sábado, 9 de febrero de 2008

EL OLIVO EN LA POESÍA

La historia del hombre es, sin duda alguna, la del olivo, y viceversa. Se afirma que el origen del olivo, según vestigios de hojas fósiles, se remonta al período del Paleolítico (35.000 a. C.) y que en España los restos más antiguos se hallaron en un paraje cercano a la población de Antas (Almería) denominado El Garcel, correspondientes al Neolítico (5.000 a.C.). Sin embargo, para mí, el verdadero origen del olivo se halla en el corazón del hombre; confieso que, en mi caso, desde el preciso instante de mi alumbramiento en aquella humilde y enjalbegada casa de un pueblo, Baena, que enclavado en la extensa y luminosa campiña cordobesa me obsequiara con el indescriptible paisaje de sus lomas colmadas de olivos, el trasiego de campesinos y mulas cargadas de aceitunas, la meriendas de pan con aceite -joyos-, el denso e inconfundible aroma del alpechín o la visión de aquellos reducidos ejércitos de vareadores y aceituneras de vuelta a los hogares cuando el crepúsculo incendiaba mi inolvidable calle Alta.


Sin lugar a duda alguna la historia del hombre, y fundamentalmente, de aquellos pobladores de la zona mediterránea, ha estado ligada a este bendito árbol: el olivo. Primero se conoció en su forma silvestre, luego, con el paso del tiempo, el hombre aprendería a cultivarlo y obtener de su fruto el más preciado y áureo líquido. Alrededor de este árbol milenario, el hombre ha desarrollado un cúmulo infinito de percepciones y sentimientos. De ahí que el olivo y su entorno haya estado y esté presente aún como elemento imprescindible de la cultura mediterránea.

El mágico mundo del olivo aparece en la historia a muy temprana edad. Las primeras noticias de su cultivo se encuentran en las tablillas de Ebla, en la costa Siria y desde el III milenio a.C. El hallazgo en el palacio de Cnossos (Creta) de enormes ánforas destinadas al transporte y almacenamiento de aceite y de las tablillas en las que quedó registrada la administración de olivares y la gestión y movimiento de aceite, constata también la importancia del olivo y su cultivo.

En Egipto, los vestigios más antiguos del olivo datan de la Dinastía XVIII al hallarse una rama de olivo en la tumba de Tutankhamon, y se sabe que Ramsés III ofreció a Ra, dios del sol, la producción de aceite de 2.750 hectáreas de olivar plantadas en la ciudad de Heliópolis, en el Bajo Egipto.

En la mitología griega encontramos la primera referencia a este árbol, cuando la hija predilecta de Zeus, Palas Atenea, en conflicto con Poseidón, dios del mar, por dar nombre a la ciudad que en su día fundara Cecrops, primer rey del Atica, ha de crear la cosa más útil para el hombre. Así, la diosa Palas, al hincar su lanza en la tierra hizo que naciera el olivo, capaz de dar luz y alimento, curar enfermedades y aliviar los males del hombre. Un olivo como símbolo de la paz, la luz y la vida, en contraposición al caballo de Poseidón, símbolo de la fuerza, del poder y de la guerra.

Las referencias al olivo y su cultivo son innumerables, pues las diferentes culturas que pasaron por España, desde la fenicia a la árabe nos dejaron un inestimable legado al respecto. Los fenicios, posiblemente, el mejoramiento de la técnica del cultivo y de la extracción del aceite; los romanos, aumentando las plantaciones de olivos, comercializando y exportando los mejores aceites de la Bética no sólo a Roma, sino también a lugares tales como Ginebra, Utrech, Londres, Heidelberg, e incluso, hasta la misma Pompeya; y los árabes porque dedicaron especial atención a su cultivo, con estudios pormenorizados del suelo propicio, la plantación, cultivo y recolección, así como de su “corta y limpia”, su estercolado y longevidad.

La influencia oriental, pues, es patente y notoria. Pero no sólo en cuanto a la olivicultura se refiere, sino también con relación a la gramática. Respecto al “aceite” porque es una palabra de origen semita, derivada del hebreo zeit o sait; en árabe es zait, y olivo en persa es seitum, y zaitu en árabe. Sin embargo, para el nombre del árbol, “olivo”, la raíz que se mantiene en toda España deriva de la palabra romana “oleum”.

El olivo es mencionado en el Génesis (la rama de olivo en el pico de la paloma representa el final del Diluvio), en la Biblia a partir del libro del Éxodo, y en El Corán: Dios es la luz de los cielos y de la tierra...se enciende, (la luz), gracias a un árbol bendito, el olivo. Teofrasto, Plinio y Estrabón lo mencionan también como uno de los cultivos del Alto Egipto. Está presente en muchas páginas de la Odisea, de Homero; en las Geórgicas, de Virgilio, donde se canta al olivo y sus frutos o en las Metamorfosis, de Ovidio. De igual forma Horacio, Lucrecio, Marcial (que dejó escritos estos hermosos versos: Guadalquivir, de cabellera ceñida por corona de olivo, que con tus nítidas aguas tiñes los dorados vellones, amado de Baco y de Palas...) y la mayoría de los poetas (Pausanias Luciano, Silio Itálico, Justino, Vegecio...) evocaron, también, el árbol de los reflejos plateados. Plutarco en César, Catón en su Tratado de la Agricultura y Columela en su De re rustica expresan, igualmente, los muchos beneficios de este sagrado árbol. Del mismo modo para la cultura árabe el olivo es árbol bendito y su aceite símbolo de luz. Y así, Abu Zacaria, en su Libro de Agricultura nos dice: “...el olivo que es un árbol de bendición” y en referencia a los olivares del Aljarafe sevillano, tanto al-Bakri como al-Idrisi escriben: Sus olivares son tan espesos y tienen unas ramas tan entrelazadas que el sol apenas puede filtrar sus rayos a través de ellos, y, La zona del Aljarafe es la más fértil y rica de Al-Andalus, plantada de olivos siempre verdes.

