sábado, 9 de febrero de 2008

EL OLIVO EN LA POESÍA

La historia del hombre es, sin duda alguna, la del olivo, y viceversa. Se afirma que el origen del olivo, según vestigios de hojas fósiles, se remonta al período del Paleolítico (35.000 a. C.) y que en España los restos más antiguos se hallaron en un paraje cercano a la población de Antas (Almería) denominado El Garcel, correspondientes al Neolítico (5.000 a.C.). Sin embargo, para mí, el verdadero origen del olivo se halla en el corazón del hombre; confieso que, en mi caso, desde el preciso instante de mi alumbramiento en aquella humilde y enjalbegada casa de un pueblo, Baena, que enclavado en la extensa y luminosa campiña cordobesa me obsequiara con el indescriptible paisaje de sus lomas colmadas de olivos, el trasiego de campesinos y mulas cargadas de aceitunas, la meriendas de pan con aceite -joyos-, el denso e inconfundible aroma del alpechín o la visión de aquellos reducidos ejércitos de vareadores y aceituneras de vuelta a los hogares cuando el crepúsculo incendiaba mi inolvidable calle Alta.


Sin lugar a duda alguna la historia del hombre, y fundamentalmente, de aquellos pobladores de la zona mediterránea, ha estado ligada a este bendito árbol: el olivo. Primero se conoció en su forma silvestre, luego, con el paso del tiempo, el hombre aprendería a cultivarlo y obtener de su fruto el más preciado y áureo líquido. Alrededor de este árbol milenario, el hombre ha desarrollado un cúmulo infinito de percepciones y sentimientos. De ahí que el olivo y su entorno haya estado y esté presente aún como elemento imprescindible de la cultura mediterránea.

El mágico mundo del olivo aparece en la historia a muy temprana edad. Las primeras noticias de su cultivo se encuentran en las tablillas de Ebla, en la costa Siria y desde el III milenio a.C. El hallazgo en el palacio de Cnossos (Creta) de enormes ánforas destinadas al transporte y almacenamiento de aceite y de las tablillas en las que quedó registrada la administración de olivares y la gestión y movimiento de aceite, constata también la importancia del olivo y su cultivo.

En Egipto, los vestigios más antiguos del olivo datan de la Dinastía XVIII al hallarse una rama de olivo en la tumba de Tutankhamon, y se sabe que Ramsés III ofreció a Ra, dios del sol, la producción de aceite de 2.750 hectáreas de olivar plantadas en la ciudad de Heliópolis, en el Bajo Egipto.

En la mitología griega encontramos la primera referencia a este árbol, cuando la hija predilecta de Zeus, Palas Atenea, en conflicto con Poseidón, dios del mar, por dar nombre a la ciudad que en su día fundara Cecrops, primer rey del Atica, ha de crear la cosa más útil para el hombre. Así, la diosa Palas, al hincar su lanza en la tierra hizo que naciera el olivo, capaz de dar luz y alimento, curar enfermedades y aliviar los males del hombre. Un olivo como símbolo de la paz, la luz y la vida, en contraposición al caballo de Poseidón, símbolo de la fuerza, del poder y de la guerra.

Las referencias al olivo y su cultivo son innumerables, pues las diferentes culturas que pasaron por España, desde la fenicia a la árabe nos dejaron un inestimable legado al respecto. Los fenicios, posiblemente, el mejoramiento de la técnica del cultivo y de la extracción del aceite; los romanos, aumentando las plantaciones de olivos, comercializando y exportando los mejores aceites de la Bética no sólo a Roma, sino también a lugares tales como Ginebra, Utrech, Londres, Heidelberg, e incluso, hasta la misma Pompeya; y los árabes porque dedicaron especial atención a su cultivo, con estudios pormenorizados del suelo propicio, la plantación, cultivo y recolección, así como de su “corta y limpia”, su estercolado y longevidad.

La influencia oriental, pues, es patente y notoria. Pero no sólo en cuanto a la olivicultura se refiere, sino también con relación a la gramática. Respecto al “aceite” porque es una palabra de origen semita, derivada del hebreo zeit o sait; en árabe es zait, y olivo en persa es seitum, y zaitu en árabe. Sin embargo, para el nombre del árbol, “olivo”, la raíz que se mantiene en toda España deriva de la palabra romana “oleum”.

