lunes, 26 de mayo de 2014

Fiestas y rituales. Estación Sur

Es sana costumbre no perder la curiosidad por las cosas. El deseo de conocer, de profundizar hasta llegar a la raíz de todo lo humano y lo divino es un buen comienzo para engrasar la maquinaria de nuestro cerebro, de nuestra mente, que ha de cuidarse tanto como el cuerpo, aunque en los tiempos que corren venga siendo todo lo contrario. Alentar esa capacidad humana para descubrir lo desconocido debe ser una constante. Algo así ocurre cuando nos adentramos en las páginas de una de las últimas publicaciones del Instituto de Estudios Almerienses (IEA), que dentro de la colección Guías de Almería. Territorio, Cultura y Arte (número 12), toma el título de Fiestas y Rituales Singulares. En ella hallamos todas las fiestas de Almería y su provincia, así como aquellos rituales que, por su singularidad, merecen la atención del lector. Su coordinador, Juan Salvador López Galán, como el resto de autores (Juan Agudo, Aniceto Delgado, Rosalía Fernández, Ana María García, Modesto García, Ana Belén García, Cristina Isla, Francisco Martínez Botella, Encarna M. Navarro, Gonzalo Pozo, Elena Ramírez, Antonio Sevillano, Juan Torreblanca y Juan Pedro Vázquez) han realizado un buen trabajo y debe ser así reconocido por quienes tengan la curiosidad por saber más de las tradiciones populares, de la historia y de la antropología. No cabe duda que la variada y acertada estructura de esta Guía, propicia el acercamiento a aquellos acontecimientos festivos y rituales que a lo largo del tiempo vienen produciéndose tanto en los pueblos como en la capital. Complementan los textos un buen número de ilustraciones, mayoritariamente fotografías, hecho que viene a añadir valor a esta publicación. Cuatro grandes bloques hacen más fácil al lector la búsqueda de los aspectos que más le puedan interesar: Ciclo Festivo de Invierno (Navidad y Reyes, San Antón, san Sebastián y la Candelaria, y cerrando el ciclo, el Carnaval), Ciclo Festivo de Primavera (Semana Santa, Cruz del Voto y San Marcos y Cruces y Virgen de Fátima), Ciclo Festivo de Verano (Corpus, san Juan y otras y Romerías), y, por último, Ciclo Festivo de Otoño ( Moros y Cristianos y san Miguel).

Un viaje apasionante y posible que esta Guía nos propone sin salir de casa, que es otra manera de acercarnos a la cultura y tradición popular, conocer sus costumbres, las fiestas y rituales que vienen de antiguo y que aún hoy se conservan, afortunadamente, en muchas de las poblaciones almerienses, incluso en las más pequeñas y apartadas. Una buena razón para conocer a las gentes que habitan esta noble tierra.

Las uñas de la luz. Ángel Olgoso


Buenas tardes a todos. En primer lugar me gustaría agradecer a José Antonio y a Isisdoro que me hayan concedido el honor de inaugurar este insólito, grato y apasionante proyecto editorial, precisamente en un día tan especial -el día de las librerías y de los libreros, resistentes ambos-, y por supuesto agradeceros a todos el interés que demuestra vuestra impagable presencia.

Siempre que vengo a la vecina tierra almeriense no puedo evitar recordar las alegrías que me viene dando desde hace décadas, concretamente desde que en 1991 asistiera a la entrega del Premio Gustavo Adolfo Bécquer por mi primer libro publicado, Los días subterráneos; pasando por el Premio de la Feria del Libro de Almería que en 1994 obtuvo La hélice entre los sargazos; hasta llegar recientemente, en 2009, al Premio Sintagma concedido por la librería de El Ejido a mi penúltimo libro, La máquina de languidecer.

Apenas si suelo reflexionar sobre mi trabajo más allá de alguna entrevista o presentación. Azorín decía -quizá acertadamente- que los autores son los que menos saben de sus propias creaciones. En mi caso, toda energía se concentra en buscar la excelencia de cada relato, en armonizar fondo y forma, en lograr historias intensas y destiladas, en trabajar la prosa a conciencia, en clave de orfebre, en crear el mejor arte que pueda aunque me lleve mucho tiempo conseguirlo.

