lunes, 18 de febrero de 2008

LA FUERZA DE EXISTIR (I)


No tengo nada contra nadie. Más bien, compadezco a todas esas marionetas sobre un escenario demasiado grande para sus pequeños destinos. Pobres diablos, víctimas convertidas en verdugos en su intento de no creerse juguetes del destino. El orfanato, bien lo sé, mató a algunos que nunca pudieron recuperarse, degradados, quebrados, destruidos… También fabricó engranajes dóciles para la maquinaria social, buenos maridos, buenos padres, buenos trabajadores, buenos ciudadanos y, tal vez, buenos creyentes…
Para no morir a causa de los hombres y su negatividad, para mí existieron los libros, luego la música, en una palabra, el arte, y sobre todo, la filosofía. La escritura le puso el broche de oro a ese conjunto.


Selecciono estos párrafos del prefacio del libro La fuerza de existir, de Michel Onfray. Son estas primeras páginas del libro un recorrido agrio por los recuerdos del niño que fue Onfray. En ellas descubrimos la vida del orfanato en el que estuvo interno durante cuatro años. Periodo que marcará la vida posterior de Onfray. El orfanato, regido por los padres salesianos, no es sino un patético lugar en el que la violencia, los abusos sexuales, el miedo y las humillaciones, estuvieron a la orden del día. Cualquier momento era idóneo para practicar tan improcedentes conductas.

 El orfanato deja en Onfray una huella imborrable. La experiencia vivida será determinante, y en ese juego de las luces y las sombras, crecerá día a día, sabiendo que en la observación y el análisis de cuanto sucede a su alrededor estará, en buena medida, el futuro. En el orfanato y con los padres salesianos aprendió el verdadero significado del placer, aunque fuera por omisión u ocultamiento. Era tal -es tal aún- la ceguera de los padres salesianos que, nadie está a salvo de sus particulares sistemas inquisitoriales. El miedo, como garante de la buena educación, ha sido y es su baluarte más preciado, la doctrina más eficaz y la contundente razón para condenar a los débiles a vivir discriminados y al margen de todo.


Dice Michel Onfray en el prefacio de este libro que A los catorce años, tengo mil años…y la eternidad a mis espaldas. Sólo el arte codificado de esa “fuerza de existir” cura los dolores pasados, presentes y por venir.Comprobémoslo en la lectura de los siguientes capítulos que conforman este interesante ensayo filosófico.