viernes, 28 de febrero de 2014

Andalucía Libre. Estación Sur


ANDALUCÍA LIBRE


Celebremos un año más el día de Andalucía, el que nos hace a todos los andaluces protagonistas de nuestro destino como pueblo. Ya es hora de actuar responsablemente, de mirar a nuestro alrededor, a cada una de las ciudades y pueblos que conforman nuestra Comunidad Autónoma, y expresar así nuestros anhelos, también nuestras diferencias para seguir creciendo en el diálogo y la tolerancia que la tradición nos legó y que nunca debe cesar. Solo desde la libertad y la fraternidad podremos construir un mundo mejor, una Andalucía más justa y equitativa, más libre y solidaria. El pueblo andaluz ha destacado siempre por su sabiduría y su milenaria cultura, producto de la suma de culturas que hicieron posible la convivencia entre todos los habitantes de esta tierra, sin distinción de sexo, religión o raza. En cualquier campo del saber, fuesen las ciencias o las humanidades, hemos tenido dignísimos representantes, hombres y mujeres que alumbraron el camino de las ideas y el pensamiento libre: investigadores de vanguardia, escritores, poetas, filósofos, pintores, músicos, intelectuales en general que, con grandes sacrificios, nos legaron la mayor riqueza que un pueblo pueda tener: la cultura. Así es y así ha sido siempre, desde el origen de los tiempos. Me importa mucho que cuatro descerebrados puedan destruir lo que tanto esfuerzo costó levantar entre todos los andaluces de buena voluntad. Me importa mucho que un creciente letargo se apodere de nosotros y no sepamos afrontar los grandes retos del futuro, que no seamos capaces de discernir el blanco del negro, que caigamos en el abismo del acomodo y naufraguemos en el silencio y la nada. Me importa mucho que la política no sirva sino para ser reflejo del continuo y bochornoso espectáculo de la corrupción, que nuestros gobernantes miren hacia otro lado mientras el miedo, el sufrimiento y la pobreza saquea los hogares. Me importa mucho que sea la palabra esa llama que nunca cesa y que nos une a todos por igual hacia el horizonte perdido de la esperanza. Me importa mucho que los andaluces nos sintamos orgullosos de serlo, pero sin menospreciar a quienes no lo sean. Me importa mucho conocer cada palmo de esta tierra, de sus montes y bosques, de sus ríos y mares, ciudades y pueblos. Me importa mucho que todos, por igual, podamos sentir y vivir Andalucía libre. Hoy, una guitarra llora la muerte de Paco de Lucía, andaluz universal. Andalucía está de luto, la tierra entera.

domingo, 23 de febrero de 2014

El escritor que mató a Hitler. Javier Ruiz Portella


París es la ciudad de destino y la trastienda de un viejo anticuario el lugar donde se hallan unos papeles únicos: el manuscrito de Alexander von Hunterbrand, el abuelo de Ilona. Corre el año 2047, pero la historia que se cuenta en esta novela de Javier Ruiz Portella, «El escritor que mató a Hitler», se inicia en Niza, el 22 de junio de 1931, en la Villa Kérylos. La poesía late en las primeras páginas de esta historia, en el encuentro con la mar: «Con la mar, que se abre poderosa, frente a frente. Inmortal, ella. Y mortal, yo. La mar y esa sed de abismos que a uno le embarga. La mar y toda su pujanza de vida…». Dos voces, dos discursos narrativos que se entremezclan, el futuro y el pasado como claves de la narración, que nos advierten de los peligros que representan uno y otro: el silencio –el pasado- y el adormecimiento, el letargo continuo –el futuro. La historia de Hitler y el nazismo que recorre Europa y la nueva sociedad emergente y vigilada que representa el presente-futuro del año 2048. Ambos espacios viven la intensidad narradora de su autor, se complementan, se metamorfosean. El presente-futuro es el Ojo Igualitario y Sanitario que controla a la gente, un lugar donde habitan los fálicos (varones) y las abiertas (mujeres), existen interfollódromos comunitarios («Centros Cívicos que con el fin de fomentar el ocio, la diversión y la higiene sexuales, cada Ayuntamiento pone a disposición de las ciudadanas y ciudadanos» y una Neolengua. El pasado, en cambio, nos conduce a los orígenes del fascismo alemán, al nacionalsocialismo con el Führer Adolf Hitler a la cabeza. Pero sobre todo llama la atención en esta novela la perfecta trama que la sostiene, basada en la posible ascendencia judía del propio Hitler, y el modo en que se desarrollan los acontecimientos: aparición de cartas, intrigas, amor y sexo, y complot internacional como ingredientes fundamentales de aquella.

