sábado, 27 de septiembre de 2008

EL SACERDOCIO DEL ARTE


Atardece en la estancia. Los libros forman poderosas columnas en los anaqueles. El sonido de los violines traspasa las paredes y la ventana en un canto indescriptible. En unos segundos distingo la voz de la soprano. Interpreta el trigésimo noveno movimiento de la Pasión según San Mateo, de Johann Sebastián Bach. Conmovedor, extraordinario. Maravilla de las maravillas. La música adentrándose en las profundidades del ser. A solas con la oscuridad y la luz, ensimismado en el caos de su propio yo, el arte crea formas y signos, se sumerge en la mar del pensamiento hasta encontrar el origen, la razón primera de su existencia. El todo y la nada convergen entonces y el artista, sumido en la abstracción de cada día, va creando su propio mundo, el universo de su ser en connivencia con las musas que merodean por la casa y un rincón de ésta donde sólo existe un único paisaje, una sola vida.
Atardece en la estancia aromada de óleo. Las manos asidas a la paleta. Los pinceles van dejando su rastro sobre el lienzo blanco, y las manchas de color van transformándose en figuras, rostros, sombras y luces que la memoria crea y recrea en el instante preciso.


El pintor ahora está ausente, viaja hasta su infancia en Albox. Recuerda sus primeros años en casa de sus abuelos maternos, en el número 40 de la calle Concepción del Barrio de La Loma. No sería la calle uno de sus lugares preferidos, porque poco la pisó, si acaso en contadas ocasiones junto a dos o tres niños con los que compartía la afición de jugar a las palas y los camiones. La infancia de Andrés García Ibáñez fue muy distinta a la del resto de niños. Él prefirió el Taller de su abuelo José Ibáñez, “un lugar imprevisible...”, “siempre era un sitio nuevo, donde mi abuelo hacía de relojero, pintor, tallista, dorador” –recuerda Andrés-; también la papelería Iris, de su tío; dos espacios que influyeron decisivamente en su vida. Durante aquellos años Andrés comienza a dibujar. Copiaba láminas de Freixás, reproducciones de pinturas del museo del Prado que el abuelo le facilitaba. Hasta los seis años vive con sus abuelos maternos, dibujando sin cesar y aprendiendo las buenas artes del abuelo José, que lo mima y le aconseja como si se tratara de un discípulo: “tú ten en cuenta que a ciertas alturas los borrones son pinturas” –le diría cuando Andrés se disponía a pintar su primer mural. Antes, ya había pintado todo lo que se le ponía por delante. Tendría doce o trece años cuando pintó sus primeros óleos y exponiendo con once sus primeros dibujos en el salón parroquial de Albox.
Abandona Andrés el hogar de los abuelos para ir a la Escuela “Antonio Relaño”, de Olula del Río, donde viven los padres, aunque todos los veranos volvería a Albox, al taller del abuelo, su valedor. Pero Andrés es un artista desde incluso antes de su nacimiento. Una especial sensibilidad lo aparta de los lugares frecuentados por el resto de niños. Sus vivencias artísticas van calando en su interior hasta el punto de comenzar a pintar al óleo a los grandes pintores españoles: Goya, Velázquez, Rembrandt y el Greco. A los dieciséis años inicia el camino de la creación artística y que no dejará ya, a excepción de algunos paréntesis temporales, exponiendo por primera vez un año más tarde en la sala de Exposiciones de Unicaja, en Almería.


A partir de este momento (1989) García Ibáñez comienza una carrera fulgurante, exponiendo su obra por lugares diversos de España y alcanzando con su obra “Dánae” el primer premio en el concurso “Jóvenes pintores andaluces”, de Unicaja. En los siguientes años, alternará la creación pictórica con los estudios de Arquitectura Superior en la Universidad de Navarra. Murales en 600 metros cuadrados de la bóveda de cañón de la Basílica de la Esperanza de Málaga, un gran lienzo en la Plaza de San Pedro en la ceremonia de beatificación del obispo de Almería, Diego Ventaja Milán; el popular lienzo de “Los Baquillos” u otras obras como “María”, “Raquel” o “El jardín de las bacantes”, serán obras de su viaje iniciático. A éstas seguirían otras como los ocho lienzos gigantescos para el retablo principal de la nueva Catedral de San Salvador en la República de San Salvador y exposiciones varias en Olula del Río (antológica); en Madrid, Sala Alcolea; en Barcelona Sala Nonell y en Londres, Sala Roy-Miles.


