domingo, 29 de junio de 2014

Las pequeñas espinas son pequeñas.Salón de lectura


Título: Las pequeñas espinas son pequeñas
Autor: Raquel Lanseros
Edita: Hiperión (Madrid, 2014)
Decía el gran poeta cordobés Manuel Álvarez Ortega, recientemente fallecido, que «solo el lenguaje puede reflejar el universo múltiple y contradictorio del existir», que «el poeta tiende a identificarse en cada una de las múltiples metamorfosis, con todo lo que vive o ha vivido paralelamente a sus existir». Lenguaje y vida, experiencia trascendida en la palabra, inspiración y búsqueda, reflexión, emoción, sentir profundo, paisaje y paisanaje, el “yo” y la otredad en un mismo ser, en una especie de suerte de alquimia que ahonda en la concepción del mundo desde el mundo interior del poeta, en este caso, de la poeta que es Raquel Lanseros. Cuanto sé del rocío. Tres partes más componen Las pequeñas espinas son pequeñas: Cónclave de mariposas, Croquis de la utopía y El pasado es prólogo, en todas aflora lo metafísico y lo místico, como denominador común. De Cónclave de mariposas destacaría el poema “la mosca”, por la esencialidad poética de un acto cotidiano: «Esa mosca soy yo / y mi mano es el tiempo», también Villancico remoto, que tiembla en la nostalgia del pasado, de la infancia: «Dicen que el musgo duele y acaso eso sea cierto / pero en la infancia el frío todavía no existe […] Bajo las noches largas del filo de diciembre / sigo buscando el musgo que me devuelva a casa». Con la segunda parte, Croquis de la utopía, viajamos hacia lugares y universos distintos, en los cuales la poeta es testigo de su tiempo y su mirada como el cálido fuego del hogar, sea en poemas como La rendición de Breda: «Siempre es así. La sangre de los desposeídos / viene a saldar la deuda / de la eterna codicia de unos pocos», o, en El precio del ventajismo: «¿Están todos contentos? / Todos no, el corazón / envejece y se atrofia / de tanto bombear hipocresía. / Quizá después de todo / exista algún atisbo de justicia». De la cuarta y última parte de este poemario, El pasado es prólogo, interesa el aspecto narrativo de algunos de sus poemas (El ombligo de la luna), la emoción en otros (Faros abandonados, Diálogo hindú, Cae o cayó), la realidad en La aritmética, o, simple y llanamente la esencialidad poética que, de forma magistral, Raquel Lanseros resume en el último de los poemas, Himno a la claridad. Poema definitivo y definitorio de la mirada serena y reflexiva de la poeta ante la vida, la suya y la ajena, su continuo diálogo con la Naturaleza, la pasión de la palabra como principio y fin, divergencia y esencia, luz primigenia de todos los silencios y soledades. Todo ello vive en la eternidad de los versos con los que inicia Himno a la claridad: «A cambio de mi vida nada acepto», y concluye con la rotundidad del endecasílabo: «No hay verdad más profunda que la vida». En definitiva, un encuentro inolvidable con la honestidad, sensibilidad y pureza poética de Raquel Lanseros.
Desde el primer poema contenido en «Las pequeñas espinas son pequeñas», hallamos el latir de la vida, la frescura del verso y el temblor de la palabra, en sí mismo, una declaración de principios de Lanseros: «Porque no vive el alma entre las cosas / sino en la acción audaz de descifrarlas, / yo amo la luz hermana que alienta mis sentidos», para añadir seguidamente: «La verdad no está en nadie, y aún más lejos / yace del rey que de cualquier mendigo», pero es la palabra, ese don, alma y cielo del poeta, la que alumbra y alimenta los silencios, y así su reclamo: «Poned en mi sepulcro las palabras», y concluir, en esa búsqueda continua: «La verdad no está en nadie, pero acaso / las palabras pudieran engendrarla», aludiendo a una única palabra: contigo («cuando la eternidad se pronuncia contigo»). Llama la atención de este poemario la voz personalísima, el estilo, el lenguaje, y asombra, la atinada mirada, el oficio en la resolución de cada uno de los poemas, ese remate lúcido de las palabras precisas, del éxtasis poético por decirlo de alguna manera. Y algo tiene que ver su discurso metafísico y místico a lo largo del poemario. Raquel Lanseros es una voz joven pero al mismo tiempo reflexiva y madura, aprehendida de los libros, de la más culta tradición poética española. De ahí que la temática sea variada: el amor («De toda humana falta, yo me acuso. […] Que más preciada empresa no concibo / que deshojar mi vida mereciéndote»), el paso del tiempo, la Historia, el dolor («Duele el dolor, decías, pero si uno es valiente / las pequeñas espinas son pequeñas») la muerte («Maldición o venganza, la muerte nunca olvida / ni distingue estamentos, procedencias o credos», la vida misma («La vida / es hermosa como una novia al alba»), aludidos en la primera parte del poemario:

