miércoles, 26 de noviembre de 2008

TALLERES


Desde hace unos seis o siete años la moda de los talleres de escritura se ha implantado en España. Crecen por doquier estos talleres en los que se pretende, por un precio nada desdeñable y unas horas, enseñar a los asistentes a escribir correctamente poesía en unos casos y prosa en otros. Se anuncian estos santuarios para nuevos escritores en Internet, en las páginas de los periódicos más prestigiosos, en las Universidades, en las bibliotecas o en los lugares más insospechados. En ellos, el ponente o profesor, que a veces es un escritor y otras algún joven licenciado en Filología, enseña, en un tiempo excesivamente corto, las reglas fundamentales para una escritura correcta. El perfil de quienes se acercan a este tipo de enseñanza es variado: desde el estudiante universitario hasta el jubilado. Asisten a estos talleres con la esperanza y el deseo de poder alcanzar un estatus social que en los últimos tiempos se ha puesto de moda en nuestra sociedad: escritor. Y es curioso, porque esta digna y noble profesión que siempre fue silenciada, en el mejor de los casos, y denostada, en el peor de ellos, parece que ahora remonta el vuelo para convertirse en un hecho trascendente, relevante.
Hoy, en los albores del siglo XXI, ser escritor es un signo de distinción social. De ahí que sean muchas las personas que se acercan a estos talleres de creación, en la creencia que encontrarán la varita mágica, o que, incluso, se les desvelará los secretos de la composición poética o narrativa. Acuden a los talleres con la convicción de que en unos días habrán aprendido lo que otros tardan toda una vida. Pero para ser escritor, un buen escritor, que de eso se trata, supongo, hace falta mucho más que unos días y una determinada cantidad de dinero. Es posible que en estos talleres se alcancen algunas habilidades, pero entiendo que el proceso de creación de una obra literaria, sea poética o narrativa, necesita de esfuerzo, tiempo, meditación, infinitas lecturas, conocimiento de la lengua, etc.
Vivimos un tiempo de extremada confusión. Todo se sucede con la velocidad del rayo; el éxito y el poder la meta, sea cual sea su precio. En el caso que nos ocupa, el de ser escritor, también.
Para ser escritor, además de la técnica y el dominio del lenguaje, hace falta algo imprescindible, alma. Se podrá escribir correctamente un poema o una novela, pero si una u otra no conmueven al lector, de nada habrá servido la técnica.
Escribir es vivir en cada personaje su propia vida hasta las últimas consecuencias; encadenarse a sus sentidos hasta dejar de ser uno mismo para ser el otro. No existe escritura sin entrega, sin alma.

domingo, 16 de noviembre de 2008

LA UNIVERSIDAD


Nunca le abandonó la necesidad de conocer, incluso ahora que, cumplidos los cincuenta años, había decidido matricularse en la Universidad. Aún hay tiempo, se decía a sí mismo una vez y otra, convencido de que el deseo, la voluntad y la constante y creciente curiosidad que le caracterizaban harían el resto. Volver a la Universidad después de tantísimos años era todo un reto, y el tiempo, su principal enemigo. Primero tendría que cumplir con su jornada laboral, luego con sus obligaciones familiares, y, finalmente, robarle horas al sueño para estudiar.
Sabía bien que su aventura universitaria no sería fácil, y a pesar de todo, estaba ilusionado. Los ojos le brillaban con una intensidad desconocida. Le temblaban las manos con solo pensar que en ellas se alojarían, después de tanto tiempo, los libros de texto, como cuando era joven y acudía al Instituto, con la diferencia de que para este viaje tendría como compañera a su propia soledad.
El primer día que acudió al campus se ruborizó un poco, incluso dudó de haber actuado correctamente. Por segundos tuvo la certeza de creerse rematadamente loco. Entre ellos él, que doblaba sobradamente la edad de aquellos pipiolos; sintiéndose observado por todos desde la más absoluta indiferencia, como si no existiera realmente. Aún así, volvió al día siguiente para completar la matrícula. Los días sucesivos los empleó en contactar con los profesores para concretar las tutorías. Cuando quiso darse cuenta ya era un nuevo alumno de la Universidad, y se sintió afortunado, descaradamente afortunado.
Había soñado tantas veces con aquel momento que le parecía imposible estar allí, en el campus de la Universidad, en su biblioteca, en las aulas (aunque no pudiera frecuentarlas como el resto de los alumnos). Allí, con el único deseo de aprender, de descubrir y aplicar luego los conocimientos. Sin prisas pero sin pausa.
Ajeno a los dimes y diretes, que los habría, la Universidad comenzó a ser su único refugio, y su horizonte. Había encontrado una nueva razón de ser, un nuevo mundo. El saber como meta. La luz del conocimiento como guía. Ahora tendría que comenzar desde cero y no sería fácil, pero nada de esto le importó. Consciente de hallar en el camino cientos de obstáculos, no desfalleció, todo lo contrario, se sobrepuso a ellos y con denodado esfuerzo fue conquistando su gran sueño.
Hoy, sexagenario ya, deambula por el campus universitario, solo y silencioso. El eco de una voz le susurra al oído: ¡Universitas... In lumine sapientia!