Genios de la literatura universal de todos los tiempos como Dante, Cervantes, Shakespeare, Milton, Byron, Lope de Rueda, Tirso de Molina, Lope de Vega, Lamartine, La Fontaine, Mistral, Huxley o Lawrance Durrell, entre otros, han citado al olivo, las aceitunas o el aceite en sus obras.

Destaquemos en la literatura española, la poesía culta de Gonzalo de Berceo. Durante los siglos XIV y XV no faltan menciones al singular paisaje del olivar. Así se puede constatar en una de las serranillas del marqués de Santillana: ...e pasaba al Olivar / por coger e varear / las olivas de Ximena”. También en la lírica popular del siglo XV hallamos algunas canciones alusivas al tema que nos ocupa: Tres morillas tan garridas / iban a coger olivas / y hallábanlas cogidas / en Jaén, / Axa, Fátima y Marién / y hallábanlas cogidas / y tornaban desmaídas / y las colores perdidas /en Jaén.

Muchos son los poetas españoles que han cantado al olivo. En el libro Árbol de bendición. Antología literaria al olivo, Federico García Lorca es cita obligada y así se lee: La oscura noche se cierne sobre Granada, sobre el mundo entero. Granada, la Tierra toda es llanto. Federico es silencio, soledad, angustia y agonía. Federico camina hacia la muerte. La luna se oculta. Su cuerpo yace entre olivares. La sangre del poeta es su alimento. Federico vive y aún nos habla. Su palabra es un grito que surge de una tierra preñada de olivos, de los olivos testigos de su muerte. Federico escribe: Arbolé arbolé / seco y verdé./ La niña del bello rostro/ está cogiendo aceituna. / El viento, galán de torres, / la prende por la cintura. Arbolé arbolé / seco y verdé. También, y no podía ser de otra forma, está presente el poeta de Orihuela, Miguel Hernández, que como nadie cantó a las tierras de Jaén y a sus aceituneros: Andaluces de Jaén, / aceituneros altivos, / decidme en el alma: ¿quién, / quién levantó los olivos? Y como colofón a estas primeras referencias del olivo en la poesía, el gran maestro y poeta sevillano que cantara a los Campos de Castilla y de Andalucía. En su poema Los Olivos nos muestra, al mismo tiempo, la sencillez del verso y su profunda emoción: ¡Viejos olivos sedientos / bajo el claro sol del día, / olivares polvorientos / del campo de Andalucía!...¡Venga Dios a los hogares / y a las almas de esta tierra / de olivares y olivares!

Poetas, ya desaparecidos, de la talla de Rafael Alberti, José Hierro o Mario López no olvidaron cantar al olivar en el caso del gaditano Alberti, siempre en eterna simbiosis con la mar: Sobre el olivar, / sangrando, el amigo / que se fue a la mar ; Hierro lo hace a los andaluces y a su singular forma de vida: Decían: “Ojú, qué frío”… En donde habrán dejado / sus jacas; en dónde habrían / dejado su sol / su vino, / sus olivos, sus salinas…Un grano de trigo. Una / oliva verde…y el poeta de Cántico, Mario López, cuya lírica, enraizada en el paisaje campesino de su tierra andaluza, no olvida al olivo y su entorno: … Los olivos / con su mágica fronda entre la niebla, / apenas eco, pulso en lejanía… La aceituna, su sangre, en atarjeas / de espumeante, turbio, caudal denso / hacia añejas tinajas soterradas / en que el óleo se asienta y esclarece… Amor de tierra dulce con sus gentes / sencillas y sus asnos transitando / por tu pecho, entregado a la Campiña…

Pero no acaba aquí la nómina de poetas que, repartidos a lo largo y ancho de nuestra geografía y aún vivos han dedicado sus versos a cantar la cultura del olivo, aunque justo sería decir que la gran mayoría de estos poetas son andaluces. No obstante, y en el caso de Cataluña, la voz de José Luís García Herrera, con su poema Tierra de olivares (1949), lo confirma: Habrá una tierra dura para hombres de hollín / mordidos por la viruela y las despedidas; / tierra dura de inviernos y olivares, de sangre prieta…; desde Murcia, en las voces poéticas de Domingo Nicolás y de Joaquín Ortega Parra; de éste último en su Olipoema: Olivo, cuando crezcas, y sientas por tus ramas / un negror que te humille, y lleves tu cosecha / como una carga de hijos, yo estaré reposando / de este viaje; las penas ocultaré en las sombras… Que te saludo, olivo, con este olipoema. De Extremadura nos llega la poesía de los cacereños Basilio Sánchez y Antonio A. Gómez Yebra, y de éste, su poema Olivos, del que extraemos la siguiente estrofa: Mirad los olivos / cargados de frutos morados y verdes / pendientes de un hilo, o la del poeta nacido en Badajoz, José Antonio Ramírez Lozano cuando escribe con aparente ligereza: hasta que la le / hasta que la le / hasta que la le/ ¡chu! / za estornuda / y pone blanca de luna / la noche del olivar.