viernes, 20 de junio de 2014

¡Esta España nuestra! Estación Sur.

¿Ha perdido relevancia el debate sobre monarquía o república después de abdicar el rey en su hijo Felipe, desde el jueves ya, Felipe VI de España? La historia se repite, o, es que, ¿acaso decidimos sobre la forma de estado en España después de muerto el dictador Francisco Franco y nombrado con anterioridad sucesor el que sería Juan Carlos I de España? Han transcurrido más de treinta y cinco años de monarquía parlamentaria como modelo de estado y la gran mayoría de los españoles tenemos la sensación de haber sido engañados de forma premeditada, vil y desvergonzada. Además, y para colmo, la selección española, y, por tanto, la marca España, ha sido humillada en los dos primeros partidos del mundial de fútbol, aunque eso sí, los jugadores cobrarán por su esfuerzo y dedicación, y los 40 periodistas (Luis del Olmo, Oneto, Melchor Miralles, Pablo Sebastián, etc.), habrán disfrutado de unos días en Brasil con todos los gastos pagados por la eléctrica Iberdrola. Pero no perdamos el horizonte. Lo de la monarquía es ya un hecho, también lo de “la roja”. Así que sólo nos quedaría la cuestión de la república (la tercera) que, por el camino que vamos, no tiene visos de solución democrática, me refiero, al simple hecho de convocar un referéndum por el cual los españoles, libremente, decidamos si optamos por la monarquía borbónica o la república. Malos tiempos corren en esta España nuestra, malas artes convocan a la corrupción y la tiranía en pleno siglo XXI. No sé por qué este miedo a la voz del pueblo para decidir sobre su propio destino, a la libertad de expresión. Yo no quiero que nadie decida por mí el futuro. Esta es la cuestión, y nada tiene que ver con la persona de Felipe de Borbón, que aceptaría fuese coronado como Felipe VI, si así lo quiere el pueblo tras el correspondiente plebiscito.
No obstante, y dado que es un hecho que Felipe VI es ya el rey de España, debería atender, en sus primeros días de reinado, al verdadero sentido de la equidad y la justicia, y siguiendo a don Quijote en sus enseñanzas sobre el buen gobierno, propiciar un nuevo tiempo donde no sea noticia una reforma laboral que deja sin empleo a millones de españoles, que se recorte en sanidad y educación, tecnologías e investigación, servicios sociales (dependencia) y un largo etcétera, que sean condenados los jueces y exculpados los delincuentes o suprimidos los derechos fundamentales. Tal vez –pienso-, el nuevo rey tendría que asumir serlo de todos los españoles y acabar de una vez por todas con esta “casta” de corruptos y ladrones que se campan a sus anchas por esta España nuestra.

