domingo, 23 de marzo de 2008

CAMPANAS DE BAEZA


II

Lo he visto en la puerta
de su casa, estaba quedo,
con la mirada en lontananza,
vigilante, en la cima del sueño,
esperanzado en conquistar la luz
de la palabra.

Lo he visto caminar
por las calles de siempre,
lenta y serenamente,
abstraído y libre.

Todos olvidaron su nombre,
y por si acaso, alguna librería
lo tomó como seguro reclamo,
pero no nos engañemos
sólo luce como símbolo
y al cambio en euros se convierte.
Hoy lo he visto como siempre,
serio y enlutado,
cubriéndose la cabeza
con el sombrero de fieltro;
solemnemente agarrado
a su inseparable paraguas.
Lo he visto y me he jurado
seguirlo hasta más allá
de los cerros de Úbeda,
ignorando al tiempo y sus silencios,
creyéndome el único vigía,
su única y certera sombra.

Hoy lo he visto
y he creído en sus versos,
y en su tristeza, de tal manera que,
         nada existe ya sin su presencia.

sábado, 15 de marzo de 2008

CAMPANAS DE BAEZA



I

A su voz
otra voz tañe el aire
de broncíneas campanas
y un cielo gris antiguo
abre sus entrañas de olvido
a la razón de otro tiempo
y otra vida en soledades ebria
por campos de olivos y aceitunas.

Nadie sabe ahora,
en el silencio de esta noche
de luminarias y piedra
dónde y cuándo apareciste
por vez primera
en estas calles y plazas
abiertas al aire y los crepúsculos.

De nuevo las campanas
-las campanas de Baeza-
y tu nombre golpeándome
las sienes, la memoria;
la voz del poeta
abriéndose como una flor,
como una sola campanada
en la cima de la magna torre
desde donde hoy revivo,
al caer la tarde,
la tristeza de otro tiempo
y otras ciudades.

Al día de hoy
sólo poseo la nostalgia
de unos pasos en la noche
solitaria, y un lejano sonido
de campanas –las campanas de Baeza-
derramando sus dolores
en mi estancia, de madrugada.

martes, 4 de marzo de 2008

SALA DE ESPERA


Sucedió todo muy deprisa. Fue como si de pronto el día se convirtiera en noche, una noche espesa, abisal. Ellos se miraron fijamente a los ojos, sin entender nada. La niña, sobre el sillón del salón, estaba pálida, triste, sin ganas de nada, como si un extraño ser se hubiera apoderado de ella y no supiera responder a ningún estímulo, a las carantoñas o a los disparates gesticulares de sus progenitores. Una sensación de vacío se apoderó de la casa y una tormenta de angustia creció y creció hasta inundarlo todo. A veces, la vida nos depara momentos dramáticos, de verdadera locura, en los que el camino se hace interminable, infinito, y en los que no sabemos cómo actuar, si lanzarnos al vacío o luchar con todas las fuerzas para salvar lo que amamos.
Cuando toda la luz del día se transforma en una densa nube negra, como si una lluvia de gritos estuviera a punto de estallar sobre la faz de la tierra, una absurda música se instala en los tímpanos y los hace sangrar para siempre. Quizá, ellos, incomprensiblemente, vencidos por el dolor de la herida, no supieron sino abrasarse en el fuego de los ojos y ocupar el espacio de los besos con el agrio silencio de un cuerpo de niña en los brazos.
Un solo gesto bastó, una sola mirada, para que el llanto rompiera dentro, en las profundas aguas, en el cálido vientre del alba, en los alrededores de la calle, en los acantilados, en un mar de caricias y labios.
Todo ha cambiado, así, en un segundo. Ellos, que sintieron en sus dedos la luz de los amaneceres y el silencio de las noches de otoño, nada pudieron contra la oscuridad de la tarde. Y huyeron, hacia otra ciudad. A la ciudad de los sueños –sus sueños-, al jardín de la infancia que ella, ahora, en su regazo arropa.
El tiempo fue un cuchillo afilado. Transcurrieron los días, y en las paredes de aquella estancia blanca y fría quedaron las huellas de unas manos de niña. Acecharon las sombras que en la noche se ocultan y nada fue ya lo mismo. Fue cayendo la lluvia en los tejados del alma, y entre tanto, sus dedos de niña a los silencios se enredan.
La soledad sitia la blanca espera. Y ellos, desde la nada, la vida entera abarcan. Mediaron madrugadas y silencios en aquella sala de espera que anhelaba la vida. Temblaron las baldosas cuando, la niña, abriendo los ojos, el corazón y el alma, de nuevo vida fuera.
Sucedió todo muy deprisa, al filo del alba. El tiempo despierta con la sonrisa encendida por el claro rumor de las aguas, de la vida, los sueños, la esperanza.