El olivo es mencionado en el Génesis (la rama de olivo en el pico de la paloma representa el final del Diluvio), en la Biblia a partir del libro del Éxodo, y en El Corán: Dios es la luz de los cielos y de la tierra...se enciende, (la luz), gracias a un árbol bendito, el olivo. Teofrasto, Plinio y Estrabón lo mencionan también como uno de los cultivos del Alto Egipto. Está presente en muchas páginas de la Odisea, de Homero; en las Geórgicas, de Virgilio, donde se canta al olivo y sus frutos o en las Metamorfosis, de Ovidio. De igual forma Horacio, Lucrecio, Marcial (que dejó escritos estos hermosos versos: Guadalquivir, de cabellera ceñida por corona de olivo, que con tus nítidas aguas tiñes los dorados vellones, amado de Baco y de Palas...) y la mayoría de los poetas (Pausanias Luciano, Silio Itálico, Justino, Vegecio...) evocaron, también, el árbol de los reflejos plateados. Plutarco en César, Catón en su Tratado de la Agricultura y Columela en su De re rustica expresan, igualmente, los muchos beneficios de este sagrado árbol. Del mismo modo para la cultura árabe el olivo es árbol bendito y su aceite símbolo de luz. Y así, Abu Zacaria, en su Libro de Agricultura nos dice: “...el olivo que es un árbol de bendición” y en referencia a los olivares del Aljarafe sevillano, tanto al-Bakri como al-Idrisi escriben: Sus olivares son tan espesos y tienen unas ramas tan entrelazadas que el sol apenas puede filtrar sus rayos a través de ellos, y, La zona del Aljarafe es la más fértil y rica de Al-Andalus, plantada de olivos siempre verdes.

Genios de la literatura universal de todos los tiempos como Dante, Cervantes, Shakespeare, Milton, Byron, Lope de Rueda, Tirso de Molina, Lope de Vega, Lamartine, La Fontaine, Mistral, Huxley o Lawrance Durrell, entre otros, han citado al olivo, las aceitunas o el aceite en sus obras.

Destaquemos en la literatura española, la poesía culta de Gonzalo de Berceo. Durante los siglos XIV y XV no faltan menciones al singular paisaje del olivar. Así se puede constatar en una de las serranillas del marqués de Santillana: ...e pasaba al Olivar / por coger e varear / las olivas de Ximena”. También en la lírica popular del siglo XV hallamos algunas canciones alusivas al tema que nos ocupa: Tres morillas tan garridas / iban a coger olivas / y hallábanlas cogidas / en Jaén, / Axa, Fátima y Marién / y hallábanlas cogidas / y tornaban desmaídas / y las colores perdidas /en Jaén.

Muchos son los poetas españoles que han cantado al olivo. En el libro Árbol de bendición. Antología literaria al olivo, Federico García Lorca es cita obligada y así se lee: La oscura noche se cierne sobre Granada, sobre el mundo entero. Granada, la Tierra toda es llanto. Federico es silencio, soledad, angustia y agonía. Federico camina hacia la muerte. La luna se oculta. Su cuerpo yace entre olivares. La sangre del poeta es su alimento. Federico vive y aún nos habla. Su palabra es un grito que surge de una tierra preñada de olivos, de los olivos testigos de su muerte. Federico escribe: Arbolé arbolé / seco y verdé./ La niña del bello rostro/ está cogiendo aceituna. / El viento, galán de torres, / la prende por la cintura. Arbolé arbolé / seco y verdé. También, y no podía ser de otra forma, está presente el poeta de Orihuela, Miguel Hernández, que como nadie cantó a las tierras de Jaén y a sus aceituneros: Andaluces de Jaén, / aceituneros altivos, / decidme en el alma: ¿quién, / quién levantó los olivos? Y como colofón a estas primeras referencias del olivo en la poesía, el gran maestro y poeta sevillano que cantara a los Campos de Castilla y de Andalucía. En su poema Los Olivos nos muestra, al mismo tiempo, la sencillez del verso y su profunda emoción: ¡Viejos olivos sedientos / bajo el claro sol del día, / olivares polvorientos / del campo de Andalucía!...¡Venga Dios a los hogares / y a las almas de esta tierra / de olivares y olivares!