Justo es reconocer, como ya se ha dicho, que la mayor aportación poética al mágico y milenario árbol procede de Andalucía. Almería, identificada casi siempre con el desierto, ha hecho también suyo el legado recibido de la diosa Palas Atenea y así destacamos, de entre los poemas dedicados al olivo por vates de la talla de Diego Granados, Julio Alfredo Egea, Pura López Cortés, Concha Castro, Ana María Romero Yebra, Pilar Quirosa, Ginés Reche o José Antonio Sáez, el que Aureliano Cañadas escribiera con el título de Crecimiento: Con qué cuidado te planté en la tierra húmeda; / con qué impaciencia esperé que rebrotases / para guardarte del viento, la nieve, el sol de agosto; / qué hábilmente podé alguna de tus ramas; / con qué lento orgullo te vi crecer. / Hoy puedo contemplar tus olivas / brillantes cono nombres recordados; / hoy puedo abrazarme a tu tronco / y sentir como corre tu savia / y dormir a tu sombra, / frondosa soledad, / ya para siempre. De Cádiz marinera y de sus muchos y grandes poetas –Alberti, Baldrich, Ángel García López, Caballero Bonald, Juan José Téllez, Dolors Alberola, Soto Vergés, Fernando Quiñones, sea la voz de Paloma Fernández Gomá, poeta afincada en Gibraltar y alma de la revista internacional Las tres orillas, que nos obsequia con estos versos: Un horizonte aceituno labra sus edades / más allá de la mirada, / imantando todos los acentos / que, de los olivos, emergieron… Es oxidada la voz del viento, cuando / secunda el vareo desde Baena al Rif… En la almazara es vertido el líquido acento / de olivares que derramaron su eco perpetuo / de secuencia no culminada / hasta que el tiempo reverberase / su más atávica esencia. De la Córdoba del mestizaje cultural y tierra de olivos, grande es la herencia que nos dejan poetas como Carlos Rivera, Pablo García Baena, Manuel de César, Carlos Clemenston, Leonor Barrón, Juana Castro, Jesús García Solano, Alfredo Jurado, Leopoldo de Luís, José de Miguel, José María Molina Caballero, Balbina Prior, Pilar Sanabria, Lola Salinas, Fernando Serrano, Antonio Varo, Soledad Zurera, Diego Martínez Torrón o Manuel Gahete, de quien seleccionamos estos versos que aúnan el sentir de todos hacia el sagrado árbol del olivo: …Llevo impreso en la piel / el oro oscuro / de tu sangre en verdor / y de tu aroma / impregnado en mis labios y en mi carne. / Soy aceite, aceituna, miel, madera, / triturada materia en tus raíces / que después de anegarse y triturarse, / eclosión en la luz, / nace a tu sombra / fiero dios inmortal, árbol y olivo. De la Granada del agua y los jardines, de la Alhambra única, de la Sierra Nevada y de Federico, otros tantos poetas han hecho suyo también al olivo como símbolo de la luz y la vida, de la paz: Miguel Ávila Cabezas, Antonio Enrique, Custodio Tejada, Encarna León, Belén Juárez, Fernando de Villena, Francisco Domene o de Enrique Morón. De éste último sea este fragmento de su Canción de las aceituneras: ¡Qué garbo tiene la sombra / del olivo, siempre verde!... Por los peldaños del monte / crujen varas inclementes, / como látigos que humillan / a los negros ramilletes. / Una nube de aceitunas / ensombrece la pendiente / y acaba su declinar / entre la albahaca y el césped. / ¡Qué garbo tiene la sombra / del olivo, siempre verde, / con su dureza de siglos / y su collar de mujeres! De Huelva, la del universal Juan Ramón Jiménez, la colombina, otro ramillete de poetas: Francisco Carrasco, Juan Delgado, Manuel Moya, Juan Drago, Rafael Vargas o María del Valle Rubio, autora de estos versos: Vibrante el olivar, entumecido, / bajo sus prietas redes prisionero, / contempla eternidad, resiste enero / y se viste de sol, enardecido. / No le vence la siesta, ni ha podido / matarle el horizonte traicionero, / sino que sigue fiel hacia el alero / de un cielo que se tiene merecido. / Y en arrebol escapa, se mantiene / bajo la misma sombra que sostiene / su bóveda plural estremecida. / Y entre peces de plata se despierta / soñando el mar que le negó la vida, / volviendo a sus raíces, siempre alerta. De tierras onubenses a las de Jaén: inmenso mar de olivos. Poetas como Antonio Navarrete, Manuel Urbano, Tomás Hernández, Francisco Morales Lomas o Domingo F. Faílde han celebrado la existencia de tan bendito árbol. Sirvan como muestra estos versos de Faílde: Yo vengo de una tierra donde el árbol / es el olivo y manan ríos de aceite / los montes y el perfume / de aquellos campos sube hasta las casas, / trepa por las paredes / y anida en los objetos con su pátina antigua. / Traje conmigo una pequeña rama / que fue arraigando en mi melancolía. / Hoy tengo el alma llena de aceitunas / que muele en su almazara la memoria / para mojar el pan de la infancia perdida. / Lo riego, sin embargo, con agua de noviembre, / pues sé que, en su ramaje, la lechuza de Palas / ilumina mis noches con sus ojos / y me conforta con su sabiduría. Málaga nos ofrece también a través de sus muchos y buenos poetas su sentir hacia este símbolo de la cultura mediterránea tal es el olivo. Citemos a Francisco Peralto, José Sarria, Carlos Benítez Villodres, María Victoria Atencia, Francisco Ruiz Noguera, José Antonio Muñoz Rojas o José María Lopera, que así canta al olivo: Yo nací en las raíces del olivo, / ascendí por la savia de su tronco, / me hice hombre de trama en su ramaje, / y me ungí con su bálsamo purísimo / hasta quedar lucerna en luz de alma. / Ahora voy por su savia retorcido, / anudado en inviernos por las ramas, / con muchas cicatrices dolorosas / que el hacha cercenó de mi albedrío. / Como un olivo más puesto en hilera. / Y me siento fecundo, sol de soles, / hecho de tierra y agua en mi estructura, / puro soplo del cosmos nebuloso / por la esencia creativa que derramo / en el óleo divino de mis genes. Por último, sea la Sevilla de Machado y Cernuda, la del Guadalquivir sereno y los olivos del Aljarafe la que cierre esta ineludible cita con el olivo en la poesía andaluza. Entre los poetas que unieron su voz a la de tantos y tantos otros mencionemos a Manuel Mantero, Rosa Díaz, Pilar Marcos, Onofre Rojano, Enrique Soria, Víctor Jiménez, Francisco Vélez Nieto o Francisco Mena, del que rescatamos estos versos de su soneto Rumor de la aceituna: Es posible la luz y es la agonía / del olivo aguantando su estatura / en el límite astral de la llanura, / pues ser mar no se atreve todavía. / Desde la fértil tierra un mediodía / asciende por el tronco, gana altura / y se le enciende el tiempo en hermosura / y el corazón en soledad se enfría.

