jueves, 14 de febrero de 2008

LA PARRA


Fueron sus lágrimas como el crepúsculo
y el vino que derramó el bodeguero
sobre el blanco cristal de la memoria.

Cuando niño jugaba bajo sombras
de parras retorcidas y gigantes,
saltaba hasta prender entre mis dedos
sus verdosas y arracimadas ubres,
y mecía en los labios su dulce néctar.


Tras la ventana, cuando yo era niño,
los campesinos detenían la tarde
en el estanque, y en las viejas tabernas,
apoyados sobre el frío y gastado
mármol, el áureo líquido libaban,
y el tiempo, y la vida, y hasta el olvido.

Cuando niño me adornaban la noche
de cuentos tristes y mágicas hadas,
y dentro de mí galopaba el sueño
de unos hombres sin rostro, derrotados,
que escanciaban su vida en un vaso
de vino que el bodeguero vertía
sobre el blanco cristal de los recuerdos.

EXALTACIÓN DEL FINO "CANCIONERO"



Ven que no quiero más odre que el tuyo
para apagar la sed que me proclama
un vinolento amor exacerbado.
Manuel Gahete



Derrama el rocío sobre las vides
cristales de soledad y silencio,
el húmedo rumor de las caricias,
el tiempo convertido en fiel amante.

Hallan las manos verdosos racimos
y en su mudez hasta los labios trepan
y ofrecen carne y sangre de sus ubres
como dulce ambrosía de los dioses.

Dora el ocaso aromas de bodega
y en las entrañas del barril el vino
duerme, sueña, vive, es flor bautizada
por el áureo esplendor de la venencia.

Es tu almendrado sabor una sonata
que hiende el aire de rimas y misterio,
un volcán de placeres inconclusos,
añejo cancionero de palacio.

Es el brillo de tu piel en la copa
y el silencio de tu boca en la mía,
el más dulce de los besos, la vida
en espaciados tragos trasegada.

Es tu sangre en mi sangre el universo
que alimenta la espera más doliente.