viernes, 15 de agosto de 2014

Francisco Cañabate Reche. Lluvia de estrellas.

Cada treinta y seis años una lluvia de estrellas nos sorprende en la noche y nos extiende un manto luminoso y brillante, un manto que nos cubre por un instante único y nos evita el frío, un manto imaginario que nos hace sentirnos nuevamente pequeños, perdidos en el cielo, (los seres diminutos que finalmente somos), y nos recuerda un tiempo ya lejano y oscuro, (anclado en la memoria), en que todo era mágico y todo era posible. 
Cada treinta y seis años ilustres meteoritos desprendidos de la cola de un astro caprichoso y lejano llegan hasta nosotros para cumplir su cita, y lo hacen puntualmente, con exactitud cósmica. (Ellos tal vez no saben que nosotros los vemos).
Cada treinta y seis años suceden la Leónidas: un fenómeno loco y ciego y sorprendente. Unas horas fugaces, un tiempo entre paréntesis, una oportunidad inesperada para seguir pensando (¿y por qué no pensarlo?) que aún existen las Hadas y que a pesar de todo la vida continua.


Y ocurrió aquella noche y por eso lo cuento. Vinieron las Leónidas y surcaron el cielo anunciando a su paso, lo mismo que un heraldo, que aquel niño llegaba cogido de su mano.


Y no las entendimos.


Subimos al tejado porque las esperábamos (las anunciaron antes los que todo lo saben), y se quedó la madre con el vientre preñado, cargado de esperanza, descansando en la casa. Los dos niños y yo estábamos dispuestos a bebernos el cielo, a no dejar pasar ni uno solo de los múltiples trozos de aquellos meteoritos que formaban señales dibujando en el aire sus diagramas de fuego.


Llevábamos las mantas y también los bolsillos repletos de ilusiones, y arropados por ellas elegimos sentarnos para observar la noche. Yo señalaba Venus y contaba los cuentos de la luna lunera, y los dos se reían, y la noche era clara, y el firmamento obscuro nos guiñaba sus ojos infinitos y ciertos, y pasaban las horas. Pero el tiempo no espera, y tras la diversión llego el aburrimiento. Nos habitaba el frío y hasta la incertidumbre, y luego la impaciencia: la mía y la de los niños, porque no sucedía.


El cielo estaba quieto, imperturbable, eterno, y tal vez las estrellas nos miraban pensando ¿Qué estarán esperando, si ya ha ocurrido todo mas allá de sus ojos?


El tiempo de los niños es un tiempo distinto, y no existe el futuro, ellos no lo conocen porque no es necesario. La vida es infinita desde su perspectiva, y también instantánea, y siempre tienen prisa, y todo se produce como en una cascada, y no cabe la espera. Por eso los dos niños mostraban su impaciencia, casi su desengaño y ya me preguntaban: ¿Papá, porqué no vienen? ¿Perdieron su camino lo mismo que en el cuento y no saben volver? ¿ O tal vez son muy tímidas y se están escondiendo para que no las vean?


El más pequeño, Paco, se removía en su manta y se estaba durmiendo, y yo empecé a pensar que no sería esta vez, que debía regresar, que volvía de vacío, y aunque me resistía ( quedaba la ilusión, que sería defraudada), parecía inevitable. Virginia, la mayor, leyendo en mi mirada, tiraba de mi manga mostrándome los ojos de su hermano, cerrados. 


Entonces sucedió:
Estalló el firmamento y una lluvia de luces estridentes, de fuegos de artificio lo surco de repente. Y se despertó el niño y abrió sus grandes ojos y la niña encantada exclamó su sorpresa y demostró su gozo, (que eran también los míos). Bajamos animados, risueños y locuaces, parlanchines y alegres, contando maravillas a la madre dormida, algunas inventadas y casi todas ciertas, como siempre sucede.