Allende nuestras fronteras hallamos no pocas referencias poéticas al olivo. En este sentido, el verso fresco y profundo de uno de los poetas más universales: Pablo Neruda, que compuso la “Oda al aceite”, de la que extraemos algunos de sus versos más significativos:…el olivo / de volumen plateado, / en su torcido / corazón terrestre...Allí / el prodigio, / la cápsula / perfecta / de la oliva / llenando / con sus constelaciones el follaje; / más tarde / las vasijas, / el milagro, / el aceite”. Es obvio que el olivo y el mundo conceptual que rodea a éste ha sido loado en multitud de ocasiones y a lo largo de toda la historia de la humanidad. Este hecho, se sigue dando aún en nuestros días. Como prueba de ello sean este ramillete de poetas de todo el mundo que a pesar de la distancia que nos separa han querido homenajear a tan generoso y bendito árbol. Como muestra de la poesía italiana actual sean los poetas Lucio Zinna (Mazzara del Vallo, 1938), Vicenzo Anania (1932), Lino Angiuli (Valenzano,1946) y Emilio Coco (San Marco in Lamis, 1940) hispanista, traductor y editor, que dice así en su poema Addolciva la fame (Nos endulzaba el hambre): Quelli della mia età sono cresciuti / a pane e ulive chiusi nello stipo / e trovarne la chiave era estenuarmi / in inutili cerche e appostamenti … / di tanto in tanto e solo come premio / addolciva la fame un filo d’olio / ringraziavamo sempre il Padreterno / per l’abbondanza che ci aveva dato. (Los que tienen mis años han crecido / entre hogazas de pan y las olivas / de una despensa cuyas llaves eran / inalcanzables a nuestros deseos …/ de vez en cuando y sólo como premio / un hilillo de aceite iba endulzándonos / el hambre mientras dábamos las gracias / a un Padre Eterno harto generoso). Las poetas Gloria Joyce Ascher (New York City, EE.UU. 1939) dice: Bendicho sos, mi arvolé, ermozo azitunero! / Tus frutas, tu alzete, tus ojikas – komo los kero! / Sos árvol de mate Asher, de mi famiya antika; Beatriz Mazliah (Buenos Aires, Argentina, 1941) , hija y nieta de inmigrantes de Izmir y Estambul, escribe : Kanta su kante el olivo / i le aresponde la higuera. / Kon el higo i kon la oliva / s`engrandesio la mi abuela; y Margalit Matitiahu (Tel Aviv, Israel), con estos versos: Hombres acompaniados de sus solombras / salen a los campos onde biven los olivos, / onde eternamente a dios van ocasionando, lo hacen en ladino o sefardí. Y ya más cercanos a España, los poetas Ahmed Mohamed Mgara y Driss Elgabouri. De éste, y como deseo para todos los habitantes de la tierra, estos versos de su Canción de paz: Desde tiempos lejanos / Desde la tierra de la alegría / La alegría verde / Viene el árbol / Que canta a los niños / La canción de la paz. // Azul y verde / El tiempo pasa sin parar / Porque el olivo de mi tierra / sienta en la silla de la eternidad / Mirando al mundo, con ojos de sus hojas / Cantando la paz, azul y verde.

Es obvio que el olivo representa la luz, la savia, la plenitud, la vida. Que como ya se ha dicho es, también, símbolo de la paz, y por ello han sido muchos y grandes poetas de todos los tiempos los que se acercaron hasta él para beber de su inagotable sabiduría. No por ello queda definitivamente escrita su historia, pues muchos serán aún los que, presumiblemente, canten a este sagrado árbol en el futuro.

Ahora los recuerdos se agolpan en mi mente. Viajo hasta una calle y una casa de un blanco radiante. Escucho el sonido de los cascos de las mulas cargadas con sacos de aceituna y un aroma de alpechín inunda la estancia en la que escribo estos versos que laten en mi corazón desde tiempos remotos :

Hoy, en la triste soledad de esta casa,
aún noto su enhiesto cuerpo leñoso,
su piel mestiza y horadada de siglos,
sus largos brazos de auroras en brasas,
sus claros ojos huyendo a la fuente
donde el fruto destella como el oro.

Aún hoy, cuando una lágrima se abisma
en la tierra del fuego y de la lluvia,
desciendo lentamente hasta los sueños
de una noche cualquiera en sus cenizas
y escribo nuevamente en su corteza,
en la árida comarca de sus venas,
los nombres y signos que siempre quise:

Eterno seas, árbol y olivo, humano dios.

