sábado, 9 de febrero de 2008

NOS QUEDA LA PALABRA. José Antonio Santano.

NOS QUEDA LA PALABRA
(Almería, 18 de marzo de 2006-Acto contra guerra Irak)
Cualquier guerra es la regresión a un mundo
sin vocabulario.
Salvador Compán



La mar, límpida y serena, fuego de azules y blancos, me recordó otro mar de tierra y olivares. En los orígenes del tiempo el tiempo dibujó un gran planeta. Quiso que la luz se derramara por todos sus rincones, que su cálido tacto aliviara del dolor y la muerte. Creó el día y la noche, el sol y la luna. También el tiempo quiso pintar la tierra de colores: verde para los árboles, azul para los mares y océanos, negro para la noche y sus silencios, blanco para la nieve y la espuma, rojos y amarillos y lilas y rosas para las flores, grises y ocres para las montañas y los desiertos, y así hasta el infinito. A los hombres el tiempo quiso regalarle el pensamiento y la palabra. Pero el hombre nada quiso. Despreció la cálida presencia de la luz, los colores del día y la calma silenciosa de la noche. Inventó el miedo y la tortura, los fusiles y las bombas y se alió con la muerte para inundar con sangre de inocentes cada rincón de este planeta:


Qué fue de aquella tierra,
de su aroma prendido
en la piel de los ríos
y las acequias, sino
osarios y ceniza.

Qué fue de aquellos mares,
del latir de sus olas
en los pechos del día
y los silencios, sino
abismo y desierto.



Qué fue de los colores,
de su luz primigenia
en los labios del tiempo
y los amantes, sino
eterna oscuridad.

Qué fue del pensamiento,
de la siempre encendida
palabra que lo abriga
e ilumina, sino
silencio y cataclismo.



La mar, ahora, sigue en calma. En su azul intenso el sueño sobrevive al hombre… Nos queda la palabra. Siempre la palabra con su arrullo de sílabas fulgentes calándonos los huesos, la memoria de ser, la única arma capaz de conquistar el sueño de los hombres. Siempre la palabra, aún nos queda la palabra, su latido, su inconmensurable belleza, la vida que la alienta y alimenta. Un mar de palabras, de dulcísimas palabras dichas al oído. Un río de lava de palabras anegando los hogares. Cientos, miles, millones de palabras escritas en el albor de una página, de cientos, miles, millones de páginas. La palabra en la luz de cada día, en las alas del viento, en los dedos de la lluvia, en la piel de las fronteras, siempre la palabra. La palabra meciéndose en el aire, dichosa y viva, abrasadora.


Aún nos queda la palabra. La palabra que nace del corazón generoso, y nómada recorre los confines del mundo. La voz de la palabra anegando las ciudades con su música. La palabra, siempre la palabra.