Unas horas después se produjo el milagro que anunciaban los astros y todos comprendimos: nació un ser diminuto, frágil y misterioso (la esencia del misterio) y llevaba en sus ojos ese reflejo mágico de la lluvia de estrellas.


Para mi hijo Miguel Ángel, que nos llegó en Noviembre. Nació con las Leónidas.

martes, 5 de agosto de 2014

Juan Pardo Vidal


Juan Pardo Vidal
TE LLAMARÉ T

Cuando hace este viento hay una mujer invisible balanceándose en la mecedora de mi balcón. Soy yo, sentada, leyendo después de que haya amainado el poniente y sea de noche esta noche y no estés tú ya conmigo y sí la fachada de esa iglesia ahí enfrente, bien iluminada, anaranjada por las luces de tungsteno, un poco colonial, fantasmagórica y, a su alrededor, la ciudad parezca aún más rara de lo que es y no haya vida después de la muerte. O sea ésta.

Yo puedo decir lo que quiera, por ejemplo eso que has leído, soy la autora y nada me impide escribirlo. Para que existas puedo llamarte Z —lo que no tiene nombre no existe—y gritar que te queda muy gracioso mi chal, el que te has puesto sobre los hombros. Esto último puedo decírtelo a voces, «¡Te queda muy gracioso mi chal!», desde lejos para que vuelvas la cabeza y me sonrías, porque en mi historia estás ahí, de espaldas, apoyado en la barandilla de mi terraza mirando una ciudad que no comprendes, y he decidido que, aunque tú nunca tienes, hace un poco de frío. Tus codos están apoyados en el metal de la barandilla y las palmas de las manos fabrican un triángulo que sujeta una zona indeterminada entre tu barbilla y las mejillas, pareces un niño contrariado, pero no, sólo estás sorprendido. El mundo sorprende a poco que te detengas a observarlo. Detenerse a ver el mundo es como pasear por tu ciudad mirando hacia arriba, parece distinta, irreconocible, otra, ¿qué ciudad es ésta? Tienes en el balcón el pelo negro, Z. No. Negro no. Lo tienes oscuro, pero entreverado de canas, un poco largo para tu edad, la verdad, y la pierna derecha la has liado en la izquierda, que es la única que apoyas, echado sobre la barandilla, pareces un flamenco, qué postura más incómoda para un hombre maduro. En realidad te he dicho lo del chal por puro egoísmo, como todo lo que se hace por amor. Para que sonrías, porque así puedo ver yo esos hoyuelos tan raros que te salen a ambos lados de la cara, me encantan, te los he puesto yo ahí, yo elijo, mando yo, pero te quedan geniales, admítelo. Sería más exacto decir que por ahora te quedan bien, pues tal vez dentro de diez años sean horribles y en lugar de graciosos agujeritos sean nidos de arrugas. No estaré yo aquí para verlo, eso te lo digo ya. Me agacho. Fallaste. Qué carácter tienes para no ser real. Como vuelvas a tirarme un cojín te cambio el perfil psicológico y puede que hasta el nombre, te pondré de nombre una consonante más común, como B. Ahora que lo pienso, B es la siguiente consonante a Z, es un patrón, una secuencia natural, pues la A es una vocal y no cuenta en la serie. Vaya rollo. Paso. Te cambio de consonante otra vez. De ahora en adelante, aunque seas el mismo, en lugar de Z, te llamaré T. Eso es. Me pone ese nombre, T.


Eres un mentiroso, T. Dijiste que yo iba a ser tu casa, eso dijiste. Sonaba genial cuando lo susurrabas jadeando en mi oído, «tú vas a ser mi casa, tú vas a ser mi casa». Lo dijiste dos veces. Yo te creí sólo una de las dos. Pero cuando estás dentro de mí piensas que te quedarás ahí para siempre. Y no. Cuando terminas sales por la ventana sin hacer mucho ruido y ya no recuerdas por qué habías llamado a mi puerta para entrar, no sabes qué haces aquí, no reconoces las cortinas ni comprendes la distribución de colores en el papel pintado de las paredes, ni los impresionistas, ni por qué Chagall sobre la cama, ni nada. No te enteras de nada cuando te has corrido. Así de claro te lo digo, T.