domingo, 15 de junio de 2014

El tren de la lluvia. Martín Torregrosa

EL TREN DE LA LLUVIA


Si la actual crisis económica está planteando el debate sobre nueva formas de estado, de transformación de una sociedad que ha basado sus gobiernos en la corrupción y el abuso de poder, en el ámbito de la literatura, y más concretamente de la poesía, aquella ha actuado como revulsivo y alegra saber que se vuelve a plantear la necesidad de «lo social», del «ser» y «estar» del poeta-hombre, de avivar el fuego de la palabra para soñar la utopía, esa misma palabra que hallamos en «El tren de la lluvia», acertado y oportuno poemario del almeriense Martín Torregrosa, en el cual el hombre vuelve a ser el centro, de tal manera que un nuevo «renacer» campa por sus páginas, revelándonos lo que nunca debió ser ocultado.


Ya desde el inicio, en el prólogo, Daniel Rodríguez se pregunta: «¿Cuándo dejó de ser necesaria la poesía con conciencia social?», para afirmar a continuación que: «La poesía, si no es social, ni es poesía ni tiene sentido alguno», si bien la clave habría que buscarla en la cita de Unamuno: «El escritor sólo puede interesar a la humanidad cuando en sus obras se interesa por la humanidad». Esta y no otra es la razón de ser, la que el poeta esgrime como única verdad, porque la poesía es un continuo viaje y el tren, en esta ocasión, su símbolo, y el poeta su pasajero. Muchos y variados serán los paisajes, también el paisanaje y de unos y otros aprenderá lo mejor de cada uno. La importancia de este viaje está en la palabra, aquella que trasciende y se interioriza hasta conquistar de nuevo el universo perdido, la tierra madre, el mar de siempre. Curiosamente, para el poeta «Los trenes parten siempre del sur», y van siempre hacia el norte. Hay un cierto aroma machadiano en los versos de Torregrosa cuando habla de esas «viejas maletas» que le recuerdan a sus antepasados :«Mis antepasados viajaron de su mano, / inventaron los viajes con estrellas / y dieron por fortuna la nostalgia / de viajar en un tren de mercancías», pero también nos alerta el poeta del dolor de la soledad en la gare (estación): «La gare era un hervidero de maletas y gente, / un ir y venir a la cantina, pasajeros en espera, todos con bufanda…Eran los desplazados que decían adiós a la temporada. / Los italianos esperaban los trenes que venían de Genève y Lausanne, / los españoles los que llegaban de Sierre y Sion con destino a Genève», de la realidad de unos seres forzados a emigrar para ganar el pan de cada día (ahora usan el eufemismo “movilidad laboral”); el poeta observa, desde su particular atalaya la vida misma: «Sentado en el andén / veo la vida pasar, / las promesas incumplidas, / la ilusión, los empeños, / todo cuanto corrí / desandado lo veo». Precede a la segunda parte del libro, que Martín Torregrosa titula «Al tacto con la tierra», una cita de Pablo Neruda, y que es, en sí misma, otra declaración de principios: «Quiero que a la salida de fábricas y minas / esté mi poesía adherida a la tierra / al aire, a la victoria del hombre maltratado». La voz del poeta se transforma en otra voz de solidaria humanidad, que busca en el hombre la primera y última razón de la existencia; el “yo” desaparece para convertirse en el “otro” y expresa así la emoción de sentir por y para los demás, de vivir en los demás: «Lloro, lloro como lloran las madres / que golpean la tierra de rodillas en las morgues. / Irremediablemente lloro por los niños caídos, / y lloro por la aurora que no ha de devolver / la sonrisa inocente». La humanidad de su pensamiento se engrandece en estos versos: «Rezar de poco sirve –ha servido de poco, de nada-, / cuando cruza una bala la luz del horizonte / y el eco del disparo silencia en la estampida / el vuelo de los sueños». Su particular manera de entender la religión se muestra en el poema titulado “Padre nuestro”, en el que pide perdón por su ateísmo y de “querer arreglar el mundo a su manera”. En esta segunda parte destacan también los poemas “Preguntas al río Sava en Jasenovac”, “La luz de la memoria”, “La sombra que nos cubre” o “Rosas Mustias”. En la tercera parte, titulada «Complicidad en el gesto», muestra su oficio de poeta con los poemas “Invitación” y “Oliviero”, que nos recuerda la elegía de Miguel Hernández a su “compañero del alma” Ramón Sijé. Concluye Martín Torregrosa el libro con un epílogo titulado “Polifonía de despedida”, en el cual se reafirma en su poética existencialista, donde la forma y el fondo son un solo corpus, una misma luz, la vida que alienta el humanismo del poeta que es Martín Torregrosa.

