jueves, 15 de diciembre de 2011

VERSOS A NUESTRA TABERNA

 

A fe que si salir fuere decisión precisa

no han de tardar vuesas mercedes que ansí en llegando

la hora, la elección es acertada, noble, lisa,

y de juicio, que a Nuestra Taberna caminando

fueren, y apriesa, que no son buenas las tardanzas

cuando los labios resecos, sedientos de vino,

la tripa codiciosa de las buenas pitanzas,

fortuna merecen en siguiendo este camino.

Llegados al sagrado templo: gráciles rostros,

gran rumor, los unos alrededor de barriles,

en rincones o acodados en la barra; y otros,

en la calle, a la espera, mas todos casi inmóviles,

protegidos, muy felicemente acompañados

de familiares o amigos, de un duero o de un rioja,

de inolvidables tapas de ajo blanco, pescados,

caracola, tabernero, atún o carne roja.

No pierdan detalle vuesas mercedes, atentos

sigan a cuanto sucediere en este figón;

sienta el alma, los ojos sitien los suculentos

platos de gavillas de espárragos, de jamón,

sea ansí, pues, que todos los reunidos celebren

la gran fiesta de la concordia y la libertad,

que vengan de dondequiera parte y no entenebren

ensueños, fantasías, tampoco la amistad.

A fe que propicio lugar es Nuestra Taberna,

y noble; consuelo de las penas y morada

de los muchos alborozos, pues que se gobierna

felicemente con celo, oficio y esmerada

gracia, cual la de Fran y Valeria en los fogones,

también y en su ayuda la de Sara y de Gabriela,

la de Pozo, Molero y “el abuelo”, anfitriones

siempre de tan fiel y tan distinguida clientela

que al cuidado de Ismael y Paco, camareros,

hacen de los días y las noches fantasía,

y ansí oída la campana brindan altaneros

por todos los presentes con muy grande alegría.

sábado, 5 de marzo de 2011

RADIO TRISTEZA

Ocurrió muchos años atrás. Se hallaba en casa, acompañado de su esposa y su hija recién nacida. Comenzaba entonces su carrera profesional como profesor en un Instituto del norte, del noreste para ser más exactos. Era su primera vez y en los días iniciales estuvo muy nervioso. Juventud e inexperiencia fueron su carta de presentación. En el claustro se le acercaron el resto de compañeros, se presentaron y conversaron durante unos minutos, los suficientes para romper el hielo, para que la andadura que comenzaba resultara algo más grata. No era fácil, la Universidad le había proporcionado conocimientos, teorías y las mejores lecturas de la literatura clásica y universal, pero ahora se hallaba solo ante aquellos adolescentes, sin saber muy bien qué hacer ni cómo hacerlo, o mejor dicho, no sabía qué método elegir para contagiar a sus alumnos, para convencerlos de cuantos tesoros se ocultaban en la palabra escrita. No obstante, y a base de esfuerzo y dedicación llegó a ser muy respetado y querido, sus clases eran amenas y la didáctica la adecuada. Pasaron los días y el joven profesor se fue afianzando en las relaciones con el resto de profesores y con todo su alumnado. Su rostro era el reflejo del alma, de un alma serena y feliz.
Aquella lejana tarde, el profesor se hallaba en casa. Escuchaba la radio. Afuera nevaba. A través del cristal observaba cómo caían pequeños copos, de nieve, lentamente, dibujando en el aire un paisaje indescriptible. El frío penetraba por todos sitios, a pesar de tener los radiadores encendidos y no el comedor muy grande. Escuchó primero algunas voces, luego una interminable ráfaga de disparos y más tarde la música militar ocupó por entero la estancia, y un dolor intenso recorrió su cuerpo de arriba a abajo. Supo entonces que la vida valía muy poco. El nerviosismo se apoderó de él. Durante el tiempo que duró la carrera había estado comprometido con el movimiento estudiantil y fue un agitador nato, un defensor de causas perdidas. La vida –pensó- vuelve a estar en manos del ejército: los tanques en la calle, los dimes y diretes de un lado para otro, la urgencia de la palabra era decisiva: unos esperaban órdenes, otros las daban sin más, y en aquel desaguisado, la tristeza y el miedo volvió a instalarse en todos los hogares.
En cada casa la radio se convirtió en principio y fin de la propia existencia, también de la del profesor y su familia. Todo parecía retroceder muy rápidamente a un tiempo de oscuridad y silencios, a un mundo demoníaco y salvaje, aterrador. El profesor miraba a su esposa de soslayo e intentaba aparentar una calma inexistente. A partir de entonces las cosas cambiaron radicalmente, en lo más profundo de su ser sintió la desolación y la angustia de quien se sabe perdido en un inmenso bosque.
Después del tiempo transcurrido, nada más y nada menos que treinta años, la herida sangra aún, y el recuerdo, una radio: Radio Tristeza.

