domingo, 3 de febrero de 2008

Un domingo más


Un domingo más. Un día más que se escapa por la rendija de una puerta o una ventana. El tiempo, de nuevo, golpeando mis sienes. La voz de los atardeceres de domingo, aquella que incendiaba los días ya lejanos de mi infancia en la calle Alta o ésta que ahora se acomoda a los silencios de la estancia en que, como es habitual, me hospedo para escribir, para leer mientras escucho el sonido de un piano, o, simplemente, para pensar, sin más.


Un domingo más que las sombras me visitan, los fantasmas, los duendes o las hadas, los demonios y los ángeles, la nada y el todo, como si hoy fuera el último domingo, mi último domingo. Es este momento, este instante, único. Por él soy poseído y sólo a él pertenezco. En esta habitación me hallo, en sus silencios de acantilado y olivar, al calor de los estantes repletos de libros, en la luz del flexo que alumbra la escritura.

Un domingo más para sentir la tarde en su desvalimiento, para mirar la oscuridad de frente, para huir del poder y sus secuaces, para vivir cada segundo de esta vida como si fuera el último.

Un domingo más, y ya es bastante.

Medina Azahara o la Ciudad Mítica


Música y pena teje el ruiseñor oscuro. Y alguien,
para quien es luz y dolor la vida, queda en la noche
oyéndolo inmóvil, solo, mudo.
Ricardo Molina


A Paco Losada y Loli Puebla, por su amistad.

Celeste es la agonía del camino,
un vasto imperio de lenguas y razas
venidas de los confines del mundo,
la paz, la luz que aguarda en cada esquina.

Verde es el silencio de la retama,
de los olivos y estanques, del agua
que corre por las acequias del huerto
y a tarde sabe a los pies del madroño,
a sangre y lodo, a besos fugitivos.

Del color de la arcilla, la tristeza
que siento cuando ya ciego no alcanzo
los fulgores del día en tus desnudas
columnas, en tus arcos y atauriques;
la soledad que me abruma en esta hora
breve de la vida que junto a ti hallo
después de trasminar este recinto
y descubrirme vencido y náufrago
de no ser tú mi amor y compañera
en este viejo paisaje del Monte
de la Desposada y del infinito
Valle del Guadalquivir. A la hora
del solsticio de los sueños y el fuego
en ti resido, por y para siempre,
siempre en tus ruinas, solo, mudo.