Título: El tren de la lluvia
Autor: Martin Torregrosa
Edita: Renacimiento (Sevilla, 2014)

sábado, 7 de junio de 2014

José Antonio Santano. Estación Sur

INJUSTA JUSTICIA

No hay día que pase que la ciudadanía española no sienta verdadera vergüenza por lo que está sucediendo en las instituciones del Estado. Una creciente impotencia embarga a los españoles tras el cúmulo de noticias que afectan ya a todos los órganos de la Administración y del Gobierno de la Nación. Las direcciones de los partidos mayoritarios miran hacia otro lado, aceptando así la política de los hechos consumados; ninguno de ellos quiere perder su estatus y sus privilegios, que son muchos los que han ido otorgándose a lo largo de estos treinta y seis años de democracia (¿?). No hay día, decía, que los ciudadanos no vean vilipendiados sus derechos, que la corrupción no sea noticia, al igual que lo es, de forma alarmante, la administración de la justicia en este país. Los trabajadores españoles están hartos ya de tanta insensatez y de tanta mentira: la de un gobierno que incumple un día sí y otro también con sus promesas electorales, rebaja los impuestos a quien más tiene y los sube a quien menos, que menosprecia, atenta y coarta la libertad de expresión, que nos asusta con el resurgimiento de la extrema izquierda, de “los rojos” de antaño, o que salva a los bancos de la crisis y condena a los trabajadores a pagarla. No hay día que no nos levantemos cargados con la incertidumbre a nuestras espaldas, derrotados antes de iniciar la batalla diaria, desalentados y sin futuro mientras ellos, los poderosos, se ríen de todos nosotros. El pueblo está muy cansado ya de tan repugnantes comportamientos, de tantos ultrajes en nombre de España y de sus instituciones, de la Democracia y del Estado de derecho. Harto de ver que cada día, el Gobierno, los partidos, los jueces, los diputados son cómplices de esta catastrófica situación. Hartos de tantos hurtos y ladrones, que no cumplen las condenas y campan libres por nuestras ciudades y pueblos; hartos de que el dinero de todos esté depositado en las cuentas de los Bárcenas y compañía. Indignados por el continuo saqueo al que nos vemos sometidos por esta panda de inútiles.
No hay día que pase que los ciudadanos de este país no sientan repugnancia y desprecio por esta nueva casta de estafadores, los que ejerciendo el poder soberano del pueblo condenan a su pueblo a la miseria. ¿Cuánto tiempo más podremos soportar esta asfixiante situación? ¿Qué hacer cuando no existe horizonte? ¿Cuánto más esta injusta justicia?


domingo, 1 de junio de 2014

Ukigumo. ÁNGEL OLGOSO.