sábado, 5 de febrero de 2011

FUEGOS DE ARTIFICIO


Comenzaba a sentirse cansado, harto de tanta parafernalia y tanto relumbrón. Su vida no había tenido grandes sobresaltos y, por lo tanto, podría decirse que nació, creció y envejeció inexpugnable al más entre los mortales. Igual en unos casos y diferente en otros, como corresponde a la propia naturaleza humana. Sin embargo, en los últimos meses sentía como si algo que amorosamente sostuvo largo tiempo entre sus manos se le escapara ahora, casi sin darse cuenta, sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Estaba inquieto, y esa misma inquietud lo hacía vulnerable. En los años vividos no había nunca había sentido aquella desazón, aquella angustia que le despertaba de madrugada como si de la alarma de un despertador se tratara. Estaba sucediendo a su alrededor y no podía evitarlo. Veía cómo el hombre desnaturalizaba todo lo que tocaba o pensaba y la impotencia le embargaba hasta límites insospechados. El viejo profesor, alejado ahora de las aulas, no podía entender qué estaba pasando, qué le ocurría a los hombres que lo destruían todo con la excusa del progreso por bandera.
Pero los días, los años y los siglos se sucedían y nada había cambiado lo suficiente para sentirse satisfecho, feliz y, sobre todo, libre. La libertad era una quimera, una abstracción, un paisaje nebuloso, lúgubre y maléfico; y la verdad, una simple entelequia. El gusto por lo superficial, por lo vacuo se había convertido en la verdadera religión del hombre. Allí andaba el hombre de un lado para otro, pueblo a pueblo, nación a nación arreciando con su discurso grandilocuente, sinfónico e hipócrita, dejándose vitorear por las masas cada vez que subía a la tribuna de oradores y acompañado por el estridente sonido y la luz irisada del fuego dibujando miles de estrellas en el oscuro firmamento, voceaba nombres y odios hasta sentirse conquistar por la afonía.
¡Han vuelto de nuevo! –se dijo el profesor, mientras miraba fijamente la pequeña pantalla del televisor- Vienen con los antiguos fueros de la inquisición y el garrote vil, nada los detendrá, su seguridad depende de la debilidad de los otros, del desamparo y la decrepitud a la que sean –serán- sometidos los otros, los que escuchan al orador sin preguntarse, sin dudar siquiera un momento de sus palabras, creyéndose sabedores de la verdad absoluta. Después del espectáculo ofrecido el profesor se levanta del sofá, desconecta la televisión y sube lentamente las escaleras hasta llegar a la biblioteca que siempre espera ansiosa su llegada. Los libros reposan en los estantes, otros aparecen dispuestos anárquicamente sobre la mesa, los menos por el suelo, apilados los unos sobre los otros. En los libros el conocimiento y los sueños.
En ellos, la palabra escrita cohabitando en armonía, la diferencia y la libertad, sin fuegos de artificio.

