miércoles, 30 de abril de 2008

ASOMADO AL INVIERNO



O todos o ninguno. O todo o nada.
Uno sólo no puede salvarse.
O los fusiles o las cadenas.
O todos o ninguno. O todo o nada.

Bertolt Brecht

a Antonio Muñoz Zamora (superviviente campo nazi de Mauthausen).

In Memoriam



Me acerqué aquella noche hasta su casa
como un sonámbulo, muy lentamente,
al tiempo que las calles, frías y húmedas,
vertían mosaicos de espejos, luces
de infinitas soledades, de inviernos
obscuros y dolientes en mi rostro.
Una alfombra de hojas amarillas,
de silencios anónimos se ocultaban
tras la densa niebla del olvido, gris
como la edad fundida a mis cartílagos,
la misma que asola campos y sueños.
Hoy camino por vastas geografías
y lluvias monocordes, por océanos
de sangre y fuego, por sórdidas cárceles
y cuerpos desnutridos y hacinados;
hoy, después de oír sus voces mustias,
me persiguen las sombras del pasado,
la triste melodía de otras edades,
los días con sus crespones de luto,
el ácido silencio de la historia
que arremete contra todos y todo.

Hoy te he visto, apoyado en los silencios,
cruzar la calle muy despacio, trémulo,
apurando los rumores del día
y he sentido el vuelo de los ángeles
como un aguijón de muerte en los párpados
de la noche y los altos cipreses.
Hoy, te he visto, y en ti, los negros peldaños
del desvalimiento –caústica agonía-,
y uno a uno he contado con los dedos
manchados por la sangre y el tormento
cada cuerpo caído en la espesura
selvática del odio y la barbarie.

Entonces recordé que tus orígenes
de sal y espuma avivaban el vuelo
de los pájaros, los sonidos del aire
en las mañanas de la calle Estrella,
allá en la Almedina laberinto,
nido y haz de sueños y quimeras,
en cálido abrazo con los licores
y el vino oferentes de Casa Teba,
o las fragancias de la oscura tinta
impresa en áureos pliegos de papel.

Recuerdo que tu nívea presencia
viaja conmigo a Orihuela, Albacete
y al frente del Jarama entre aullidos
monocordes de balas homicidas;
que en Brunete la sangre es un hervor
en tu antebrazo; que te espera el agua
del Ebro y la orilla de Gandesa,
la voz de un silencio tras otro, la luz
del ocaso en las pupilas y el alma.
Recuerdo tu soledad en Argelès,
la humillación en tu lecho de arena,
las noches de duermevela y congoja
sesgándote la piel y las ideas,
arañando la juventud del sueño.
Y allí en la playa, en la dura almohada
del desamparo, insomne, descubrías
la doliente mirada de otros seres,
de otras vidas sin vida en las pupilas,
sin sueños ya, sin patria ni memoria.

Luego, tu carne apresada a otra carne
en un abominable vagón de tren,
inmóvil, asfixiado en el hedor
de otros cuerpos vencidos, moribundos;
sólo carne, espuria piltrafa humana
camino al matadero de Dachau.
Y vendría el infierno de Mauthausen:
ciento ochenta y seis peldaños de espanto
y muerte, el horror de noches y días
sintiendo el gas asesino en el aire.
Con el paso del tiempo, otros infiernos
en tu Francia adoptiva y en tu natal
Almería, otros silencios, otra paz
más dolorosa, un pacto de esperanza
para seguir viviendo como humano
lo que otros mancharan con sangre y fuego.

Volverías, con el paso del tiempo,
a la razón del ser, eternamente.

lunes, 21 de abril de 2008

LA GALLINA CIEGA


Vendar sus ojos tan azules como la mar que baña esta orilla fue algo mágico. Luego, después de que la oscuridad se convirtiera en el único universo existente, la desnudez de su cuerpo iluminó la estancia. Aquel resplandor cegó a quienes contemplaban silenciosos tanta belleza. En cambio, hubo quien no sintió nada, y con los ojos vidriosos de ira salió del lugar raudo y despotricando de unos y otros, escupiendo palabras y vomitando insultos. La pobreza de su mirada no pudo captar el verdadero sentido de aquel espectáculo de luz y materia, de lienzos y mármoles, de blancos y negros, y rojos, y amarillos, y paisajes convocados del futuro, cristales y arcilla, maderas y tela, papel y bronce...Todas las miradas al frente, buceando por las entrañas de la materia y del espíritu, conquistando nuevos reinos para el sosiego y la paz que todos deseamos perpetuar en lo más profundo de nuestro ser. Ahí estaban todos, hombres y mujeres, objetos, la nada y el abismo, el todo y el paraíso. Y en cada uno una concepción distinta del universo, la diferencia como ley, la fusión de lo absoluto y la nada para ser más libres, más puros, más solidarios.

