lunes, 26 de mayo de 2014

Las uñas de la luz. Ángel Olgoso


Buenas tardes a todos. En primer lugar me gustaría agradecer a José Antonio y a Isisdoro que me hayan concedido el honor de inaugurar este insólito, grato y apasionante proyecto editorial, precisamente en un día tan especial -el día de las librerías y de los libreros, resistentes ambos-, y por supuesto agradeceros a todos el interés que demuestra vuestra impagable presencia.

Siempre que vengo a la vecina tierra almeriense no puedo evitar recordar las alegrías que me viene dando desde hace décadas, concretamente desde que en 1991 asistiera a la entrega del Premio Gustavo Adolfo Bécquer por mi primer libro publicado, Los días subterráneos; pasando por el Premio de la Feria del Libro de Almería que en 1994 obtuvo La hélice entre los sargazos; hasta llegar recientemente, en 2009, al Premio Sintagma concedido por la librería de El Ejido a mi penúltimo libro, La máquina de languidecer.

Apenas si suelo reflexionar sobre mi trabajo más allá de alguna entrevista o presentación. Azorín decía -quizá acertadamente- que los autores son los que menos saben de sus propias creaciones. En mi caso, toda energía se concentra en buscar la excelencia de cada relato, en armonizar fondo y forma, en lograr historias intensas y destiladas, en trabajar la prosa a conciencia, en clave de orfebre, en crear el mejor arte que pueda aunque me lleve mucho tiempo conseguirlo.

Aunque realmente escribo lo que me gustaría leer -tal vez como todos los escritores, o como todas las personas hambrientas de ficciones-, es cierto que mientras trabajo noto un latido insistente, un propósito escondido pero poderoso que me arrastra: el de convertir la oruga de la realidad en la mariposa del arte. Porque creo que la función de la literatura es metamorfosear lo real, trascenderlo, enriquecerlo con sueños, experiencias y, sobre todo, con un lenguaje rico y vigoroso para que, en ningún momento, devenga en una mera fotografía. La obra de arte no consiste sólo en transcribir la realidad que nos envuelve, sino en interpretar el mundo, en subjetivar la materia, en consignar los ensueños, para que esa experiencia alcance al lector y pueda servirse de ella con provecho.

Durante treinta y cinco años me he dedicado exclusivamente a una búsqueda solitaria de lo bello y lo inquietante, a cultivar mi pequeño jardín de relatos con una pasión tranquila y solitaria, no por pretensiones de pureza artística -o no sólo- sino porque, en mi ingenuidad, pensaba que un escritor debía limitarse simplemente a escribir y no a perder el tiempo en ruidosas actividades sociales o de promoción: se sobreentiende que los frutos del arte y de la imaginación deben madurar en la penumbra del silencio, de la calma y de la soledad.

En mis primeros libros, como en Los líquenes del sueño o Cuentos de otro mundo, se acentuaba el humor negro, la ironía, los finales sorpresivos, la experimentación formal; luego vino el descenso alucinado a los infiernos de Los demonios del lugar, la estética concentrada del breviario en La máquina de languidecer o el planteamiento poético y lúdico de Astrolabio. Pero, al mismo tiempo, bajo todos ellos permanecía el sustrato de las historias perturbadoras e insólitas, ese antídoto que me permite sobrevivir al veneno de la realidad. En el último libro, Las frutas de la luna (como supo ver muy bien José Antonio Santano en la magnífica reseña que escribió sobre él), hay un aura más melancólica y fatalista, casi de revelación bíblica, de extrañeza metafísica, y también más universal, donde el dolor, la redención, las derrotas o las atrocidades de la vida nos alcanzan como especie. Spinoza decía que el universo consta de infinitas cosas en infinitos modos. Pues bien, en la suma de todos mis libros, en el medio millar de relatos que la componen, hay una pequeñísima muestra de esa diversidad abrumadora, de esos universos vislumbrados, de esa realidad paralela que, de manera distorsionada como una sombra, acompaña a la realidad visible.

Me gustaría pensar que Las uñas de la luz, esta breve selección de relatos que hoy presentamos -y que inaugura una colección de Cuadernos a la que deseo una larga y notoria vida-, no nace sólo para lectores que disfrutan con el primor literario y con una mirada imaginativa, para lectores que aprecian la literatura, la belleza, la inquietud, la exquisita conciliación de las asperezas de la realidad con la idealidad del arte, para lectores a los que sólo lo extraño les es familiar (como decía Carlos Edmundo de Ory) o que desean ver modificada su percepción de la realidad, sino para cualquier persona que sienta un mínimo de curiosidad, para cualquiera que desee dedicar unos minutos a asomarse al interior de un semejante y verse en su reflejo, para cualquiera que necesite un bálsamo contra las realidades del mundo. Porque la literatura, el arte, nos consuelan: en un momento en que los poderes político y económico pervierten a diario las palabras, robándoles su sentido, convirtiéndolas en vaselina de la que se ayudan para hacernos tragar su discurso fascista y mafioso, es responsabilidad del escritor devolverle a las palabras su belleza, su autenticidad, su carga imaginativa, su fulgor genuino. Y en un mundo en el que hemos construido un sistema que nos persuade a gastar el dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos, es hora de abogar por el más noble de los productos humanos, el libro. Según Séneca, con el libro puedes prolongar tu mortalidad, eres libre de las limitaciones de la humanidad, todos los tiempos están a tu servicio como al servicio de un Dios. Para Maquiavelo, los libros eran el alimento para el cual vino a la vida, durante horas se olvidaba del mundo, no recordaba vejación alguna y dejaba de temer la pobreza y de temblar ante la muerte. Iniciativas como la de Cuadernos Metáfora son una hermosa rúbrica de estas palabras, un valiosísimo referente cultural, un lujo de lo más económico, un precioso regalo al que no podemos sino estar agradecidos.