Aunque realmente escribo lo que me gustaría leer -tal vez como todos los escritores, o como todas las personas hambrientas de ficciones-, es cierto que mientras trabajo noto un latido insistente, un propósito escondido pero poderoso que me arrastra: el de convertir la oruga de la realidad en la mariposa del arte. Porque creo que la función de la literatura es metamorfosear lo real, trascenderlo, enriquecerlo con sueños, experiencias y, sobre todo, con un lenguaje rico y vigoroso para que, en ningún momento, devenga en una mera fotografía. La obra de arte no consiste sólo en transcribir la realidad que nos envuelve, sino en interpretar el mundo, en subjetivar la materia, en consignar los ensueños, para que esa experiencia alcance al lector y pueda servirse de ella con provecho.

Durante treinta y cinco años me he dedicado exclusivamente a una búsqueda solitaria de lo bello y lo inquietante, a cultivar mi pequeño jardín de relatos con una pasión tranquila y solitaria, no por pretensiones de pureza artística -o no sólo- sino porque, en mi ingenuidad, pensaba que un escritor debía limitarse simplemente a escribir y no a perder el tiempo en ruidosas actividades sociales o de promoción: se sobreentiende que los frutos del arte y de la imaginación deben madurar en la penumbra del silencio, de la calma y de la soledad.

En mis primeros libros, como en Los líquenes del sueño o Cuentos de otro mundo, se acentuaba el humor negro, la ironía, los finales sorpresivos, la experimentación formal; luego vino el descenso alucinado a los infiernos de Los demonios del lugar, la estética concentrada del breviario en La máquina de languidecer o el planteamiento poético y lúdico de Astrolabio. Pero, al mismo tiempo, bajo todos ellos permanecía el sustrato de las historias perturbadoras e insólitas, ese antídoto que me permite sobrevivir al veneno de la realidad. En el último libro, Las frutas de la luna (como supo ver muy bien José Antonio Santano en la magnífica reseña que escribió sobre él), hay un aura más melancólica y fatalista, casi de revelación bíblica, de extrañeza metafísica, y también más universal, donde el dolor, la redención, las derrotas o las atrocidades de la vida nos alcanzan como especie. Spinoza decía que el universo consta de infinitas cosas en infinitos modos. Pues bien, en la suma de todos mis libros, en el medio millar de relatos que la componen, hay una pequeñísima muestra de esa diversidad abrumadora, de esos universos vislumbrados, de esa realidad paralela que, de manera distorsionada como una sombra, acompaña a la realidad visible.

Me gustaría pensar que Las uñas de la luz, esta breve selección de relatos que hoy presentamos -y que inaugura una colección de Cuadernos a la que deseo una larga y notoria vida-, no nace sólo para lectores que disfrutan con el primor literario y con una mirada imaginativa, para lectores que aprecian la literatura, la belleza, la inquietud, la exquisita conciliación de las asperezas de la realidad con la idealidad del arte, para lectores a los que sólo lo extraño les es familiar (como decía Carlos Edmundo de Ory) o que desean ver modificada su percepción de la realidad, sino para cualquier persona que sienta un mínimo de curiosidad, para cualquiera que desee dedicar unos minutos a asomarse al interior de un semejante y verse en su reflejo, para cualquiera que necesite un bálsamo contra las realidades del mundo. Porque la literatura, el arte, nos consuelan: en un momento en que los poderes político y económico pervierten a diario las palabras, robándoles su sentido, convirtiéndolas en vaselina de la que se ayudan para hacernos tragar su discurso fascista y mafioso, es responsabilidad del escritor devolverle a las palabras su belleza, su autenticidad, su carga imaginativa, su fulgor genuino. Y en un mundo en el que hemos construido un sistema que nos persuade a gastar el dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos, es hora de abogar por el más noble de los productos humanos, el libro. Según Séneca, con el libro puedes prolongar tu mortalidad, eres libre de las limitaciones de la humanidad, todos los tiempos están a tu servicio como al servicio de un Dios. Para Maquiavelo, los libros eran el alimento para el cual vino a la vida, durante horas se olvidaba del mundo, no recordaba vejación alguna y dejaba de temer la pobreza y de temblar ante la muerte. Iniciativas como la de Cuadernos Metáfora son una hermosa rúbrica de estas palabras, un valiosísimo referente cultural, un lujo de lo más económico, un precioso regalo al que no podemos sino estar agradecidos.