viernes, 28 de enero de 2011

LA LUZ DE LA PALABRA

Una luz emerge ahora tras el horizonte marino. Nace para todos. Su color es la suma de todos los colores, un perfecto arco iris. Es tal su belleza que el viejo profesor quedó inmóvil, sobrecogido en su inmensa claridad. Adonde quiera que mira le persigue su haz dorado. Han transcurrido los años y sin embargo la luz que ahora percibe es la misma que le cegara en otro tiempo ya remoto. Ocurre, además, que, como en los vinos, ha ganado en solera. Esta luz que halló cada noche impresa en los libros, seductora y amorosamente viva resplandece como un astro, una llama abrasadora que lenta, muy lentamente va creciendo en la infinitud de los días. Es en esa hora misteriosa y mágica de la madrugada y sus silencios, cuando siente su mano cálida en la suya, que no se extingue, que le salva y le conforta, le inventa y reinventa una vez y otra, hasta el desmayo.
La luz, su luz en la palabra. Asomarse desde el alféizar y adentrarse en su mundo es una misma cosa; caer en su abisal entorno, embriagarse con su aroma y sus latidos; enloquecer con sus sonidos de selva y paraíso; amar su desnudez de diosa o ninfa; recorrer su cuerpo de cristal o llama; beber de sus labios el dulce néctar; descubrir la pasión de los amantes, o, simplemente, vivir, revivir en ella el éxtasis de la entrega.
La luz, la única luz de la palabra, que se agita entre los encinares y almendros, enraizada en la voz y el vuelo de las aves, amamantada en la tierra, doliente, esperanzada, entristecida a veces, alegre otras, que huye de los silencios para convertirse en vivo silencio. La palabra y sus secretos, abandonada a la magia de la noche, fulgente en los atardeceres, peregrina en las callejas laberinto de la bien amada judería, aterciopelada en los patios, ardiente en la voz del poeta.
Una luz emerge ahora del intenso verdor de los olivos y el esplendente azul mediterráneo. Nace para todos, imperecedera, la palabra, la luz de su palabra, irrepetible, única, salvadora, ecuánime, eterna y libre.
La palabra que el viejo profesor dejase escrita es ahora una luz deslumbradora que se agita demencial en su interior, en su arrebatado espíritu y vuela por los cielos de la esperanza para seguir viva entre sus amados libros, en las paredes de su casa. Y así, día tras día, la palabra germina en los rincones de una calle cualquiera o en los escaparates de los comercios; se reproduce y crece hasta alcanzar la misma cima de éxtasis definitivo.
La palabra que el viejo profesor, como un poema infinito sobre las olas del Mare Nostrum, dejara escrita: Busco, cuando atardece, un son secreto, / un manantial de luz y de palabras, / una voz que sea alimento, anuncio / de otras voces y otras vidas, latido / siempre del corazón de los amantes. / Vivo en las alas del aire, en los álamos / crecidos de la espera, en la garganta / árida y profunda de los sueños / que huyen cada madrugada del fuego / y los cuchillos, el olvido y su eco.

CANTO A TERESA

Anochecía en los campos de olivares. El intenso frío le fue adormeciendo los brazos y las piernas. A poco que quiso darse cuenta la oscuridad le asaetó una y otra vez el cuerpo entero, la vida misma. Todo le pareció distinto aquella noche gélida de diciembre, hasta el leve rumor de su propia soledad. No pudo evitar que una sensación de ansiedad y desvalimiento creciera en él. Caminó entonces sin rumbo fijo por las empinadas y estrechas calles de la Almedina, apartado de los hombres y sus inútiles guerras. Allá en la cima, con el inmenso dolor de la muerte desgarrándole las sienes y el alma, sollozó hasta la extenuación, mientras la luna cubría de plata a los milenarios olivos. Al otro lado, la mar en toda su grandeza y su silencio. La triste melodía de una sirena que huye hacia los fondos marinos, sabedora de hallar allí su última morada. Anochece en la mar y es diciembre un infierno de alaridos y llantos, un oscuro túnel donde nada existe y todo es vacío y atormentadas soledades. La mar –lo recordaba ahora- les unió en un tiempo lejano, cuando llegó de tierra adentro, con la maleta repleta de sueños y la mirada límpida y serena. La mar azul y el verde mar de olivos al unísono, como única estrella del universo, arco iris de infinitos y fraternos abrazos. Desde entonces, y mientras hubo vida, ella, su amiga, se agarró a la vida, y fue feliz y desbordó alegría por doquier, como si cada segundo fuese el primero y el último. Y así pasaron los años, y en sus grandes ojos negros la vida era un océano de vida; y su palabra, un tierno beso en las mejillas; su voz, rumor de caracola, candente luz del universo. Era diciembre y la muerte se hizo verbo. Arremetió contra ella y contra todos como un insaciable y devastador huracán, y lo dejó –nos dejó- huérfanos, perdidos, abandonados al azar. El aire heló la estancia aquella noche. Mas ella, una vez más, estaba allí, corpórea en los recuerdos, viva en los afanes de quienes la amaron sin reservas. Estaba allí, sentada a su lado, y él la recordaba en los versos de Espronceda en su Canto a Teresa: <<¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías, / ¡Ah ¿dónde estáis que no corréis a mares? / ¿Por qué, por qué como en mejores días / No consoláis vosotras mis pesares? (…) Aún parece, Teresa, que te veo / aérea como dorada mariposa / en sueño delicioso del deseo, / sobre tallo gentil temprana rosa, / del amor venturoso devaneo, / angélica, purísima y dichosa, / y oigo tu voz dulcísimo, y respiro / tu aliento perfumado en tu suspiro>>. Es de noche en los olivares, y en la mar, mas una estrella fugaz cruza el firmamento. La tierra entera es silencio. Entre las ramas del centenario olivo y en la mar, un único canto es sinfonía, asciende y desciende, vuela libre por el planeta. Es diciembre y el aire trae consigo un solo canto, inolvidable, este Canto a Teresa, por y para siempre viva, purísima y dichosa.