Vendar sus ojos tan azules como la mar, vendarnos los ojos todos, sin excepción, y dejar que el aire nos acaricie los labios llegada la tarde, que la luz de la mirada nos perfore la carne, que las sombras nos brinden sus silencios, que el trazado del pincel o de los lápices sea un rosario de sueños y quimeras, que el blanco y negro del pasado nos alerte de la noche y sus cuchillos...


Jugar a la gallina ciega en la negrura y la soledad de A Costa da Morte, en el olvido del Cortijo del Fraile, en la sangre de una pasión crucificada, en la blancura cúbica y solemne de la Chanca, en la pobreza secular de Andalucía, en la estulticia del poderoso, en la rancia tradición del nacionalcatolicismo, en la belleza marmórea de una sonrisa o en el dolor callado del miedo y sus fronteras.


Permanecer con la mirada atenta a los paisajes interiores del alma y sus aristas; alzar el vuelo hasta la cúspide de nuestra propia clausura, de nuestro destino global y único; abrir las puertas del conocimiento y la sabiduría a un tiempo sin límites ni barreras o abismarnos en nuestras propias miserias y contradicciones. Salvarnos los unos a los otros en el tránsito de esta vida. La magia de la soledad creadora, provocadora, libre y desnuda, esperanzadora, y en el Todo la gallina que nos observa, y que de ciega, nada de nada.

 
(Ilustraciones: Goya, Golucho, Ontañón, Antonio López y Noé Serrano)

domingo, 20 de abril de 2008

DE LA SABIKA Y LA ALHAMBRA



La Sabika es una corona sobre la frente de Granada,
en la que querrían incrustarse los astros.
Y la Alhambra (-¡Dios vele por ella!) es un rubí en lo alto de esa corona.

Ibn Zamrak

Juego entre mis manos con su piel de seda y albas
y en el silencio de la estancia preparo vino
y rosas, elixires y aromas del oriente;
pláceme sus consejos y plática llegada
la noche, y entre la mirada fija de las estrellas
y la cálida llama de la luna en el cielo,
ebrios se adormecen los sentidos y los sueños.

Mas nada temo en tu grande altura de colina,
ni nada quiero, que entre las hojas amarillas
del otoño en tus labios y de la luz dorada
de la tarde en tus cabellos, serenas residen
las oraciones, las palabras, los gestos; sean
todos en uno la dulce voz del almuédano,
el canto del gallo cumplido el tiempo, la edad
de los abismos en el incandescente mármol
de los surtidores, en los espejos del agua
o en el silencio de la turbación y sus círculos.

En tus pechos de nieve y sol habito, en la magia
de la seda y el blanco azahar, en los jazmineros
que pueblan los jardines y la noche perfuman,
y las alcobas de palacio y las pobres casas
de los labriegos de la vega, y las estrechas
calles de la medina ensortijada de luces,
de cristales e infinitos colores, de lluvias
y asombros en las riberas de la noche y el grito.

Juego entre mis manos con el fuego de tus labios
y a ellos me encadeno libremente, eternizando
la hora en que la llama del amor en brasas besa
la túnica sedosa de tu vientre y tu costado.

En mis dedos los tuyos, la vida y sus secretos.

martes, 1 de abril de 2008

LA HABITACIÓN SECRETA DE MANUEL FALCES



Declinaba la tarde en la Almedina. Lucía la calidez del crepúsculo en el laberinto de sus estrechas y solitarias calles. Ciertamente el lugar y la hora eran idóneos para un hombre, Manuel Falces, cuya pasión ha sido, es y será siempre la fotografía. En un par de ocasiones había tenido el placer de conversar con él, no mucho, es verdad, pero sustancioso en todas. Ahora era distinto, y hablaríamos de lo humano y divino, sin prisas, como al propio Falces le gusta decir, igual que la serena lentitud de sus pasos sobre el asfalto o las aceras, como si en cada uno de esos pasos le fuera la vida misma. Como “un tío muy raro” prefiere definirse al tiempo que ríe a carcajadas, y acto seguido sentencia, ampliándose en su autodefinición, como “una sombra, un espectro divino, no lo sé. Un pretérito indefinido, alguien que se está encontrando a sí mismo en cada esquina, en cada momento. Manuel Falces es, un sujeto que nació en Almería un 14 de mayo de 1952, hijo de María y de Manuel, en la calle José María de Acosta, al lado del cine Moderno…calle de personajes muy ilustres como David Bisbal (carcajea), su abuelo, Juan Asensio, la familia Beltrán,…cerca del jefe de falange, de un concejal del Partido Andalucista; es decir, Manuel Falces es absolutamente un potaje de personajes, que parecen haber salido todos de la caldera de Astérix”.