domingo, 18 de mayo de 2014

Buda en el Bolshói. Álvaro Campos Suárez


«Buda en el Bolshói» no es un libro más entre tantos, un poemario más entre los muchos que se editan en nuestro país y concretamente en Andalucía. Su autor, Álvaro Campos Suárez, hijo del gran novelista cordobés Juan Campos Reina, lamentablemente desaparecido ya, hereda la sutiliza y elegancia, la meditación profunda y trascendental, senequista si así se quiere, de su padre.
La esencia de la tradición poética cordobesa, que bebe una vez y otra de lo oriental, en esa continua búsqueda de la belleza en la sencillez de las cosas, en la palabra trascendida, luz y universo del poeta que siente la vida como el gran hallazgo, pero también la pérdida de lo amado, del tiempo y de los sueños como propia muerte. Doble cara de una misma moneda, como dos son las claves esenciales de este poemario. Por una parte, la existencia de las cosas y de los seres; de otra, la desaparición, la pérdida, la muerte de esas cosas y seres. Ambos elementos juegan un papel destacado en la poética de Campos Suárez. 

Llama la atención el juego al que nos somete el autor al utilizar los nombres de “buda” y “bolshói”. Sin embargo, cada palabra simboliza aspectos distintos pero convergentes a la vez. Las citas de Juan Ramón Jiménez, Burckhardt y Bacon sirven de guía, de prólogo si se quiere, para encauzar la lectura de este sólido poemario: el primero alude a la muerte («Yo no seré yo, muerte, / hasta que tú te unas con mi vida…»; el segundo nos habla del por qué de la existencia de las cosas («los objetos de la naturaleza sólo existen […] en tanto que el aire y la luz practican / su juego singular entre ellos») y, el tercero, finalmente, vuelve a la muerte y el miedo a ésta («Los hombres temen la muerte / como los niños jugar en la oscuridad»). Importa, y mucho, los versos que anteceden a cada una de las partes que integran el poemario.


Título: Buda en el Bolshói
Autor: Álvaro Campos Suárez
Edita: Ediciones En Huida
(Sevilla, 2014)



Ya solos, ¿padre e hijo?, disponen sus vidas para el camino de la luz y de los sueños, ambos frente a frente, fija la mirada en el otro, convocando al recuerdo para seguir viviendo, para hallar la verdad que mantenga la esperanza intacta, como al principio, en los orígenes: «Solo recuerdo una imagen. / Tú y yo, en el escenario / bailando bajo un gran foco de luz / apagado / en el centro de la nada». Tal vez ese escenario es la viva representación del Bolshói, el lugar en el que los sueños se materializan y el tiempo se detiene. Cinco son las partes, pues, en las que Campos Suárez divide este poemario, a saber: Luto (Arabasque), que abre con un poema dedicado al Portero de las nubes, el poeta Luis Cernuda: «Dormirán entre sollozos / hombre y nube evaporados»; Aprendizaje (Glissade en avant), en ese rodar hacia delante de la muerte y el recuerdo del padre, siempre presente: «Echo la vista atrás y recuento / las largas noches de tu ausencia. / […] Ahora, tu inexistencia, / y siempre, volver a ti». También habrá una mirada hacia la madre: «Algunos tenemos ángeles, / sherpas que guardan del mal o la impericia / surgidos del amor de nuestras almas»; Entreacto, descanso o interludio, tiempo para la soledad y sus silencios, y la palabra: «Y allá me hallo, cada día, / embebido de soledad / pretérita y futura. / En el goce del cansancio, / esa plenitud inmeritaza. / La palabra / vale más que el hombre»; Ascenso (Cabrioles et pirouettes), revela la necesidad de vivir («Yo prefiero la respiración, / trasunto del alma encendida»), de creer en la utopía («Ya no me queda nada. / Sólo felicidad.), el goce de lo cotidiano («Y mientras caminábamos / a lo largo de la alameda, / supe que al fin lo había hallado, / ¡oh, mágico paseo!»), y de nuevo el padre («Sentado en el mirador junto a mi padre / […] Luz brillante y cegadora. / Campos eternos.»), y por último, Iluminación (Tour de force), de ese otro yo renovado después del despertar al recreado universo donde el poeta da paso al hombre para resurgir de su propio yo, anterior a la luz, y lo hace desde el recuerdo a Campos Reina (el padre omnipresente), el autor-actor convoca a la última representación de Buda en el Bolshói («Arrancar a la gloria su infamia, / y prestar, juntos como un solo ser, / ser / vicio enterno al Amor.»).
El poeta tiene siempre la última palabra, el alma del verso mece sus luces y sus sombras sobre la tierra entera: «Empieza a clarear / en los confines de lo etéreo. […] El teatro torna blanco y puro / a la par que nauseabundo. / Como siempre, / como nunca / hasta el fin de los tiempos.» El poeta en su voz, desnudo y libre.