martes, 4 de enero de 2011

2011

Había regresado del pueblo con una inexplicable sensación de vacío. Los días se sucedieron con la velocidad del rayo y cuando quiso darse cuenta se hallaba de nuevo en su casa, sentado en su sillón de siempre y escribiendo un nuevo artículo para el periódico. El último día de estancia en el pueblo, al oír el triste sonido de las campanas de la iglesia, recordó otros momentos vividos en los albores de su infancia. Se condujo por aquel laberinto de calles estrechas y empinadas del que fuera su inolvidable barrio, y se vio corriendo de un lado para otro, después de haber merendado, eso sí, su buen hoyo de pan con aceite recién prensado días antes en la almazara. Los atardeceres de aquellos lejanos años fulgían en su memoria con la misma intensidad que lo hicieran en el pasado, cuando descubriera la luz y los sonidos de la soledad. ¡Una vez más de vuelta a casa! Así ocurría desde que doce años atrás decidiera afincarse en tierras de sol y desiertos, de azules encendidos y mar de lunas infinitas. Concurrían todas las circunstancias con las que había soñado a lo largo de los años. Y estaba alegre por cómo se desarrollaban los acontecimientos. Volvía a sus mares de sueños y lo hacía con la certeza de hallar en las incontenibles aguas, la luz y la belleza, la razón de cuanto deseó y aún a pesar de los años transcurridos deseaba. Esa y no otra era la única verdad, su verdad.No era la primera vez ni sería la última. Confiaba en que la monotonía de los días transformara en sueños toda su vida, y por eso, llegada la hora de los atardeceres, sin importarle el lugar donde se encontrara, se abismaba en los silencios de su propio ser, y hablaba para sí durante horas y horas, y miraba al horizonte como si fuera la última vez, el último adiós. Todo había sucedido con excesiva rapidez, como si la vida fuera un minuto, un soplo o un suspiro. Así pensaba en aquella hora del atardecer, cuando aún sentía en sus oídos el son triste de las campanas de la iglesia Mayor. De vuelta a casa las cosas parecen distintas –pensó-, y calló durante algunos minutos. El silencio se apoderó de las paredes de la casa y de los libros apiñados en las estanterías, y sin más miramiento que el de sus propios pensamientos se hizo aire, y viento, y nube y sombra, hasta desaparecer invisible entre los hombres que habitaban aquella tierra tan roja como la sangre. Regresaba, una vez más, para confundirse entre la maleza de la magia y los secretos que la vida enseña a cada paso. Y gozaba por ello, él que tanto había soñado siempre con un tiempo de infinita quietud, sin más sonidos que el silbo de los pájaros o el rumor del mar sobre los acantilados. Todo estaba decidido ya, nadie ni nada podía derrotar al mal que le acechaba cada tarde, después de oír el son triste de las campanas de la iglesia; llegado era el fin de un año más . La vida es un suspiro –se dijo- y comprobó en el calendario la presencia del nuevo año 2011.