Sé que puedo decir cualquier cosa sobre ti, eso lo sé, y sobre nuestra casa. Eso también. Puedo hacer que tú me digas cosas que sean mentira. Como ahora. Que me digas que me quieres, «Te quiero, Madie» Puedo hacerte decir lo que me dé la gana, una autora es una especie de diosa omnipotente. Ándate con ojo.

Ahora te has acercado por la espalda, traidor, muerdes mi cuello. Estate quieto, joder. Te mando a la mierda. Cuando escribo estoy de mal humor, soy una diosa omnipotente y malhablada, tengo mala leche y lanzo rayos como Zeus. Y tú, ni caso. Tú a lo tuyo. Y lo tuyo soy yo. Me convences y nos vamos al sofá. No me dejas escribir. Ven aquí.

Sé que resulta raro preguntarle a un personaje acerca de un texto literario en el cual aparece, pero tu opinión sobre ti mismo me interesa mucho. Además, como soy la que escribe puedo decir lo que yo quiera, cualquier cosa. Ya lo he dicho. Me gusta dejar claro quien manda. Por ejemplo, quiero que digas de nuevo eso de «Tú eres mi casa». Puedo añadir que en ti habito, por dentro, no sólo cuando gimo de placer, sino también después, cuando te vas, cuando sales a la calle con esas gafas de sol tan grandes y no regresas en días o en años —no sé bien calcular el tiempo—. Y cuando no estás, añado, sigo yo dentro de ti, riego nuestras plantas, salgo al balcón, leo y rara vez me siento en el sofá si tú no estás, eso hago. No sé por qué demonios esto es así, pero mi casa y yo apenas hemos hablado de nuestras cosas si no estás presente como mediador. Mi casa y yo nos evitamos si no estás tú. Todo el mundo tiene algún amigo con el que se encuentra cómodo si, a la vez, está en compañía de un tercero, ambos son amigos indisociables, quedas siempre con los dos, no sabrías qué decirle a cada uno de ellos por separado, sin embargo eres feliz junto a ellos dos, sonríes, abrazas. Esta casa y tú sois esos dos amigos. Esta casa vacía eres tú si te has ido, y yo cuando vuelves. Esto último que he escrito sería una buena frase para cerrar el texto, es enigmática. Recuérdamelo. No sé exactamente qué significa, pero como puedo decir lo que quiera, pues ahí se queda, seguro que alguien la entiende, la hace suya. Escribir es ser un ventrílocuo, pulsar las teclas en vez de mover la boca de un muñeco al que has metido la mano por la espalda. Por ejemplo, ahora me apetece meterte mano y la mano, las dos cosas, tirarte de espaldas a la cama, y tú a reír. Calla, que me desconcentras. Pues claro que no puedo parar de hablar cuando lo hacemos, ¿no ves que soy escritora?, estoy tomando apuntes. Soy una especialista en finales, esa soy yo. No quiero que se malinterprete esto último. Describir una escena de sexo es tener sexo virtual, aunque también podríamos llamarlo sexo oral, si te lo cuento. Eso es muy ocurrente, pero odio los juegos de palabras cuando escribo. Carver y yo odiamos los juegos de palabras.

Cuando hace este viento hay una mujer invisible balanceándose en la mecedora de mi balcón. Soy yo, sentada, leyendo después de que haya amainado el poniente y sea de noche esta noche y no estés tú ya conmigo y sí la fachada de esa iglesia ahí enfrente, bien iluminada, anaranjada por las luces de tungsteno, un poco colonial, fantasmagórica y, a su alrededor, la ciudad parezca aún más rara de lo que es y no haya vida después de la muerte. O sea ésta.

