martes, 5 de febrero de 2008

AGUADULCE (I)

El tiempo no pasa en balde. Los años se suceden con la rapidez del rayo, y cuando quieres darte cuenta los días se han convertido en años. Ahí es nada. Y los años en décadas, y así los recuerdos te llegan desde la lejanía más dramática. Tiempo atrás, quizá dos décadas, pisé esta tierra, este lugar de playa y sol, abiertas ya sus puertas y ventanas de par en par para el turista. Sin embargo, todavía en aquellos ya lejanos años, Aguadulce guardaba el sabor de las aldeas o pueblos marineros, el perfume salino y la luz azulada del mar que baña sus orillas. Sólo afeaba el paisaje, unos gigantes de hormigón y ladrillo que se levantaban muy cerca o medianamente alejados de la playa. Una carretera, hoy convertida en un sucedáneo de bulevar, dividía el norte del sur, a los ricos de los pobres, por decirlo de una manera gráfica. Hoy, veinte años después, esa misma diferencia está más acentuada, si cabe. El poder municipal lo ha hecho posible, distinguiendo a los unos y olvidando a los otros. El egocentrismo de los nuevos ricos del norte -médicos, docentes, funcionarios, etc.- ha marcado un antes y un después. Las pistas de padel han absorvido a los espacios deportivos públicos, practicamente abandonados a su suerte. Las grandes casas se pavonean en el paisaje ajardinado de sus miles de metros cuadrados.

Una fiebre constructura ha deteriorado en pocos años lo que tanto le costó mantener a la propia naturaleza. La inexistencia de zonas verdes y deportivas es un drama que el paso de los años recordará a las generaciones venideras. La destrucción de los acantilados por el fervor ciego en el devastador ladrillo pasará factura un día no muy lejano. Demoledora la fotografía de las viviendas en las faldas de la autovía, y así todo un rosario de sinsentidos, de analfabetismo urbanístico y político de quienes abusan del poder otorgado por sus habitantes.

Si venimos de Almería el espectáculo está servido, pues después de atravesar un escenario impresionante de túneles, cornisas, paredes verticales y fortísimos escarpes que se adentran en el mar, llegamos a Aguadulce. Mas tampoco la carretera del Cañarete, que así es como se conoce, presenta ya estas condiciones naturales. Poco queda, pero confieso que, para mí el fulgor de amaneceres en el trayecto que me separa de Almería. No hay nada más bello que un amanecer marino. Menos mal que, por ahora, nadie puede apropiarse de este maravilloso espectáculo natural. En algo tendría que salir favorecido, después de todo, yo también pago mis impuestos puntualmente.

HOY, LA MAR...


Hoy, la mar estaba en absoluta calma. Su silencio me trajo otros silencios que el tiempo me había escondido seguramente para no alarmar mi ya por sí decrépito cuerpo. Nadie había en la playa, en su arena dorada ni en sus aguas de un azul intenso. Nada parecía igual que antes. Y aunque el paseo siempre es agradable por el palmeral, hoy he sentido un dolor desconocido en el pecho, y me he asustado tanto que he detenido el paso y me he sentado a tu orilla. Tú me has hablado en una lengua extraña, y por un momento he creído habitar otro planeta, como si hubiera viajado a través de un oscuro y silencioso túnel, como si de pronto todo nada fuera. Todo sucedió tan veloz que no pude reaccionar, aunque, y ahora que lo pienso, tampoco hubiera servido de nada. Las cosas ocurren porque tienen que ocurrir, porque el destino de un hombre nadie lo conoce, ni lo intuye... La mar está ahí, hablándome en un idioma que desconozco, pero que aprenderé con el tiempo, estoy seguro. Nada ni nadie puede separarnos ya. Nuestra unión es la misma sangre, la suya y la mía ungidas en la soledad de la noche. Ella y yo somos un mismo ser, una única voz, un grito que se eleva hasta alcanzar la cima del abismo o el fondo de la luz. Ella y yo, por siempre en los silencios del cosmos, en el eco de los sones del agua, en las nubes lunares, en el aire o el fuego.
Hoy, la mar...