martes, 13 de mayo de 2014

Idílios. Salón de Lectura

Si nos preguntáramos cómo definir la poesía de Juan Ramón Jiménez serían muchas las maneras de hacer, tal vez, tantas como estudios se han realizado sobre ella. Juan Ramón Jiménez escribió con la angustia creciente del tiempo, y por ello, vida  entera fue la poesía. Quiere decir esto que es imposible entender a Juan Ramón Jiménez si no miramos a sus ojos con verdaderos ojos de poeta, del rumor trascendido de la palabra poética. Consecuencia de la obra ingente del onubense universal es este nuevo descubrimiento de poemas inéditos que contienen esta edición al cuidado de Javier Sánchez Menéndez (La Isla de Siltolá), Idilios. Con prólogo del también poeta Antonio Colinas y estudio de la profesora Rocío Fernández Berrocal, Idilios, poemario que JRJ dejó preparado en Puerto Rico, con las consiguientes indicaciones, para su publicación,  ve ahora la luz a partir de manuscritos hallados en los fondos familiares, Archivo Histórico Nacional, Fundación Juan Ramón Jiménez y la Sala Zenobia-Juan Ramón Jiménez de la Universidad de Puerto Rico. De los 97 poemas que componen Idilios, 38 son inéditos. Sin duda, un nuevo hallazgo que nos acerca a comprender mejor la poética de JRJ, toda vez que Idilios revela un cambio en su poesía, en la que el propio Nobel indica que los rasgos definidores de Idilios son «brevedad, gracia y espiritualidad». Nos dice Antonio Colinas en su prólogo que «el poeta deja fluir en esa etapa (y en este libro en concreto) su voz con naturalidad», y así es, porque JRJ es EL POETA por y para siempre, su vida es la poesía, y viceversa.
            «Metamorfoseador sucesivo y destinado», así se autodefinió JRJ. El Nobel estaba llamado a la conquista de la perfección, y a esa labor estuvo dedicado en vida. JRJ escribía y reescribía su obra constantemente y su única preocupación: no verla publicada en vida. Así era el poeta de Moguer. Dice la profesora Rocío Fernández que «Los poemas de Idilios encaminan la obra de JRJ hacia la poesía desnuda…»es decir, que en ellos confluyen dos inquietudes amorosas que fueron motivo de desasosiego para el poeta: el amor carnal y el amor puro. En este sentido –añade la profesora Fernández Berrocal-, «La desnudez no es ya la de la carne femenina, sino la de la creación bella, la poesía pura, la rosa que se encuentra en Idilios». Viene a marcar  Idilios el camino al centro de la poesía, y en ese camino no puede faltar la inseparable presencia de Zenobia. En esta obra el campo está muy presente, es la vuelta a Moguer, al paisaje paradisíaco de sus raíces terrenas y profundamente amorosas. En esta obra –nos dice Fernández Berrocal- existen «rasgos platónicos en esa idea de llegar a la belleza absoluta a través de lo sensible, lo corporal. Lo bello es lo luminoso».
            El poemario en sí se estructura en dos partes: «Idilios clásicos» e «Idilios románticos». Su extensión es variable, algunos muy breves. Existen poemas dedicados, pero solo a dos personas: Zenobia y Berta. Idilios clásicos viene a ser la celebración del amor, de ese amor desnudo y puro citado con anterioridad (…Deja / que tu sangre, amor, vuele / no tus alas), la búsqueda de la belleza en la armoniosa naturaleza (En el sol del otoño… / arderá nuestro idilio). En «Idilios románticos» -comenta Fernández Berrocal- se pasa de la vaguedad a la realidad, del ensueño lunar a la plenitud del sol, del día que deslumbra y llena al poeta que anhela «vivir su presente». También en estos poemas existe una fusión con los elementos naturales, y en su trasfondo siempre el amor trascendido, que se eleva hasta las más altas cimas y se abisma luego en un único abrazo y corazón (¡Quiero cruzar el mundo / con tu cuerpo luciente, / derramarlo, un instante, más allá / de la vida y la muerte). Zenobia es para el poeta el presente y el futuro, la luz que alumbra los silencios de la noche, los cálidos haces del sol que atraviesan las ventanas y balcones, el universo todo y absoluto, en cuerpo y alma. Y por eso no puede sino mostrar su amor a Zenobia a cada instante, en cada sílaba en vuelo a las alturas del amor. La poesía entendida como la llama o la brasa que incendia las palabras y las transforma hasta convertirlas en sangre de amapolas o luciérnagas de mares. Y ahí está el poeta JRJ, eternizándose en la palabra, que no es sino un deslumbramiento del ser, esencia y maravilla. Acertada edición de La Isla de Siltolá y estudio preliminar de la profesora Fernández Berrocal de estos Idilios de Juan Ramón Jiménez, por cuanto supone de descubrimiento de los treinta y ocho inéditos y por la conjunción de los publicados, formando así un corpus único que los lectores, con toda seguridad, tendrán oportunidad de disfrutar. Un libro muy recomendable, no solo para los estudiosos de la obra de Juan Ramón Jiménez, sino para los buenos lectores de poesía. A ninguno de ellos defraudará, pues nos hallamos ante el «poeta incendiado», como así lo calificó Zenobia, y, porque como dice Antonio Colinas «…el lector se queda callado y tembloroso tras haber sentido ese escalofrío de la palabra revelada en los límites. La palabra en los límites del ser y de ser. No otra cosa es la mejor poesía».  