¡El Olivo, árbol de bendición, símbolo de la paz, la luz y la vida, por y para siempre !

Baena-Aguadulce, julio del 2007

EN NOMBRE DE LA PAZ. JOSÉ ANTONIO SANTANO

EN NOMBRE DE LA PAZ

¿No habría que escribir precisamente
después de Auschwitz o después
de Hiroshima, si ya fuésemos, dioses
de un tiempo roto, en el después
para que al fin se torne
en nunca y nadie pueda
hacer morir aún más los muertos?

José Ángel Valente


Escribo hoy desde la serena paz de mi estancia, con urgencia, para desarmar al poderoso con un simple canto, un himno de amor que recorra el universo entero e inunde los corazones de los hombres de buena voluntad. Escribo después de Auschwitz, de Hiroshima, Vietnam, Sarajevo, las Torres Gemelas, Afganistán, Iraq, después de tanto dolor, de tanta barbarie, de tanta muerte innecesaria e injusta. Escribo desde el Sur, allá donde el intenso azul del Mediterráneo baña de sueños el sueño de sus moradores y la luz de sus auroras resplandece en los hogares.


Escribo para alcanzar el cielo esta noche y en esta mala hora de este siglo. El cielo más fulgente y limpio, su infinito espacio colmado de trémulas estrellas y planetas misteriosos.


Escribo y es urgente que lo haga. Preciso y justo. Escribo para desterrar de una vez y para siempre el inmenso dolor de una lágrima humana, el espanto de un cuerpo calcinado, el negror del odio en las pupilas, el bárbaro silencio del verdugo, la desolada soledad de las ciudades después de la batalla, el hórrido ulular de las sirenas, el miedo y la tortura, la pobreza y el hambre, la muerte de todos los muertos del mundo.


Escribo con el ímpetu del amante que busca en el amor la consumación del amor, la entrega sin límites, la vida, al fin.


Escribo en nombre de la paz, y en ella me refugio, y por ella grito y me desangro en esta mala hora de este siglo.


Escribo en nombre de la paz, y por su nombre, por el eco de su voz ardiente me desvivo, y muero.


Aguadulce (Almería), 26 de Enero de 2003

ÉCIJA

ÉCIJA



El tiempo me negó la luz barroca
de tus atardeceres, sus silencios
de piedra y fuego en las más altas cimas
de la memoria y el sueño, soledades
en vuelo mágico de mariposas.

El tiempo que me abrasa los sentidos
cuando paso a tu lado y sigo el camino
como si no me importaras, condena es,
castigo, profunda herida, perpetuo
abismo, amarga sinfonía del bronce.

Olvido es hoy ese tiempo, pues te hallé
en la ardentía del beso y su latido,
en los sempiternos campos de olivos,
en las tórridas tardes de verano
y en el solar océano del cielo.

Entre las altas torres, siempre viva.

EL ÁRBOL DE LA VIDA. JOSÉ ANTONIO SANTANO



Me vuelven las palabras, sus sonidos de agua y luz. Vuelven a hospedarse en la memoria. Su aleteo constante va y viene, de un lado para otro, abrasándome en sus labios. Una palabra se repite, es un eco que sobrevuela las montañas, los mares y desiertos. Acudo a su encuentro con vehemencia. ¡He esperado tanto tiempo su visita! Y ahora, que la luz del día incendia los campos donde ella habita, es mi deseo caminar el tiempo de esta vida asido a sus manos de hojas y silencios.


El aire me devuelve a sus dominios. Ella me espera. Yo la busco. Ambos sentimos el temblor que sienten los amantes cuando se buscan. Ambos sabemos del dolor de la espera, pero también del goce de la entrega. Ese momento mágico y misterioso en que los labios se rozan y la piel se eriza y los cuerpos tiemblan abrasados. Entonces, la palabra se transforma en un árbol milenario, en el árbol de la vida. Y el árbol, enhiesto, majestuoso, vuelve a ser palabra, y luz, y bálsamo. Y la palabra vuelve a ser árbol, y el árbol la palabra. Por siempre y para siempre la palabra.



Hubo un tiempo de silencios y sombras
arañando la tierra y sus fronteras,
las arrugas del aire en los inviernos,
el fuego de los dedos en la tarde.

Hubo un tiempo de luces y amapolas
preñando los orígenes del beso,
unos senderos de amarillo otoño,
domingos que escaparon de las manos
y unas letras escritas en el tronco
de aquel viejo y solitario árbol.


Hoy, en la triste soledad de esta casa,
aún noto su enhiesto cuerpo leñoso,
su piel mestiza y horadada de siglos,
sus largos brazos de auroras en brasas,
sus claros ojos huyendo a la fuente
donde el fruto destella como el oro.

Aún hoy, cuando una lágrima se abisma
en la tierra del fuego y de la lluvia,
desciendo lentamente hasta los sueños
de una noche cualquiera en sus cenizas
y escribo nuevamente en su corteza,
en la árida comarca de sus venas,
los nombres y signos que siempre quise.

Aún hoy, tú, magnánimo y humano dios.


Aún me queda la palabra, las palabras corales que me abrasan a la vida. Me queda el viejo árbol donde escribo los nombres y signos que siempre quise. Me queda la luz de los silencios en un campo de olivos milenarios. La voz y la palabra, por y para siempre.

NOS QUEDA LA PALABRA. José Antonio Santano.

