sábado, 16 de febrero de 2008

CELIA VIÑAS, ECO DE VOCES SINFÓNICAS




Es invierno, ¿tal vez una premonición? Las calles, húmedas por la lluvia caída, parecen centelleantes espejos. Los escaparates comienzan a iluminarse y un bullicio de gentes recorre el Paseo arriba y abajo, una y otra vez. Atardece en la ciudad, que se viste con sedas de anaranjados colores. No es la primera vez que, sin querer, uno se siente atrapado por un tiempo huido, que ya no pertenece a este tiempo, que dejó de ser, pero que la nostalgia y la tristeza del invierno nos devuelve de nuevo, en este instante.

La ciudad, vigilada por su altanera Alcazaba, muestra al visitante sus recoletas calles, sus solariegas casas en ruinas, los nuevos e impersonales edificios de la Rambla, su remozada plaza de la Catedral, la casa del Obispo, el laberinto de la Almedina, el cúbico caserío de La Chanca y todo parece detenido en el tiempo. Y con esta sensación el viajero camina lentamente, sin prisas, y en silencio observa su entorno como si de una pintura se tratara, de tal manera que todo parece sobredimensionarse, sin más.


La ciudad no ha cambiado mucho de aquella que describiera con elegancia la pluma de la escritora catalana –almeriense de adopción-, cuando dejó escrito: una ciudad abúlica y tediosa… de actividad muerta…que media la moral con una vara de tendero y la especifica con un bando municipal. Era la sociedad almeriense de los años cuarenta tal la describe Celia Viñas Olivella, joven profesora nacida en Lérida y que el Instituto de Enseñanza Media tuvo el honor de tener como Catedrática de Lengua y Literatura desde el 1 de marzo de 1943 hasta su muerte allá por junio del año 1954.


Hoy, la Plaza de Bendicho, muestra su busto en un decadente jardín. En lugar tan solitario, el busto broncíneo de Celia Viñas es como un eco de voces sinfónicas, un oasis en el desierto, la luz que encandila los deseos o un creciente rumor de olas en los acantilados. Celia está ahí, dejándose mirar por los escasos paseantes que frecuentan este solar de soledades. En su mirada, el milagro de la vida. Celia esta ahí, sobre un pedestal de cal y silencios, esperando volver al paraíso de sus aulas y alumnos; esperando reescribir Viento Levante y Tierra del Sur, con las mismas y abrasadoras palabras de siempre. Está ahí, sí, como si nunca se hubiese ido, esperando el reencuentro con todos y todo.


Celia entre nosotros, con su eterna sonrisa, con su cabello recogido en un moño bajo, con su rebeca abierta y cruzada al pecho por franjas de color indeterminado, con sus brazos en jarra, con su falda clara y su camisa con cuello de picos vueltos, de perfil, mirando al infinito del misterio y la fantasía. Celia viva, como la mar y las montañas.


Quienes la conocieron y aún viven, con ella y en ella viven. La huella de Celia es como una llama, como los manantiales o los astros. En ellos, Gabriel, Julia, Rafaela, Tadea, Eugenio y tantos otros que tuvieron la suerte de ser sus queridos discípulos y amigos, siempre Celia, con la palabra encendida, el verbo ágil y certero.

Celia de los silencios que sólo la mirada delata, pues la pobreza cultural, la represión y la censura campan a sus anchas por todos lados. Celia la creadora de mitos y cotidianos paisajes. Celia la viajera, la que vive intensamente cada minuto, cada segundo de vida, al límite siempre de la pasión y el sentimiento.
Hoy, en la Plaza de Bendicho, extramuros de la catedral: <>, Celia se cobija al abrigo de la arboleda de palmeras y acacias; se abraza a los edificios cercanos de la oficina municipal de Medio Ambiente, Casa de la Música, sede del Patronato de Turismo; Casa de los Puche o el Centro de Arte MECA, y parece que volviera a darse un chapuzón lejos de la orilla, en su mar, a caminar descalza por la playa o a pasear en bicicleta. Ahora, en esta plaza, junto a su busto en bronce, Celia vive en el recuerdo, y en la memoria vive su devoción por la naturaleza, por el azul del cielo, por las tardes en el campo, el deleite de los días de lluvia escondida entre las sábanas o su apasionada curiosidad de coleccionista.

Hoy, también, Celia Viñas Olivella, en la poesía de siempre, la que se escribe con el entendimiento y el corazón, la que aún puede leerse en esta ajardinada plazuela de Bendicho, la de los versos de fuego y aire, la que siempre vive y vivirá entre nosotros:

Te cantaré, Señor, alegremente
en la paz serenísima del alma
llena de frutas, islas y guirnaldas
por el pan que me ganan estas manos
amasando la arcilla de tus niños,
haciéndote muñecos porque quieres

pastorcillos de barro en tus belenes
y me has hecho artesana en tus escuelas
donde el polvo es más noble que el artista.
1952


Hoy, Celia Viñas, en la calles y plazuelas de Almería, en los fondos marinos o en la playa, en las montañas, el desierto y los ríos, siempre eterna junto al olivo de la paz y la luz que crece lentamente a su lado en esta plaza.



Aguadulce, 28.11.2007