domingo, 16 de noviembre de 2008

LA UNIVERSIDAD


Nunca le abandonó la necesidad de conocer, incluso ahora que, cumplidos los cincuenta años, había decidido matricularse en la Universidad. Aún hay tiempo, se decía a sí mismo una vez y otra, convencido de que el deseo, la voluntad y la constante y creciente curiosidad que le caracterizaban harían el resto. Volver a la Universidad después de tantísimos años era todo un reto, y el tiempo, su principal enemigo. Primero tendría que cumplir con su jornada laboral, luego con sus obligaciones familiares, y, finalmente, robarle horas al sueño para estudiar.
Sabía bien que su aventura universitaria no sería fácil, y a pesar de todo, estaba ilusionado. Los ojos le brillaban con una intensidad desconocida. Le temblaban las manos con solo pensar que en ellas se alojarían, después de tanto tiempo, los libros de texto, como cuando era joven y acudía al Instituto, con la diferencia de que para este viaje tendría como compañera a su propia soledad.
El primer día que acudió al campus se ruborizó un poco, incluso dudó de haber actuado correctamente. Por segundos tuvo la certeza de creerse rematadamente loco. Entre ellos él, que doblaba sobradamente la edad de aquellos pipiolos; sintiéndose observado por todos desde la más absoluta indiferencia, como si no existiera realmente. Aún así, volvió al día siguiente para completar la matrícula. Los días sucesivos los empleó en contactar con los profesores para concretar las tutorías. Cuando quiso darse cuenta ya era un nuevo alumno de la Universidad, y se sintió afortunado, descaradamente afortunado.
Había soñado tantas veces con aquel momento que le parecía imposible estar allí, en el campus de la Universidad, en su biblioteca, en las aulas (aunque no pudiera frecuentarlas como el resto de los alumnos). Allí, con el único deseo de aprender, de descubrir y aplicar luego los conocimientos. Sin prisas pero sin pausa.
Ajeno a los dimes y diretes, que los habría, la Universidad comenzó a ser su único refugio, y su horizonte. Había encontrado una nueva razón de ser, un nuevo mundo. El saber como meta. La luz del conocimiento como guía. Ahora tendría que comenzar desde cero y no sería fácil, pero nada de esto le importó. Consciente de hallar en el camino cientos de obstáculos, no desfalleció, todo lo contrario, se sobrepuso a ellos y con denodado esfuerzo fue conquistando su gran sueño.
Hoy, sexagenario ya, deambula por el campus universitario, solo y silencioso. El eco de una voz le susurra al oído: ¡Universitas... In lumine sapientia!