Ante mí, el hombre, el fotógrafo, el amigo, muchas vidas en una, pero en todas el mismo ser vital, enigmático a veces, silencioso otras, profundo y reflexivo, tolerante, claro y apasionado siempre. Por ello, cuando le nombras La habitación secreta (título de uno de sus trabajos fotográficos), él nos habla de ella, que dice ser aquella que todos poseemos, en la que nos refugiamos y en la que habitan todos los fantasmas, los ángeles y demonios, los poetas, el cielo, los actores, el cine, nuestras televisiones particulares, nuestra casa de muñecas, nuestros juegos de niños, nuestras noches de Reyes, donde habita absolutamente todo, todo, todo. Por ella (la habitación secreta) han pasado todos los duendes y todas las hadas, toda la memoria, y ha pasado la mitad de nuestra historia.


Manuel Falces sabe de la soledad del creador, en la que cree y se reconoce. “Los creadores son gente muy solitaria –sentencia-; siempre habita un lobo estepario en una persona que crea. Pero la soledad es algo entrañable también. Hay una soledad sonora, una soledad que grita a voces, que grita por las esquinas, grita calle a calle y verso a verso…La soledad es algo bellísimo... Esta historia de los comités, de las agrupaciones no se ha inventado para una persona que crea, no, yo creo todavía en el lobo estepario…”. Afirma Falces haber llegado a la fotografía “de la mano de su madre… la cámara oscura, sales de plata, las emulsiones, las sombras primero y luego las figuras; y ahora un mundo de píxeles, un universo absolutamente digitalizado, pero donde puede ocurrir de todo, donde puede pasar cualquier cosa y en cualquier lugar; la fotografía, ese instrumento mágico. Porque, el secreto de una buena fotografía está en los ojos, en la cabeza y en el corazón, sin eso la historia no funciona, y luego, la cocinilla –ríe-, el asunto dermatológico, la olla y lo demás de la cocina, el laboratorio, la alquimia…”. Enlaza esta palabra con el recuerdo hacia el que fue sin duda un verdadero alquimista, un mago, el fotógrafo Ruíz Marín. Como abogado, Manuel Falces lució la toga en infinidad de ocasiones, hecho que lleva a honra y a gala, aunque según él, la palabra parezca un poco goyesca-borbónica, la verdad es que no renuncia a ello. Durante muchos años los Aranzadi, los Boletines Oficiales y los ácaros del polvo de los legajos le pertenecieron también.


Y es que Manuel Falces es sobre todo un soñador, y como tal, allá por los años setenta inicia, junto a otros fotógrafos europeos e ilustres personajes (William Klein, Cartier-Bresson, Linda McCartney, Bryan Griffith, Sebastiao Salgado, Cristina García Rodero, entre otros) el proyecto IMAGINA, germen de lo que luego sería el Centro Andaluz de la Fotografía y del que fue director durante 17 años. Además de los ya nombrados, recuerda también a quienes, desde la sombra, le echaron una mano: José Ángel Valente, Juan Goytisolo; muchos sin duda, a la postre, un equipo absolutamente loco. No cabe duda que durante la etapa de director del CAF, Manuel Falces optó por una divulgación muy democrática de la imagen, llámese Talleres gratuitos, autores y obras de la alfa a la omega: “de cubrir –comenta- todo el abanico, todo el alfabeto de los mil nombres que tiene la fotografía”. Respecto a la nueva sede del CAF se siente satisfecho, porque con ella, dice, “Almería va a ser un referente de la imagen, y creo que es de justicia que esté aquí, y va a estar aquí, aunque ha costado mucho trabajo, ¡nadie puede imaginarlo! ¿Que yo no estoy? No pasa nada. Siempre tuve la certeza que en un sillón se está accidentalmente, que es lo contrario de lo que piensan muchísima gente que se dedica al noble oficio de la Administración Pública”.


Cuando hace una fotografía Manuel Falces dice ver un día entre los días, lo que te pasa por los ojos, la vida, también ese teatro, en cierta medida, porque no deja de ser literatura y la literatura tiene su dosis de poesía, de historia, de precisión, de matemática de los puntos y las comas; o sea, que tiene mil cosas. Al hacer una fotografía lo único que busco, posiblemente, es el enigma, el misterio, y sobre todo, la belleza, que es la única lucha que merece la pena.
El hombre está solo y vencido. Ya nadie recuerda su nombre, pero su nombre vive en los labios de quienes le amaron siempre, en sus imágenes en blanco y negro o de tenues colores. Su nombre está en las paredes de la habitación secreta, donde sólo los sueños cohabitan con los días y las noches, con las palabras que nombran lo innombrable y toman las aceras, y las calles, y las avenidas y plazas de la ciudad, su ciudad. Su nombre está grabado en la memoria de la historia, de la historia que se escribe día a día, en la soledad de una estancia cualquiera.


El hombre está solo en su impredecible ciudad, en el mar y los desiertos, buscando el cielo en el techo de su habitación secreta. Su nombre, Manuel Falces.
(Ilustraciones: Manuel Falces)