viernes, 8 de febrero de 2008

CALLEJEROS

Anduve largo rato por el Paseo, pues era costumbre visitar la ciudad llegada la hora. Me aguardaba el azul del cielo en las esquinas y el aroma de las palmeras recién podadas, y el silencio de los pájaros, y la bella figura de las sombras en la tierra. Me esperaba el destino con la luz de sus galas. Me esperaba la herida de los días sangrando en mis entrañas. De nada sirve esconderse del grito, y desde entonces vivo en la cima del faro, oteando la vida. Mas en las calles encuentro la razón de otras vidas que siguen los pasos del olvido y su sino. En ellas habitan decenas de seres anónimos, exiliados del mundo.
Los callejeros, por darles un nombre, son como el viento o las nubes, nómadas del tiempo. Callejeros por ser su vida las aceras colmadas de gente, de escaparates y sonoras campanas.

AGUADULCE ( y III)

Aguadulce, calma luminosa. La otra Aguadulce, la desconocida, la ausente y deseada, la enigmática y hospitalaria. La otra, la que retuvo en su retina el intelectual, el arquitecto, el político, el socialista Gabriel Pradal. La otra, la vivida en el silencioso barranco de las Adelfas junto a sus seres queridos. La otra, aquella que habita en la memoria, y se engrandece con la distancia del exilio en Toulouse. O aquella otra de La Franqui Playe que gozara Kalinka Pradal, tan parecida a la suya, la de siempre, la soñada en las noches de invierno, la que ardía en su corazón y en su garganta, la del barranco de las Adelfas de Aguadulce. La que nunca olvidaron desde la Francia del exilio y la desolación, la soledad y el olvido. La mar de los juegos y el pensamiento, la que arrebata la vida en la distancia, siempre la Mar, con mayúscula, la Mar del Sur, su Sur, aquel que diseñara con columnas de sueños y arquerías de esperanza. Y en ella, Aguadulce de nuevo, como grito que se rebela contra tanta estultucia, contra la sinrazón del poderoso cemento y el súbdito ladrillo. Aguadulce en los labios encendidos de la palabra serena, solidaria. Aguadulce en Pericles, Pradal, y viceversa, como un fuego que nace en los acantilados, en las olas y en su cresta se eleva hasta alcanzar el paraíso de todos, antes que el suyo propio.