NOS QUEDA LA PALABRA
(Almería, 18 de marzo de 2006-Acto contra guerra Irak)
Cualquier guerra es la regresión a un mundo
sin vocabulario.
Salvador Compán



La mar, límpida y serena, fuego de azules y blancos, me recordó otro mar de tierra y olivares. En los orígenes del tiempo el tiempo dibujó un gran planeta. Quiso que la luz se derramara por todos sus rincones, que su cálido tacto aliviara del dolor y la muerte. Creó el día y la noche, el sol y la luna. También el tiempo quiso pintar la tierra de colores: verde para los árboles, azul para los mares y océanos, negro para la noche y sus silencios, blanco para la nieve y la espuma, rojos y amarillos y lilas y rosas para las flores, grises y ocres para las montañas y los desiertos, y así hasta el infinito. A los hombres el tiempo quiso regalarle el pensamiento y la palabra. Pero el hombre nada quiso. Despreció la cálida presencia de la luz, los colores del día y la calma silenciosa de la noche. Inventó el miedo y la tortura, los fusiles y las bombas y se alió con la muerte para inundar con sangre de inocentes cada rincón de este planeta:


Qué fue de aquella tierra,
de su aroma prendido
en la piel de los ríos
y las acequias, sino
osarios y ceniza.

Qué fue de aquellos mares,
del latir de sus olas
en los pechos del día
y los silencios, sino
abismo y desierto.



Qué fue de los colores,
de su luz primigenia
en los labios del tiempo
y los amantes, sino
eterna oscuridad.

Qué fue del pensamiento,
de la siempre encendida
palabra que lo abriga
e ilumina, sino
silencio y cataclismo.



La mar, ahora, sigue en calma. En su azul intenso el sueño sobrevive al hombre… Nos queda la palabra. Siempre la palabra con su arrullo de sílabas fulgentes calándonos los huesos, la memoria de ser, la única arma capaz de conquistar el sueño de los hombres. Siempre la palabra, aún nos queda la palabra, su latido, su inconmensurable belleza, la vida que la alienta y alimenta. Un mar de palabras, de dulcísimas palabras dichas al oído. Un río de lava de palabras anegando los hogares. Cientos, miles, millones de palabras escritas en el albor de una página, de cientos, miles, millones de páginas. La palabra en la luz de cada día, en las alas del viento, en los dedos de la lluvia, en la piel de las fronteras, siempre la palabra. La palabra meciéndose en el aire, dichosa y viva, abrasadora.


Aún nos queda la palabra. La palabra que nace del corazón generoso, y nómada recorre los confines del mundo. La voz de la palabra anegando las ciudades con su música. La palabra, siempre la palabra.

LOS DE SIEMPRE



Vosotros, los de siempre,
los de los labios de acero,
los de las palabras huecas,
los de la peste en el alma,
los del sitio de la traición.

 Manuel Ruiz Amezcua



Se ocultan tras las sombras de la noche,
ensucian la palabra con el vómito
de su palabra, y así silencian la voz
de quienes sueñan alcanzar su sueño.

Ellos, los de siempre, los que se ganan
la vida agitando enseñas de muerte,
los que se arrodillan ante el poder
y bendicen sus hazañas con versos
vanos, ungidos de miseria e infamia.

Se mecen en las ramas de la injuria,
cultivan la calumnia, se sumergen
en las aguas procelosas del odio,
se adornan con la sangre del vencido
y de progres de izquierda se coronan.


Se sientan a la mesa del invicto
y degluten sonrientes sus miserias;
saborean el sufrimiento ajeno,
y acusan con dedo firme siempre.


Se miran al espejo cada día,
frecuentan fiestas de moda y saraos,
despachos de roja y limpia moqueta,
modernos locales, serias reuniones,
y murmuran y hablan de los otros
con verbo de avariciosa mentira.

Son ellos, los de siempre, los de siempre,
los que secuestran ideas y sueños,
los que humillan, los que cautivan la voz
y la palabra, los que mortifican.

Son ellos, los de siempre, los de siempre.

LA GOMERA



Nace un silbo esta noche
que va y viene, del mar
al monte, de los barrancos
al cielo, y vuela, vuela ese silbo
con alas de manantial y cobre,
y vuela, y vuela, una vez más,
mil veces mil, siglos enteros.

Nace un silbo esta noche
como un trueno inmarcesible;
nace, de la tierra y el fuego,
y nos abrasa el alma y los labios;
nace como un son preciso,
como única palabra: la vuestra,
la que une y separa,
la que nos redime y abraza
y nos tiende su cálida mano,
fraternal, copiosamente bella.

Nace un silbo, y con él,
la tierra tiembla, el universo entero
tiembla, tiembla, tiembla…



La Gomera, 21.04.05

NACE TU VOZ


A Diego Clavel, cantaor.



Nace tu voz de las profundidades,
de la honda raíz del dolor,
como un quejío solo y único,
como un trueno limpio y claro,
tal fuego que abrasa y quema
la palabra esculpida en la noche
de aquel viernes de Dolores
en El Morato, cuando el sonido
entristecido de la granaína
en los dedos ciclón de Postigo
colmaba la cueva de claveles
y lunas, de aromas y luces.

Nace tu voz, tu voz siempre,
del hondo clamor de la pobreza;
entre jara y romero, en soledad,
siempre tu voz, tu voz siempre.

Nace la luz de tu voz,
en la noche,
junto al calor de la amistad,
siempre,
siempre tu voz, como un sueño.





Madrugá del 7 de abril de 2006

MAR Y OLIVOS



a José Saramago

Nos viene de antiguo el amor
al olivo, ese árbol que crece
lento y sobrio sobre la tierra
y es fuego en las noches de invierno,
bálsamo, alimento, albor y luz…

Qué fue de aquella tierra,
su aroma prendido
en la piel de los ríos
y las acequias, sino
osarios y ceniza.