Poetas, ya desaparecidos, de la talla de Rafael Alberti, José Hierro o Mario López no olvidaron cantar al olivar en el caso del gaditano Alberti, siempre en eterna simbiosis con la mar: Sobre el olivar, / sangrando, el amigo / que se fue a la mar ; Hierro lo hace a los andaluces y a su singular forma de vida: Decían: “Ojú, qué frío”… En donde habrán dejado / sus jacas; en dónde habrían / dejado su sol / su vino, / sus olivos, sus salinas…Un grano de trigo. Una / oliva verde…y el poeta de Cántico, Mario López, cuya lírica, enraizada en el paisaje campesino de su tierra andaluza, no olvida al olivo y su entorno: … Los olivos / con su mágica fronda entre la niebla, / apenas eco, pulso en lejanía… La aceituna, su sangre, en atarjeas / de espumeante, turbio, caudal denso / hacia añejas tinajas soterradas / en que el óleo se asienta y esclarece… Amor de tierra dulce con sus gentes / sencillas y sus asnos transitando / por tu pecho, entregado a la Campiña…

Pero no acaba aquí la nómina de poetas que, repartidos a lo largo y ancho de nuestra geografía y aún vivos han dedicado sus versos a cantar la cultura del olivo, aunque justo sería decir que la gran mayoría de estos poetas son andaluces. No obstante, y en el caso de Cataluña, la voz de José Luís García Herrera, con su poema Tierra de olivares (1949), lo confirma: Habrá una tierra dura para hombres de hollín / mordidos por la viruela y las despedidas; / tierra dura de inviernos y olivares, de sangre prieta…; desde Murcia, en las voces poéticas de Domingo Nicolás y de Joaquín Ortega Parra; de éste último en su Olipoema: Olivo, cuando crezcas, y sientas por tus ramas / un negror que te humille, y lleves tu cosecha / como una carga de hijos, yo estaré reposando / de este viaje; las penas ocultaré en las sombras… Que te saludo, olivo, con este olipoema. De Extremadura nos llega la poesía de los cacereños Basilio Sánchez y Antonio A. Gómez Yebra, y de éste, su poema Olivos, del que extraemos la siguiente estrofa: Mirad los olivos / cargados de frutos morados y verdes / pendientes de un hilo, o la del poeta nacido en Badajoz, José Antonio Ramírez Lozano cuando escribe con aparente ligereza: hasta que la le / hasta que la le / hasta que la le/ ¡chu! / za estornuda / y pone blanca de luna / la noche del olivar.

