluso aquella nacida del desencuentro y la rivalidad, caso de Veracini:«Hablamos como antiguos compañeros de las orquestas de Praga y ambos nos reímos de aquella rivalidades a las que hoy no encontrábamos sentido. Brindamos por la serenidad de la madurez y por la autenticidad de la música, el único estandarte que vale la pena levantar». No menos importante es para el personaje principal de esta novela la naturaleza: «En la naturaleza encontré la medida de mi renuncia y una profunda libertad». Tartini camina por la plaza San Marcos, en esa búsqueda por la belleza de sus atardeceres.
En su cabeza remolinean las palabras:«Los intervalos musicales se corresponden con las pasiones humanas. El modo mayor, ya se sabe, transmite fuerza, alegría, ardor; el menor, dulzura, languidez, melancolía. La semilla de las pasiones está en todos los hombres. Las diferencias las establecen la educación y las costumbres». Pero sobre todo, Tartini es hombre solidario y generoso con los desfavorecidos, y por esta y muchas razones más se pregunta: ¿Hay mayor dicha que poder compartir día a día los pequeños naufragios de la vida, la conversación, el vino, los amores, los conflictos, los rencores, la risa, la música, con alguien con quien uno tiene extrema confianza, una lealtad que dura más que el amor, un amor que suena en un tono menor pero alcanza las costas más lejanas, no se queda en el camino? Estoy seguro de ello, aunque sea este un tiempo de adoración al dios dinero. Mas nuestro personaje es hombre, y como hombre, mortal: «La pluma de Burney vuelve al tintero y después escribe, suena sobre el papel: La belleza de la música nos salva de la muerte. Se detiene sobre la línea que ha escrito. Tacha: salva. Sobrescribe: alivia». Y, ciertamente a Tartini nadie pudo librarlo de la muerte, y por eso, aún después de su muerte, nos hacemos eco de sus palabras: «Solamente un poquito más de música, por favor, su vuelo desde el aire al oído, desde el oído hacia la alegría interna, hacia el agradecido asombro, solamente un poco más de música». A lo que cabría añadir, respecto a la creación literaria: un poco más de buena literatura, la de esta novela sin fin y de las que están por venir de la pluma de Ernesto Pérez Zúñiga, sin duda una voz sobresaliente en el panorama de las letras españolas.

Título: La fuga del maestro Tartini
            Autor: Ernesto Pérez Zúñiga 
            Edita: Alianza (Madrid, 2013)

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Joven poesía almeriense. Ricardo R. Teva. Víctor García Acosta.


PEQUEÑA AUTOBIOGRAFÍA TRANSEÚNTE

(Al sureste de España, 1980)

Cuentan los ancianos que un día ví la luz sumergida en el horizonte,
ese que ensanchan mis amigos,
de los zapatos que gastan al andar junto a mí.
Quise reconocer que la poesía no da para comer,
pero ahora siempre me encuentro hambriento de ella;
me basto con mirar desde una ventana a los pájaros,
y ellos me llevan en pluma de versos.
Mi padre me alentó a seguir caminante, traseúnte,
siempre aconsejándome: "Tienes la cabeza llena de pájaros",
Y encontré los versos:
Todo lo que tocan mis manos vuela.1
Está lleno de pájaros el mundo.
Los toqué y volé.

Hay cantos marcados en mí,
recitales en los que hablé, niño pobre y huérfano,
y unos duendes llamaron mi atención.

Ricardo R. Teva


.1 Versos de Octavio Paz.
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Víctor García Acosta



El tiempo.
Se hace de noche en su retina
Y sus dedos se apagan en el mar.

Pero al besar su piel deshace
Las hojas secas de su rostro
Y abre la ventana a las miradas
Si el amor la mira a oscuras.

De vuelta en la razón
Su voz se apaga en los dedos.

Se arruba el universo el tiempo pasa,
Y en su almohada se ahoga una estrella
Y vence el sueño a la madrugada.

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Información bibliográfica

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viernes, 5 de septiembre de 2014

Los acantilados de Amat. Estación Sur

LOS ACANTILADOS DE AMAT

Incomprensible y patético, pero cierto. No me voy a andar por las ramas. Ya está bien de tanto paño caliente. Los acantilados de Aguadulce fueron destruidos sin más, consecuencia de la avaricia y la más absoluta desvergüenza política del máximo gestor y responsable del municipio de Roquetas de Mar, Gabriel Amat. Habría que remontarse en el tiempo –corría el año 2005- para recordar aquella lucha de la mayor parte de los ciudadanos de Aguadulce (plataforma cívica Acantilados SOS, integrada por asociaciones de vecinos y culturales, organizaciones ecologistas y partidos políticos) para detener la destrucción de los acantilados, para comprobar la cabezonería del Sr. Amat, su prepotencia y, sobre todo, su irresponsabilidad y maltrato de un entorno natural que a todas luces clamaba seguir vivo para bien de todos. Sin embargo, el Sr. Amat, alcalde de Roquetas, no hizo caso ni a la ciudadanía de Aguadulce ni tampoco a las normas urbanísticas. 

De modo que, ahora después de los años transcurridos, destruidos totalmente los acantilados de Aguadulce, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, dicta sentencia favorable al recurso interpuesto por la Junta de Andalucía, en el sentido de declarar nula la licencia de obras concedida en su día por el Ayuntamiento a la empresa Almeragua, S.L, para la construcción de 500 viviendas, así como la nulidad del Plan Parcial del Sector I. Consecuencia de este gran disparate del Sr. Amat, que siempre tira la piedra y esconde la mano, que los ciudadanos de Aguadulce y todos los visitantes que se acercan a este enclave, ven con rabia e impotencia que aún después de dicha sentencia los acantilados no existen y, lo que es peor, que nunca más podrán recuperarse, consecuencia de la especulación urbanística a la que nos ha sometido durante tantos años el Sr. Amat, omnipresente alcalde de Roquetas de Mar, Presidente de la Diputación y también del Partido Popular de Almería. 
 
Y pensando pensando, digo yo que, algo deberíamos hacer los ciudadanos tras tantos atropellos urbanísticos cometidos en el municipio. Los acantilados nunca debieron de ser destruidos. Y ustedes, amigos lectores, saben bien por qué. Por una única razón, porque pertenecen al común, a todos los roqueteros, porque los acantilados nunca fueron de Amat. Y por esta razón tan simple, el Sr. Amat, debería, en el mismo acto, ordenar su restitución, en la medida de lo posible, y dimitir.
ESTACIÓN SUR______________________________José Antonio Santano