domingo, 25 de agosto de 2013

Cisne esdrújulo o la poesía esencial de ANTONIO ENRIQUE

 

Confieso mi devota admiración por la poesía andaluza en general, y en particular por la que escriben algunos poetas, como es el caso del granadino Antonio Enrique.

Recientemente ha aparecido su poemario Cisne esdrújulo, editado por la Diputación de Granada, en su colección Genil de Literatura, que dirige el también poeta Antonio Carvajal. Los textos se ornamentan con unas excelentes ilustraciones del artista Miguel Rodríguez-Acosta, y están dedicados a la que fuera primera bailarina del London Festival Ballet, Trinidad Sevillano, en la actualidad apartada de los escenarios. Es la danza el eje sobre el cual gira este poemario. Cuarenta y un poemas y una coda constituyen el cuerpo de Cisne esdrújulo.

El poeta Antonio Enrique, a modo de proemio, nos invita a la lectura del libro con una cita de Li Tai Po: <>. Y eso es exactamente lo que ocurre cuando nos iniciamos en su lectura, que el vuelo nos eleva, en un solo batir de alas, a la cima de la POESÍA, con mayúscula: descriptiva y lírica a la vez, centrada argumentalmente en la danza, en ese << ser que enarca / el torso, / mientras gira los brazos>> y sobrevive a las tormentas desde el principio de los días. En ese ser que <>, y de la cual el poeta nos presenta como si se tratara de una oración, concluyente en el último verso de este primer poema.

El poeta ya no es él, sino otredad, ella, la belleza en sí misma, la danza, el arte que prodiga en su ejecución la bailarina (Te siento como si acabaran / de clavarme lanzas. / Es tu danza mi agonía […] Tú, por quien yo soy.), es la plástica del movimiento de los brazos y las piernas (Ahí / sus brazos / como Ícaro intentando volar. / Volar y volar / por un universo / donde fulguran planetas / bajo los pies.[…] De blanca, no sabe si desnuda / o envuelta en su tisú, / abre los brazos, / yergue la cabeza, alza la barbilla, / hace puntas con los pies.), la tensión del equilibrio (Nada la sostiene, cerrados / los párpados, / suspendida en el aire. / Nada como esas manos / que también bailan, se detienen / y al fin vuelan. […] El ritmo, los pies, / las manos la cadencia), el éxtasis (La vida es su pálpito / y el mundo el eje / de sus pies. / Vuelve a ser aire, con esos espamos. / Tierra, si cierra los ojos. / Agua inmóvil. / Fuego.[…] Eternidad, Trinidad. / Blanca claridad del ópalo. / Su fragilidad. / Cisne esdrújulo.) Todo en este poemario es latido intenso, y por ello el poeta describe, narra la historia de una bailarina (Yo conocí una vez a una bailarina / suave como la luz de noviembre, / gentil como una canción en medio del yerbazal.), convirtiéndose así en su cronista, en su espejo; su pasado (En una ciudad cualquiera. / Centroeuropa. / El teatro. / Frío. […] Baila, la bailarina baila / al son de una música de cisnes) y su presente, que es también el suyo, y vuelan asidos de las manos hasta alcanzar las nubes o la luna, amándose hasta la locura (Todo está en ese cuerpo al que me arrastra / el maremoto, todo me lleva a ti / y me aniquila.), alejándose así de la mediocridad de este mundo, (Y tú has llegado al infierno / para rescatar lo que de amor quedaba / en las garras de la codicia). Pero en esa búsqueda constante de la belleza, el poeta halla también el dolor de la soledad del otro, que se clava como un cuchillo (Siente frío y está sola, / camino de un hospital cualquiera: / sala de los desposeídos y quebrantados, / los sin nadie, los sin nombre.).

A pesar de todo es la magia del amor, ese encuentro de cuerpo y alma, la única verdad trascendida. El poeta siente el amor en el amor de todos los caballeros que la amaron (Las flores allí, / siempre al final de la sesión.) y ama desesperadamente (¿Por qué te siento tanto? Tengo tu voz como una espina / en la yema de la sangre.[…] Tú eres el verso infinito […] Y ella es el fulgor / de las torres y las cúpulas.). El poeta no puede sino confesarse, y se desnuda ante el lector con unos versos que bien podrían resumir esta historia: <>. Sin duda alguna Cisne esdrújulo no es un poemario cualquiera, sino el hallazgo de la esencialidad de la expresión poética; un poemario hondo y sentido, pura emoción. En él, el poeta llega a comprender <>, y por qué <>; es el dolor contrapuesto al placer de los grandes, expresado en la coda que cierra el poemario (El maestro de danza da / con el bastón / en las piernas de las bailarinas. […] Hay que complacer a los grandes / de este mundo, los ricos, los poderosos, / la realeza más infame.). He aquí, en toda su pureza, al humanista y al poeta Antonio Enrique, para quien <>.

 
  ANTONIO ENRIQUE (Granada, 1953) El presente hace el número diecinueve de sus libros de poesía, entre los que destacan El galeón atormentado, La Quibla, Beth Haim o el Reloj del infierno. En 1986 apareció su novela Armónica Montaña, a la que siguieron siete más, siento la última Rey Tiniebla (2012). Crítico en ejercicio, y académico de las Buenas Letras de Granada, es autor de los libros de ensayo Tratado de la Alambra hermética, Canon Heterodoxo y Erótica celestre, entre otros.

Antonio Enrique. Editorial Diputación de Granada 2013.
Col. Genil de Literatura. 10 euros