Justo es reconocer, como ya se ha dicho, que la mayor aportación poética al mágico y milenario árbol procede de Andalucía. Almería, identificada casi siempre con el desierto, ha hecho también suyo el legado recibido de la diosa Palas Atenea y así destacamos, de entre los poemas dedicados al olivo por vates de la talla de Diego Granados, Julio Alfredo Egea, Pura López Cortés, Concha Castro, Ana María Romero Yebra, Pilar Quirosa, Ginés Reche o José Antonio Sáez, el que Aureliano Cañadas escribiera con el título de Crecimiento: Con qué cuidado te planté en la tierra húmeda; / con qué impaciencia esperé que rebrotases / para guardarte del viento, la nieve, el sol de agosto; / qué hábilmente podé alguna de tus ramas; / con qué lento orgullo te vi crecer. / Hoy puedo contemplar tus olivas / brillantes cono nombres recordados; / hoy puedo abrazarme a tu tronco / y sentir como corre tu savia / y dormir a tu sombra, / frondosa soledad, / ya para siempre. De Cádiz marinera y de sus muchos y grandes poetas –Alberti, Baldrich, Ángel García López, Caballero Bonald, Juan José Téllez, Dolors Alberola, Soto Vergés, Fernando Quiñones, sea la voz de Paloma Fernández Gomá, poeta afincada en Gibraltar y alma de la revista internacional Las tres orillas, que nos obsequia con estos versos: Un horizonte aceituno labra sus edades / más allá de la mirada, / imantando todos los acentos / que, de los olivos, emergieron… Es oxidada la voz del viento, cuando / secunda el vareo desde Baena al Rif… En la almazara es vertido el líquido acento / de olivares que derramaron su eco perpetuo / de secuencia no culminada / hasta que el tiempo reverberase / su más atávica esencia. De la Córdoba del mestizaje cultural y tierra de olivos, grande es la herencia que nos dejan poetas como Carlos Rivera, Pablo García Baena, Manuel de César, Carlos Clemenston, Leonor Barrón, Juana Castro, Jesús García Solano, Alfredo Jurado, Leopoldo de Luís, José de Miguel, José María Molina Caballero, Balbina Prior, Pilar Sanabria, Lola Salinas, Fernando Serrano, Antonio Varo, Soledad Zurera, Diego Martínez Torrón o Manuel Gahete, de quien seleccionamos estos versos que aúnan el sentir de todos hacia el sagrado árbol del olivo: …Llevo impreso en la piel / el oro oscuro / de tu sangre en verdor / y de tu aroma / impregnado en mis labios y en mi carne. / Soy aceite, aceituna, miel, madera, / triturada materia en tus raíces / que después de anegarse y triturarse, / eclosión en la luz, / nace a tu sombra / fiero dios inmortal, árbol y olivo. De la Granada del agua y los jardines, de la Alhambra única, de la Sierra Nevada y de Federico, otros tantos poetas han hecho suyo también al olivo como símbolo de la luz y la vida, de la paz: Miguel Ávila Cabezas, Antonio Enrique, Custodio Tejada, Encarna León, Belén Juárez, Fernando de Villena, Francisco Domene o de Enrique Morón. De éste último sea este fragmento de su Canción de las aceituneras: ¡Qué garbo tiene la sombra / del olivo, siempre verde!... Por los peldaños del monte / crujen varas inclementes, / como látigos que humillan / a los negros ramilletes. / Una nube de aceitunas / ensombrece la pendiente / y acaba su declinar / entre la albahaca y el césped. / ¡Qué garbo tiene la sombra / del olivo, siempre verde, / con su dureza de siglos / y su collar de mujeres! De Huelva, la del universal Juan Ramón Jiménez, la colombina, otro ramillete de poetas: Francisco Carrasco, Juan Delgado, Manuel Moya, Juan Drago, Rafael Vargas o María del Valle Rubio, autora de estos versos: Vibrante el olivar, entumecido, / bajo sus prietas redes prisionero, / contempla eternidad, resiste enero / y se viste de sol, enardecido. / No le vence la siesta, ni ha podido / matarle el horizonte traicionero, / sino que sigue fiel hacia el alero / de un cielo que se tiene merecido. / Y en arrebol escapa, se mantiene / bajo la misma sombra que sostiene / su bóveda plural estremecida. / Y entre peces de plata se despierta / soñando el mar que le negó la vida, / volviendo a sus raíces, siempre alerta. De tierras onubenses a las de Jaén: inmenso mar de olivos. Poetas como Antonio Navarrete, Manuel Urbano, Tomás Hernández, Francisco Morales Lomas o Domingo F. Faílde han celebrado la existencia de tan bendito árbol. Sirvan como muestra estos versos de Faílde: Yo vengo de una tierra donde el árbol / es el olivo y manan ríos de aceite / los montes y el perfume / de aquellos campos sube hasta las casas, / trepa por las paredes / y anida en los objetos con su pátina antigua. / Traje conmigo una pequeña rama / que fue arraigando en mi melancolía. / Hoy tengo el alma llena de aceitunas / que muele en su almazara la memoria / para mojar el pan de la infancia perdida. / Lo riego, sin embargo, con agua de noviembre, / pues sé que, en su ramaje, la lechuza de Palas / ilumina mis noches con sus ojos / y me conforta con su sabiduría. Málaga nos ofrece también a través de sus muchos y buenos poetas su sentir hacia este símbolo de la cultura mediterránea tal es el olivo. Citemos a Francisco Peralto, José Sarria, Carlos Benítez Villodres, María Victoria Atencia, Francisco Ruiz Noguera, José Antonio Muñoz Rojas o José María Lopera, que así canta al olivo: Yo nací en las raíces del olivo, / ascendí por la savia de su tronco, / me hice hombre de trama en su ramaje, / y me ungí con su bálsamo purísimo / hasta quedar lucerna en luz de alma. / Ahora voy por su savia retorcido, / anudado en inviernos por las ramas, / con muchas cicatrices dolorosas / que el hacha cercenó de mi albedrío. / Como un olivo más puesto en hilera. / Y me siento fecundo, sol de soles, / hecho de tierra y agua en mi estructura, / puro soplo del cosmos nebuloso / por la esencia creativa que derramo / en el óleo divino de mis genes. Por último, sea la Sevilla de Machado y Cernuda, la del Guadalquivir sereno y los olivos del Aljarafe la que cierre esta ineludible cita con el olivo en la poesía andaluza. Entre los poetas que unieron su voz a la de tantos y tantos otros mencionemos a Manuel Mantero, Rosa Díaz, Pilar Marcos, Onofre Rojano, Enrique Soria, Víctor Jiménez, Francisco Vélez Nieto o Francisco Mena, del que rescatamos estos versos de su soneto Rumor de la aceituna: Es posible la luz y es la agonía / del olivo aguantando su estatura / en el límite astral de la llanura, / pues ser mar no se atreve todavía. / Desde la fértil tierra un mediodía / asciende por el tronco, gana altura / y se le enciende el tiempo en hermosura / y el corazón en soledad se enfría.

