martes, 5 de febrero de 2008

HOY, LA MAR...


Hoy, la mar estaba en absoluta calma. Su silencio me trajo otros silencios que el tiempo me había escondido seguramente para no alarmar mi ya por sí decrépito cuerpo. Nadie había en la playa, en su arena dorada ni en sus aguas de un azul intenso. Nada parecía igual que antes. Y aunque el paseo siempre es agradable por el palmeral, hoy he sentido un dolor desconocido en el pecho, y me he asustado tanto que he detenido el paso y me he sentado a tu orilla. Tú me has hablado en una lengua extraña, y por un momento he creído habitar otro planeta, como si hubiera viajado a través de un oscuro y silencioso túnel, como si de pronto todo nada fuera. Todo sucedió tan veloz que no pude reaccionar, aunque, y ahora que lo pienso, tampoco hubiera servido de nada. Las cosas ocurren porque tienen que ocurrir, porque el destino de un hombre nadie lo conoce, ni lo intuye... La mar está ahí, hablándome en un idioma que desconozco, pero que aprenderé con el tiempo, estoy seguro. Nada ni nadie puede separarnos ya. Nuestra unión es la misma sangre, la suya y la mía ungidas en la soledad de la noche. Ella y yo somos un mismo ser, una única voz, un grito que se eleva hasta alcanzar la cima del abismo o el fondo de la luz. Ella y yo, por siempre en los silencios del cosmos, en el eco de los sones del agua, en las nubes lunares, en el aire o el fuego.
Hoy, la mar...