Escribir un cuento con ese tono daría al lector una idea pesimista, triste e inexacta de mí y de mi obra, la gente pensaría que mi balcón es un sitio muy alto desde el cual puede verse la ciudad y que, cuando anochece y hace buen tiempo, salgo yo a la terraza a leer, a beber gin tónics y a escribir textos melancólicos como si yo fuera tan triste y tan borracha como Houellebecq por culpa de Houellebecq . Y no es así, porque yo ya era tan triste y tan borracha como él antes de leerlo a él. Todo su rollo melodramático no me ha influido lo más mínimo, hombres, yo nunca hablo del dolor, a mí no me duele nada, y si me doliera, que no me duele, vosotros no os enteraríais. Nadie se enteraría de mi dolor a través de mis palabras, ¿por qué? porque sé que alguno de vosotros lo usaría contra mí, probablemente algún conocido, incluso amigo, expareja o familiar, me lo restregaría, tarde o temprano, por la cara. Así funciona esto. La gente que te conoce es más peligrosa que los desconocidos, nadie a quien yo no quiera podría hacerme daño, me importarían un bledo sus opiniones, sería imposible que un desconocido pudiera fastidiarme de verdad, sería imposible, los desconocidos saben eso y no intentan joderte porque saben que no pueden, los desconocidos no son peligrosos, son gente muy amable. Los peligrosos son los demás, el resto, la gente a la que quieres y aprecias, esos son la clave del dolor. Querer a alguien te convierte en una mujer más débil. Cuanta más gente quieres, más expugnable eres, esto también es así. A estas alturas del texto ya sé que no sólo me he ganado la enemistad de la mitad de los lectores, sino que he desvelado el peligro que corro ante la piedad. Solo la compasión me produce más rechazo que la piedad.

Nadie podrá echarte en cara, llegado este punto, lector, que decidas abandonar la lectura —yo mismo no sé si seguiré escribiendo este texto—. Marcharse es de valientes. Los cobardes se quedan. Es muy fácil no moverse. La inercia es la fuerza más poderosa del universo, eso lo saben todos lo físicos, pero no lo dicen. Se callan en lugar de insistir en que es muy sencillo que todo quiera continuar en el estado en el que está. Hay que dar las gracias a cualquier alteración. Eso deberíamos de decirle a la gente que nos abandona, a nuestras exparejas, examigos, exalgo, gracias, de todo corazón gracias por haberme acompañado hasta aquí. Ah, una cosa te digo, lector, si te marchas, si dejas de leer, no sabrás qué pasa con T. Porque T es como todos los demás hombres, pero muy diferente. Es increíble la cantidad de gente que se nos parece, de hecho respondemos a lo sumo a una decena, tal vez a una veintena, de estereotipos. Somos aburridos, previsibles y, muchas de las autoras, pertenecemos al arquetipo autocompasivo, el más patético de todos. Por eso hemos de intentar escribir sobre la verdad, porque en ella reside la esperanza y la pasión, me encantan los principios, hay tanta fuerza en ellos, deberíamos estar siempre naciendo, empezando, deseando besar, perplejos y curiosos ante el fragmento inicial, ese que dice «Cuando hace este viento hay una mujer invisible balanceándose en la mecedora de mi balcón...» un fragmento distinto a todo lo que había escrito hasta ahora, simplemente porque es verdad, así de claro, y T también existe, es real. Madre mía, menuda palabra, verdad. Estoy harta, estoy cansada de la ficción, de las novelas en pasado y de los narradores omniscientes. Los narradores omniscientes siempre son un tío, su voz, aunque no exista nada más que en alguna zona cercana a tu hipotálamo, suena cavernosa, segura de sí, masculina. Todo eso se acabó.