Allende nuestras fronteras hallamos no pocas referencias poéticas al olivo. En este sentido, el verso fresco y profundo de uno de los poetas más universales: Pablo Neruda, que compuso la “Oda al aceite”, de la que extraemos algunos de sus versos más significativos:…el olivo / de volumen plateado, / en su torcido / corazón terrestre...Allí / el prodigio, / la cápsula / perfecta / de la oliva / llenando / con sus constelaciones el follaje; / más tarde / las vasijas, / el milagro, / el aceite”. Es obvio que el olivo y el mundo conceptual que rodea a éste ha sido loado en multitud de ocasiones y a lo largo de toda la historia de la humanidad. Este hecho, se sigue dando aún en nuestros días. Como prueba de ello sean este ramillete de poetas de todo el mundo que a pesar de la distancia que nos separa han querido homenajear a tan generoso y bendito árbol. Como muestra de la poesía italiana actual sean los poetas Lucio Zinna (Mazzara del Vallo, 1938), Vicenzo Anania (1932), Lino Angiuli (Valenzano,1946) y Emilio Coco (San Marco in Lamis, 1940) hispanista, traductor y editor, que dice así en su poema Addolciva la fame (Nos endulzaba el hambre): Quelli della mia età sono cresciuti / a pane e ulive chiusi nello stipo / e trovarne la chiave era estenuarmi / in inutili cerche e appostamenti … / di tanto in tanto e solo come premio / addolciva la fame un filo d’olio / ringraziavamo sempre il Padreterno / per l’abbondanza che ci aveva dato. (Los que tienen mis años han crecido / entre hogazas de pan y las olivas / de una despensa cuyas llaves eran / inalcanzables a nuestros deseos …/ de vez en cuando y sólo como premio / un hilillo de aceite iba endulzándonos / el hambre mientras dábamos las gracias / a un Padre Eterno harto generoso). Las poetas Gloria Joyce Ascher (New York City, EE.UU. 1939) dice: Bendicho sos, mi arvolé, ermozo azitunero! / Tus frutas, tu alzete, tus ojikas – komo los kero! / Sos árvol de mate Asher, de mi famiya antika; Beatriz Mazliah (Buenos Aires, Argentina, 1941) , hija y nieta de inmigrantes de Izmir y Estambul, escribe : Kanta su kante el olivo / i le aresponde la higuera. / Kon el higo i kon la oliva / s`engrandesio la mi abuela; y Margalit Matitiahu (Tel Aviv, Israel), con estos versos: Hombres acompaniados de sus solombras / salen a los campos onde biven los olivos, / onde eternamente a dios van ocasionando, lo hacen en ladino o sefardí. Y ya más cercanos a España, los poetas Ahmed Mohamed Mgara y Driss Elgabouri. De éste, y como deseo para todos los habitantes de la tierra, estos versos de su Canción de paz: Desde tiempos lejanos / Desde la tierra de la alegría / La alegría verde / Viene el árbol / Que canta a los niños / La canción de la paz. // Azul y verde / El tiempo pasa sin parar / Porque el olivo de mi tierra / sienta en la silla de la eternidad / Mirando al mundo, con ojos de sus hojas / Cantando la paz, azul y verde.

Es obvio que el olivo representa la luz, la savia, la plenitud, la vida. Que como ya se ha dicho es, también, símbolo de la paz, y por ello han sido muchos y grandes poetas de todos los tiempos los que se acercaron hasta él para beber de su inagotable sabiduría. No por ello queda definitivamente escrita su historia, pues muchos serán aún los que, presumiblemente, canten a este sagrado árbol en el futuro.

Ahora los recuerdos se agolpan en mi mente. Viajo hasta una calle y una casa de un blanco radiante. Escucho el sonido de los cascos de las mulas cargadas con sacos de aceituna y un aroma de alpechín inunda la estancia en la que escribo estos versos que laten en mi corazón desde tiempos remotos :

Hoy, en la triste soledad de esta casa,
aún noto su enhiesto cuerpo leñoso,
su piel mestiza y horadada de siglos,
sus largos brazos de auroras en brasas,
sus claros ojos huyendo a la fuente
donde el fruto destella como el oro.

Aún hoy, cuando una lágrima se abisma
en la tierra del fuego y de la lluvia,
desciendo lentamente hasta los sueños
de una noche cualquiera en sus cenizas
y escribo nuevamente en su corteza,
en la árida comarca de sus venas,
los nombres y signos que siempre quise:

Eterno seas, árbol y olivo, humano dios.

¡El Olivo, árbol de bendición, símbolo de la paz, la luz y la vida, por y para siempre !

Baena-Aguadulce, julio del 2007