   
  


                                    

sábado, 10 de mayo de 2014

Librerías y libros andaluces.



No es habitual, pero a veces sucede. De sorprendente y casi milagroso podríamos catalogar lo acaecido hace unos días cuando me dirigía a la librería Metáfora, en Roquetas de Mar. Conducía atento a la carretera y al mismo tiempo enfrascado en mis pensamientos sobre determinados asuntos relacionados con la literatura andaluza y su escasa promoción o difusión en las librerías. Los escritores andaluces, desgraciadamente, son unos perfectos desconocidos para el público en general. Hallar un libro de autor andaluz en las bibliotecas públicas –que no sea lo suficientemente mediático, claro-, o en las de los centros de enseñanza es muy difícil. Los que ocupan los anaqueles, incluso de las universidades, corresponden a poetas o escritores generalmente conocidos por sus intervenciones en las televisiones, radios o prensa –escrita o digital-. Lamentablemente –pensaba durante el corto trayecto-, esta es una realidad constatable, pero sobre todo, triste, dado el buen número de escritores y poetas andaluces con una trayectoria literaria coherente y textos de sobrada calidad. La nómina de estos escritores andaluces sorprendería a muchos, si bien hay que tener en cuenta que forman parte de lo que viene denominándose “autores independientes”, no sujetos a la imperiosa necesidad comercial de las editoriales más famosas, todo lo contrario, afines a editoriales pequeñas e independientes también, que apuestan por la calidad de los textos, por la buena literatura, como debe ser. En estos pensamientos andaba cuando al llegar a la citada librería, me asombro al contemplar en el escaparate un expositor con los libros ganadores de la vigésima edición de los Premios Andalucía de la Crítica, año 2014.
No podía creerlo, una librería que destacaba en su escaparate los libros de autores andaluces, que los críticos literarios consideraron en su día que merecían el máximo reconocimiento de entre todos los publicados en el año 2013 en Andalucía, un premio, además, sin dotación económica alguna (a los premiados se les entrega una estatuilla, obra original del escultor jiennense Andrés Calatrava, y reproducida en Almería por la Escuela del Mármol). Allí estaban alineados sobre el fondo negro del expositor, eran libros andaluces destacados: en poesía, “Umbral de otoños”, de la granadina Mariluz Escribano; en relato, “Las frutas de la luna”, del también granadino Ángel Olgoso, y, por, último, en novela, “Adriático”, de la sevillana Eva Díaz Pérez.
¡Merecido homenaje de esta librería al libro andaluz!



domingo, 4 de mayo de 2014

JOAQUÍN PÉREZ AZAÚSTRE. Vida y leyenda del jinete eléctrico


Los sonidos metálicos, de aire y fuego del saxo de Sonny Rollins me acompañan mientras leo con suma atención este poema río, único, que lo mismo me transporta a ciudades americanas, al cine americano, a las decenas de fotogramas que han colmado las vidas de toda una generación o que me alcanza como un dardo impregnado de impotencia e indignación reconcentrada en el devenir actual de una España antigua y ñoña, incapaz de romper las cadenas y volar alto hasta atisbar de nuevo el horizonte de la esperanza. Así es «Vida y leyenda del jinete eléctrico», poemario galardonado con el XXIII Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma, del cordobés Joaquín Pérez Azaústre. 