Nos viene de antiguo el amor
a la mar, inmensa llanura
de límpidas aguas, refugio
de náufragos y soñadores,
orilla de arenas y espuma...

Qué fue de aquellos mares,
del latir de sus olas
en los pechos del día
y los silencios, sino
abismo y desierto.

Qué fue de los colores,
de su luz primigenia
en los labios del tiempo
y los amantes, sino
eterna oscuridad.

Qué fue del pensamiento,
de la siempre encendida
palabra que lo abriga
y lo ilumina, sino
silencio y cataclismo.

Amor de mar y olivo, amor.


José Antonio Santano

SEA LA NOCHE

SEA LA NOCHE


a Pilar Paz Pasamar

Sea la noche con su luna de plata,
los cipreses vencidos bajo el cielo
o esta sinfonía de hojas caídas,
secuencias de un olvido, resplandores
de antiguos metales y áureas estatuas.

Sea tu nombre como un silbo de besos,
la Paz que quise siempre para todos,
sean las grises tardes de otoño, la luz
fenicia de los silencios que siempre
vuelven al abrigo de las palabras.

Sea en tu pecho la mar y sus orígenes,
la brisa azul de los sueños, el canto
de antiguas sirenas, la voz del viento
gravitando en tus pupilas de niña.

Seas de nuevo, Pasamar, la mar siempre,
espuma diamantina de las noches
de estío, nave y ola, silencio y verbo,
inagotable manantial de historias.

Seas como el eco de este mar de olivos
que con tu mar se hermana en un abrazo.

ATARDECER EN CARBONERAS


A Miguel Galindo Artés, al cumplir lo prometido.



No fueron tus ojos sal
ni tus aguas rumor
de sangre en los crepúsculos
ni tu boca horizonte
de signos y silencios.

Aquella tarde, la mar
en Carboneras quiso
apresarme en su pecho
y en sus brazos mecerme
-olas de espuma y fuego-,
en el tiempo infinito
que unos labios ardientes,
huella fueron en otros,
asombro y plenitud,
pertinaz laberinto
de corales y conchas,
y tesoros escondidos.

La mar, aquella tarde,
en el eco de tu voz
tuve por compañera,
Miguel, y en ti las olas
bramaron al unísono,
apasionadamente libres;
y en ti, como un regalo,
la paz de la palabra
modelada de lluvias
y soles y desiertos;
el hechizo del viento,
el vuelo de los años…

La mar siempre, Miguel,
desde el Faro y la playa,
en los atardeceres,
en las noches o al alba,
como un milagro de luz
o un paisaje de sueños
que silencioso asciende
a las nubes en brasas.

La tarde en Carboneras,
Miguel, al mar se abraza,
y en ti la mar se crece,
y late y es pulso, y vida.

GAHETE, MANUEL

MANUEL GAHETE O LA LUZ DE LA PALABRA



Una luz emerge ahora tras el horizonte marino. Nace para todos. Su color es la suma de todos los colores, un perfecto arco iris. Es tal su belleza que quedo inmóvil, sobrecogido en su inmensa claridad. Adonde quiera que miro me persigue su haz dorado. Han transcurrido los años y sin embargo la luz que ahora percibo es la misma que me cegara en otro tiempo ya remoto. Ocurre, además, que, como en los vinos, ha ganado en solera. Esta luz que hallo cada noche impresa en los libros, seductora y amorosamente viva resplandece como un astro, una llama abrasadora que lenta, muy lentamente va creciendo en la infinitud de los días. Es en esa hora misteriosa y mágica de la madrugada y sus silencios, cuando siento su mano cálida en la mía, que no se extingue, que me salva y me conforta, me inventa y se reinventa una vez y otra, hasta el desmayo.
La luz, su luz en la palabra. Asomarse desde el alféizar y adentrarse en su mundo es una misma cosa; caer en su abisal entorno, embriagarse con su aroma y sus latidos; enloquecer con sus sonidos de selva y paraíso; amar su desnudez de diosa o ninfa; recorrer su cuerpo de cristal o llama; beber de sus labios el dulce néctar; descubrir la pasión de los amantes, o, simplemente, vivir, revivir en ella el éxtasis de la entrega.
La luz, la única luz de la palabra, que se agita entre los encinares y almendros, enraizada en la voz y el vuelo de las aves, amamantada en la tierra, doliente, esperanzada, entristecida a veces, alegre otras, que huye de los silencios para convertirse en vivo silencio. La palabra y sus secretos, abandonada a la magia de la noche, fulgente en los atardeceres cordobeses, peregrina en las callejas laberinto de la bien amada judería, aterciopelada en los patios, ardiente en la voz del poeta.
Una luz emerge ahora del intenso verdor de los olivos y el esplendente azul mediterráneo. Nace para todos, imperecedera, la palabra, la luz de su palabra, irrepetible, única, salvadora, ecuánime, eterna y libre.
I

(A Manuel Gahete, a quien me une el vértigo de la edad y la ardentía de la palabra)

Busco, cuando atardece, un son secreto,
un manantial de luz y de palabras,
una voz que sea alimento, anuncio
de otras voces y otras vidas, latido
siempre del corazón de los amantes.

Camino entre la seda de la noche
y sus silencios, sonámbulo, beodo
de un dolor tras otro en la mirada,
ausente, abismado en la clara arista
de un tiempo adormecido entre los labios.

Vivo en las alas del aire, en los álamos
crecidos de la espera, en la garganta
árida y profunda de los sueños
que huyen cada madrugada del fuego
y los cuchillos, el olvido y su eco.

Siento el rumor del viento en el costado,
la herida, el hielo de la infancia, el humo
y el gemido, las sombras, la tristeza
de los días que alientan la distancia,
el miedo y su estallido, las derrotas.

