sábado, 5 de marzo de 2011

RADIO TRISTEZA

Ocurrió muchos años atrás. Se hallaba en casa, acompañado de su esposa y su hija recién nacida. Comenzaba entonces su carrera profesional como profesor en un Instituto del norte, del noreste para ser más exactos. Era su primera vez y en los días iniciales estuvo muy nervioso. Juventud e inexperiencia fueron su carta de presentación. En el claustro se le acercaron el resto de compañeros, se presentaron y conversaron durante unos minutos, los suficientes para romper el hielo, para que la andadura que comenzaba resultara algo más grata. No era fácil, la Universidad le había proporcionado conocimientos, teorías y las mejores lecturas de la literatura clásica y universal, pero ahora se hallaba solo ante aquellos adolescentes, sin saber muy bien qué hacer ni cómo hacerlo, o mejor dicho, no sabía qué método elegir para contagiar a sus alumnos, para convencerlos de cuantos tesoros se ocultaban en la palabra escrita. No obstante, y a base de esfuerzo y dedicación llegó a ser muy respetado y querido, sus clases eran amenas y la didáctica la adecuada. Pasaron los días y el joven profesor se fue afianzando en las relaciones con el resto de profesores y con todo su alumnado. Su rostro era el reflejo del alma, de un alma serena y feliz.
Aquella lejana tarde, el profesor se hallaba en casa. Escuchaba la radio. Afuera nevaba. A través del cristal observaba cómo caían pequeños copos, de nieve, lentamente, dibujando en el aire un paisaje indescriptible. El frío penetraba por todos sitios, a pesar de tener los radiadores encendidos y no el comedor muy grande. Escuchó primero algunas voces, luego una interminable ráfaga de disparos y más tarde la música militar ocupó por entero la estancia, y un dolor intenso recorrió su cuerpo de arriba a abajo. Supo entonces que la vida valía muy poco. El nerviosismo se apoderó de él. Durante el tiempo que duró la carrera había estado comprometido con el movimiento estudiantil y fue un agitador nato, un defensor de causas perdidas. La vida –pensó- vuelve a estar en manos del ejército: los tanques en la calle, los dimes y diretes de un lado para otro, la urgencia de la palabra era decisiva: unos esperaban órdenes, otros las daban sin más, y en aquel desaguisado, la tristeza y el miedo volvió a instalarse en todos los hogares.
En cada casa la radio se convirtió en principio y fin de la propia existencia, también de la del profesor y su familia. Todo parecía retroceder muy rápidamente a un tiempo de oscuridad y silencios, a un mundo demoníaco y salvaje, aterrador. El profesor miraba a su esposa de soslayo e intentaba aparentar una calma inexistente. A partir de entonces las cosas cambiaron radicalmente, en lo más profundo de su ser sintió la desolación y la angustia de quien se sabe perdido en un inmenso bosque.
Después del tiempo transcurrido, nada más y nada menos que treinta años, la herida sangra aún, y el recuerdo, una radio: Radio Tristeza.