No sé qué pasará con T, ni con esa mujer invisible balanceándose en la mecedora de mi balcón que soy yo, sentada, leyendo después de que haya amainado el poniente y sea de noche esta noche y no esté él ya conmigo y sí la fachada de esa iglesia ahí enfrente, bien iluminada, anaranjada por las luces de tungsteno, un poco colonial, fantasmagórica y, a su alrededor, la ciudad parezca aún más rara de lo que es y no haya vida después de la muerte. Si te soy sincera, no tengo ni la menor idea, es más, no me importa lo más mínimo y no tengo prisa en saberlo. El problema es la curiosidad, ¡qué más da lo que pase con T!, no puedo saberlo, el futuro llegará con el tiempo. Nos sentaremos a esperarlo. Al tiempo se le puede esperar sentada en una mecedora, y luego contarlo. Dos cosas antes de irme: primera, sí, hay vida después de la muerte y es ésta; segunda, escribir es contar la verdad, la que aún no ha ocurrido.

Juan Pardo Vidal

domingo, 3 de agosto de 2014

Aquel dos de diciembre. Andrés Rubia

Aquel dos de Diciembre
Por Andrés Rubia


Aquel dos de Diciembre, con un ramo de flores robado en una mano, con las llaves en la otra, preferí llegar de nuevo a casa, rehusando tomar el ascensor por no ver mi cara de desolación durante el trayecto y contemplarme en el espejo como un miserable recién abandonado por su última musa… Metí la llave, abrí la puerta, me dirigí hacia el aparato, metí el cd, seleccioné el número, pulsé el play y, tras arrojarme a la cama como un suicida que lo hace al vacío, me quedé escuchando “el tiempo de la cerezas” de Bunbury.
¿Que si es posible unir suerte y fracaso desde el balcón de las incertidumbres?
DOS MESES ANTES:…Desde mi ventana sur, los había visto muchas tardes encontrarse en aquel banco del parque Céfiro.
Aquellas citas, apenas duraban más de veinte minutos.
Nada más verse, como si de un ceremonial protocolo se tratase, se besaban las mejillas, apagaban sus teléfonos móviles y hablaban circunspectos, intensos, respetuosos en cada turno de palabra. En ocasiones sonreían, o agachaban la vista, o se mantenían quedos con la mirada pensativa hacia el estanque, justo allí donde una sirena de basalto vertía desde su ánfora un chorro de agua malva sobre la fuente.
Alguno de esos días llovía y se cobijaban bajo un paraguas anaranjado. Sin embargo, durante otras tarde de primavera, comían garrapiñadas y echaban rosetas de maíz a las palomas. Ella recostaba la cabeza en su hombro mientras él le echaba el brazo por encima. Quedaban absortos, el uno al lado del otro. Luego ya no hablaban más hasta la hora de marchar. Ambos vestían juveniles, pero a ojo de confidente escritor, yo sabía que teñían canas.
Llegaba el momento. Unas veces, marchaban juntos cogidos de la mano, otras, se separaban con un abrazo, con las miradas clavadas, con los ojos rebosantes de trance y cariño, como si no tuviesen muy claro que hubiera una próxima vez. Una frase breve en los labios de ella, a continuación, el gesto profundo de silencio en él. Ignoro cómo lo intuí, pero aquello dolía por alguna razón que nunca supe ni sabré.
A consecuencia de un tour poético hispanoamericano por Canarias, debí ausentarme durante un mes y doce días de mi apartamento en el barrio de los Destinos. Sea verdad, que cuando el grupo de cantautores del Arrecife me lo propuso, elucidé una oportunidad para sacudir mi inspiración y tratar de lograr componer al menos una o dos canciones. Necesitaba aquello como un loco anhela un poco de cordura transitoria e intentar pisotear mi crisis creativa. No pude evitar imaginarme con mi guitarra sentado a la orilla volcánica de una playa vacía de Lanzarote. Siempre he creído que soñar es más de infelices que de hipócritas.
Me sentía pequeño, ladino y yermo durante esos días. Mi proceso artístico musical llevaba tres meses en coma profundo, tan desértico y blanco como el valor catastral de un kilómetro cuadrado de luna.