Título: El escritor que mató a Hitler

Autor: Javier Ruiz Portella

Edita: Áltera (Madrid, 2013)

17,50 €






Javier Ruiz Portella ha construido, sin duda alguna, una novela sólida, que el lector no puede dejar de leer de principio a fin. Europa aparece como el centro del mundo –la del pasado y la del futuro-, pero en esencia, es la misma Europa derrotada (por el totalitarismo la primera y por los mercados la segunda). Es más, me atrevería a decir que una novela premonitoria, porque cabe preguntarse si este futuro que nos presenta Ruiz Portella en su narración, no es sino presente, con algunas diferencias, pero un presente llamado a ser el mismo futuro decadente que nos presenta esta novela. ¿Qué será el hombre, realmente, dentro de trienta y cuatro años? ¿Es ésta, pues, la historia de una derrota anunciada, la de Europa, y con ella, la de toda la humanidad? Tal vez, pero no es menos cierto que alguna de sus páginas la esperanza está presente está presente, sutilmente, pero presente: «Para serte franca, yo no sé si alguien puede salvar o no al mundo […] Sólo el arte puede salvarnos. Sólo la belleza puede sacarnos de este mundo cada vez más vulgar, feo y sin sentido en el que nos ha tocado vivir. Sólo la belleza…, y no porque sea belleza, sino porque es verdadera». No cabe duda alguna que «El escritor que mató a Hitler» es una magnífica novela, y que no dejará indiferente al lector. Javier Ruiz Portella ha sabido crear una trama y un discurso narrativo inteligentes, aportando al mismo tiempo ideas, pensamiento y calidad literaria.

viernes, 14 de febrero de 2014

Poeta Domingo Faílde. Estación Sur

Febrero hunde una vez más su cuchillo de muerte en el alma del poeta. Las tristes notas del violonchelo anegan la estancia y un aire de espanto vuela de Jerez a Almería. Anochece en las pupilas del poeta, en la desnuda palabra que se abisma en la mar que lo nombra una vez y otra, incansable. Maldigo este febrero que a muerte sabe y que viste de luto cada esquina y cada casa de Andalucía. Ha muerto un poeta, y con él el hombre generoso y solidario, amigo siempre. Ahora su silencio se hace insoportable. Nunca más oteará el poeta los campos de olivares y vides, la mar entera, ni su voz se hará eco o viento o nube en este sur que sangra por la eterna herida de olvido y soledad. Solo el verso clavará su dardo de esperanza y luz en los ojos y en la carne de otros poetas, de otros hombres y mujeres. Todo tú bonhomía, serena alma en cada nombre escrito, en cada palabra que es ala y surca el universo del silencio para hablarnos de la vida, de las cosas sencillas de la vida, plácidamente, columpiado por el silbo de los pájaros o abrasado en el fuego del amor, fiel siempre a la verdad de los árboles y el agua de los ríos. Tú, mi amigo y poeta, aún estás aquí, brama tu nombre en el silencio de la noche y las estrellas brillan al saberte vivo en la palabra impresa, y los ángeles te alzan por los brazos hasta el azul del verso y en su color pervives y anuncias y proclamas la llama de la vida aún después de muerto. En ti se agitan las ramas del olivo y verdea la aceituna que de la tierra nace y a la tierra vuelve, igual que tú ahora. Febrero es muerte y vida a un tiempo. La mar me trae la belleza encendida de tus versos, la paz de los amaneceres en los acantilados, el verbo amar en los labios del aire que es caricia y terciopelo. 

A la tierra vuelves, amigo y poeta Domingo Faílde, a los orígenes del todo y la nada, al principio del fin, al sueño eterno, desnuda palabra, humano verso: 

«Sueñas, joven amigo, con las dádivas
  que te ofrece la vida.
  Mas la vida 
 -recuérdalo- es tan sólo
 esa fiebre instantánea que señala 
 tu presencia en el mundo,
  la misma irrealidad de tu sueño.
 La vida, que no el tiempo, 
 porque el tiempo sea acaso 
 todo cuanto posees, 
 es decir, la ilusión de estar vivo
 y disponer de todo. 
 El ángel, sin embargo, 
 te señala el camino. 
 Tú no lo sabes, pero ya estás muerto».
  Febrero vuelve con las manos manchadas de muerte y a muerte sabe el aire que hoy respiro. Mas siempre vivirán en mí los versos de excelso poeta andaluz Domingo Faílde.
ESTACIÓN SUR______________________________José Antonio Santano


domingo, 9 de febrero de 2014

Nueva York después de muerto. Antonio Hernández

La ciudad de Nueva York es, una vez más, ciudad de los encuentros, lugar mítico, pero sobre todo, espacio poético. «Nueva York después de muerto» es el poemario que nunca llegó a escribir Luis Rosales, y que su autor, el poeta gaditano Antonio Hernández justifica así en sus primeras páginas: «Luis Rosales, mi maestro, me dijo un día, antes de dejarlo escrito, que quería terminar su obra con una trilogía titulada Nueva York después de muerto; también le diría Luis Rosales lo que significaba para él la ciudad de Nueva York: «la mecanización, el automatismo de la vida, la desigualdad entre distintas razas, el imparable avance del mestizaje…y, obviamente, Federico». Y, ciertamente, todo esto lo hallamos en este singular y extraordinario poemario de Antonio Hernández, en su voz, que no es una sino tres, unidas todas en el dolor y la nostalgia de un pasado doloroso, en el que la sangre, el fuego y la lluvia trepan por el aire de la ciudad de Nueva York, y otean ese universo extraño y apasionado a la vez, en el que habitan las paradojas, las contradicciones, luces y sombras, vida y muerte, el todo y la nada, más allá, incluso, de la agónica y ruidosa soledad.