Pero Andrés García Ibáñez, no harto con todo lo anterior decide poner en marcha uno de sus sueños: la construcción de su propio museo, que denominará Museo Casa Ibáñez y en el que sus visitantes puedan apreciar su obra y las de otros autores plásticos. Diseñado por él mismo, el Museo Casa Ibáñez refleja un estilo posmoderno en el que conjuga lo clásico con lo contemporáneo y que recuerda a la antigüedad clásica y romana, la árabe; en definitiva, todo un modelo mediterráneo. En él hallará el visitante un espacio abierto, desnudo y lumínico en el que el arte está presente siempre y en todo lugar. Será a partir del año 2000 cuando Ibáñez aborda la creación de una obra propia a través de unas series que muestran su rebeldía; no cabe duda –comenta- que mi actitud rebelde ante la vida salpica, como no podía ser de otra forma, a mi proceso artístico. El arte es una actividad que surge de la necesidad y de la enfermedad, si no hay obsesión no hay proceso artístico; el arte no conoce reglas, es expresión del talento, surge de repente y no depende de parámetros medibles –sentencia-.


Los temas que trata en su obra son sus propias preocupaciones o angustias; una rebeldía responsable y reflexiva que le lleva a enfrentarse artísticamente a la más recalcitrante tradición española. Ibáñez no es un ingenuo, es un pintor, un artista que ha sabido dotarse de pensamiento, de inteligencia para salvar los muchos obstáculos que esta sociedad hipócrita y pacata ha ido poniendo en el camino. Y así, con su serie La falacia del signo nos muestra un universo que para muchos, posiblemente todavía, debería ser intocable, pues en su obra principal “La muerte de Dios” rompe con los cánones tradicionales para descubrirnos un nuevo y fuerte simbolismo. Todas y cada una de las series creadas por Ibáñez (Almería, Paisajes españoles, Mitologías, Retratos y paisajes ingleses, La vida contemporánea, Beethoven, Mujeres, Los mitos femeninos, Rita, Centroamérica, Prèt’ à porter, Venecia, La falacio del signo, Mediocres, Cutrez y Putrefacción, Manolas y penitentes, La masa, Vanitas, Maried. La imagen de Eros, Retratos reales, Retablos... ) –además de su obra escultórica y fotográfica- son, sin duda, la expresión deslumbradora de su talento y de su estética. Ibáñez no se detiene ante la mediocridad que le rodea, todo lo contrario, se crece ante la adversidad y muestra su desnudez, convencido de que la libertad es el único camino hacia una sociedad más justa y solidaria.
Prueba de todo lo dicho es su vuelta a la representación pictórica de la muerte y su simbología. Ahora estoy pintando cadáveres de animales o trozos de esos cadáveres –dice Ibáñez-; el motivo es mi convencimiento de que somos naturaleza muerta, cadáveres humanos –concluye. Ni qué decir tiene que Andrés García Ibáñez es un artista comprometido con su tiempo y la sociedad en la que vive; inconformista y rebelde, crítico, a veces irreverente, a veces sarcástico.


Cuando se define a sí mismo, dice ser un trabajador que no escatima esfuerzo y trabajo, que asume la disciplina sin dolor y hace lo que haga falta, porque para Ibáñez, el arte es un sacerdocio, añadiendo a renglón seguido que se considera un hombre con suerte por tener una mujer que lo entiende y respeta en este aspecto. Y no le falta razón, como tampoco la perseverancia necesaria para alcanzar sus sueños, como lo hicieron aquellos otros artistas del renacimiento que como él no escatimaron esfuerzo y tiempo. Aunque víctima de un olvido inmerecido, Ibáñez no se amedrenta, pues en el fondo sabe –sabemos- que la inteligencia vencerá a la mediocridad siempre.

Mientras escucho el trigésimo noveno movimiento de la Pasión según San Mateo, de Johann Sebastián Bach, una imagen se repite sin cesar en mi memoria. Es Ibáñez que se autorretrata. En el lienzo manchas de colores fríos (los grises y los azules). El cuerpo se muestra desnudo y putrefacto, como si quisiera escrutar toda la parte oscura que llevamos dentro.

Sin embargo yo, desde la cercanía del mar y sus silencios, veo al niño que nunca fue, jugando con las olas en sus manos, ensimismado, ajeno a todos y a todo, endemoniadamente libre.