Durante ese periodo alejado de mi pequeño apartamento, sucedieron cinco accidentes aéreos en el mundo, habían salido a la luz siete nuevos casos de corrupción en Cataluña, Andalucía y Madrid.
Un monologuista valenciano y su amante, el batería de un conocido grupo de soul, habían sido vilmente asesinados en la habitación de un hotel de Capri.
Se confiscaron diez alijos entre cocaína y hachís en una humilde aldea de la costa gallega.
En Jerusalén, Netanyahu, el primer ministro israelí, es asesinado en circunstancias paranormales por un niño palestino, quien a continuación se inmoló. Realizada la autopsia y el análisis de ADN, la identidad coincidía inexplicablemente con la de uno de los seis menores fallecidos durante el bombardeo a una escuela refugio de la ONU en Gaza, dos semanas antes del insólito homicidio.
La hija menor de mi vecina, Guillermina la del quinto, de diecisiete años, había abortado por segunda vez.
David Bisbal, obtenía un grammy por su álbum dedicado a mi persona, “El poeta olvidado”.
El gobierno español había implantado cinco nuevos impuestos, uno de ellos para los pintores y artistas que hiciesen pública su obra. Había subido al veintitrés por cierto el iva, la gasolina en un ocho más, y el ministro de economía había salvado la vida por los pelos tras un atentado terrorista en la Moncloa, donde treinta personas habían perecido, entre ellas, Jorge Javier Vázquez, el presentador del programa con más audiencia en Telecinco.
Pero también se dieron buenas noticias: Estados Unidos acababa de levantar el bloqueo a Cuba. La Nasa había descubierto un planeta con similares características al nuestro donde, la vida humana era posible; y además, se había ratificado la global prohibición para la fabricación de armas nucleares en todo el mundo. Corea del Norte había sido el último país en firmar.
Regresé un 21 de Noviembre a la península, a mi barrio de Los Destinos, a mi casa de la calle Destierro con vistas al parque Céfiro.
He de confesarlo. Los echaba de menos.
Estuve asomándome casi todas las tardes, pero algo sucedía. Él comenzaba a no acudir a todas las citas. Ella siempre lo hacía. Se sentaba en el mismo banco, miraba su teléfono, lo apagaba y permanecía alrededor de media hora esperando a que ocurriese algo, con la mirada puesta en aquella sirena que ahora ya vertía el agua con menos intensidad, más clara sobre la fuente. La bombilla del foco malva debía haberse fundido, y el ayuntamiento, probablemente, carecía de presupuesto para cambiarlo.
Debo reconocer que durante una semana y tres días, un sentimiento de curiosidad, de nostalgia y angustia, anduvo pertrechando mi corazón.
Aquel dos de Diciembre hacía frío, y aunque ella, fiel a donde siempre, sí acudió, supe que sería la última vez que lo haría. Cuando se marchó bajé a ver qué era lo que había estado labrando con un pequeño punzón en ese banco, el cual, durante tantas tardes de Mayo, había sido testimonial escenario de una historia tanto bella como extraña.
No era excesivamente grande. El ramo llevaba petunias, claveles, una flor del paraíso y una rosa intensamente hermosa y roja. En la madera del asiento había dejado escrito algo:
Duró lo que duró. Dure lo que dure el dolor… Jamás pondré en duda que haberte conocido no haya merecido la pena. Yo bendigo este rincón del universo donde fuimos dos desconocidos por primera vez.”
Aquel dos de Diciembre, con el ramo de flores robado en una mano, con las llaves en la otra, preferí llegar de nuevo a casa, rehusando tomar el ascensor por no ver mi cara de desolación, por no contemplarme en el espejo como un miserable recién abandonado por su última musa… Metí la llave, abrí la puerta, me dirigí hacia el aparato, metí el cd, seleccioné el número, pulsé el play y, tras arrojarme a la cama como un suicida que lo hace al vacío, me quedé escuchando “el tiempo de la cerezas” de Bunbury. 
 
Por Andrés Rubia