domingo, 14 de diciembre de 2008

LA CARTA

La letra era inconfundible. El trazado de cada vocal y consonante sobre el papel blanco del sobre solo podía ser de una persona, muy querida para mí, lejana ahora pero que en otro tiempo compartió conmigo, y yo con él, muchos momentos que ya han quedado grabados para siempre en la memoria y en ella campan, inolvidables. Me había llegado una carta, algo casi inexistente ya en el hábito de los españoles. Sin embargo yo, un privilegiado del género epistolar, había recogido del buzón el correo existente, con la grata sorpresa de la carta de mi tito Manolo, nonagenario ya pero con la lucidez necesaria todavía como para escribir una carta. ¡Qué mérito y qué ejemplo! Con toda seguridad que nosotros, tan maravillosamente agasajados por la sociedad de las nuevas tecnologías y la información no llegaremos a tanto, ni siquiera a su edad.
Noventa años cumplidos y una letra admirable; cierto que con alguna falta de ortografía, pero no lo es menos que perdón solicita por ello en las últimas líneas, encima que la única escuela que conoció fue la de trabajar de sol a sol en el campo primero y, luego, con los años, en los albañiles, en la recogida de la uva en Francia, en las aceitunas... Él, humilde defensor de la democracia durante la República, represaliado por el Régimen de Franco y condenado a trabajos forzados en los campos de concentración que poblaron las tierras de España... Él, que lleva con orgullo haber sido sargento republicano, con la humildad que siempre le caracterizó y con su bella y recta grafía manchando la blanca cuartilla, me da las gracias por recordarle y me cuenta, con sencillez sus recuerdos.
De la guerra del 36, dice, son tres cosas las que quiere contarme, las tres buenas, claro. La primera que se fue al frente el año 37 para defender junto a sus compañeros la Libertad que la derecha siempre les negó y aunque esa libertad tardó muchos años, llegó; la segunda que, por muchas balas que le tiraron ninguna le rozó y que nunca podrá olvidar cuando reconocieron a los sargentos de la República una paga, y la tercera, la alegría de haber formado desde el año 1964 parte de nuestra familia al casarse con mi tita Lola.
Es ésta una carta sencilla, venida de tierras aragonesas, las que ahora le acogen. Al leerla no puedo sino sentirme muy orgulloso de mi tito Manolo: un hombre bueno, cabal donde los haya, defensor a ultranza de los derechos humanos, solidario siempre, nonagenario y lúcido aún, querido por todos.
No es ni ha sido ésta una carta cualquiera, no. Esta escueta pero precisa epístola llega con la fuerza del trueno para ser, de nuevo, la voz del pueblo humilde y trabajador, sin más. ¿No les parece grandioso?

domingo, 7 de diciembre de 2008

LA CHANCA Y GOYTISOLO


Causa sorpresa que quienes ostentan la vara de mando y todos los sacristanes que les secundan –gentes de cerebro gris-, mediocres y pancistas de bien vivir, filibusteros y pícaros en general sean blanco de la noticia antes que quienes por su trayectoria, coherencia, intelecto, sabiduría, honradez y buen hacer profesional deberían ser el centro de atención por excelencia. Cuando escribo esto estoy pensando en Juan Goytisolo, reciente Premio Nacional de las Letras. Confieso que no le conozco personalmente, que nunca intercambié una sola palabra con él, pero a veces solo con mirar a los ojos a una persona es suficiente. Eso es justamente lo que me ha ocurrido a mí con Juan Goytisolo, con independencia del reconocimiento que su obra me merece.
Decía, volviendo al hilo de la escritura, que a veces basta con mirar fijamente a los ojos de una persona para saber de él. El problema, el gran problema de hoy es que estamos demasiado pendientes de nosotros mismos como para mirar a quien tenemos enfrente. Vamos muy rápidos y cuando queremos darnos cuenta es demasiado tarde. Hemos perdido la buena costumbre de mirarnos a los ojos mientras hablamos; no hay contacto, no sentimos al otro. Su presencia nos es tan ajena como lo pueda ser Marte.
Sin embargo, la excepción –dicen- confirma la regla. Sirva como ejemplo el protagonizado por los escolares del Colegio La Chanca. Ellos, que también han sentido la presencia del escritor, que le han mirado a los ojos, le han besado, caminado junto a él por su barrio, que viven en el deseo de un nuevo encuentro y le han sentido muy adentro, le llaman amigo y lo felicitan como mejor saben hacerlo: con el corazón y en una pizarra. Ellos quieren leer todos sus libros, y ser unos grandes lectores y escritores, como él. Mas Juan Goytisolo no es sólo el escritor, es el hombre comprometido con sus gentes -provengan de donde provengan- y con su tiempo.
No sé si alguna vez tendré la oportunidad de conocer a Juan Goytisolo en persona, espero que sí, pero si así no fuera, siempre diré que me bastó mirarle a los ojos para sentirlo cercano. Tan cercano como lo está en la fotografía que ahora contemplo: él en el centro, rodeado de niños y niñas del barrio de La Chanca, su barrio. Juan, con los brazos sobre las caderas, los mira atentamente, escucha sus explicaciones. El tiempo no existe. Juan Goytisolo entre todos y con todos. El escritor y el hombre, inseparables.
Juan Goytisolo en el silencio de las noches de Marrakech y de La Chanca, en la soledad de la mar, en los espejos del alba.