Ukigumo (Floating Clouds) es el título original de la película dirigida por Mikio Naruse allá por el año 1955, pero también y sobre todo, el título de un libro de poemas Ukigumo (nubes pasajeras), del granadino y una de las voces más destacadas del relato en España, Ángel Olgoso (Premio Andalucía de la Crítica de relato, 2014). Publicado por la editorial Nazarí de Granada (colección Daraxa), en esta ocasión Olgoso cambia de género y se adentra en la poesía con un buen ramillete de haikus que compusiera en la década de los 90 y que ven ahora la luz pública. Nos invita su autor a un viaje por las nubes, en esas donde anida la palabra como único fulgor del poeta-narrador, de la palabra que alumbra los caminos y senderos, los bosques y los ríos, los mares, la tierra entera, de oriente a occidente. En ese universo de silencios y memoria el poeta resurge y observa detenidamente la naturaleza (el haikus ha de contenerla) y toda su plenitud es recreada de forma breve a través de diecisiete sílabas y en tres versos (5-7-5). Olgoso sabe mucho de cercanías, de observación y meditación contenida, de lugares lejanos, orientales, y también de los otros, de los de occidente. En ese entramado de experiencias y lecturas previas ha fundado su mundo ficcional y creativo, y a él se ofrece día a día en cuerpo y alma. El haikus se muestra en toda su sencillez expresiva (otorga la importancia al momento en que suceden las cosas y es captado por el poeta,), y por ello el uso del sustantivo prevalece y nos invita a recorrer un camino donde la realidad y los sentidos se complementan hasta crear un nuevo tiempo, una nueva forma de sentir y de vivir.


Ukigumo se presenta en edición bilingüe español-italiano, con traducción al italiano de Paolo Romerini, lo que sin duda es un acierto más, dada la musicalidad y la fuerza expresiva de la lengua italiana, que provoca en el lector una dulce y sedosa sensación, de mágica armonía y equilibrio. El poemario se divide en tres partes: Kaoru (aroma), Akashi (gema-gemma) y Utsusemi (caparazón de cigarra-guscio di cicala). En la primera de ellas, «aroma», el otoño es protagonista


De nuevo el otoño, plácido y austero.

Al caer la tarde,

pequeños incendios de broza sobre los campos,


o lo que equivale a decir la naturaleza que aviva los sentidos


Suenan al caer,
en las raíces ensortijadas del olivo,
un par de aceitunas,


el tempus fugit


La profunda noche sola

en la casa silenciosa.

El sonido del reloj,


el valor de lo etéreo


Cuando intentes conocerla,
la nube noes más que una nube,
y se disipa


o la vejez en suma


Hoy se ha desprendido,
exhausto, el último clavo negro
del portón centenario.


La segunda parte, gema (piedra preciosa) nos obsequia con verdaderas perlas de haikus:


Acá y allá
sendas de hojas crujientes,
mondos los álamos,


nos alerta de la soledad:


En soledad,
sin el daño del deseo.
Tarde nublada,


la esencialidad poética de la ciudad –su ciudad-:


Seco y maduro,
dulce y amargo fruto:
todo es Granada»,


también el desaliento o la desesperanza, cuando el poeta dice:


Olvida al hombre,
mira la gentil nube,
y entenderás»,


o la constatación de realidades sociales:


Inseparables,
el siervo y el señor.
Avinagrados.


La tercera y última parte (caparazón de cigarra), con dos únicos versos y sin número fijo de sílabas, Olgoso vuelve a indagar y al meditar sobre el mundo que le rodea, sobre hechos y cosas que surgen como realidades o sueños, en los que la palabra en ese juego secreto de la alquimia es trascendida:


La uva no conoce el vino que destilará.
El vino no conoce la uva que habitaba,




y en esa observación de lo vital y cotidiano escribe:



El paseante mira la montaña con veneración.
La montaña mira al paseante con zozobra,


o este otro:


El transeúnte ladra en silencio
por las esquinas de la multitud,


o este que resume toda una manera de pensar y vivir:


El fuego es frío a veces;
lo alto es bajo con frecuencia.


Así respira el narrador y ahora poeta Ángel Olgoso en este libro, Ukigumo,  en el cual las «nubes pasajeras» son como los sueños, pero que en la voz del poeta se perpetúan. Es la luz de la palabra como única patria y paraíso, alma y alimento.