Estructurado en tres partes (libro primero, segundo y tercero), el poeta bucea en la condición del hombre, de los poetas que hablan a través de su voz, y es Luis Rosales, y Federico, y también él mismo, Antonio Hernández, que vive y se desvive en cada uno de ellos, y es luz y dolorosa espina que se clava en la carne de los nombres y la palabra, y es luto y sequedad, y plegaria:


«Oremos pues porque el hombre no pueda
prescindir de ser amado, ya que
solo el amado ama, roguemos
por su copa llena, por su frutero colmado,
por ese abrazo que no llega a ahogar
y porque la ojerosa envidia no tenga alojamiento
en nuestra casa».


Rosales y Federico están vivos, nunca murieron, porque laten aún sus corazones en cada verso de Antonio: «LUIS ROSALES CAMACHO, DE GRANADA, / ya en Nueva York, después de muerto. / ¿Después de muerto quién, él, Federico, / Nueva York muerta? / Nunca llegó a decírmelo. Lorca está vivo y él está vivo…».


Pero el poeta es también hombre, y sabe que la vida es un segundo, que no bastan las manos, que es alma el ser entero. Por eso recorre la historia del mundo y de la literatura y de quienes ejercieron de poetas y filósofos. A través de sus ojos veremos


«En Central Park llorar a un niño seguramente pobre / lágrimas de mocos como casi todos los niños españoles / en la posguerra.»; nos hablará de que «Los yankis más rupestres / creen aún que el comunismo acecha, / que lo ha importado un negro, / un error democrático…», insistirá en «hablar seriamente, muy seriamente», nombrará en los nombres la poesía total, la misma que persiguió hasta la extenuación su maestro Rosales, «por eso ahora vamos a hablar / como siempre de poesía / -la poesía es la máscara / que nos descubre-», y en esa búsqueda de la poesía total se hallará así mismo, al poeta que canta y llora en los atardeceres, junto al Darro y Sierra Nevada o la Alambra, y se le irá un suspiro ¡Ay, Granada!, la del Rosales calumniado y la del Federico fusilado, Granada con sabor a odio y sangre.




Título: Nueva York después de muerto

Autor: Antonio Hernández

Edita: Calambur (Madrid, 2013) 16 €


En los ojos del poeta otros ojos se miran en el lecho de muerte: «Abrió un ojo sonriente, como / quien no quiere tratos con el luto. / Y al volver a cerrarlo presentimos, / unificados por la voz del alma, / que algo acababa de estrenarse / arriba, en las estrellas». Nueva York al fondo, trascendida, encumbra al hombre cabal y al gran poeta que es Antonio Hernández.

martes, 4 de febrero de 2014

Fitur. Estación Sur

 El significado concreto de estas siglas (FITUR) no es otro que Feria Internacional del Turismo. Se dice que, por orden de importancia,  es la segunda de todas las que se celebran en el mundo. Pero no es menos cierto que, para una gran mayoría de personas, esta Feria es un escaparate desacreditado por la numerosa asistencia de políticos a costa del erario público, lo que, sumado a la actual crisis económica supone un despilfarro de dinero que no se debe permitir, y que para colmo, produce muy poco negocio turístico. Casi nada han cambiado las cosas en los últimos años, ni con la bonanza ni con la crisis cambia el concepto de esta Feria que, fundamentalmente, sirve –según algunos expertos- solo para que los políticos de turno viajen a Madrid durante unos días, importándoles muy poco lo que verdaderamente debería importarles, que la industria turística crezca por la calidad de los productos que se ofrecen y no por el excesivo gasto que genera la presencia de Ayuntamientos, Patronatos, Diputaciones y otras Instituciones. Hay quien ha tachado a esta Feria de una farsa, una farsa que se mantiene en el tiempo y que ningún partido político, sea del signo que sea, está dispuesto a cambiar, innovando en aquellos aspectos necesarios que hagan de FITUR un verdadero lugar de encuentro del sector, de uno de los sectores económicos más importantes de España: el turismo. Sin embargo, el tiempo pasa y nadie es capaz de poner los puntos sobre las íes, de remediar esta alarmante situación en la que el dinero público se gasta tan alegremente.


 La razón y el sentido común ha de imperar de una vez y para siempre en nuestros gobernantes, lo sean del pueblo más pequeño o de la ciudad más grande que exista. Se ha de entender que FITUR –me siguen indicando los expertos- no es la panacea, que, como mucho, es solo una muestra fiable de nuestros mejores productos turísticos, que lo más importante es la calidad de esos productos y no el espectacular boato y la fanfarria con la que se presentan y publicitan a los medios. Menos aún si al final todo queda en un vídeo promocional de un artista local por el que se ha pagado casi doscientos mil euros. Esta es la triste realidad, aunque, como dicen los expertos: hay que reconocer que lo positivo de esta Feria Internacional es su capacidad de aglutinar a una misma provincia en un stand, y ser la segunda mejor Feria del Turismo del mundo, pero eso sí, a la española.