viernes, 28 de enero de 2011

LA LUZ DE LA PALABRA

Una luz emerge ahora tras el horizonte marino. Nace para todos. Su color es la suma de todos los colores, un perfecto arco iris. Es tal su belleza que el viejo profesor quedó inmóvil, sobrecogido en su inmensa claridad. Adonde quiera que mira le persigue su haz dorado. Han transcurrido los años y sin embargo la luz que ahora percibe es la misma que le cegara en otro tiempo ya remoto. Ocurre, además, que, como en los vinos, ha ganado en solera. Esta luz que halló cada noche impresa en los libros, seductora y amorosamente viva resplandece como un astro, una llama abrasadora que lenta, muy lentamente va creciendo en la infinitud de los días. Es en esa hora misteriosa y mágica de la madrugada y sus silencios, cuando siente su mano cálida en la suya, que no se extingue, que le salva y le conforta, le inventa y reinventa una vez y otra, hasta el desmayo.
La luz, su luz en la palabra. Asomarse desde el alféizar y adentrarse en su mundo es una misma cosa; caer en su abisal entorno, embriagarse con su aroma y sus latidos; enloquecer con sus sonidos de selva y paraíso; amar su desnudez de diosa o ninfa; recorrer su cuerpo de cristal o llama; beber de sus labios el dulce néctar; descubrir la pasión de los amantes, o, simplemente, vivir, revivir en ella el éxtasis de la entrega.
La luz, la única luz de la palabra, que se agita entre los encinares y almendros, enraizada en la voz y el vuelo de las aves, amamantada en la tierra, doliente, esperanzada, entristecida a veces, alegre otras, que huye de los silencios para convertirse en vivo silencio. La palabra y sus secretos, abandonada a la magia de la noche, fulgente en los atardeceres, peregrina en las callejas laberinto de la bien amada judería, aterciopelada en los patios, ardiente en la voz del poeta.
Una luz emerge ahora del intenso verdor de los olivos y el esplendente azul mediterráneo. Nace para todos, imperecedera, la palabra, la luz de su palabra, irrepetible, única, salvadora, ecuánime, eterna y libre.
La palabra que el viejo profesor dejase escrita es ahora una luz deslumbradora que se agita demencial en su interior, en su arrebatado espíritu y vuela por los cielos de la esperanza para seguir viva entre sus amados libros, en las paredes de su casa. Y así, día tras día, la palabra germina en los rincones de una calle cualquiera o en los escaparates de los comercios; se reproduce y crece hasta alcanzar la misma cima de éxtasis definitivo.
La palabra que el viejo profesor, como un poema infinito sobre las olas del Mare Nostrum, dejara escrita: Busco, cuando atardece, un son secreto, / un manantial de luz y de palabras, / una voz que sea alimento, anuncio / de otras voces y otras vidas, latido / siempre del corazón de los amantes. / Vivo en las alas del aire, en los álamos / crecidos de la espera, en la garganta / árida y profunda de los sueños / que huyen cada madrugada del fuego / y los cuchillos, el olvido y su eco.

CANTO A TERESA

Anochecía en los campos de olivares. El intenso frío le fue adormeciendo los brazos y las piernas. A poco que quiso darse cuenta la oscuridad le asaetó una y otra vez el cuerpo entero, la vida misma. Todo le pareció distinto aquella noche gélida de diciembre, hasta el leve rumor de su propia soledad. No pudo evitar que una sensación de ansiedad y desvalimiento creciera en él. Caminó entonces sin rumbo fijo por las empinadas y estrechas calles de la Almedina, apartado de los hombres y sus inútiles guerras. Allá en la cima, con el inmenso dolor de la muerte desgarrándole las sienes y el alma, sollozó hasta la extenuación, mientras la luna cubría de plata a los milenarios olivos. Al otro lado, la mar en toda su grandeza y su silencio. La triste melodía de una sirena que huye hacia los fondos marinos, sabedora de hallar allí su última morada. Anochece en la mar y es diciembre un infierno de alaridos y llantos, un oscuro túnel donde nada existe y todo es vacío y atormentadas soledades. La mar –lo recordaba ahora- les unió en un tiempo lejano, cuando llegó de tierra adentro, con la maleta repleta de sueños y la mirada límpida y serena. La mar azul y el verde mar de olivos al unísono, como única estrella del universo, arco iris de infinitos y fraternos abrazos. Desde entonces, y mientras hubo vida, ella, su amiga, se agarró a la vida, y fue feliz y desbordó alegría por doquier, como si cada segundo fuese el primero y el último. Y así pasaron los años, y en sus grandes ojos negros la vida era un océano de vida; y su palabra, un tierno beso en las mejillas; su voz, rumor de caracola, candente luz del universo. Era diciembre y la muerte se hizo verbo. Arremetió contra ella y contra todos como un insaciable y devastador huracán, y lo dejó –nos dejó- huérfanos, perdidos, abandonados al azar. El aire heló la estancia aquella noche. Mas ella, una vez más, estaba allí, corpórea en los recuerdos, viva en los afanes de quienes la amaron sin reservas. Estaba allí, sentada a su lado, y él la recordaba en los versos de Espronceda en su Canto a Teresa: <<¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías, / ¡Ah ¿dónde estáis que no corréis a mares? / ¿Por qué, por qué como en mejores días / No consoláis vosotras mis pesares? (…) Aún parece, Teresa, que te veo / aérea como dorada mariposa / en sueño delicioso del deseo, / sobre tallo gentil temprana rosa, / del amor venturoso devaneo, / angélica, purísima y dichosa, / y oigo tu voz dulcísimo, y respiro / tu aliento perfumado en tu suspiro>>. Es de noche en los olivares, y en la mar, mas una estrella fugaz cruza el firmamento. La tierra entera es silencio. Entre las ramas del centenario olivo y en la mar, un único canto es sinfonía, asciende y desciende, vuela libre por el planeta. Es diciembre y el aire trae consigo un solo canto, inolvidable, este Canto a Teresa, por y para siempre viva, purísima y dichosa.