El libro está compuesto por treinta y seis secuencias, treinta y seis cantos de una misma obra sinfónica, y no cabe duda que es un verdadero reto para el lector de poesía, porque no es fácil su lectura, que no atiende a norma alguna de puntuación, tal vez al asumir el autor que en ese discurrir de la palabra como un río, la continuidad oracional y discursiva no tendría que detenerse. El fluir de la palabra es la razón esencial de este poemario, que junto al pensamiento y la confirmación de la existencia de un mundo excesivamente material, se rebela contra el sistema, incluso de las propias normas gramaticales. Es un guiño a la rebeldía, a la asunción de lo humano como única fórmula para salvarse –salvarnos-; volver al hombre como centro del universo, renacer para crear una nueva existencia basada en la solidaridad y el hermanamiento como únicos instrumentos de progreso. Subyace en los versos que componen «Vida y leyenda del jinete eléctrico» un discurso humanista, en el cual el compromiso social alienta y alimenta incluso los fragmentos metapoéticos hallados («no habíamos acordado que el poema / era plasticidad de la vida nombrada», «hoy vamos a partir el coxis del poema», «quiero atar la poesía con cordones suaves / para que grite y sienta más allá del dolor»). La poesía y el hombre-poeta frente a frente, desnudos y a sabiendas que solo son carne y alma de una suerte de alquimia necesaria. El poeta en su soledad de siglos («el hombre sigue siendo su soledad de hierro su musgo en / soledad / un hombre es la mejor promesa de sí mismo») recorre la geografía de la palabra-imagen abastecida por el cine, elemento latente y patente en la poesía de Pérez Azaústre, como si se tratara de un apéndice más de su ser.

Título: Vida y leyenda del jinete eléctrico
Autor: Joaquín Pérez Azaústre
Edita: Visor (Madrid, 2013)
Un viaje al centro de la tierra americana, a sus leyendas, a las metrópolis deshumanizadas donde solo se vegeta entre torres de cemento y espanto, allí en la indigencia, en la luz de la amarga existencia, en los aromas ácidos de la noche. Todo fluye y se transforma en versos desesperados de Whitman o Lorca o en la música de un trombón o un saxo vomitando soledades al doblar una esquina. Poesía de la luz entre tanta tiniebla, entre tan insolente turba de gobernantes corruptos. De ahí la necesidad de una vuelta de tuerca hasta el deslumbramiento de un nuevo tiempo («porque todo es poesía más allá del desgarro / poesía social por fin líbrame del cronida»). Un libro cargado de simbolismo y el jinete su máximo exponente, con referencias continuas a poetas, como Alberti («un caballo de luz que galopa en el canto / hasta enterrarlos sí pero también ahogarlos en el mar»). «Vida y leyenda del jinete eléctrico» es un canto a la libertad («pero jamás tendremos libertad de expresión si no luchas por ella»), una llamada de atención a una «triste y gris generación», un grito de rabia e impotencia («ahora sabes también los derechos son caros / y la paz la pensión lujuriosa del pobre / sanidad la justicia un adiós verdadero y cierta educación / privatizan también nuestro oculto lenguaje»). El poeta, en su esencia, vuelve a la raíz del ser y proclama la luz de la palabra y el sueño como única patria.

SALÓN DE LECTURA : José Antonio Santano
VIDA Y LEYENDA DEL JINETE ELÉCTRICO


jueves, 1 de mayo de 2014

Verde mar de olivos. Antología literaria al olivo

A todos aquellos interesados en participar en la antología literaria al olivo "Verde mar de olivos": el plazo de envío de poemas (máximo 50 versos) y relatos (5 folios), así como de breve currículo,

finaliza el martes, 

día 20 de mayo de 2014.

 

  El libro que aquí mostramos pertenece a su primera edición editado por la Diputación de Almería. Instituto de Estudios Almerienses.


Descripción física:  252 p., [2] p; 21 cm;  
Colección: Letras 
 
ISBN: 84-8108-235-X 
Situación: Agotado 
PVP:  18.00 euros  
LETRAS [L] - Poesía - Pensamiento
Antigua colección: Ediciones Especiales ; 16


Resumen:
Con esta antología el autor pretende eternizar su más íntimo sentimiento hacia el milenario árbol del olivo, a través de la poesía y la prosa de un amplio ramillete de escritores andaluces y de otros puntos de la geografía española.