Sondeo la rutina de los días,
el pulso del tiempo y las cenizas
bordado en las cancelas de la tarde,
y vuelvo, vuelvo, y pronuncio su nombre
hasta ver en el cristal de los años
la llama viva de la nada y el todo.



II



Volveré a las calles de siempre, solo,
y a golpes de silencio descubriré
la lluvia en sus aceras, los azules
del tiempo en la piedra. Volveré, solo,
a escanciar las nubes grises de otoño.

Será su risa un astro o la marea
de unos labios que buscan otros labios,
la claridad del agua en las acequias,
el broncíneo destello de la luna,
un bosque misterioso de nenúfares,
la lentitud del beso en los crespúsculos.

Será su luz la luz del nuevo día,
la esencia de la noche en los espejos,
el latido del verso entre las manos,
un beso, lluvia, aire, cristal o llama.

Volveré a las edades de arcilla
para contar contigo las estrellas
y el fuego de su luz en el espacio.

CLEMENTSON, CARLOS

CARLOS CLEMENTSON: UN MAR DE VERSOS


Los hombres son su obra y no su fama.
José A. Santano


Cuando la luz crepuscular se oculta tras el horizonte de una mar en calma, otro tiempo vuelve a la memoria. La lluvia, en las estrechas y empedradas callejas de la judería, espejea como infinitos y diminutos cristales. El intenso aroma de las pieles y el olor a castañas recién asadas inundan ahora la estancia. El campanario crece y crece ante los ojos dispuesto a alcanzar el cielo, de fuego y sangre herido. La noble piedra de la Facultad –santuario del pensamiento y la palabra-, impertérrito testigo del tiempo y sus silencios, como fúlgido bronce nace en los atardeceres de invierno.
Otro tiempo vuelve en esta hora. El profesor camina lentamente, con la mirada fija en la acera, el paraguas en la mano diestra y la cartera bajo el brazo de la izquierda. Su pensamiento va de un lado para otro, incansable, como si en ello le fuera la vida. El profesor camina sin prisas, como siempre. Y como cada día, al salir de casa, le asaltan los sueños y en ellos se oculta, y entre un paso y otro, silencioso, en ellos se abisma, libre y plácido. El profesor, en su inmensa soledad, escribe. Escribe sin parar, como un poseso. Escribir es su vida, su vida, un mar de versos.
Es la hora convenida. Anochece en las callejas de la judería. Aromas de fritura y vino traspasan el umbral de las tabernas. Como en los antiguos zocos, los mercaderes recogen las mercancías, y todo se oscurece.
El profesor, en su inmensa soledad, camina lentamente por las estrechas y empedradas callejas de la judería. A solas, él y sus sueños.




Ahora, el profesor al amigo acompaña, y éste le enseña un verde mar de olivos, la tierra en sus matices de ocres y grises, la piedra de los conventos y castillos que allá en lo alto, en el cerro, existe desde antiguo. Ambos recorren el laberinto de calles de la Almedina, y por los tres arcos de la Villa –Consolación, Santa Bárbara y Oscuro-, entran en salen, como se hiciera en un tiempo ya lejano. Y allá, en la cima, divisan el blanco caserío, y sobre el viejo alminar, el campanario de la Iglesia que llaman de Santa María La Mayor. Allá en la cima el tiempo se detiene, y el profesor lo sabe, y no le importa. Braman los silencios y la luz, que colma de destellos cada esquina.
El profesor se sabe prisionero en Iponuba –recuerda así otras aventuras literarias que nacieran en estas tierras-, cautivo de su belleza, que bien cantara en verso alejandrino. Iponuba, íbera y romana, universo y paraíso. Iponuba viva, solar de la palabra.
El profesor camina lentamente sobre la piedra milenaria hasta perderse en la infinitud de la noche y sus silencios. Y en los silencios, el bosque verde y plata de los olivos. Y de nuevo el nombre, que el aire mece entre sus labios: Iponuba. Y de nuevo la vida recorriendo la tierra preñada de olivares. Iponuba en el sueño. ¡Iponuba, Iponuba!
El profesor al amigo acompaña, y con él camina lentamente, por la judería del Corralaz, y el añorado barrio de San Pedro, y en cada calle o plaza un nuevo paraíso. Y así, un día tras otro, incansables, señorean su amistad, imperecedera. Así hasta alcanzar el alto Minguillar, desde donde se divisan los sempiternos olivos, y las antiguas torres del castillo, y el pinar de la ladera y la piedra milenaria de Santa María, y el blanco caserío que caprichosamente se dibuja en tan alta y noble cima.
El profesor y el amigo, fijas las mirada del uno en el otro, callan y dejan que los versos sean voz en esta tierra de extensos campos de olivos. ¡De olivos y olivares!




IPONUBA ENTRE OLIVARES

A Carlos Clementson, por y para siempre maestro.


Recorrí los extensos campos
de olivares, las montañas;
navegué por mares y ríos
hasta hallarte de azul y piedra;
anduve por la selva oscura
de los silencios y el clamor
de sílabas y soledades
que tu nombre dejara siempre
en mi pecho de ola y ceniza,
en mis manos de sangre y fuego
en las edades de la arcilla,
en los olivos milenarios.

Quiso la lluvia ser espejo
en el Minguillar –Iponuba-
alto y altivo, fiero en olivos,
solar de magnas soledades,
secreto templo, claro río.

Quiso el olivo perpetuarse
en tan noble tierra, Iponuba,
y dibujar sobre sus lomas
el verde color de tu nombre,
amigo y profesor, poeta
de los olivares y olivos.